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La Bath georgiana: The Circus, el Royal Crescent y la piedra dorada
Bath es la ciudad más uniforme de Inglaterra y eso tiene una explicación concreta: un empresario del siglo XVIII compró casi todas las canteras y la reconstruyó entera con su propia piedra. Recorrido por la arquitectura que la hizo Patrimonio de la Humanidad, de la plaza circular obsesionada con Stonehenge al primer crescent de la historia.
Por qué toda la ciudad es del mismo color¶
Lo primero que golpea al salir de la estación de Bath es la uniformidad. No en el sentido de aburrida, sino en el literal: casi todos los edificios del centro histórico están construidos con la misma piedra caliza de color miel. Fachadas, cornisas, muros de contención, escalones, todo. En una ciudad europea normal uno mira edificio por edificio; aquí se mira el conjunto, porque el conjunto tiene una coherencia que ninguna otra ciudad británica alcanza.
La explicación tiene nombre propio. La piedra sale de las canteras de Combe Down, en las colinas que rodean la ciudad, y en el siglo XVIII un empresario llamado Ralph Allen compró prácticamente todas y montó un sistema de transporte propio para bajar el material hasta el río. Allen financió después buena parte de la reconstrucción georgiana usando su propia piedra, con lo que la ciudad entera acabó saliendo de la misma veta. Fue a la vez una operación urbanística y un negocio redondo.
La piedra de Bath tiene además una propiedad que la hace ideal para esto: es blanda al extraerse, lo que permite tallarla con facilidad, y endurece con la exposición al aire. De ahí que las fachadas tengan tanto detalle labrado. Y de ahí también que se ensucie con relativa facilidad, algo que hoy no se nota porque la ciudad hizo una limpieza general en las últimas décadas, pero que durante buena parte del siglo XX dejó Bath con un color mucho más oscuro del que tiene ahora.
La ciudad que se reconstruyó dos veces¶
La historia de Bath tiene dos picos separados por mil quinientos años. En el siglo I los romanos levantaron aquí Aquae Sulis, un complejo termal y un templo dedicado a Sulis Minerva alrededor de los manantiales de agua caliente. Después vino un larguísimo periodo de irrelevancia, con la ciudad reducida a una plaza medieval más.
El segundo pico llega en el siglo XVIII, cuando las clases altas británicas convierten el balneario en el centro de la vida social del país. Un maestro de ceremonias llamado Beau Nash impuso un código de comportamiento que hizo de Bath el escenario de la temporada: dónde había que dejarse ver, a qué hora, con quién. La ciudad necesitaba entonces alojamiento y espacios de sociabilidad a la altura de esa clientela, y ahí es donde entran los arquitectos.
Fueron dos, padre e hijo, y los dos se llamaban John Wood. El padre era un obsesivo que creía que Bath había sido un centro de la Britania druídica y que quiso reconstruirla siguiendo lo que él interpretaba como geometría sagrada. El hijo llevó esas ideas a un resultado más elegante y menos esotérico. Entre los dos definieron el aspecto que la ciudad tiene hoy, y en 1987 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad por ese conjunto.
The Circus, la plaza que su autor no llegó a ver¶
John Wood el Viejo empezó The Circus en 1754 y murió tres meses después de colocar la primera piedra, sin ver acabada ni una sola casa. Lo terminó su hijo en 1768.
Son tres bloques curvos de viviendas georgianas idénticas que forman un círculo perfecto, con tres calles entrando en él de forma que desde ningún punto se ve la salida enfrente. Cada fachada superpone las tres órdenes clásicas, dórica abajo, jónica en el medio y corintia arriba, y el friso lleva más de quinientos emblemas tallados, todos distintos, con motivos que van de instrumentos científicos a símbolos masónicos.
Las obsesiones de Wood están por todas partes. Quiso que el diámetro del círculo coincidiera con el de Stonehenge. Remató los pretiles con bellotas talladas, en referencia a la leyenda del príncipe Bladud, el fundador mítico de Bath, que según la tradición descubrió las propiedades curativas de las aguas al ver cómo sus cerdos se curaban revolcándose en el barro caliente. Y hay quien sostiene que el conjunto de The Circus, la Queen Square y el Royal Crescent dibuja sobre el plano una llave masónica, aunque eso ya entra en el terreno de la interpretación.
