
Bilbonauta · Londres
Charlie and the Chocolate Factory: magia pura en el Drury Lane
Cuatro desapariciones de niños resueltas con trucos de ilusionismo en directo, sin cortes ni pantallas, vistas yo solo, sin nadie con quien comentar el intermedio.
Hay musicales que entretienen, musicales que impresionan, y musicales que te devuelven a la infancia sin previo aviso. Charlie and the Chocolate Factory en el Theatre Royal Drury Lane ha sido de los terceros. He salido del teatro con la sonrisa de un niño de diez años y la certeza de haber visto algo especial.
El Theatre Royal Drury Lane¶
Antes de hablar de la obra hay que hablar del teatro, porque el Drury Lane es un personaje en sí mismo. Es el teatro más antiguo de Londres en funcionamiento continuo: el edificio actual es de 1812 (el cuarto en este mismo solar, después de que los tres anteriores ardieran o fueran demolidos), pero la historia del teatro en este lugar se remonta a 1663, cuando Carlos II concedió la primera licencia real para representaciones dramáticas.
Por este escenario han pasado David Garrick, Edmund Kean, Noël Coward, y en las últimas décadas ha sido el hogar de grandes producciones musicales como Miss Saigon, My Fair Lady o The Producers. Solo entrar en la sala, con sus palcos dorados, su techo pintado y su platea inmensa, ya justifica el precio de la entrada. Es el tipo de teatro que te hace entender por qué a esto se le llama "ir al teatro" y no simplemente "ver una obra": el espacio forma parte de la experiencia.
La obra¶
El musical adapta la novela de Roald Dahl con libreto de David Greig, música y letras de Marc Shaiman y Scott Wittman, y dirección de Sam Mendes. Sí, el Sam Mendes de American Beauty y Skyfall, dirigiendo un musical sobre un fabricante de chocolate excéntrico y un niño pobre con un billete dorado. Se ha estrenado este mismo año y ya ha batido el récord de recaudación semanal de todo el West End. El fenómeno de la temporada.
Tenía el recuerdo de la película de 1971 con Gene Wilder vista hace muchos años, y el musical va activando esos recuerdos uno a uno: la fábrica imposible, los biletes dorados, los niños malcriados, los Oompa Loompas, el río de chocolate. Pero no se limita a reproducir la película. Es una versión nueva, con su propia personalidad, que respeta el espíritu de Dahl (ese punto oscuro y retorcido que siempre tuvo, esa forma de tratar a los niños como seres capaces de entender la crueldad) mientras añade capas que solo el teatro en vivo puede dar.
Douglas Hodge como Wonka¶
Douglas Hodge interpreta a Willy Wonka con un equilibrio que me ha parecido perfecto. No es el Wonka dulce y soñador de Gene Wilder ni el Wonka excéntrico y siniestro de Johnny Depp: es algo intermedio, un Wonka que te fascina y te inquieta a partes iguales. Nunca sabes si está siendo amable o te está poniendo a prueba. Tiene una presencia escénica enorme, domina cada escena en la que aparece, y consigue algo difícil: que un adulto se sienta como Charlie, pequeño e impresionado ante alguien que parece saberlo todo y controlarlo todo.
El resto del elenco es igualmente magistral. Los niños cantan y actúan con una naturalidad pasmosa, y cada uno de los personajes secundarios tiene su momento para brillar. Las interpretaciones en conjunto son de un nivel que rara vez he visto en un musical.
La magia escénica¶
Pero lo que realmente hace especial a esta producción es la magia. Y no hablo de forma metafórica. Hay momentos de pura magia escénica que no entiendes cómo se han resuelto técnicamente. La fábrica de chocolate que se despliega ante tus ojos, el río de chocolate que fluye por el escenario, las transformaciones de cada habitación. Y sobre todo, las desapariciones de los niños.
Cada niño que desobedece las reglas de Wonka desaparece de una forma diferente, siguiendo la historia original: Augustus Gloop absorbido por la tubería de chocolate, Violet Beauregarde inflándose como un arándano, Veruca Salt cayendo por el conducto de las nueces, Mike Teavee encogido por la televisión. En la película eran efectos especiales. Aquí, en un escenario en vivo, delante de tus ojos, sin cortes de cámara ni posproducción, cada desaparición es un truco de ilusionismo que arranca aplausos espontáneos del público. No voy a revelar cómo lo hacen porque no lo sé y porque no querría estropear la sorpresa a nadie, pero la resolución de cada una de estas escenas es brillante.
El escenario del Drury Lane es enorme y lo aprovechan al máximo. Hay proyecciones, cambios de decorado que parecen imposibles, elementos que aparecen y desaparecen sin que entiendas la mecánica. Es el tipo de producción que solo puede hacerse en un teatro de estas dimensiones y con este presupuesto, y que justifica por sí sola la existencia del West End como epicentro mundial del teatro musical.
La música¶
La partitura de Shaiman y Wittman es una de las grandes sorpresas de la noche. Esperaba canciones funcionales, de las que acompañan la historia sin destacar especialmente. Lo que me he encontrado es una partitura superpegadiza, con números que se quedan en la cabeza desde la primera escucha. Hay canciones que salgo tarareando por Shaftesbury Avenue y que probablemente me van a perseguir durante días. El estilo combina el musical de Broadway clásico con toques de humor británico, y cada número está perfectamente integrado en la narrativa: no hay canciones de relleno, cada una hace avanzar la historia o desarrolla un personaje.
Los números corales son espectaculares, con coreografías que mezclan el vodevil con la fantasía, y los solos tienen una calidad interpretativa que eleva las canciones muy por encima de lo que parecen en el papel. La orquesta suena impecable y la amplificación del Drury Lane hace justicia a cada nota.
Veredicto¶
No puedo ser más claro: me ha encantado. Es de esos espectáculos que te recuerdan por qué el teatro en vivo es insustituible, por qué ninguna película ni ninguna pantalla puede replicar la experiencia de estar sentado en una butaca viendo cómo las cosas imposibles ocurren delante de tus ojos.
Charlie and the Chocolate Factory es mágico en el sentido más literal de la palabra. Es divertido, es emocionante, es visualmente deslumbrante, tiene interpretaciones magistrales y una música que no se te va de la cabeza. Si alguien me pregunta qué hacer en Londres esta Navidad, la respuesta es fácil: ir al Drury Lane.
Y si alguien necesita una razón más: ver un musical solo, sin tener que negociar la elección con nadie, sin tener que comentar durante el intermedio, sin filtrar la experiencia a través de la reacción de otro, es un lujo que recomiendo a cualquiera. Solo tú y el escenario. A veces es la mejor compañía posible.