
Qué ver en Bucarest en dos días
Dos días son la medida justa para Bucarest: el primero se va entero en el eje central, entre la Plaza Victoriei y el Palacio del Parlamento, y el segundo permite subir al norte de la ciudad, donde están el Arcul de Triumf, el lago Herăstrău y el Museo Nacional de la Aldea, que es probablemente la visita más sorprendente de toda la capital.
Un día en Bucarest da para lo esencial. Dos días dan para entender la ciudad, que no es lo mismo. La diferencia está en poder salir del eje central y subir al norte, a los barrios de bulevares anchos donde el pasado afrancesado de la capital se conserva bastante mejor que en el centro histórico, y sobre todo en poder dedicarle una mañana entera al Museo Nacional de la Aldea sin mirar el reloj.
El reparto que propongo es sencillo: el primer día concentra todo lo que se puede hacer a pie en el centro, y el segundo se apoya en un par de trayectos cortos de metro para cubrir la zona norte. Es un itinerario pensado para llegar un viernes por la noche y volar de vuelta un domingo por la tarde, que es como la mayoría de la gente termina visitando Bucarest.
Cómo repartir los dos días¶
El primer día es el más denso y el que exige más disciplina, porque el Palacio del Parlamento solo se visita con tour guiado y horario cerrado. Todo lo demás de esa jornada se encaja alrededor de esa reserva.
El segundo día es más relajado y más verde, con menos monumentos por hora y más paseo. Eso lo convierte también en el mejor candidato si el tiempo acompaña solo uno de los dos días: la zona norte se disfruta muchísimo más con sol, mientras que el centro se puede recorrer perfectamente con lluvia entrando y saliendo de iglesias, pasajes y museos.
Si tu vuelo de vuelta sale a mediodía, invierte el orden y haz el norte el primer día. El casco antiguo aguanta mejor una visita a última hora, porque es la única parte de la ciudad que de noche mejora.
Día 1 por la mañana: de la Plaza Victoriei al casco antiguo¶
La primera jornada arranca en la Plaza Victoriei y baja hacia el sur por la Calea Victoriei, la avenida que la élite rumana educada en Francia trazó en el siglo XIX tomando como modelo los Campos Elíseos. Son unos veinticinco minutos de paseo en los que van apareciendo, uno tras otro, el Ateneo Rumano con su cúpula verde, la Biblioteca Central Universitaria y la estatua ecuestre de Carol I.
El punto fuerte de la mañana es la Plaza Revoluției, donde Ceaușescu pronunció su último discurso público en diciembre de 1989 antes de huir en helicóptero desde la azotea del edificio del Comité Central. Fue capturado, juzgado en cuestión de horas y ejecutado el día de Navidad. Hoy la plaza es un espacio tranquilo, casi provinciano, presidido por el Memorial del Renacimiento.
A partir de ahí, y ya sin prisa, quedan tres paradas cortas antes de comer: la Iglesia Kretzulescu, con sus bóvedas pintadas en estilo brâncovenesc, la fachada art nouveau del Teatro Odeon y los pasajes cubiertos, con el Pasajul Victoriei y sus paraguas de colores como estampa más reconocible de la ciudad. Tienes el detalle de todo este tramo, parada por parada, en el itinerario de qué ver en Bucarest en un día.
Día 1 por la tarde: Lipscani y el Palacio del Parlamento¶
Lipscani, el casco antiguo, es el mejor sitio para comer sin gastar mucho y el punto donde conviene reservar tiempo para la librería Cărturești Carusel, instalada en un edificio de principios del siglo XX con varias plantas de galerías blancas abiertas hacia el patio central. En la misma zona están las iglesias de San Demetrio y San Antonio, y a un par de calles el Monasterio Stavropoleos, escondido en una callejuela y con un patio de columnas talladas que es de lo más bonito del centro.
La tarde se va entera en el Palacio del Parlamento. La visita es solo con guía y hay que reservarla con antelación, pero conviene saber cómo: la vía oficial para grupos pequeños es una llamada de teléfono el día anterior, en horario de oficina de lunes a viernes, y la alternativa cómoda es contratarla a través de una agencia. Cada visitante necesita además su documento de identidad original, sin copias ni versiones digitales. Tienes el detalle en cómo visitar el Palacio del Parlamento. Lo suyo es llegar caminando desde la Plaza Unirii por el Bulevardul Unirii, para ver el palacio aparecer al fondo de la avenida tal y como su promotor quería que apareciera.
Es el segundo edificio administrativo más grande del mundo por superficie, después del Pentágono, y para construirlo se demolió en 1984 el barrio histórico de Uranus entero. El tour dura alrededor de una hora y cubre apenas un dos por ciento del edificio. Al salir, la vuelta natural es hacia Lipscani, que de noche se llena de terrazas incluso con frío.
Día 2 por la mañana: el Arcul de Triumf y el norte parisino¶
El segundo día empieza en metro. La línea que sube desde el centro deja en Aviatorilor, a pocos minutos andando del Arcul de Triumf, y a partir de ahí todo se hace a pie. Este es el Bucarest que mejor sostiene el apodo de pequeño París: avenidas anchas, edificios señoriales de principios del siglo XX y una escala urbana que el centro perdió con las demoliciones de los años ochenta.
