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Los mosaicos de San Salvador de Cora

Destinos · Turquía · Estambul

La Estambul bizantina: qué queda hoy de Constantinopla

Debajo de la ciudad otomana hay otra ciudad, mil años más antigua. Cisternas, murallas, mosaicos y acueductos que siguen en pie: ruta completa por lo que queda de Constantinopla, con precios y cómo llegar.

Lectura de 9 minutos

Estambul se vende como ciudad otomana, y lo es: las cúpulas y los minaretes que forman su perfil son del siglo XVI en adelante. Pero debajo hay otra ciudad, mil años más antigua, que fue capital del Imperio Romano de Oriente durante más de un milenio y que dejó bastante más de lo que la mayoría de los visitantes llega a ver. Casi todo el mundo se lleva Santa Sofía y se marcha creyendo que eso era lo bizantino.

Este artículo recorre lo que queda de Constantinopla, incluyendo varios sitios que están fuera del circuito habitual y en los que muchos días no hay nadie. Es la ruta que recomiendo a quien viaja a Estambul por la historia y no solo por la postal, y da para un día completo bien aprovechado o para repartir en dos.

Santa Sofía, la obra que sostiene todo lo demás

Hay que empezar por lo evidente, aunque hoy sea la visita más cara de la ciudad. Santa Sofía se construyó entre 532 y 537 por orden de Justiniano, con dos arquitectos —Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto— que resolvieron el problema de sostener una cúpula de treinta y un metros de diámetro sin que el peso reventara los muros. La solución fue abrir un anillo de cuarenta ventanas en la base de la cúpula: la luz que entra por ahí hace que el techo parezca desconectado del edificio que lo sujeta.

Durante casi mil años fue la iglesia más grande del mundo cristiano. Después fue mezquita durante cinco siglos, museo desde los años treinta del siglo XX y de nuevo mezquita desde 2020, que es su situación actual. Los turistas acceden solo a la galería superior, por una puerta del lado noreste, y pagan una entrada fijada en euros que ronda los veinticinco o treinta. Desde arriba se ven los mosaicos bizantinos que sobrevivieron a la conversión, tapados con cal en su día y recuperados después.

Un apunte que casi nadie aprovecha: las tumbas de los sultanes que hay junto al edificio son gratuitas y están prácticamente vacías.

Santa Irene, la iglesia que se salvó por convertirse en arsenal

Dentro del primer patio del Palacio de Topkapi, al que se accede libremente sin entrar al palacio, está Santa Irene. Es una iglesia bizantina del siglo VI, contemporánea de Santa Sofía, y tiene una particularidad que la hace única: es la única iglesia importante de Constantinopla que los otomanos no convirtieron en mezquita. La usaron como arsenal y almacén, lo que la dejó sin la decoración añadida y sin los cambios que sufrieron todas las demás.

El resultado es un espacio despojado, con la estructura bizantina a la vista y una gran cruz en el ábside donde en otras iglesias hay caligrafía islámica. La entrada está incluida en el Museum Pass y en la entrada general de Topkapi.

San Salvador de Cora: los mejores mosaicos que se conservan

Escondida entre calles residenciales del barrio de Edirnekapı, lejos del circuito turístico, está la que fue iglesia del monasterio de Chora y hoy es de nuevo mezquita, con el nombre de Kariye. Desde fuera no promete gran cosa. Por dentro conserva el conjunto de mosaicos y frescos más importante del arte bizantino tardío que existe en el mundo.

La paradoja es que se conservaron gracias a la conversión en mezquita del siglo XVI: los cubrieron con cal para respetar la prohibición de representar figuras humanas, y esa capa los protegió durante cuatrocientos años hasta que se restauraron en el siglo XX. Las escenas de la vida de la Virgen y de Cristo del interior, y sobre todo la Anástasis del parecclesion, están a un nivel que no se ve en ningún otro sitio.

Desde 2024, los visitantes extranjeros pagan veinte euros en la propia puerta. Abre de nueve a seis y cierra al turismo durante la oración del viernes. Rigen las normas de cualquier mezquita en activo: hombros y rodillas cubiertos, y pañuelo para las mujeres.

Las murallas de Teodosio, mil años de defensa

A pocos metros de Cora empiezan las murallas. Las de Teodosio II se levantaron en el siglo V para cerrar el único lado de la península donde no hay agua, y son tres líneas paralelas de defensa: un foso seco, una muralla baja con torres y la principal, de diez metros de altura y noventa y seis torreones.

Resistieron ataques árabes, búlgaros, rusos y cruzados durante más de mil años. Cayeron el 29 de mayo de 1453, cuando los cañones de Mehmed II abrieron una brecha por la que entraron los jenízaros y se acabó el Imperio Romano, mil cuatrocientos ochenta años después de su fundación.

