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Braga en un día desde Oporto: qué ver y cómo visitar Bom Jesus do Monte
Braga está a una hora de tren de Oporto y ofrece dos cosas que la ciudad no tiene: un centro histórico llano, elegante y sin masificar, y uno de los conjuntos barrocos más espectaculares de la península. Este es el plan para aprovechar la jornada, con la manera más inteligente de subir a Bom Jesus do Monte y qué hacer si el día se estropea, algo bastante probable por aquí.
Braga, la otra excursión imprescindible¶
Si Guimarães es la escapada más redonda desde Oporto, Braga es la más antigua y la que mejor complementa lo que ya has visto. Fundada por los romanos como Bracara Augusta, es la sede arzobispal más importante de Portugal y una ciudad con un peso religioso que ha marcado su carácter durante siglos. De ahí el dicho portugués que reparte los papeles entre las ciudades del norte: en Braga se reza, en Oporto se trabaja, en Coímbra se estudia y en Lisboa se divierten.
Lo primero que se nota al bajar del tren no es nada de eso, sin embargo, sino algo mucho más prosaico: Braga es llana. Después de tres o cuatro días subiendo y bajando las cuestas de Oporto, caminar por un centro histórico sin desniveles resulta un alivio físico considerable. Es una ciudad universitaria, joven, con una vida propia que no depende del turismo, y donde el visitante extranjero es claramente minoría.
Y luego está el motivo principal del viaje, que no está en la ciudad sino a unos kilómetros: el santuario de Bom Jesus do Monte, con su escalinata monumental en zigzag subiendo la ladera entre el bosque. Es una de esas cosas que superan cualquier fotografía previa y que por sí solas justifican la excursión.
Cómo llegar y cómo organizar el día¶
El tren sale de São Bento, para en Campanhã y tarda alrededor de una hora hasta Braga, con salidas frecuentes durante todo el día y un billete de unos pocos euros. No hace falta reservar ni comprar con antelación. El trayecto atraviesa un paisaje verdísimo de pueblos pequeños y campos que la humedad mantiene así todo el año, y la estación de Braga queda a un paseo corto del centro histórico.
El reparto de la jornada que mejor funciona es sencillo: la mañana para la ciudad y la tarde para Bom Jesus. Hay dos razones. La primera es logística, porque el santuario está a unos seis kilómetros del centro y hay que coger un autobús urbano, así que conviene tener el centro resuelto antes de salir. La segunda es de luz: las terrazas del santuario miran al valle del Cávado y la ciudad al fondo, y esa panorámica rinde mucho mejor con el sol ya bajo.
Si el pronóstico anuncia lluvia, y en Braga lo anuncia a menudo, no canceles la excursión: invierte el orden de las visitas cubiertas y las descubiertas según vaya abriendo el cielo. El día que estuve allí llovió a mares toda la mañana y despejó a media tarde justo a tiempo para el santuario. En esta parte del país el tiempo cambia varias veces en la misma jornada y la flexibilidad rinde mucho más que la planificación estricta.
La mañana: la Sé y el centro histórico¶
El punto de partida natural es la Praça da República, una plaza amplia y peatonal presidida por la fuente del Pelicano donde los bracarenses pasean sin ninguna prisa. Es un buen sitio para sentarse diez minutos y calibrar el ambiente de la ciudad antes de empezar, porque desde el primer momento se percibe que esto es una ciudad de verdad y no un escenario preparado para visitantes.
De ahí se va directo a la Sé de Braga, la catedral más antigua de Portugal, iniciada en el siglo XI, antes incluso de que el país existiera como tal. Su interés no está en un estilo concreto sino en la acumulación: románico de origen, añadidos góticos, manieristas y una fuerte capa barroca que se nota especialmente en los dos órganos dorados del interior, verdaderamente espectaculares. Merece la pena la visita completa, con el tesoro, la capilla de los reyes donde reposan los padres de Afonso Henriques y, sobre todo, el claustro gótico, con su fuente central y sus arcadas, que es el rincón más sereno de la ciudad.
Muy cerca están el Palacio Episcopal y el jardín de Santa Bárbara, y ese jardín es una de las imágenes que uno se lleva de Braga: setos geométricos recortados al estilo formal portugués, rosales en flor y, de fondo, las ruinas góticas del ala medieval del palacio creando un contraste que pide fotografía desde todos los ángulos. En el centro quedan también el Arco da Porta Nova, la vieja puerta monumental de la ciudad, la Torre de Menagem, último vestigio del castillo medieval integrado hoy en pleno tejido urbano, y una cantidad de iglesias barrocas que resulta imposible cubrir en una mañana y que conviene tomarse como un menú del que se eligen dos o tres.
El mediodía: comer en Braga¶
La especialidad local es el bacalhau à Braga, bacalao frito servido sobre patatas y cebolla, y es el plato que hay que buscar si quieres comer lo que come la gente de aquí. La cocina del Minho en general es contundente y barata, y en las calles del centro histórico hay tascas familiares donde se come muy bien por poco dinero.
