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Casas de madera de colores en la cuesta empedrada de Damstredet, con vallas blancas y jardines pequeños

Destinos · Noruega · Oslo

Damstredet y Telthusbakken: el Oslo de madera que casi nadie visita

A quince minutos andando de la Estación Central hay dos calles empinadas con casas de madera de los siglos XVIII y XIX, huertos, jardines y un silencio de pueblo. Están fuera de todos los circuitos, no cuestan nada y desembocan en el cementerio donde está enterrado Edvard Munch.

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Oslo se quemó varias veces a lo largo de su historia, y esa es la razón de que apenas quede arquitectura antigua en pie: tras el gran incendio de 1624 el rey la reconstruyó entera y le cambió el nombre por Christiania, que conservó hasta 1925. La ciudad que se ve hoy es en su mayoría de los siglos XIX y XX, con una capa contemporánea muy potente en el frente marítimo.

Por eso sorprenden tanto Damstredet y Telthusbakken. Son dos calles cortas y empinadas, a un cuarto de hora andando de la Estación Central, donde sobrevive un conjunto de casas de madera de los siglos XVIII y XIX pintadas de colores, con sus huertos y jardines, en una pendiente que obliga a las viviendas a escalonarse unas sobre otras.

Están en pleno centro urbano y parecen de otro tiempo y de otro sitio. Y prácticamente no hay nadie.

Qué son y por qué siguen ahí

Estas casas pertenecían a artesanos y trabajadores, gente sin dinero para construir en piedra, en una zona que en su momento quedaba en el borde de la ciudad. Sobrevivieron precisamente por eso: eran periferia modesta cuando el centro se reconstruía en materiales nobles, y cuando la ciudad creció alrededor ya tenían valor patrimonial suficiente para que nadie las tocara.

Hoy siguen habitadas. Eso conviene tenerlo presente al pasear: no es un museo al aire libre ni un barrio recuperado para el turismo, son las casas de gente que vive ahí. Los huertos son huertos de verdad, la ropa tendida es ropa tendida y las ventanas son ventanas de un salón. La visita se hace desde la calle y con la discreción que corresponde.

La atmósfera es lo que hace especial el sitio: silencio, vegetación, cuestas empedradas y una escala doméstica que contrasta violentamente con lo que hay a doscientos metros. Es probablemente el rincón más fotogénico de Oslo y el que menos aparece en las guías.

El cementerio de Vår Frelsers Gravlund

Ambas calles desembocan en el Cementerio de Nuestro Salvador, y aquí hay que hacer un pequeño ajuste mental que a un visitante del sur de Europa le cuesta al principio.

Este no es un espacio cerrado y solemne. Es un lugar abierto y luminoso que los habitantes de Oslo han integrado con toda naturalidad en su vida cotidiana: lo usan como zona de paso, se sientan a leer, pasean, comen algo en un banco. Funciona más como parque que como camposanto, y esa relación relajada con la muerte y la memoria resulta bastante reveladora sobre la cultura del país.

Entre sus tumbas está la de Edvard Munch, el autor de El Grito, que vivió en Oslo la mayor parte de su vida y murió en 1944. Está enterrado con una discreción que contrasta llamativamente con la fama mundial de su obra: no hay monumento, ni señalización llamativa, ni cola de visitantes. Hay que buscarla.

En el mismo cementerio, en el llamado Rincón de los Grandes, reposan también Henrik Ibsen y Bjørnstjerne Bjørnson, dos de las figuras centrales de la literatura noruega. Para un país que se independizó en 1905, este espacio funciona como una especie de panteón nacional informal.

Cómo hacer el paseo

El recorrido completo cuesta una hora larga, sin entradas ni horarios de por medio.

Se puede empezar en la Estación Central y subir andando en unos quince o veinte minutos, o acortar en tranvía o metro hasta las paradas cercanas. La ruta natural encadena Damstredet, sigue por Telthusbakken —que es la más fotogénica de las dos, con la iglesia de Gamle Aker al fondo— y termina entrando en el cementerio.

Merece la pena añadir dos paradas más. La iglesia de Gamle Aker, en lo alto de Telthusbakken, es de piedra y data del siglo XII, lo que la convierte en el edificio más antiguo de Oslo que sigue en uso. Y bajando hacia el este se llega enseguida al río Akerselva, con senderos por ambas orillas y zonas verdes que crean la ilusión de estar en un bosque en pleno centro urbano; siguiendo su curso se llega a Grünerløkka.

Ese encadenado —casas de madera, iglesia medieval, cementerio, río— hace una mañana o una tarde entera de paseo por el Oslo que no sale en las postales, gastando exactamente cero euros.

Cuándo ir

En verano, con las plantas crecidas y los huertos en su momento, el conjunto está en su mejor versión, y con la luz nórdica prolongándose hasta muy tarde la tarde es el mejor momento.

En otoño, con el color del arbolado, funciona todavía mejor fotográficamente. Y en invierno, con nieve sobre los tejados de madera y las cuestas, tiene un aspecto de aldea que resulta casi irreal a quince minutos de una estación central europea. Eso sí, las pendientes con hielo exigen calzado con criterio.

A cualquier hora hay poca gente, que es parte del atractivo, aunque conviene evitar las horas más tempranas por respeto a los vecinos.

Por qué incluirlo en el viaje

Oslo tiene un problema de percepción: mucha gente llega, ve el frente marítimo contemporáneo y los museos, y sale con la idea de que es una ciudad nueva sin historia visible. Damstredet y Telthusbakken corrigen esa impresión en una hora y sin pagar nada.

Y hay un argumento adicional. En un viaje a una de las ciudades más caras del mundo, donde una cerveza cuesta diez euros y una entrada de museo doscientas coronas, un paseo largo y bonito por un barrio auténtico es exactamente lo que el presupuesto agradece. Es la clase de plan que aparece en el artículo sobre cuánto cuesta Oslo como forma de equilibrar la cuenta sin renunciar a nada.

En los itinerarios de la ciudad lo coloco en la tarde de la segunda jornada, cuando ya se han hecho los museos grandes y apetece caminar sin agenda: así está planteado en la guía de qué ver en Oslo en dos días.