El aviso práctico: desde el nivel de la calle el círculo no se percibe como tal. Los árboles del centro tapan la vista y uno ve tres bloques curvos, no una figura geométrica. Hay que imaginarlo o buscar una fotografía aérea después.
El Royal Crescent, el primero de todos¶
Cinco minutos a pie desde The Circus, John Wood el Joven construyó entre 1767 y 1774 el Royal Crescent: treinta casas georgianas dispuestas en un arco de media luna, con ciento catorce columnas jónicas gigantes recorriendo la fachada y un césped que baja en pendiente hacia el parque.
Fue el primer crescent de la historia de la arquitectura, un tipo de conjunto que después se copió por toda Gran Bretaña y que resolvía un problema muy concreto: cómo dar a un bloque de viviendas de alquiler el aspecto de un palacio único. Visto de frente, el Royal Crescent parece un solo edificio monumental; en realidad son treinta casas independientes con propietarios distintos.
Hay un detalle que merece la pena mirar y que casi nadie mira: la separación entre el césped y el parque no es una valla sino una zanja excavada, invisible desde la casa, que impedía entrar al ganado sin interrumpir la vista. Es un recurso paisajístico inglés del XVIII, y el nombre que recibe viene supuestamente de la exclamación de sorpresa de quien se la encontraba de golpe.
Otra particularidad de la que se habla poco: las fachadas están rigurosamente unificadas, pero la parte trasera de las casas no. Cada propietario construyó detrás lo que le dio la gana, con alturas y ventanas distintas. La expresión que se usa en la ciudad para describirlo es que son casas de cara georgiana y trasera de cualquier cosa, y basta con rodear el conjunto para comprobarlo.
La mayoría son residencias privadas. El número 1 funciona como museo de casa histórica, decorado y amueblado como habría estado entre 1776 y 1796, con las estancias de los señores y las de la servidumbre, y suele venderse en billete conjunto con otros museos pequeños de la ciudad.
Pulteney Bridge y la otra orilla¶
El tercer imprescindible está en el río. El Pulteney Bridge lo construyó en 1774 Robert Adam por encargo de un propietario que había heredado terrenos en la otra orilla y quería urbanizarlos, para lo cual necesitaba primero un acceso decente. Adam se inspiró en los puentes habitados italianos, el Ponte Vecchio y el Rialto, y diseñó una estructura palladiana con tiendas ocupando por completo ambos lados.
Quedan muy pocos puentes así en el mundo, y la paradoja es que cuando lo cruzas no parece un puente en absoluto: los edificios tapan el río a ambos lados y lo que ves es una calle estrecha con escaparates. Solo cobra sentido mirado desde abajo, desde el Pulteney Weir, la presa en forma de herradura que crea una cascada continua justo delante. Ese es el punto desde el que se fotografía la ciudad y el sitio donde conviene pararse un rato.
Al otro lado del puente arranca Great Pulteney Street, una avenida de trescientos metros de fachadas georgianas continuas que era el eje del ensanche que nunca se completó del todo, porque una crisis financiera dejó la urbanización a medias. Es la calle más ancha y más solemne de Bath y está mucho menos transitada que el centro.
Cómo recorrerlo y qué está abierto¶
El circuito completo, desde el río hasta el Royal Crescent pasando por The Circus, se hace en unas dos horas de paseo tranquilo, todo cuesta arriba suave desde el centro. Merece la pena hacerlo a primera hora de la mañana o al final de la tarde, cuando la luz rasante saca el relieve de la piedra y hay menos gente en el césped del Crescent.
Un aviso sobre lo que no vas a poder ver. El Museo de la Moda, que ocupaba los sótanos de las Assembly Rooms y era una de las visitas clásicas de la ciudad, cerró en octubre de 2022 y está en proceso de traslado a un edificio nuevo, con reapertura prevista para en torno a 2030. Así que si viste ese museo en una guía antigua, tacha la línea.
Y una recomendación que vale más que cualquier entrada: el cuerpo de guías honorarios del ayuntamiento organiza recorridos a pie gratuitos, dos veces al día, sin reserva, de unas dos horas, y son voluntarios que ni siquiera aceptan propina. Salen del patio de la abadía y buena parte del recorrido es justamente esto, la ciudad georgiana explicada por alguien que lleva décadas viviendo en ella. Para entender la arquitectura de Bath es lo mejor que hay, y es gratis.