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La Mezquita de Süleymaniye, la obra maestra de Mimar Sinan, en lo alto de una de las colinas de Estambul.

Destinos · Turquía · Estambul

Mezquitas de Estambul más allá de la Mezquita Azul

Süleymaniye, Fatih, Eyüp Sultan, Nuruosmaniye, Kılıç Ali Paşa y Ortaköy. Siete mezquitas que se visitan gratis, con muchísima menos gente que la Azul y, en algún caso, con mejor arquitectura.

Lectura de 8 minutos

Casi todo el mundo que viaja a Estambul entra en dos mezquitas: la Azul, porque está en todas las listas, y Santa Sofía, que hoy también lo es aunque cobre entrada. Después se marcha con la sensación de haber cubierto el capítulo. Es una lástima, porque la ciudad tiene decenas de mezquitas monumentales, la entrada es gratuita en todas ellas y algunas son arquitectónicamente superiores a la que sale en las postales.

Este artículo recoge las que merecen un desvío, ordenadas de más a menos conocidas, con lo que hace especial a cada una y dónde encaja en un itinerario. Y empieza con una advertencia práctica que ahorra disgustos: son lugares de culto en activo, no museos, así que cierran a los visitantes durante los cinco rezos diarios y hay que entrar vestido en consecuencia.

Antes de entrar: normas y horarios

Las reglas son las mismas en todas partes y no tienen misterio. Hay que descalzarse en la entrada —dan bolsas de plástico para llevar los zapatos en la mano—, llevar hombros y rodillas cubiertos, y las mujeres deben cubrirse la cabeza con un pañuelo, que prestan en la puerta si no se lleva. Los visitantes acceden a la parte trasera de la sala de oración y no se pasa por delante de quien está rezando.

En cuanto a horarios, conviene mirar la hora del rezo antes de plantarse en la puerta. Yo llegué a Süleymaniye justo en hora de oración y tuve que esperar fuera a que terminara el servicio; no fue ningún drama, porque los jardines exteriores tienen unas vistas sobre el Cuerno de Oro que justifican la espera por sí solas, pero con un itinerario apretado esa media hora puede descolocar el día. El viernes al mediodía es el peor momento de la semana: el cierre al turismo es largo en todas ellas.

Süleymaniye, la que deberías ver si solo ves una

Si hubiera que elegir una sola mezquita en Estambul, para mí es esta y no la Azul. La construyó Mimar Sinan entre 1550 y 1557 para Solimán el Magnífico, cuando el arquitecto pasaba ya de los sesenta años, y está considerada su obra maestra. Es la mezquita más grande de la ciudad.

Lo que hace especial el interior es la contención. Sinan resolvió aquí el mismo problema que Santa Sofía había resuelto mil años antes —crear un espacio unificado bajo una cúpula enorme— con una solución distinta y más discreta: planta cuadrada, cúpula central flanqueada por dos semicúpulas, mucha menos ornamentación que la Mezquita Azul, más luz y unas proporciones tan limpias que el espacio parece respirar. Se sale de allí con una impresión completamente distinta a la del azulejo abrumador.

En los jardines traseros, separados por un paseo arbolado, están los mausoleos. El de Solimán tiene el sarcófago en el centro, rodeado de azulejos de İznik y caligrafía, y al lado está el de Roxelana, su esposa. Solimán gobernó cuarenta y seis años, los más largos de la historia otomana, y en ese tiempo el imperio llegó a su máxima extensión: de Budapest al Golfo Pérsico y de Argelia al Caspio. Verlo enterrado en un espacio tan recogido tiene su punto.

Y luego está la terraza. La mezquita domina una de las colinas de la ciudad y desde sus jardines exteriores se ve todo el Cuerno de Oro. Es uno de los mejores miradores de Estambul y no cuesta un céntimo, algo que conviene tener presente cuando se está calculando si pagar los treinta euros de la Torre Gálata.

La Mezquita Azul, en su justa medida

No se trata de despreciarla: la Mezquita Azul merece la visita y el interior está a la altura de la fama. Los veinte mil azulejos de İznik pintados a mano con motivos florales en azul y blanco, las más de doscientas ventanas que dejan entrar la luz y la sensación de amplitud bajo las cúpulas son reales, no exageradas.

Lo interesante es entender qué pretendía. El sultán Ahmed I la mandó construir para rivalizar con Santa Sofía, que para entonces llevaba setenta años convertida en mezquita, y lo consiguió con un carácter opuesto: donde Santa Sofía es oscura y solemne, esta es luminosa y azulada. Visitadas una detrás de otra, la comparación es la mitad de la gracia.

Lo que se paga es la cola de seguridad, que en temporada alta puede irse a la hora larga. Si el tiempo aprieta, hay que decidir con la cabeza fría si esa hora vale más aquí que en Süleymaniye, donde se entra directamente.