El arco actual, de hormigón revestido de granito, es de 1936, pero ya existía una versión anterior en madera levantada en 1878 para conmemorar la independencia de Rumanía. Sus relieves narran la historia del país desde la época romana hasta la unificación de 1918, el año en que Transilvania se incorporó a Rumanía tras casi novecientos años formando parte de Hungría. Es un detalle que explica bastante bien la relación del país con su propia historia: el monumento no celebra una victoria concreta, sino la existencia misma del Estado.
En determinadas fechas se abre la terraza superior, a la que se sube por una escalera interior, y desde ahí se tiene una de las mejores panorámicas del norte de la ciudad. No es una apertura diaria ni especialmente predecible, así que conviene consultarlo el mismo día y no construir el plan alrededor de ello.
El Parcul Herăstrău y el lago¶
Desde el arco se llega andando al Parcul Herăstrău, el parque grande que rodea un lago artificial y funciona como principal pulmón verde de la ciudad. Es un sitio muy frecuentado por los propios bucarestinos, cosa que en una capital tan turistificada en su centro se agradece: aquí se ve gente haciendo deporte, familias, gente mayor jugando a las cartas y muy pocos viajeros con mapa.
El paseo por la orilla es cómodo y llano, hay embarcaderos con barcas de alquiler en temporada y varias terrazas junto al agua. En primavera y verano es un plan en sí mismo, con conciertos y actividades al aire libre; en otoño e invierno, con los árboles pelados y menos gente, tiene un punto melancólico que también funciona muy bien.
La cuestión práctica es que el parque es grande y se puede perder mucho tiempo en él si uno se despista, así que conviene atravesarlo con un rumbo claro hacia la orilla noroeste, que es donde está la visita fuerte del día.
El Museo Nacional de la Aldea, la visita que casi nadie espera¶
Dentro del propio parque, junto al lago, está el Muzeul Național al Satului Dimitrie Gusti, el Museo Nacional de la Aldea. Si tuviera que quedarme con una sola visita de las dos jornadas, sería esta, y es curioso lo poco que aparece en las guías en español.
Lo fundó en 1936 el sociólogo Dimitrie Gusti con una premisa muy poco habitual: no construir réplicas, sino trasladar edificios originales. Durante décadas el museo envió equipos por todo el país para desmontar casas, iglesias, molinos, graneros y talleres de distintas regiones rurales, transportarlos pieza por pieza hasta Bucarest y volver a levantarlos en las diez hectáreas que bordean el lago. El resultado son más de trescientas construcciones auténticas: casas de madera tallada de Maramureș, viviendas semienterradas de Oltenia, iglesias de Transilvania, molinos de agua de los valles de los Cárpatos.
La diferencia con un parque temático es que estas son las casas reales en las que vivió esa gente, amuebladas con sus objetos originales, desde los utensilios de cocina hasta los ajuares y los trajes tradicionales. Además hay artesanos trabajando en algunos talleres, con demostraciones de tejido, alfarería o talla en madera, y en temporada se celebran festivales de tradiciones populares. Hay que contar con dos o tres horas para recorrerlo con calma, y merece la pena reservarlas: es un formato de museo al que en España no estamos acostumbrados y la sensación de caminar por una aldea artificial y absolutamente real al mismo tiempo cuesta de resumir.
Qué hacer con la tarde del segundo día¶
Al salir del museo quedan varias opciones según lo que apetezca. La más lógica, si el primer día se recortó algo, es bajar al Parcul Cișmigiu, el parque histórico del centro, mucho más pequeño que el Herăstrău pero con un trazado decimonónico muy cuidado y una ubicación que permite encadenarlo con cualquier cosa que quedara pendiente en el casco antiguo.
Otra alternativa es el Museo del Campesino Rumano, cerca de la Plaza Victoriei, que complementa muy bien la visita de la mañana y añade el contexto histórico que el Museo de la Aldea, por su formato al aire libre, no llega a dar. Y si viajas con interés musical, comprobar la programación del Ateneo Rumano y conseguir una entrada para un concierto es probablemente la mejor manera posible de cerrar el viaje.
Para cenar, la elección obvia vuelve a ser Lipscani, pero el segundo día merece la pena alejarse un poco del circuito más evidente y buscar los restaurantes de las calles perpendiculares, donde la relación calidad-precio mejora y el ambiente es bastante menos turístico.
La otra opción: cambiar el segundo día por Transilvania¶
Hay que decirlo porque mucha gente se lo plantea: el segundo día en Bucarest compite directamente con una excursión a Transilvania. Los castillos de Peleș y Bran, la fortaleza de Râșnov y el casco medieval de Brașov están lo bastante cerca como para hacerse en una jornada larga desde la capital, y para muchos viajeros esa es la razón misma de ir a Rumanía.
Mi opinión, después de hacer ambas cosas, es que si solo dispones de dos días completos merece la pena quedarse en Bucarest y dejar Transilvania para un viaje específico, porque una excursión de quince horas para ver cuatro sitios a paso ligero deja bastante sensación de aperitivo. Pero si tienes claro que no vas a volver a Rumanía en años, la excursión es perfectamente defendible y el segundo día es el momento idóneo para hacerla.
En ese caso el plan cambia poco: el primer día se mantiene íntegro y el segundo se sustituye por la salida, que suele arrancar a primera hora de la mañana y devolverte al alojamiento ya de noche. El norte de la ciudad se queda entonces pendiente, y con él la mejor visita de la capital.