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Una de las casas tradicionales trasladadas al Museo Nacional de la Aldea de Bucarest, junto al lago Herăstrău

Destinos · Rumanía · Bucarest

El Museo Nacional de la Aldea, la mejor visita de Bucarest

Más de trescientas casas, iglesias, molinos y talleres originales, desmontados en aldeas de toda Rumanía y vueltos a levantar pieza a pieza junto al lago Herăstrău. No es una recreación temática ni un parque de atracciones histórico: son los edificios reales donde vivió esa gente, y es la visita que más me sorprendió de toda la capital.

Lectura de 7 minutos

Hay una visita en Bucarest que casi nadie incluye en su itinerario de fin de semana y que, en mi opinión, es la mejor de la ciudad. Está en el norte, dentro del Parcul Herăstrău, y se llama Muzeul Național al Satului "Dimitrie Gusti", el Museo Nacional de la Aldea.

La razón de que se quede fuera de tantos itinerarios es sencilla: exige salir del eje central, requiere un par de horas largas y compite con el Palacio del Parlamento en el reparto de un tiempo escaso. Pero si dispones de dos días en Bucarest, o si tu vuelo de vuelta sale por la tarde y tienes la mañana libre, este es el sitio.

La idea que lo hace distinto

Los museos etnográficos al aire libre existen en muchos países y suelen funcionar igual: se construyen réplicas de edificios tradicionales, se amueblan con objetos de época y se explica cómo vivía la gente. El Museo de la Aldea hizo algo distinto desde el principio, y ahí está la clave de todo.

En lugar de reproducir, trasladó. Durante décadas, el museo envió equipos por todo el país para localizar casas, iglesias, molinos, graneros, pozos y talleres que merecieran conservarse, desmontarlos pieza a pieza, transportarlos hasta Bucarest y volver a levantarlos en las catorce hectáreas que bordean el lago. Las vigas, los tejados, los muros y las puertas son los originales, con sus marcas de uso, sus reparaciones y sus siglos encima.

Eso cambia por completo la naturaleza de la visita. No estás recorriendo una recreación de cómo se suponía que vivía la gente del campo rumano: estás entrando en las casas concretas donde vivió esa gente. La diferencia parece sutil hasta que uno cruza la primera puerta y se da cuenta de que no lo es en absoluto.

Dimitrie Gusti y el origen del proyecto

El museo se inauguró en 1936 y lleva el nombre de su fundador, el sociólogo Dimitrie Gusti, que dirigía por entonces la escuela sociológica de Bucarest. Aquella escuela hacía trabajo de campo intensivo en aldeas de todo el país, con equipos multidisciplinares que documentaban durante semanas la vida de una comunidad entera, y el museo nació directamente de ese método: no es una colección de objetos bonitos, sino el resultado material de una investigación sociológica.

La idea tenía antecedentes. Ya en 1867 Alexandru Odobescu había propuesto llevar arquitectura tradicional rumana a la Exposición Universal de París, y años después Alexandru Țigara-Samurcaș incorporó una casa campesina de Gorj al museo etnográfico de la capital. Pero fue Gusti quien convirtió la intuición en un proyecto sistemático y a gran escala.

La historia posterior tampoco fue tranquila. Durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, las casas del museo llegaron a utilizarse para alojar a refugiados llegados de Besarabia y Bucovina, y el recinto quedó bastante maltrecho. El museo volvió a abrir en 1948 bajo la dirección de Gheorghe Focșa, discípulo de Gusti, que dedicó años a recuperarlo y a ampliarlo hasta convertirlo en lo que es hoy: uno de los sitios más visitados de Bucarest, con más de trescientos mil visitantes al año.

Un mapa de Rumanía a tamaño real

Los edificios están agrupados por regiones históricas, así que recorrer el museo es literalmente atravesar el país. Las casas de madera tallada de Maramureș, en el norte, con esas puertas monumentales que son casi esculturas, están a unos minutos de las viviendas semienterradas de Oltenia, en el sur, construidas parcialmente bajo tierra por razones de clima y de escasez de materiales. Y a unos pasos hay iglesias de madera de Transilvania, granjas de la comunidad sículo-húngara de Harghita, casas de los rusos lipovanos del delta del Danubio y molinos de agua de los valles de los Cárpatos.

