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Casas de madera con tejados de césped del Norsk Folkemuseum, el museo al aire libre de Bygdøy

Destinos · Noruega · Oslo

Bygdøy: la península de los museos de Oslo

A tres kilómetros del centro de Oslo, un promontorio boscoso metido en el fiordo concentra cinco museos que cuentan las historias más extraordinarias de Noruega: expediciones polares, travesías del Pacífico en una balsa y cinco siglos de vida rural. Con un aviso importante: el museo de los barcos vikingos lleva años cerrado.

Lectura de 7 minutos

Bygdøy es una península arbolada que se adentra en el fiordo justo al oeste del centro de Oslo, con casas de veraneo reales, embajadas, playas públicas y bosque. Y en medio de todo eso, cinco museos que entre ellos narran buena parte de lo que Noruega ha querido contar sobre sí misma.

Eso es lo que la diferencia de los barrios museísticos de otras capitales europeas, donde lo habitual es que la concentración sea de bellas artes. Aquí no hay pinacotecas: hay barcos, expediciones, casas de campesinos e iglesias de madera. Es una narración de exploradores y de gente corriente, no de cortes reales, y resulta bastante más envolvente de lo que uno espera.

El aviso que hay que leer antes de organizar el día

Empecemos por lo que puede estropear la visita. El Museo de Barcos Vikingos está cerrado desde 2021 y reabrirá como Museo de la Era Vikinga en 2027. Los barcos de Oseberg, Gokstad y Tune están en conservación, se trasladaron al nuevo edificio a lo largo de 2026 y no pueden verse en ningún lugar de Noruega mientras dure la obra.

Es importante decirlo porque buena parte de las guías, los blogs y los folletos siguen recomendándolo como el imprescindible de Bygdøy, y hay gente que planifica el viaje entero alrededor de esos barcos. Cuando reabra, el edificio nuevo triplicará el tamaño del antiguo y merecerá un viaje por sí solo; hasta entonces, la alternativa está en el Museo Histórico, en pleno centro de Oslo, donde sí se exponen los tesoros de la tumba de Oseberg: joyas, objetos domésticos y el ajuar funerario que acompañaba a los barcos.

Cómo llegar

En verano, la mejor manera con diferencia es el ferry. Sale del muelle del Ayuntamiento, tarda unos diez minutos y cuesta lo mismo que un billete normal de Ruter, porque es transporte público y no una excursión turística. La llegada por agua, con la línea verde del bosque sobre los edificios blancos de los museos, es la mejor introducción posible a la península. Funciona aproximadamente de primavera a septiembre, con salidas cada quince o veinte minutos.

El resto del año, y también en verano si se prefiere, el autobús 30 llega desde el centro en unos diez minutos con mucha frecuencia. Para tanto en la zona del Folkemuseum como en el extremo este de la península, donde están el Fram y el Kon-Tiki.

También se puede ir en bicicleta o andando desde el centro por el paseo marítimo, un recorrido llano y agradable en verano.

Una precisión útil sobre la geografía: los museos no están todos juntos. El Norsk Folkemuseum queda en la parte norte y el grupo del Fram, el Kon-Tiki y el Marítimo en la punta este, en Bygdøynes. Entre uno y otro hay un paseo de diez o quince minutos, perfectamente cómodo pero que conviene tener en cuenta al calcular tiempos.

Norsk Folkemuseum: cinco siglos de Noruega al aire libre

Se fundó en 1894 con la misma intuición que había llevado a crear Skansen en Estocolmo tres años antes: preservar la vida rural que la industrialización estaba borrando a toda velocidad. Sus treinta y cinco hectáreas albergan más de ciento sesenta edificios históricos trasladados pieza a pieza desde sus emplazamientos originales, formando una Noruega en miniatura donde cada región aparece representada por sus construcciones características.

