
Qué ver en Oslo en dos días
Dos días permiten resolver Oslo sin renuncias graves: una jornada para el centro y el frente del fiordo, otra para cruzar a Bygdøy y ver los museos que explican Noruega. Con una advertencia importante sobre el museo vikingo, que lleva años cerrado y no reabre hasta 2027.
Oslo se organiza mentalmente con facilidad porque casi todo se articula alrededor del fiordo. Por un lado está la ciudad continua, que va del Ayuntamiento a la Ópera pasando por el puerto reconvertido, y que se recorre a pie de punta a punta. Por otro está Bygdøy, una península al oeste a la que se llega en ferry y donde el país guardó buena parte de su memoria: los museos de exploración polar, el museo del pueblo noruego y el de los barcos vikingos.
Dedicar un día a cada bloque es el reparto que mejor funciona y el que evita el error habitual de cruzar de un lado a otro perdiendo tiempo. Si la estancia es más corta, la guía de qué ver en Oslo en un día explica cómo comprimirlo; si hay margen para una jornada más, el itinerario de tres días añade justo lo que aquí queda pendiente.
Día 1 por la mañana: el Ayuntamiento y el Nobel de la Paz¶
El Rådhuset es la mejor manera de empezar, y no por su aspecto exterior. Por fuera es un edificio austero de ladrillo rojo con dos torres macizas que a más de uno le recuerda a la arquitectura soviética; se inició en 1931 como símbolo de la independencia noruega de Suecia, consumada en 1905.
Por dentro es otra cosa. El patio interior cubierto sorprende de entrada, y los frescos que recorren las paredes narran la historia del pueblo noruego, con un mural dedicado a los años de la ocupación alemana entre 1940 y 1945 dividido en secciones que van del control nazi a la liberación. La visita sigue por las salas superiores, cada una con personalidad propia y con vistas al puerto.
Aquí se entrega cada 10 de diciembre el Premio Nobel de la Paz, el único que no se concede en Estocolmo: Alfred Nobel lo dispuso así en su testamento de 1895, encargándolo a un comité noruego, y nadie sabe con certeza por qué. Las visitas guiadas son gratuitas y no requieren reserva, lo que en una ciudad tan cara no es un detalle menor.
Día 1 por el mediodía: el puerto, la Ópera y el Barcode¶
Del Ayuntamiento arranca el Havnepromenaden, el paseo marítimo de nueve kilómetros que recorre el fiordo de este a oeste. Hacia el oeste quedan Aker Brygge y Tjuvholmen, astilleros hasta 1982 convertidos hoy en la cara moderna de la ciudad: arquitectura contemporánea integrada con el agua, canales con embarcaderos, terrazas en primera línea. En Tjuvholmen está el museo de arte moderno Astrup Fearnley y, detrás, una pequeña playa artificial con las mejores vistas del fiordo, que penetra cien kilómetros tierra adentro.
Hacia el este, en Bjørvika, está la Ópera de Snøhetta, inaugurada en 2008, un témpano de mármol de Carrara que emerge del agua y cuya cubierta transitable permite a cualquiera subir andando hasta la azotea. Ganó el Mies van der Rohe en 2009 y su interior público, con vestíbulo en herradura y mucha madera, se visita gratis. Al lado, el Barcode: doce edificios de alturas distintas que simulan un código de barras y cuyas normas urbanísticas —separaciones mínimas, alturas escalonadas— evitan que se levante un muro entre el fiordo y la ciudad vieja.
Día 1 por la tarde: Vigeland y Akershus¶
La tarde tiene dos paradas obligatorias, ambas gratuitas.
El parque Frogner alberga las 212 esculturas de Gustav Vigeland en treinta y dos hectáreas, el mayor conjunto escultórico del mundo creado por un solo artista. El ayuntamiento le dio estudio y materiales durante los años treinta y cuarenta a cambio de que toda su obra pasara a ser pública, un trato insólito que produjo algo único. El recorrido narra el ciclo de la vida humana y culmina en el Monolito, catorce metros de granito tallados en un solo bloque con ciento veintiuna figuras entrelazadas ascendiendo hacia arriba; tres canteros tardaron catorce años. Cerca está el Sinnataggen, el Niño Enfurecido, la escultura más fotografiada del parque.
Para cerrar el día, la fortaleza de Akershus, del siglo XIII, levantada por Haakon V hacia 1299 y nunca conquistada pese a varios asedios. El acceso al recinto y las murallas es libre y las vistas del fiordo desde arriba, con las réplicas de los cañones, son de las mejores de la ciudad. Debajo está la terminal moderna de cruceros, otro ejemplo de Oslo combinando patrimonio y necesidades contemporáneas sin aparente conflicto.
Día 2 por la mañana: Bygdøy, la península de los museos¶
El segundo día se cruza a Bygdøy, donde el país concentró su memoria en un kilómetro cuadrado. En verano se llega en ferry desde el muelle del Ayuntamiento en unos quince minutos, que es con diferencia la forma más agradable; el resto del año, en el autobús 30 desde el centro.