Fatih, la mezquita del conquistador

En el barrio del mismo nombre, sobre lo que fue el centro geográfico de Constantinopla y el emplazamiento de la iglesia de los Santos Apóstoles, panteón de los emperadores bizantinos, Mehmed II mandó construir su mezquita entre 1463 y 1470, diez años después de tomar la ciudad. Fatih significa "el Conquistador". Un terremoto la destruyó en 1766 y la actual es una reconstrucción del siglo XVIII, pero la carga simbólica del sitio permanece intacta: aquí está enterrado el hombre que puso fin a un imperio que llevaba mil ciento veintitrés años en pie.

El conjunto es además un buen ejemplo de külliye, esos complejos religioso-sociales otomanos que incluían escuelas, hospedaje para viajeros, biblioteca, cocinas y mercado alrededor del templo. Era una forma de urbanismo, no solo de arquitectura religiosa.

Es una mezquita de barrio, enorme y muy viva, con familias en el patio y prácticamente ningún turista. Encaja bien en la ruta que baja del acueducto de Valente hacia las murallas.

Eyüp Sultan, la otra clase de silencio

En el extremo del Cuerno de Oro, Eyüp Sultan guarda la tumba de Abu Ayyub al-Ansari, compañero del profeta que murió durante el primer asedio árabe de Constantinopla, en el siglo VII. Es uno de los lugares más sagrados del islam en Turquía y el ambiente no se parece en nada al de las mezquitas del centro histórico.

Aquí los turistas existen, pero son minoría clara. La mayoría de la gente que entra viene a rezar, a traer a sus hijos pequeños a ceremonias religiosas, a sentarse en los jardines con una intención que no es fotográfica. Hay una temperatura espiritual distinta, la de un lugar de peregrinación activa, y eso obliga a una discreción que en Sultanahmet nadie exige. Yo diría que es precisamente por eso por lo que merece la visita: es la única de esta lista donde uno tiene claro que está de invitado.

Al lado sale el teleférico que sube a la colina de Pierre Loti, así que la visita se combina de forma natural con uno de los mejores atardeceres de la ciudad.

Nuruosmaniye, el barroco otomano junto al Gran Bazar

Pegada a una de las puertas del Gran Bazar, la Nuruosmaniye es del siglo XVIII, del período tardío del imperio, y ya incorpora elementos barrocos europeos en la decoración. Después de la grandiosidad aplastante de Santa Sofía y la Mezquita Azul, ofrece una escala más íntima y una luz distinta, con curvas donde las clásicas tienen líneas rectas.

Es una parada de quince minutos y está literalmente de paso hacia el bazar, así que no hay excusa para saltársela.

Kılıç Ali Paşa, Sinan a pie de agua

En Tophane, junto al Bósforo y a un paseo del puente de Gálata, está esta mezquita del siglo XVI que también firmó Sinan. Lo llamativo es su emplazamiento: casi al borde del agua, con una proporción respecto al paisaje marítimo muy cuidada y los minaretes reflejándose en la superficie. Es pequeña comparada con las imperiales y prácticamente no recibe visitantes.

Está al lado de la parada de tranvía de Tophane y encaja bien en el trayecto entre el puente y Karaköy.

Ortaköy, la postal del Bósforo

Cuatro kilómetros al norte de Dolmabahçe, la mezquita de Ortaköy es del siglo XIX y no destaca por su interior, sino por dónde está: construida sobre una plataforma que llega hasta el agua del Bósforo, con el primer puente colgante del estrecho, de 1973, cruzando el cielo a unos cientos de metros por detrás. El contraste entre la arquitectura decimonónica y la ingeniería del siglo XX, con el estrecho de fondo, produce una imagen que no aparece en casi ninguna fotografía de guía.

El barrio, con sus puestos de kumpir y su ambiente de fin de semana, es un buen destino de media tarde.

Una que dejé fuera y me arrepiento

Si alguien tiene tiempo y quiere una recomendación de las que no salen en las listas, la mezquita de Rüstem Paşa, escondida en un piso alto sobre las calles comerciales que rodean el Bazar de las Especias, es otra obra de Sinan y conserva la mejor colección de azulejos de İznik de toda la ciudad, muy por encima de la Mezquita Azul en calidad aunque en un espacio mucho más pequeño. Cuesta encontrar la entrada, que es medio callejón y medio escalera, y eso mismo la mantiene vacía.

Es lo que tiene esta ciudad: se vuelve de un viaje de una semana con una lista de sitios pendientes más larga que la que se llevaba. Si estás montando el itinerario, en el de tres días están repartidas la mayoría de estas mezquitas, y en el artículo de qué hacer gratis en Estambul aparecen todas juntas, porque todas lo son.