Merece la pena reservar hueco para el dulce, porque Braga tiene repostería conventual propia y de mucha tradición. Los pudins abade de Priscos, un flan denso elaborado con tocino y vino de Oporto que suena raro y está sensacional, son el ejemplo más célebre, y cualquier pastelería del centro los tiene.
Y una nota desde la experiencia propia, por si sirve de consuelo. El día que estuve en Braga se puso a diluviar justo cuando salíamos del jardín de Santa Bárbara y acabamos comiendo una pizza en el primer local con techo que encontramos, en lugar del bacalhau que llevábamos días esperando. A veces el viaje decide por ti, y ese tipo de improvisación forzada acaba siendo lo que mejor se recuerda del día.
La tarde: Bom Jesus do Monte¶
Al santuario se llega en autobús urbano desde el centro en unos veinte minutos. Y aquí viene el consejo más útil de todo el artículo: no subas por la escalinata, baja por ella. La mayoría de la gente se baja en la parada del pie del conjunto y encara los más de quinientos escalones cuesta arriba, llegando arriba sin aliento y sin haber mirado nada. Hay autobuses que llevan directamente a la parte alta, y también un funicular movido por contrapeso de agua que funciona desde 1882 y es el más antiguo del mundo en su categoría, una pequeña maravilla de ingeniería que merece el billete por sí misma.
Subiendo por arriba, el santuario se descubre en el orden que permite disfrutarlo. Lo primero que sorprende es que Bom Jesus no es una iglesia con escalera, sino un conjunto completo desplegado por la ladera: la iglesia neoclásica de fachada blanca coronando el punto más alto, plazas amplias conectadas entre sí, antiguas hospederías para peregrinos, edificios auxiliares, capillas menores, una gruta artificial excavada en la roca con escenas religiosas en penumbra, cascadas integradas en el diseño paisajístico y jardines donde lo formal portugués se mezcla con el bosque de la montaña. Es un pueblo religioso en miniatura y da para dos horas largas de paseo.
Desde las terrazas que rodean la iglesia se abre la vista del valle del Cávado con Braga recortada a lo lejos entre campos y bosques, y cada plaza y cada mirador ofrecen un encuadre distinto. Vale la pena moverse de uno a otro sin prisa hasta encontrar el que más te convenza.
El descenso por la escalinata barroca es entonces lo que debe ser: un recorrido, no un esfuerzo. Los tramos en zigzag van encadenando fuentes temáticas y capillas del Vía Crucis con figuras de tamaño natural que crean una atmósfera entre religiosa y teatral muy particular. Las fuentes dedicadas a los cinco sentidos, con sus alegorías de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato, son un pequeño tratado filosófico incrustado en una escalera. Y al llegar abajo, girarse y mirar el conjunto entero ascendiendo entre los árboles hasta perderse, coronado por la silueta blanca de la iglesia, es la mejor manera de despedirse del sitio.
Si te sobra tiempo o si llueve mucho¶
Braga tiene más cosas de las que caben en una jornada. A pocos kilómetros del centro, en dirección contraria a Bom Jesus, está el santuario del Sameiro, con una panorámica todavía más amplia sobre la región, y algo más lejos las ruinas romanas y la antigua ciudadela de Citânia de Briteiros, un poblado castreño que interesará a quien le tire la arqueología.
Dentro de la ciudad, si el día viene pasado por agua, los planes bajo techo son abundantes: el Museu dos Biscainhos, instalado en un palacio del siglo XVII con jardín barroco, el Museu Pio XII, la propia catedral con su tesoro, o simplemente instalarse en uno de los cafés históricos de la Avenida Central y ver llover, que en Braga es casi una actividad cultural. Los locales lo llevan con una naturalidad envidiable: siguen con sus rutinas, unos con paraguas y otros corriendo de portal en portal.
Y si al final el santuario se queda sin ver por culpa del tiempo, no pasa nada: es motivo suficiente para volver. Braga está a una hora de Oporto y el billete cuesta lo que un par de cafés.
Cuánto tiempo necesitas y con qué combinarla¶
Braga es una excursión de jornada completa, sin discusión. La ciudad se puede ver en una mañana larga y Bom Jesus necesita una tarde entera bien aprovechada, así que salir pronto de Oporto y volver al anochecer es el planteamiento sensato.
No intentes combinarla con Guimarães en el mismo día. Están cerca, existe conexión y sobre el papel parece posible, pero el resultado real es que ves media ciudad de cada una y pasas el día en trenes y andenes. Si tienes dos jornadas libres, hazlas en días consecutivos: son ciudades muy distintas entre sí pese a la proximidad, y el contraste entre la Braga eclesiástica y monumental y la Guimarães medieval y fundacional es una de las cosas más interesantes de recorrer el Minho.
En el pilar sobre excursiones desde Oporto están comparadas todas las opciones para decidir según los días que tengas, y en el diario de mi viaje de mayo de 2022 está contada esta jornada de Braga sobre el terreno, diluvio incluido. Un apunte final: horarios de autobuses urbanos, funicular y visitas cambian por temporada, así que conviene comprobarlos la semana antes de viajar.