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El acueducto de Skopje, con sus arcos de piedra entre la vegetación.

Destinos · Macedonia del Norte · Skopje

El acueducto de Skopje: cómo llegar al monumento que nadie visita

Cincuenta y cinco arcos de piedra y ladrillo en mitad de un descampado, sin vallado, sin entrada y sin un solo panel informativo. El monumento más desatendido de Macedonia del Norte está a cinco kilómetros del centro de la capital y casi nadie sabe llegar.

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Hay una forma rápida de entender cómo gestiona Macedonia del Norte su patrimonio: ir al acueducto de Skopje. Es una estructura de más de trescientos ochenta metros de longitud con cincuenta y cinco arcos en pie, uno de los tres acueductos históricos que se conservan en toda la península balcánica, y está en mitad de un descampado del extrarradio, sin vallar, sin señalizar, sin taquilla y sin nadie que lo vigile. Se puede caminar entre sus pilares sin que absolutamente nada indique que se está en un monumento.

Al mismo tiempo, en el centro de la ciudad, hay estatuas de bronce de cuatro años de antigüedad iluminadas con focos y rodeadas de fuentes monumentales. El contraste es tan brutal que casi resulta cómico.

Un monumento sin fecha de nacimiento

Lo más llamativo del acueducto es que ni siquiera se sabe con certeza cuándo se construyó. Hay tres teorías en circulación y ninguna se ha impuesto sobre las demás.

La primera lo sitúa en época romana, como parte del abastecimiento de agua de Scupi, el asentamiento legionario que precedió a la Skopje actual y que un terremoto arruinó en el año 518. La segunda lo atribuye al emperador Justiniano I, que reinó entre 527 y 565, nació en esta misma región e impulsó grandes obras hidráulicas por todo el imperio. La tercera lo lleva mucho más adelante, al siglo XVI, durante el período otomano, cuando habría servido para abastecer los baños turcos de la ciudad.

Lo que sí parece claro es su función: conducía agua desde un manantial situado a unos nueve kilómetros al noroeste, en las estribaciones de la Skopska Crna Gora, y estuvo en uso hasta el siglo XVIII. Después quedó abandonado, sobrevivió al terremoto de 1963 que arrasó el ochenta por ciento de la ciudad y ahí sigue, resistiendo por inercia.

Que un país no sepa si su monumento más espectacular es romano, bizantino u otomano dice bastante sobre la atención que se le ha dedicado.

Cómo llegar: la parte complicada

Aquí está el verdadero problema, y conviene ser honesto: llegar al acueducto sin coche es incómodo. El monumento está a unos cinco kilómetros al noroeste del centro, en una zona de descampados junto a un polígono, sin ninguna infraestructura de acceso pensada para visitantes.

La opción del autobús urbano es teóricamente viable y en la práctica frustrante. Google Maps propone paradas y líneas que no siempre existen o no están donde dice, la aplicación local que usan los vecinos está en cirílico y no ayuda demasiado, y hay un obstáculo añadido que resume la situación mejor que ningún dato: mucha gente de Skopje ni siquiera sabe que el acueducto existe. Preguntar en una parada por cómo llegar puede terminar en una conversación de gestos donde el problema no es solo el idioma, sino que tu interlocutor no ha oído hablar del sitio.

La opción sensata es el taxi. En Skopje son baratos, el trayecto es corto y lo lógico es pedir al conductor que espere o acordar una hora de recogida, porque encontrar transporte de vuelta desde allí es igual de difícil que encontrarlo de ida. Conviene saber que Uber no opera en la ciudad; sí funcionan aplicaciones locales de reserva, aunque en fechas señaladas la disponibilidad puede evaporarse por completo.

Y luego está la opción a pie, que es la que yo acabé haciendo y que no recomiendo alegremente. Desde la zona del parque urbano junto al Vardar, el mapa muestra una distancia corta en línea recta, pero esa línea recta atraviesa un polígono industrial, unas vías sin paso habilitado y unos diez minutos caminando por el arcén de una carretera con tráfico. Después vienen pistas sin pavimentar hasta el monumento. Cuarenta y cinco minutos en total, ninguno de ellos agradable, y la vuelta puede ser peor si cae la noche.

Si se va sin coche, la recomendación es clara: taxi de ida y vuelta, con el conductor esperando. Cuesta poco y convierte una expedición en una visita.

Qué se encuentra al llegar

Y entonces todas las molestias del camino se disuelven de golpe. El acueducto aparece atravesando el descampado con sus cincuenta y cinco arcos de piedra y ladrillo, en una sucesión que se pierde en la distancia y que resulta desproporcionada respecto al vacío que lo rodea. No hay nada más: ni casetas, ni carteles, ni cordones, ni otros visitantes. Solo la estructura, el terreno y el cielo.

Esa ausencia total de mediación es, paradójicamente, lo mejor de la visita. No hay una ruta marcada, no hay un punto desde el que hacer la foto, no hay un relato preparado. Uno se acerca, camina entre los pilares, mira la fábrica de ladrillo y piedra y decide por su cuenta lo que está viendo. Es una experiencia que en la Europa del patrimonio museificado ya casi no se puede tener.

La visita en sí no lleva mucho tiempo: media hora larga da de sobra para recorrerlo entero y rodearlo. Es un sitio para ver, fotografiar y estar un rato, no para pasar la mañana.

¿Merece la pena el desvío?

Depende del tipo de viajero. Quien vaya con dos días en Skopje y una lista de imprescindibles, que lo deje pasar sin remordimientos: no está en el circuito, cuesta llegar y hay cosas más rentables que hacer con esas dos horas.

Quien tenga cuatro o cinco días, disfrute con los sitios que no están preparados para ser visitados y sienta curiosidad por lo que un país decide conservar y lo que decide ignorar, que vaya. La sensación de encontrar un monumento de esta escala en semejante estado de desamparo es de las que se quedan, y explica más sobre Macedonia del Norte que cualquier museo de la capital.

Yo volvería, aunque solo fuera para verlo con otra luz. Y con taxi.