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Vista del castillo medieval de Guimarães con sus torres de piedra almenadas sobre la colina, rodeado de césped y con el cielo despejado al fondo.

Destinos · Portugal · Norte de Portugal

Excursiones desde Oporto: las mejores escapadas de un día por el norte de Portugal

Oporto es una de las mejores bases de operaciones de Europa para viajar sin coche. En menos de hora y media de tren se llega a la ciudad donde nació Portugal, al santuario barroco más espectacular del país, a los canales de Aveiro o al mejor mercado de pescado del norte. Estas son las excursiones que de verdad merecen restarle un día a la ciudad, con lo que cuesta llegar a cada una y cuál elegir según el tiempo que tengas.

Lectura de 12 minutos

Por qué Oporto funciona tan bien como base

Hay ciudades que se agotan en sí mismas y ciudades que son la puerta de una región entera. Oporto pertenece claramente a la segunda categoría, y esa es una de las razones por las que una estancia de cinco días o una semana rinde tanto allí. El norte de Portugal es un territorio compacto, con una red ferroviaria que funciona, distancias cortas y una densidad de ciudades históricas que en muy pocos sitios de Europa se encuentra a esta escala.

Lo importante es que aquí no hace falta alquilar coche. Desde las estaciones de São Bento y Campanhã salen trenes frecuentes hacia Guimarães, Braga y Aveiro, con trayectos de una hora aproximada y billetes de precio casi simbólico comparados con los de otros países europeos. El metro llega a Matosinhos y a la costa norte. Y para lo que el tren no cubre, hay autobuses regionales y excursiones organizadas que resuelven la jornada sin complicaciones.

La pregunta relevante, por tanto, no es si merece la pena salir de Oporto, sino cuándo. Mi criterio después de dos viajes es sencillo: con dos o tres días en total, no salgas de la ciudad, porque Oporto necesita ese tiempo entero. Con cinco días, una excursión. Con una semana, dos o tres, alternándolas con jornadas urbanas para no acabar viviendo en la estación de tren. El equilibrio entre ciudad y escapadas es lo que hace que un viaje largo al norte de Portugal funcione.

Cómo moverse: trenes, estaciones y tarjetas

Oporto tiene dos estaciones y conviene entender la diferencia antes de plantarse en el andén equivocado. São Bento está en pleno centro histórico y es la terminal urbana, con salidas hacia Guimarães, Braga y Aveiro. Campanhã queda a unos minutos en metro o en tren de cercanías y es la gran estación de largo recorrido, por la que pasan además muchos trenes regionales. Buena parte de los servicios que salen de São Bento paran en Campanhã unos minutos después, así que en la práctica se puede coger el tren en cualquiera de las dos.

Los billetes de los trenes regionales y urbanos se pueden comprar en máquinas o ventanilla el mismo día sin problema, y en muchos trayectos del área metropolitana se usa la propia tarjeta Andante cargada con la zona correspondiente. La particularidad de esa tarjeta es que no admite mezclar títulos de zonas distintas, así que si vas a hacer una excursión conviene agotar antes los títulos urbanos que tengas cargados. Para trayectos más largos, como los de la línea del Duero, es recomendable comprar con antelación en temporada alta.

Un último apunte práctico: los horarios de vuelta. La mayoría de estas escapadas se hacen con el último tren o autobús como límite del día, y en varios de estos destinos las frecuencias caen mucho a partir de las nueve de la noche, especialmente en domingo. Merece la pena mirar el horario de regreso antes de salir por la mañana y no después, cuando ya estás a cuarenta kilómetros y con el móvil al doce por ciento.

Guimarães: donde nació Portugal

Si solo puedes hacer una excursión, hazla a Guimarães. Es la más completa, la más fácil de organizar y la que deja mejor recuerdo. El tren sale de São Bento y tarda algo más de una hora, con salidas frecuentes durante todo el día y un billete que cuesta menos que un par de cafés en la Ribeira.

La ciudad tiene una carga histórica difícil de igualar: fue aquí donde Afonso Henriques consolidó el poder que le llevó a proclamarse primer rey de Portugal, y la frase "Aqui nasceu Portugal" grabada en el castillo no es una licencia publicitaria sino un resumen bastante exacto. El Castelo de Guimarães, cuyos orígenes se remontan al siglo X y a la condesa Mumadona Dias, es el castillo que todos los niños portugueses dibujan en el colegio. A pocos metros está el Paço dos Duques de Bragança, palacio del siglo XV con sus cuatro torres cilíndricas y sus chimeneas de inspiración flamenca, restaurado en el siglo XX con más entusiasmo que rigor y hoy convertido en museo.