No hay taquilla ni horario. Se recorren largos tramos por fuera, en algunos puntos se puede subir, y muchos días no hay nadie alrededor. Es, para mi gusto, el sitio de Estambul donde mejor se percibe la escala real de lo que fue Constantinopla.

Las cisternas: la ciudad de debajo

Constantinopla tenía un problema serio de agua y lo resolvió construyendo depósitos subterráneos por toda la península. La Cisterna Basílica es la famosa: la mandó hacer Justiniano en 532, el mismo año que empezó Santa Sofía, para abastecer al palacio imperial. Son trescientas treinta y seis columnas de mármol en filas de doce, muchas reaprovechadas de templos anteriores, sosteniendo una bóveda que se pierde en la penumbra, con unos centímetros de agua todavía en el suelo y dos cabezas de Medusa colocadas de lado y boca abajo como base de sendas columnas. La entrada ronda las 2.250 liras y las colas son de las peores de la ciudad.

La alternativa que casi nadie conoce es la Şerefiye Sarnıcı, la cisterna de Teodosio, a diez minutos andando de la anterior. Es más pequeña, con treinta y dos columnas, se descubrió hace relativamente poco durante unas obras y está mucho mejor de gente: se entra sin cola y se ve con calma. Si el plan incluye una sola cisterna y se viaja en temporada alta, esta es la opción sensata.

El acueducto de Valente y el Hipódromo

El acueducto de Valente cruza una avenida del barrio de Fatih con sus arcos de casi mil setecientos años mientras el tráfico pasa por debajo como si tal cosa. Se construyó en el siglo IV para llevar agua a la ciudad y se conservan cerca de mil metros. No cuesta nada verlo porque es, literalmente, parte de la calle, y está junto a la parada de metro de Vezneciler.

El Hipódromo, en Sultanahmet, es hoy una plaza alargada por la que la gente pasa sin detenerse. Debajo está la pista donde corrían las cuadrigas ante cien mil espectadores y donde se decidían cosas más serias que una carrera: la revuelta de Niká, en 532, empezó ahí y a punto estuvo de costarle el trono a Justiniano. Quedan a la vista el obelisco egipcio de Teodosio, con tres mil quinientos años y traído en barco desde Luxor; la columna serpentina, que estuvo en el oráculo de Delfos; y la columna de Constantino. Es probablemente la mayor concentración de historia por metro cuadrado que se puede ver en Europa sin pagar entrada.

Dos paradas menores que merecen el desvío

El Museo de Mosaicos del Gran Palacio, junto al Arasta Bazaar detrás de la Mezquita Azul, conserva in situ el pavimento de mosaico del palacio imperial bizantino, con escenas de caza y de vida cotidiana de una calidad extraordinaria. Es pequeño, se ve en media hora, está incluido en el Museum Pass y casi nadie entra.

La iglesia de San Sergio y Baco, conocida como la Pequeña Santa Sofía, está cerca del mar de Mármara y es anterior a la propia Santa Sofía. Funciona como mezquita, la entrada es libre y el barrio que la rodea es de los más tranquilos de la península histórica.

Cómo montar la ruta en un día

La geografía manda. El grupo de Sultanahmet —Santa Sofía, Santa Irene, el Hipódromo, las cisternas, el Museo de Mosaicos y la Pequeña Santa Sofía— está todo a distancia de paseo y ocupa cómodamente una mañana larga.

El grupo del oeste —acueducto de Valente, Cora y las murallas— queda a media hora en metro y autobús, y ocupa la tarde. Se empieza en Vezneciler, junto al acueducto, y se termina en las murallas al atardecer, que es cuando mejor están. Desde ahí se puede bajar al Cuerno de Oro y volver en ferri, que es un cierre difícil de mejorar.

Un aviso de calendario: el viernes por la mañana es mal día, porque Cora y las mezquitas cierran al turismo durante la oración del mediodía. Y una nota de presupuesto: con Cora, el Museo de Mosaicos y los Museos Arqueológicos en el plan, el Museum Pass de Estambul empieza a tener sentido, aunque no cubre ni Santa Sofía ni la Cisterna Basílica.

Por qué merece la pena

Estambul recibe millones de visitantes al año y la inmensa mayoría no sale del triángulo de Sultanahmet. Eso significa que se puede estar solo, en una tarde cualquiera, delante de una muralla que aguantó mil años de asedios o dentro de una iglesia con los mejores mosaicos bizantinos del mundo. En pocas ciudades europeas queda algo así de accesible y así de vacío.

Y hay otra razón, menos turística. Ver Constantinopla debajo de Estambul cambia la manera de entender la ciudad: deja de parecer un decorado otomano con algún edificio antiguo suelto y se convierte en lo que es, un sitio donde cada capa se construyó sobre la anterior sin borrarla del todo. Esa es, al final, la razón por la que uno viene hasta aquí.