Antes de nada, el aviso que puede ahorrarte un disgusto: el Museo de Barcos Vikingos está cerrado desde 2021 y reabrirá como Museo de la Era Vikinga en 2027. Los barcos de Oseberg, Gokstad y Tune están en conservación y no se pueden ver en ningún lugar de Noruega. Muchas guías desactualizadas siguen recomendándolo. La alternativa está en el Museo Histórico, en el centro, donde sí se exponen los tesoros de la tumba de Oseberg.
El Norsk Folkemuseum es la primera parada. Se fundó en 1894 con la misma intuición que llevó a crear Skansen en Estocolmo tres años antes: preservar la vida rural que la industrialización estaba borrando. Sus treinta y cinco hectáreas albergan más de ciento sesenta edificios trasladados pieza a pieza desde sus emplazamientos originales, formando una Noruega en miniatura con cada región representada.
Su joya es la iglesia de madera de Gol, una stavkirke construida hacia 1200 y trasladada aquí en 1885. Estas iglesias son una forma arquitectónica exclusivamente noruega, levantadas sobre postes verticales de madera, con tejados escalonados y dragones tallados en los aleros que mezclan iconografía cristiana con ornamentación vikinga precristiana. De las veintiocho que quedan en el mundo, la mayoría están en Noruega, y esta es una de las más espectaculares. En verano el museo cobra vida con personal vestido de época demostrando artesanía, cocina antigua y música folclórica.
Día 2 por el mediodía: el Museo Fram¶
A un paseo corto está el Museo Fram, dedicado a la exploración polar noruega, y es probablemente la mejor visita de la península.
Su pieza central es el barco Fram, el que más lejos ha llegado hacia ambos polos de cualquier embarcación de madera de la historia. Lo diseñó Colin Archer siguiendo las especificaciones del explorador Fridtjof Nansen, con un casco deliberadamente redondeado para que el hielo lo empujara hacia arriba en lugar de aplastarlo. Se puede subir a bordo y recorrer los camarotes, la sala de máquinas y el puente, todo conservado como estaba durante las expediciones.
Las salas narran las tres grandes aventuras del barco: el viaje ártico de Nansen entre 1893 y 1896, la expedición de Otto Sverdrup a las islas árticas canadienses entre 1898 y 1902, y la conquista del Polo Sur por Roald Amundsen entre 1910 y 1912. Amundsen llegó al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, cinco semanas antes que el británico Scott. Los efectos de sonido del museo —hielo crujiendo, viento polar— añaden una dimensión física que los libros no dan.
Justo al lado está el Kon-Tiki, dedicado a las expediciones de Thor Heyerdahl, que completa muy bien la mañana si queda tiempo.
Día 2 por la tarde: Munch, el Museo Nacional o el Oslo de madera¶
De vuelta al centro, la tarde admite tres planes según lo que apetezca.
El arte: el Museo Nacional, junto a Aker Brygge, es el mayor museo de arte de los países nórdicos y allí se expone El Grito. Munch lo pintó en 1893 inspirado por un atardecer sobre Oslo en que el cielo se volvió rojo sangre durante un fenómeno meteorológico inusual, que vivió casi como una alucinación. Existen cuatro versiones; la de aquí está hecha en témpera sobre cartón, y verla en persona confirma que ninguna reproducción transmite la escala, la textura ni los trazos originales. La alternativa es el Museo Munch de Bjørvika, una torre asimétrica en voladizo sobre el fiordo con más de veintiséis mil obras del pintor.
El paseo: Damstredet y Telthusbakken, a quince o veinte minutos andando de la Estación Central, son dos calles con casas de madera de los siglos XVIII y XIX construidas en pendiente pronunciada, con huertos y jardines, que parecen de otro tiempo en pleno centro urbano. Desembocan en el cementerio de Vår Frelsers Gravlund, que los vecinos usan como parque y donde está enterrado Edvard Munch con una discreción que contrasta con la fama mundial de su obra.
El barrio: Grünerløkka, el antiguo distrito industrial reconvertido en zona de moda, con las calles Thorvald Meyers y Markveien concentrando tiendas y restaurantes. Aviso honesto: puede resultar bastante anodino entre semana y no está a la altura de lo que prometen las guías. Lo que sí merece la pena es la ribera del río Akerselva, con senderos y zonas verdes que crean la ilusión de estar en un bosque dentro de la ciudad.
Consejos prácticos para dos días¶
El transporte lo gestiona Ruter y un mismo billete cubre autobús, tranvía, metro y los ferris del puerto, incluido el de Bygdøy. Con dos días compensa un abono de veinticuatro o cuarenta y ocho horas frente a los sencillos.
Sobre el Oslo Pass, que combina transporte con entrada a más de treinta museos: con este itinerario —dos o tres museos de pago en dos días, y muchas visitas gratuitas— hay que hacer números antes de comprarlo, porque está calculado para quien encadena tres o más entradas diarias. Los precios están detallados en el artículo sobre cuánto cuesta Oslo.
Y un apunte sobre la época. El ferry a Bygdøy funciona aproximadamente de abril a octubre; fuera de temporada hay que ir en autobús, lo que resta encanto pero no impide nada. En verano, con luz hasta muy tarde, las tardes se estiran y el itinerario respira mucho mejor.