
Bilbonauta · Londres
El Rey León en el Lyceum Theatre
El mejor de los cuatro musicales de aquel viaje a Londres, y el único que nos dejó sin palabras en la propia acera del teatro al salir.
De los cuatro musicales que hemos visto en este viaje a Londres, El Rey León es el que nos dejó sin palabras. Y no lo digo como recurso retórico. Cuando salimos del Lyceum Theatre, nos quedamos los dos parados en la acera de Wellington Street, mirándonos, sin saber muy bien qué decir. Eso dice más que cualquier crítica.
Pero voy a intentarlo.
El Lyceum Theatre¶
El Lyceum está en Wellington Street, a un paso de Covent Garden, en pleno corazón del West End. El edificio actual data de 1834, aunque el emplazamiento lleva acogiendo espectáculos desde 1765: uno de los espacios teatrales más antiguos de Londres. La fachada con su pórtico de columnas tiene esa presencia que solo consiguen los edificios que han sobrevivido un par de siglos de historia. Entrar en el Lyceum ya es en sí mismo algo: los techos altos, la decoración clásica, la sensación de estar a punto de ver algo especial en un lugar acostumbrado a funciones especiales.
El musical¶
El Rey León se estrenó en el West End en 1999, cinco años después de la película de Disney. La producción está dirigida por Julie Taymor, con música de Elton John y Tim Rice — los responsables de las canciones originales — más las contribuciones de Lebo M y otros músicos que aportan toda la dimensión africana a la banda sonora. Sobre el papel, suena a una adaptación de Disney al teatro. En la práctica es cualquier cosa menos eso.
La historia ya la conocemos. Simba, el cachorro de león que tiene que encontrar su lugar en el mundo después de perder a su padre. Una historia sencilla, casi infantil si se apura. La misma que vimos todos en el cine en el 94. Y precisamente por eso lo que hace Taymor es tan extraordinario: coge un material que conoces de memoria, que podrías recitar escena por escena, y lo transforma en algo completamente nuevo.
El espectáculo¶
"Circle of Life". La función empieza y el teatro entero cobra vida. No solo el escenario: el teatro entero. Los actores aparecen desde los pasillos del patio de butacas, desde los laterales, desde todas partes. Una jirafa enorme avanza por el pasillo central, a medio metro de donde estás sentado. Pájaros que vuelan sobre las cabezas. Gacelas que saltan. Un elefante avanzando lento y majestuoso hacia el escenario, mientras suena esa música que conoces tan bien pero que aquí, en directo, con esas voces y esa puesta en escena, suena como si la estuvieras escuchando por primera vez. El público contiene la respiración. Se escuchan exclamaciones ahogadas. Alguien detrás de nosotros dice "oh my God" en un susurro. Cuando Rafiki levanta al pequeño Simba en la Roca del Orgullo y toda la compañía está desplegada en el escenario, hay que tragar saliva.
Y eso es solo el primer número.
Lo que hace Taymor con esta producción es algo que no habíamos visto en ningún otro espectáculo de ningún tipo. Los actores son los animales, pero al mismo tiempo son visibles como personas. No se esconden detrás de los disfraces: los llevan encima, los manipulan, los hacen vivir. Mufasa lleva una máscara de león que levanta y baja con la cabeza. Scar tiene una máscara articulada que desciende sobre su rostro como una amenaza. Zazu es un títere de varilla que el actor maneja mientras interpreta al personaje con su propia cara visible, y a quien sin embargo dejas de ver porque el personaje te absorbe. Timón y Pumbaa son marionetas y mecanismos que resultan tan expresivos como cualquier actor de carne y hueso.
Las jirafas caminan sobre zancos con movimientos que imitan perfectamente al animal. Las hienas son terroríficas, con un diseño que mezcla lo humano y lo animal de una forma inquietante. Y la estampida de ñus — no voy a revelar el mecanismo porque arruinaría la sorpresa — consigue crear la sensación de una manada desbocada corriendo hacia ti en un escenario de teatro. Es imposible sobre el papel. Y sin embargo ahí está.
"Be Prepared", el número de Scar con las hienas marchando al paso de la oca, es teatralmente perfecto: oscuro, amenazante, visualmente impactante. Cada número, cada escena, cada transición está pensada con una inteligencia y una creatividad que no deja de sorprender. Los decorados aparecen y desaparecen con una precisión que parece magia. Las luces crean sabanas, atardeceres, noches estrelladas. Los colores, las texturas, las telas que simulan hierba o agua: todo es un prodigio de diseño.
Y luego está la emoción. Eso era lo que no esperábamos. Conocemos la historia, sabemos lo que va a pasar, no hay sorpresas argumentales. Y sin embargo, cuando Simba pierde a Mufasa, cuando el pequeño león se queda solo junto al cuerpo de su padre, el estómago se encoge exactamente igual que la primera vez que lo viste en dibujos animados. Quizás más. Porque aquí hay un ser humano en el escenario transmitiendo ese dolor, y la combinación del personaje y la persona resulta devastadora de una manera que la animación no puede alcanzar.
Cuando terminó la función y el público se puso en pie — todos, sin excepción, ovación inmediata y unánime —, teníamos los ojos húmedos. No da ninguna vergüenza reconocerlo. Es lo que tiene el buen teatro: te desarma, te abre, te recuerda por qué las historias importan.
Hemos visto cuatro musicales en este viaje. Saturday Night Fever fue olvidable. The Woman in White fue decepcionante. Jerry Springer: The Opera fue divertida y loca. El Rey León está en otra dimensión. Esa es la clasificación honesta. Si algún día vais a Londres y solo podéis ver un musical, ved este.