Pero lo mejor de Guimarães no son sus monumentos sino su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2001 y conservado de una manera que asombra. La Praça de Santiago con sus soportales, la Praça da Oliveira, la Rua de Santa Maria: calles de piedra y casas con las fachadas pintadas en colores suaves donde la gente sigue viviendo y trabajando, sin esa sensación de escenario que arruina tantos cascos históricos europeos. Y si el día cunde, el teleférico sube al Monte da Penha, con su santuario encajado entre rocas enormes, un bosque para pasear y unas vistas que abarcan media comarca del Minho. Con teleférico incluido, Guimarães es una excursión de jornada completa; sin él, cabe en una tarde larga.

Braga: la ciudad de las iglesias y Bom Jesus do Monte

Braga es la otra gran candidata y la más antigua de todas: fundada por los romanos como Bracara Augusta, es la sede arzobispal más importante de Portugal y presume de tener la catedral más antigua del país, iniciada en el siglo XI. El centro histórico es sorprendentemente elegante, con palacios, jardines cuidados y una densidad de iglesias barrocas que explica el dicho portugués sobre rezar en Braga y divertirse en Oporto.

El motivo principal del viaje, sin embargo, está a unos kilómetros del centro: el santuario de Bom Jesus do Monte, uno de los conjuntos barrocos más impresionantes de la península. Su escalinata monumental en zigzag, con las capillas, las fuentes alegóricas y las estatuas escalonadas subiendo la ladera entre bosque, es de esas cosas que superan cualquier fotografía previa. Para subir hay tres opciones: caminar la escalinata entera, coger el funicular movido por contrapeso de agua que funciona desde 1882 y es el más antiguo del mundo en su tipo, o subir en autobús hasta arriba y bajar andando, que es lo que yo recomendaría, porque el descenso permite ver las capillas en el orden narrativo correcto sin acabar sin aliento.

Alrededor del santuario hay un parque boscoso con senderos, estanques y cascadas que casi nadie recorre y que convierte la visita en algo más que una escalinata. El tren desde Oporto tarda en torno a una hora, y desde la estación de Braga hay autobús urbano hasta el santuario. Un aviso desde la experiencia: Braga es una ciudad lluviosa incluso para los estándares del norte de Portugal, así que conviene llevar plan B bajo techo y no descartar la excursión si el pronóstico es dudoso, porque allí el tiempo cambia varias veces en la misma tarde.

Aveiro: canales, Art Nouveau y una etiqueta que estorba

Aveiro es la excursión más popular después de Guimarães y la más discutible de todas, no porque no merezca la pena sino porque llega precedida de una etiqueta que juega en su contra. Lo de "la Venecia portuguesa" genera una expectativa que la ciudad no puede cumplir, y quien va buscando Venecia vuelve decepcionado. Quien va buscando Aveiro, en cambio, se lo pasa muy bien.

La clave está en entender de qué van esos canales. Los moliceiros, esas barcas de proa alta y decoración pintada que hoy pasean turistas, eran embarcaciones de trabajo: recogían el moliço, las algas de la ría que se usaban como abono para los campos. La ciudad se enriqueció con la sal, con las algas y con las conservas de pescado, y esa prosperidad se lee directamente en su arquitectura. El conjunto Art Nouveau del centro, con sus fachadas de azulejo y sus balcones de hierro, es de los mejores de Portugal y tiene incluso un museo dedicado. Ver los canales sabiendo eso es una experiencia completamente distinta de verlos como decorado.

Merecen también un rato el parque Infante Dom Pedro, los barrios del sur con sus casas de pescadores y, si el día da de sí, las salinas, que siguen en explotación y ofrecen un paisaje raro y muy fotogénico. A quince minutos en autobús está Costa Nova, con sus famosas casetas de rayas de colores frente al mar, que es la postal que mucha gente asocia realmente a Aveiro. El tren tarda algo más de una hora desde Campanhã y la ciudad se recorre entera a pie, así que es una excursión cómoda, plana y sin cuestas, lo cual después de tres días de Oporto se agradece más de lo que parece.

Matosinhos y Leça da Palmeira: media jornada de mar y pescado

Esta no es exactamente una excursión, porque Matosinhos está a quince minutos en metro del centro y forma parte del área metropolitana, pero funciona como tal y es la mejor opción cuando solo dispones de media jornada. Matosinhos es el principal puerto pesquero comercial de la región y su Mercado Municipal es literalmente el paso previo a las cocinas de los restaurantes de la Ribeira: el mismo pulpo, las mismas sardinas, las mismas navajas, sin el sobreprecio del escenario turístico.

La calle de restaurantes junto al mercado es donde se come el mejor pescado a la brasa del área de Oporto, en locales sin ninguna pretensión donde el género se elige mirando el expositor. Después queda la playa larga, el Castelo do Queijo con su nombre absurdo y su fuerte del siglo XVII sobre las rocas, y la enorme escultura de red de Janet Echelman suspendida sobre la rotonda de la avenida, que de cerca es mucho más impresionante de lo que aparenta en fotografía.

