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Amanecer sobre el Támesis con la silueta del Tower Bridge recortada contra el cielo, antes de las siete de la mañana

Destinos · Reino Unido · Londres

Londres al amanecer: la ciudad vacía y cómo aprovecharla

Un cambio de vuelo convirtió una escala de tres horas en once, y en lugar de quedarme en Heathrow salí a ver amanecer sobre el Tower Bridge. Descubrí que la mejor hora para visitar Londres es aquella en la que nadie lo hace, y desde entonces la repito siempre que puedo.

Lectura de 7 minutos

La hora que nadie aprovecha

Hay algo que en los viajes de vacaciones casi nunca hacemos, por pura pereza: madrugar. Salimos del hotel a las nueve o las diez, cuando la ciudad ya lleva rato despierta y los autobuses de excursión ya han soltado su carga, y damos por hecho que los monumentos son eso: sitios llenos de gente haciéndose fotos.

Descubrí lo contrario por accidente. Volvía de un viaje largo con escala en Londres y un cambio en el vuelo convirtió tres horas de espera en once. En lugar de quedarme encerrado en la terminal, decidí meterme en la ciudad. Aterricé a las cinco de la mañana, compré un abono de transporte en la propia estación del aeropuerto y cogí el primer metro hacia el centro.

A las siete menos cuarto estaba en Piccadilly Circus. Completamente vacío, completamente a oscuras y con todo cerrado. Y ahí, en mitad de una plaza que normalmente es un hormiguero, se me ocurrió lo obvio: si el sol sale por el este y el Támesis corre hacia el este, el sitio para ver amanecer Londres es el Tower Bridge.

Por qué merece la pena

Las ventajas son las que uno esperaría y alguna que no.

La primera es evidente: no hay nadie. Recorrí el South Bank, crucé el Tower Bridge, llegué a San Pablo y pasé por el Millennium Bridge prácticamente solo. Fotografiar esos sitios sin veinte cabezas en el encuadre es algo que a media mañana resulta imposible por mucha paciencia que se tenga.

La segunda es la luz. El amanecer en invierno tiñe la ciudad de rosas y malvas durante una franja larguísima, porque el sol sale con un ángulo muy bajo y tarda en levantarse. Los edificios más fotografiados del mundo adquieren un aspecto que no se parece al de ninguna postal.

Y la tercera, la que no esperaba: el despertar progresivo. Empiezas en el silencio casi absoluto, con la ciudad apagada, y vas viendo cómo se enciende. Primero los repartidores, después los corredores, luego la gente que va a trabajar, y hacia las nueve la ciudad ya es la de siempre. Ver esa transición en directo, caminando, es una experiencia sensorial que ninguna visita diurna ofrece.

La ruta que hice y que repetiría

Bajar en London Bridge y salir al South Bank es el arranque perfecto, porque desde ahí se tiene el Tower Bridge enfrente con el sol saliendo justo detrás. Es el sitio donde hay que estar cuando amanece.

Después, cruzar el puente y bajar a la orilla opuesta, con la Torre de Londres y su muralla en primer plano bajo esa luz. Desde ahí, remontar el río hacia el oeste: la orilla, los muelles, y llegar a la catedral de San Pablo con el Millennium Bridge desierto, iluminado por los primeros rayos.

Seguir después por la ribera hasta los puentes de Charing Cross y el London Eye, y desde ahí al Parlamento, la abadía de Westminster y Trafalgar Square. Para entonces la ciudad ya está en marcha y el hechizo se ha roto, pero llevas tres horas de recorrido y has visto medio Londres.

Y terminar en Covent Garden, que a esa hora empieza a montar los puestos y todavía se puede caminar por el mercado sin esquivar a nadie.

Son unos siete kilómetros a pie, todo llano, siguiendo el río. La misma ruta que cualquier itinerario clásico recomienda, pero hecha entre cinco y seis horas antes de lo habitual.

Lo práctico: horarios, frío y estómago

El sol sale en Londres en torno a las ocho de la mañana en pleno invierno y hacia las cinco menos cuarto en pleno verano. Esa diferencia lo cambia todo: en diciembre y enero se puede desayunar tranquilamente y llegar a tiempo, mientras que en junio hay que estar en la calle a las cuatro y media de la mañana, lo que ya es otra clase de compromiso.

Mi recomendación es hacerlo entre noviembre y febrero. Hace frío, sí, pero el amanecer cae a una hora civilizada, la franja de luz dorada dura mucho más que en verano y no hay absolutamente nadie.

El metro empieza a funcionar en torno a las cinco y media, algo más tarde los domingos, y hay servicio nocturno en algunas líneas los viernes y sábados. Con esos horarios se llega de sobra al centro antes del amanecer invernal.

Cuenta con que no habrá nada abierto. Antes de las ocho, en el centro de Londres, no encuentras casi nada más allá de alguna cadena de cafeterías en las estaciones grandes. Si vas a estar tres horas caminando en enero, lleva algo encima.

Y sobre el frío, un aviso que doy escarmentado. Yo hice ese recorrido en enero volviendo de un viaje tropical, con un pantalón de chándal fino y un forro polar delgado, convencido de que siendo del norte aguantaría cualquier cosa. Pasé bastante frío. El invierno londinense es más crudo de lo que parece desde el norte de España, y a las siete de la mañana junto al río, con humedad y viento, se nota.

Si tu caso es una escala larga

Esta es la aplicación más útil de todo lo anterior. Londres es uno de los grandes nudos aéreos del mundo y muchísima gente pasa por sus aeropuertos con esperas de seis, ocho o diez horas.

Con una escala de ocho horas o más, salir a la ciudad es perfectamente viable y muchísimo mejor que quedarse en la terminal. Desde Heathrow el centro está a unos cincuenta minutos en metro y desde Gatwick a media hora larga en tren. Un abono diario de transporte cuesta menos de lo que te vas a gastar en una comida dentro del aeropuerto.

Tres condiciones para que salga bien. La primera, facturar el equipaje hasta el destino final si es posible, para moverte sin nada encima; yo aproveché que el billete incluía maleta y me libré de la mochila. La segunda, calcular el regreso con generosidad, porque el control de seguridad y la distancia hasta la puerta comen tiempo. Y la tercera, comprobar que no necesitas trámite migratorio adicional: los españoles necesitan hoy el permiso electrónico de entrada al Reino Unido, así que hay que tenerlo aprobado incluso para una escala en la que pienses salir del aeropuerto.

Lo que aprendí

Que en una ciudad que ya conoces, el momento del día es una variable tan potente como el barrio. Yo llevaba media docena de visitas a Londres cuando hice aquel amanecer y no descubrí ningún sitio nuevo: descubrí los mismos sitios en otra versión.

Desde entonces intento reservar al menos una madrugada en cada viaje largo. No siempre lo consigo, porque el cuerpo pide otra cosa después de una jornada de quince kilómetros, pero cuando lo hago nunca me arrepiento.

Y hay un detalle de aquella mañana que me gusta recordar, y que cuento con más detalle en el diario de aquella escala. De vuelta al aeropuerto, ya con el abono diario prácticamente sin usar, se lo regalé a una chica que estaba comprando billete en la máquina. Quedaban muchas horas de validez y me pareció un desperdicio no aprovecharlas. Su cara de sorpresa fue el mejor cierre posible para una escala que empezó como un contratiempo.