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El Grito de Edvard Munch expuesto tras una vitrina de cristal, con su marco dorado

Destinos · Noruega · Oslo

Qué ver en Oslo en tres días

Tres días son los que Oslo necesita para revelarse, porque es una ciudad que no entrega nada en la primera hora. Dos jornadas resuelven el centro y la península de los museos; la tercera es la que permite subir a Holmenkollen, entrar en los museos de arte y descubrir que el bosque empieza a media hora del centro en metro.

Lectura de 8 minutos

Oslo tiene un problema de expectativas. Quien llega esperando una capital monumental se aburre en la primera tarde; quien llega dispuesto a mirar cómo funciona la ciudad acaba quedándose con ganas de más. Es una ciudad que se revela poco a poco, y tres días es el tiempo justo para que ese proceso se complete.

Con dos jornadas se cubre lo esencial —el centro, el fiordo, Vigeland y Bygdøy— y ese itinerario está detallado en la guía de qué ver en Oslo en dos días. La tercera es la que cambia la percepción: añade la altura, el arte y la naturaleza, que son las tres cosas que explican por qué los noruegos viven como viven.

Día 1: el centro, el fiordo y Vigeland

La primera jornada se dedica a la ciudad continua, esa que va del Ayuntamiento a la Ópera y que se recorre entera a pie.

La mañana es para el Rådhuset. Por fuera es un edificio austero de ladrillo rojo con dos torres, iniciado en 1931 como símbolo de la independencia de Suecia consumada en 1905. Por dentro guarda un patio cubierto impresionante y frescos que narran la historia del pueblo noruego, incluido un mural sobre los años de la ocupación alemana entre 1940 y 1945. Aquí se entrega cada 10 de diciembre el Premio Nobel de la Paz, el único que no se concede en Estocolmo por disposición del propio Alfred Nobel en su testamento de 1895. Las visitas guiadas son gratuitas y sin reserva.

El mediodía es para el frente marítimo: Aker Brygge y Tjuvholmen, astilleros hasta 1982 y hoy la cara moderna de la ciudad, con el museo Astrup Fearnley y una playa artificial detrás con las mejores vistas del fiordo. Y cruzando hacia Bjørvika, la Ópera de Snøhetta, inaugurada en 2008, un témpano de mármol blanco cuya cubierta es transitable de arriba abajo, lo que convierte el edificio cultural más importante del país en espacio público. Al lado, el Barcode, con sus doce edificios simulando un código de barras.

La tarde se reserva para el parque Frogner y las 212 esculturas de Vigeland, el mayor conjunto escultórico del mundo creado por un solo artista, con el Monolito de catorce metros y ciento veintiuna figuras como pieza central. Es gratuito y está siempre abierto. Si queda luz, la fortaleza de Akershus, del siglo XIII y nunca conquistada, cierra el día con vistas al fiordo desde las murallas.

Día 2: Bygdøy, la península de los museos

El segundo día se cruza en ferry desde el muelle del Ayuntamiento, unos quince minutos en verano, o en el autobús 30 el resto del año.

Antes de organizar nada, un aviso decisivo: el Museo de Barcos Vikingos lleva cerrado desde 2021 y no reabrirá como Museo de la Era Vikinga hasta 2027. Los barcos de Oseberg, Gokstad y Tune están en conservación y no se pueden ver en ninguna parte de Noruega. Los tesoros de la tumba de Oseberg sí se exponen en el Museo Histórico del centro, que es la alternativa razonable.

La mañana es para el Norsk Folkemuseum, fundado en 1894 con la misma idea que Skansen en Estocolmo tres años antes: preservar la vida rural que la industrialización estaba borrando. Más de ciento sesenta edificios trasladados desde toda Noruega, y como joya la iglesia de madera de Gol, una stavkirke de hacia 1200 con tejados escalonados y dragones tallados en los aleros, mezcla de cristianismo y ornamentación vikinga. De las veintiocho que quedan en el mundo, casi todas están en Noruega.

El mediodía es para el Museo Fram, dedicado a la exploración polar. Su barco es el que más lejos ha llegado hacia ambos polos de cualquier embarcación de madera, con un casco redondeado diseñado por Colin Archer siguiendo instrucciones de Nansen para que el hielo lo empujara hacia arriba en vez de aplastarlo. Se sube a bordo y se recorren camarotes, sala de máquinas y puente. Las salas narran el viaje ártico de Nansen, la expedición de Sverdrup y la conquista del Polo Sur por Amundsen el 14 de diciembre de 1911, cinco semanas antes que Scott. Al lado está el Kon-Tiki, de Thor Heyerdahl.

La tarde admite volver al centro y dedicarla a las calles de madera de Damstredet y Telthusbakken, dos rincones del siglo XVIII en pendiente que desembocan en el cementerio donde está enterrado Munch.