Cruzando el puerto hacia el norte está Leça da Palmeira, con su faro y con dos obras clave de la arquitectura portuguesa contemporánea: la piscina de las mareas y la casa de té de Álvaro Siza, integradas en las rocas de una manera que sigue siendo una lección cincuenta años después. Es una zona que casi ningún visitante de fin de semana pisa y que da una idea muy distinta de lo que es esta ciudad cuando se aleja de los azulejos.

Foz do Douro: la excursión que no sale de la ciudad

Foz es el barrio donde el Duero desemboca en el Atlántico, dentro del propio término municipal de Oporto, y aun así se comporta como una escapada: cambia el aire, el olor, el ritmo y hasta el tipo de gente que pasea. Se puede llegar en autobús en media hora, en el tranvía histórico de la línea 1 que recorre la ribera, o caminando los seis kilómetros que separan los Jardins do Palácio de Cristal de la desembocadura, que es la mejor manera si el día acompaña.

Lo que hay allí es un paseo marítimo largo, un rompeolas y el Farol de Felgueiras, el pequeño faro rojo del siglo XIX que marca la entrada del río desde el mar y que los días de temporal recibe unas olas espectaculares. También playas, terrazas y un ambiente burgués y tranquilo que contrasta con el bullicio del centro.

Y sobre todo hay un atardecer sobre el océano, sin nada que interrumpa la línea del horizonte, que es completamente distinto al atardecer urbano del Jardim do Morro. Tener los dos en el mismo viaje es una de las cosas que mejor justifican quedarse en Oporto más de dos días.

El valle del Duero: la asignatura pendiente

Sería deshonesto escribir sobre excursiones desde Oporto y no hablar del valle del Duero, y también lo sería contarlo como si lo hubiera hecho, porque es justo la escapada que en dos viajes he dejado siempre pendiente. Así que aquí van los datos para decidir, sin fingir experiencia propia.

El valle es la primera región vitivinícola demarcada del mundo: el Marqués de Pombal fijó sus límites en 1756, casi un siglo antes de que Burdeos hiciera algo parecido, precisamente para impedir que se vendiera como oporto cualquier vino barato. Sus laderas de viñedo en terrazas, talladas durante siglos sobre la pizarra, están declaradas Patrimonio de la Humanidad y son el paisaje que aparece en todas las postales del norte de Portugal.

Hay tres maneras de llegar. La línea del Duero en tren, que sale de Campanhã y sigue el río durante buena parte del recorrido hasta Peso da Régua y Pinhão, con un tramo final que está considerado de los trayectos ferroviarios más bonitos de Europa; ronda las dos horas y es la opción más barata y flexible. Los cruceros fluviales de jornada completa, que combinan barco y tren o autobús y suelen incluir comida y visita a alguna quinta. Y las excursiones organizadas en furgoneta, que son las que permiten visitar dos o tres bodegas con cata en un solo día sin preocuparse de conducir, algo nada menor cuando el programa incluye vino. En cualquiera de los tres casos es una jornada completa, larga, y no algo que quepa en media tarde.

Cómo elegir según los días que tengas

Si tu viaje es de cuatro o cinco días y solo te sobra una jornada, la respuesta es Guimarães sin dudarlo: es la más redonda, la más fácil y la que mejor complementa lo que Oporto ya te da. Si tienes dos jornadas libres, añade Braga, que además se puede encadenar en días consecutivos porque son ciudades muy distintas entre sí pese a la cercanía. Intentar meter ambas en un mismo día es técnicamente posible y prácticamente absurdo: acabas viendo dos estaciones de tren y media ciudad de cada una.

Con una semana completa, el reparto que mejor me ha funcionado es tres excursiones intercaladas con jornadas urbanas: Guimarães, Braga y Aveiro, dejando alguna media tarde para Matosinhos y otra para Foz. Y si el vino es una motivación importante del viaje, sustituye Aveiro por el valle del Duero y asume que ese día se va entero.

En cualquier caso, resiste la tentación de llenar todos los días. Oporto tiene barrios, miradores y mercados suficientes para varias jornadas, y el error más común de quien usa la ciudad como base es acabar conociendo mejor el norte de Portugal que la ciudad en la que duerme. Si quieres ver cómo encaja todo esto en un viaje real, en los diarios completos de mis dos visitas, el de diciembre de 2019 y el de mayo de 2022, están contadas sobre el terreno casi todas estas escapadas. Y si vas con menos tiempo, ahí tienes los itinerarios de un día y de dos días para exprimir la ciudad sin salir de ella.