
Bilbonauta · Madrid
El Rey León en Madrid: dos hermanas gemelas en Londres y Gran Vía
Comparado número a número con la producción de Londres que ya conocía, la de Madrid resultó una gemela casi perfecta, con un guiño flamenco de Timón que no existe en la versión inglesa.
Cuando compré la entrada para El Rey León en el Teatro Lope de Vega, a finales de noviembre de 2012, no iba con la ilusión de ver algo nuevo. Iba con la curiosidad de comparar. Había tenido la suerte de ver este mismo musical años antes en Londres, en el Lyceum Theatre del West End, y había salido de allí absolutamente rendido: la dirección de Julie Taymor, el vestuario, las máscaras de los animales, los números corales, todo funcionaba a un nivel difícil de encontrar en otros montajes. Saber que la producción española, que llevaba desde octubre de 2011 instalada en la Gran Vía, seguía los estándares de Disney Theatricals, me generaba expectativa y ciertas dudas al mismo tiempo. ¿Estaría de verdad a la altura? ¿Se perdería algo en la traducción, en el ajuste cultural, en la simple repetición de una fórmula?
Esa mezcla de fidelidad y curiosidad es la que me empujó a reservar butaca durante mi escapada de diciembre.
El Teatro Lope de Vega, reformado para la ocasión¶
El Lope de Vega, en Gran Vía 57, es un teatro histórico que se reformó a fondo en 2011 precisamente para acoger El Rey León. La reforma implicó renovar el patio de butacas, adaptar el escenario al tamaño del montaje (que trae consigo tramoya monumental), revisar iluminación y camerinos, y en general poner el teatro a punto para una producción de largo recorrido. El resultado, como espectador, es cómodo: butacas mullidas, visibilidad correcta desde casi cualquier posición, una acústica que sostiene bien tanto los números grandes como los momentos de intimidad.
Llegué con tiempo, ocupé mi sitio (había elegido patio central, un poco atrás, para tener la visión global del escenario) y disfruté de ese cosquilleo de los minutos previos al apagón de luces. El público, mayoritariamente familiar, incluía muchos niños, algo que da al Rey León un ambiente especial: las risas y los aplausos de los más pequeños son contagiosos.
Una obertura que lo dice todo¶
Quien haya visto El Rey León sabe que la batalla se gana en los primeros diez segundos. El grito inicial del Circle of Life (aquí, en la versión española, El ciclo sin fin), con Rafiki cantando desde un lateral, erizó la piel de toda la sala. Entonces empieza la procesión: los animales de la sabana entran por los pasillos del patio de butacas y por las plateas, desfilan hacia el escenario, pasan literalmente a centímetros del público. Elefantes a tamaño casi real, jirafas que andan sobre zancos, ñus, gacelas, pájaros que cruzan el aire. Los niños se giraban en las butacas con los ojos muy abiertos. Los adultos, también, aunque con disimulo.
Esa apertura es, probablemente, uno de los momentos más brillantes del teatro musical contemporáneo. Y lo llamativo es que cuando la vi en Londres me emocionó igual, con la misma intensidad y con el mismo nudo en la garganta. Arranque de diez en ambas producciones.
Comparando las dos versiones, escena por escena¶
A lo largo de la función fui cotejando mentalmente cada número con el recuerdo londinense. Conclusión: la producción española es, salvo excepciones mínimas, una hermana gemela de la británica. Hablo de calidad técnica, de dirección escénica, de maquinaria, de coreografía, de vestuario. El diseño de Julie Taymor se respeta hasta el último pliegue y las máscaras que combinan rostro humano visible con cabezas de animales articuladas siguen siendo uno de los aciertos más elegantes del teatro contemporáneo. Las sombras chinescas de la muerte de Mufasa siguen siendo desgarradoras. El salto de la estampida en el barranco sigue siendo espectacular.
Hay que tener en cuenta que el grueso del montaje es exactamente el mismo: mismas músicas de Elton John y Tim Rice (con los añadidos de Lebo M y Hans Zimmer para la versión escénica), mismas coreografías, mismo diseño. La diferencia fundamental está, por supuesto, en el idioma: ver El Rey León en castellano tiene un efecto muy particular si, como yo, lo conocías primero en inglés. Los números corales en zulú y en suajili se mantienen (esas palabras no se traducen, son casi invocaciones rituales), pero los diálogos y las canciones de los personajes principales están en un castellano muy bien adaptado, sin resultar nunca forzado. El trabajo de traducción es encomiable.