Esa organización geográfica es lo que convierte la visita en algo más que un paseo bonito. Al comparar unas casas con otras se entiende de golpe hasta qué punto Rumanía no es un país homogéneo: cambian los materiales, la altura de los techos, la relación con el patio, la disposición del hogar, la presencia o ausencia de decoración. Un país que desde España solemos imaginar como un bloque uniforme aparece aquí como lo que realmente es, un mosaico de tradiciones muy distintas entre sí.

Buena parte de los edificios se pueden ver por dentro, amueblados con los objetos originales: utensilios de cocina, herramientas agrícolas, telares, ajuares, trajes tradicionales. En algunos talleres hay artesanos trabajando, con demostraciones de tejido, alfarería o talla en madera, y a lo largo del año el museo organiza ferias y festivales de tradiciones populares que llenan el recinto de música y puestos.

Horarios, entradas y un aviso importante

Aquí hay un detalle que despista a muchísima gente y que conviene tener claro. El recinto y los interiores de las casas no siempre tienen el mismo horario: las casas y anexos de la exposición al aire libre abren en una franja más restringida que el propio parque del museo, con horario de verano más amplio que el de invierno. Si vas fuera de temporada, o a primera hora de la semana, puedes encontrarte recorriendo el recinto sin poder entrar en los edificios, que es justamente lo mejor de la visita.

Y un aviso que da el propio museo en su web: los horarios que muestra Google han estado equivocados en más de una ocasión, mostrando el programa de invierno en pleno verano. La única fuente fiable es muzeul-satului.ro. Compruébalo el día antes, no la semana antes.

Para la visita normal no hace falta reserva previa: se compra la entrada en taquilla y se pasa. Lo que sí requiere solicitud con antelación es el servicio de guía, que se contrata aparte y tiene tarifas distintas según el idioma. Un truco práctico: en la tienda del museo venden un plano del recinto por muy poco dinero, y con la cantidad de edificios que hay, merece la pena comprarlo nada más entrar para no dar vueltas sin criterio.

Cuánto tiempo dedicarle y cómo llegar

Hay que contar con dos o tres horas para recorrerlo con calma, y si te interesa el tema puedes pasar toda la mañana sin aburrirte. Las visitas guiadas de hora y media que incluyen algunas excursiones organizadas se quedan claramente cortas, así que si puedes, ve por tu cuenta y ajusta tú el ritmo.

Es una visita al aire libre, con senderos entre los edificios, así que el calzado cómodo y la ropa acorde al tiempo son obligatorios, y con lluvia o nieve pierde bastante. La entrada principal está en la Șoseaua Kiseleff, y se llega fácilmente en metro bajando en Aviatorilor y caminando unos minutos, o en cualquiera de las muchas líneas de autobús que recorren Kiseleff, incluida la que viene del aeropuerto.

Eso último abre una posibilidad que casi nadie aprovecha: si tu vuelo sale por la tarde y ya has dejado el equipaje, el museo queda de camino al aeropuerto. Se puede dedicar la mañana a la visita y coger el autobús desde la misma avenida, sin necesidad de volver al centro.

Con qué combinarlo

El museo está dentro del Parcul Herăstrău, así que lo natural es encadenar las dos cosas: un paseo por la orilla del lago antes o después, con sus embarcaderos y sus terrazas. A quince minutos andando queda el Arcul de Triumf, y si te ha gustado el enfoque etnográfico, el Museo del Campesino Rumano, cerca de la Plaza Victoriei, es el complemento perfecto, porque aporta el contexto histórico y museográfico que un recinto al aire libre no puede dar.

Todo ese bloque norte encaja de forma casi automática en la segunda jornada de un itinerario de dos días en Bucarest, que es como yo lo plantearía.

La conclusión, después de haber recorrido la capital entera a pie, es que este museo es lo que más me sorprendió y también lo que menos esperaba. Bucarest tiene monumentos más famosos y más fotografiados, pero ninguno cuenta tanto sobre el país. Es un formato al que en España no estamos acostumbrados y la sensación de caminar por una aldea artificial y absolutamente auténtica al mismo tiempo cuesta de resumir en un párrafo. Hay que ir.