Día 3 por la mañana: Holmenkollen

La tercera jornada empieza subiendo, y el propio trayecto ya es parte del plan. El metro de la línea 1 asciende por las colinas en unos veinticinco minutos, pasando de barrios urbanos a bosque en cuestión de minutos, con vistas panorámicas sobre la ciudad y el fiordo.

El trampolín de salto de esquí de Holmenkollen es mucho más que una instalación deportiva: es un símbolo nacional. Se compite aquí desde 1892, y la estructura actual —la sexta versión, de setenta metros de altura, en acero y vidrio— se inauguró para el Mundial de 2011. Parece desafiar la gravedad, y asomarse desde arriba imaginando a los saltadores lanzándose por la rampa produce un vértigo considerable.

En su base está el museo del esquí más antiguo del mundo, que recorre cuatro mil años de historia del esquí, desde su uso como medio de transporte en las llanuras nórdicas hasta el deporte competitivo actual. Ese dato explica bastante sobre Noruega: aquí el esquí no nació como ocio, sino como forma de moverse.

La plataforma de observación en lo alto ofrece vistas de trescientos sesenta grados sobre Oslo, el fiordo y los bosques, que en días claros alcanzan a ver hasta cien kilómetros.

Día 3 por la tarde: el arte, y Munch en persona

De vuelta al centro, la tarde es para los museos de arte, que son los grandes ausentes de las dos primeras jornadas.

El Museo Nacional, junto a Aker Brygge, es el mayor museo de arte de los países nórdicos y la sala más visitada es la que alberga El Grito. Munch lo pintó en 1893 inspirado por un atardecer sobre Oslo en el que el cielo se volvió rojo sangre durante un fenómeno meteorológico inusual, que vivió como una experiencia casi alucinatoria. Existen cuatro versiones del cuadro; la que está aquí es la realizada en témpera sobre cartón. La escala, la textura y los trazos originales del pincel hacen que cualquier reproducción resulte, en comparación, un pálido reflejo.

La alternativa, o el complemento si hay energía, es el Museo Munch de Bjørvika, una torre asimétrica cuyos pisos superiores se inclinan en voladizo sobre el fiordo y que guarda más de veintiséis mil obras del pintor, de las que solo se expone una fracción cada vez.

Para terminar, la Biblioteca Nacional es un refugio poco transitado que funciona especialmente bien en un día de lluvia. El edificio es de 1913, neoclásico, y guarda la memoria cultural del país: manuscritos medievales, incunables, primeras ediciones, grabaciones, mapas. La ley de depósito legal obliga a que llegue aquí una copia de todo lo publicado en Noruega. Sus salas de lectura, con techos altos y ventanales que filtran la luz, tienen una calidad de silencio que no existe en ningún otro tipo de edificio.

Si prefieres otro tercer día

Hay dos alternativas legítimas según el tipo de viajero.

La primera, y la que eligen muchos noruegos, es el bosque. Nordmarka empieza a media hora del centro en metro y ofrece cientos de kilómetros de senderos marcados. El lago Sognsvann es el acceso más fácil, con un circuito de unos treinta minutos apto para cualquiera; en verano hay prados y baños en lagos, y en invierno pistas de esquí de fondo iluminadas. Cerca de dos tercios del territorio de Oslo son bosque y agua, y eso no es un dato turístico: es cómo vive la ciudad.

La segunda es el fiordo. En verano salen ferris hacia las islas cercanas —Hovedøya, Gressholmen— que entran dentro del billete normal de transporte público, lo cual en Oslo es casi un chollo. Es la manera más barata de pasar una tarde distinta y de ver la ciudad desde el agua.

Cómo organizar los tres días

El transporte lo gestiona Ruter y un mismo billete sirve para autobús, tranvía, metro, trenes locales y los ferris del puerto. Con tres días compensa un abono de setenta y dos horas, que se compra en la app de Ruter.

Sobre el Oslo Pass, que combina transporte ilimitado con entrada a más de treinta museos: con este itinerario —Folkemuseum, Fram, Holmenkollen y uno o dos museos de arte— es donde más cerca está de amortizarse, porque son varias entradas de pago concentradas. Aun así conviene hacer los números, y el desglose completo está en el artículo sobre cuánto cuesta Oslo.

Y una recomendación de fondo. Con tres días conviene reservar al menos un par de huecos sin plan, porque Oslo funciona bien en ese registro: una hora en la cubierta de la Ópera viendo el fiordo, una cerveza cara en una terraza de Aker Brygge, un paseo por la ribera del Akerselva. Esta no es una ciudad que busque impresionar; simplemente funciona muy bien, y esa cualidad se aprecia mejor sin agenda que persiguiendo monumentos.