El guiño flamenco de Timón que me conquistó¶
La única diferencia notable que encontré fue un número de Timón y Pumba en el segundo acto. En la versión internacional, y en la de Londres que yo había visto, Timón interpreta un pequeño numerito con baile de tipo hawaiano (esa escena en la que intentan llamar la atención de las hienas para salvar a Simba). En la producción española, ese baile se sustituye por un pequeño número de aires flamencos, con palmas, rasgueos de guitarra y un giro muy clavado de Timón haciendo de bailaor.
No sé si fue una concesión local, un capricho del director residente o una decisión consciente de Disney para adaptar el humor al público español. Me da igual: funcionó de maravilla. El público estalló en aplausos y risas, y a mí, que soy de los que agradecen ese tipo de guiños bien calibrados (una cosa es adaptar, otra es colar tópicos gratuitos), me pareció un detalle simpático que enriquece sin romper. Fue el único momento en el que pensé «esto en Londres no lo he visto», y salí mejor por ello.
Números imprescindibles: del Hakuna Matata al Shadowland¶
Revisando mentalmente los grandes momentos, hay varios que resisten cualquier reencuentro. El Hakuna Matata sigue siendo una fiesta, un número de complicidad entre Timón, Pumba y el público en el que imposible no seguir el compás con el pie. El Shadowland, la canción de la leona Nala, es uno de los pilares emocionales del musical y en la versión española estaba interpretado con una solvencia enorme (no recuerdo ahora el nombre de la actriz exacta de aquella función, porque el reparto rota y las entradas no traen la hoja de reparto concreta). Los números de Scar, con ese aire entre manipulador y camp, siguen funcionando. Y el gran momento final, con la vuelta de Simba adulto a la roca del rey y el eco del Circle of Life, cierra el círculo con una elegancia que entiende por qué este musical lleva décadas en cartel por medio mundo.
Una producción madura a dos barrios de distancia¶
Después de más de un año de funciones continuas, el elenco del Lope de Vega en diciembre de 2012 estaba claramente asentado. No había esa rigidez del debutante ni ese cansancio de ciertas producciones que acumulan demasiada temporada. La orquesta sonaba compacta, los números corales estaban afinados, las transiciones entre escenas se ejecutaban con la precisión de un reloj suizo. Nada sobraba, nada faltaba. Un montaje maduro, en su punto.
Al salir del teatro, caminé los pocos metros que separan el Lope de Vega del 40 Café (donde había comido horas antes) y seguí por Gran Vía buscando el metro. Repasaba mentalmente lo visto y llegué a la conclusión que anoté esa misma noche en mi cuaderno: El Rey León de Madrid y El Rey León de Londres son, efectivamente, hermanas gemelas. Son la misma obra, hecha con los mismos materiales, dirigida con el mismo ojo y ejecutada al mismo nivel, con una pequeña diferencia folclórica que, lejos de romper la simetría, le añade un rasgo distintivo simpático.
Consejos prácticos para quien se lo plantee¶
Si tengo que recomendar este montaje (y lo recomiendo sin reservas), apunto algunos consejos de quien lo ha visto en dos ciudades y dos idiomas. Compra con antelación: lleva más de una década en cartel en Madrid y sigue llenando. Elige sitios del patio central, preferiblemente no muy cerca del escenario, para captar bien los números corales con animales entrando por los pasillos. Si llevas niños, comprueba que tengan la edad mínima recomendada (hay partes bastante impresionantes, y la muerte de Mufasa afecta a los más pequeños). Y, si puedes, reserva alguna función nocturna en lugar de las matinales: el montaje de iluminación se aprovecha mejor con sala oscura sala tras una jornada en la que los ojos se han adaptado a la penumbra.
De todos los musicales que he visto en España, El Rey León sigue siendo uno de los que mejor justifica el viaje expreso a Madrid. Y, reconozcámoslo, tenerlo a solo cinco horas en autobús desde Bilbao es un lujo que no todos los destinos culturales del mundo ofrecen.