La joya es la iglesia de madera de Gol, una stavkirke construida hacia el año 1200 y trasladada aquí en 1885. Estas iglesias son una forma arquitectónica exclusivamente noruega: se levantan sobre postes verticales de madera —stav, de ahí el nombre—, tienen tejados escalonados y dragones tallados en los aleros, mezclando la iconografía cristiana con la ornamentación vikinga precristiana. De las veintiocho que quedan en el mundo, casi todas están en Noruega, y esta es una de las más espectaculares.

Las casas están amuebladas con objetos auténticos de su época, y en verano el museo cobra vida con personal vestido de época que demuestra artesanía, cocina antigua y música folclórica: pan hecho en hornos tradicionales, telas tejidas en telares. Calcula dos horas largas como mínimo.

Museo Fram: la épica polar

Para muchos visitantes es lo mejor de la península, y con razón. Está construido alrededor de un solo barco, el Fram, que es la embarcación de madera que más lejos ha llegado hacia ambos polos en toda la historia.

Lo diseñó Colin Archer siguiendo las especificaciones del explorador Fridtjof Nansen, con un casco deliberadamente redondeado para que el hielo, en lugar de aplastarlo, lo empujara hacia arriba. La idea funcionó, y el barco protagonizó tres expediciones legendarias: el viaje ártico de Nansen entre 1893 y 1896, la expedición de Otto Sverdrup a las islas árticas canadienses entre 1898 y 1902, y la conquista del Polo Sur por Roald Amundsen entre 1910 y 1912. Amundsen llegó el 14 de diciembre de 1911, cinco semanas antes que el británico Scott.

Lo mejor del museo es que se sube a bordo. Se recorren los camarotes, la sala de máquinas y el puente tal como estaban durante las expediciones, y los efectos de sonido —hielo crujiendo, viento polar— añaden una dimensión física que ningún libro consigue. Hora y media larga.

Kon-Tiki: la balsa que cruzó el Pacífico

Pegado al Fram, el Kon-Tiki está dedicado a las expediciones de Thor Heyerdahl, que en 1947 cruzó el Pacífico en una balsa de troncos de balsa para demostrar que las migraciones prehistóricas entre Sudamérica y la Polinesia eran posibles.

Se conservan la balsa original y la barca de papiro Ra II, además de material de las excavaciones en la Isla de Pascua. Es un museo pequeño, de una hora, y funciona muy bien encadenado con el Fram, que está a menos de cien metros. De hecho existen entradas combinadas para los dos, y también para los tres de Bygdøynes incluyendo el Museo Marítimo.

Cómo organizar la jornada

Hay dos maneras razonables de plantearlo.

Media jornada: el grupo de Bygdøynes, es decir, Fram y Kon-Tiki juntos, con entrada combinada. Llegar a la apertura, dedicar la mañana a los dos y volver al centro para comer. Es la opción para quien tenga dos días en la ciudad y no quiera consumir uno entero aquí.

Jornada completa: empezar por el Folkemuseum a la apertura, dedicarle la mañana, caminar hasta Bygdøynes, comer por la zona y pasar la tarde en el Fram y el Kon-Tiki. Es lo que recomiendo si el viaje es de tres días, y está así planteado en el itinerario de tres días en Oslo.

Sobre precios, las entradas individuales se mueven en la horquilla habitual de los museos de Oslo, aproximadamente entre las ciento veinte y las doscientas coronas, y las combinadas rebajan bastante el conjunto. Todos están incluidos en el Oslo Pass, y precisamente Bygdøy es el escenario donde ese pase más cerca está de amortizarse, porque concentra varias entradas de pago en pocas horas. El cálculo completo está en el artículo sobre cuánto cuesta Oslo.

Lo que casi nadie sabe de Bygdøy

La península no es solo museos. Tiene playas públicas que los habitantes de Oslo usan intensamente en verano, senderos por el bosque, la residencia de verano de la familia real y una tranquilidad que contrasta con el centro pese a estar a diez minutos.

Si el día es bueno y sobra una hora, merece la pena no volver corriendo al ferry: caminar por la costa, sentarse frente al fiordo o darse un baño si el tiempo lo permite es exactamente lo que haría un vecino de Oslo un sábado. Y esa es, en el fondo, la mejor manera de visitar esta ciudad.