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Un jinete encabritando su caballo en escena, recortado en negro contra una neblina azul atravesada por un foco cenital, con una silueta de ciudad y unas antorchas anaranjadas al fondo a la derecha.

Bilbonauta · Madrid

El último jinete: una apuesta española con aspiración londinense y clichés por el camino

Un musical original español financiado por un príncipe saudí, con aspiraciones de saltar a Londres que nunca se cumplieron, y una urgencia médica en el patio de butacas que el elenco resolvió sin perder un compás.

Lectura de 8 minutos

El último jinete era, en diciembre de 2012, una de las apuestas más ambiciosas que el teatro musical español había producido en mucho tiempo. No hablamos de una adaptación de un musical de Broadway ni de una versión en castellano de algo ya consagrado. Hablamos de un musical original, creado en España, con libreto del escritor Ray Loriga, música de John Cameron (compositor vinculado a Los miserables), Albert Hammond y Barry Mason, y letras españolas traducidas en paralelo a un libreto inglés de Ranjit Bolt. El proyecto tenía aspiración internacional desde el minuto uno: se trabajaba con dos equipos simultáneos, uno español y otro británico, para estrenar primero en Madrid y saltar luego al West End londinense bajo el título The Last Horseman.

Detrás estaban el productor español Andrés Vicente Gómez y una comisión saudí (el proyecto nació por encargo del príncipe Faisal bin Abdullah bin Mohammed Al Saud, ministro de Educación de Arabia Saudí) interesada en visibilizar la figura del caballo árabe como símbolo cultural. El resultado era, en lo argumental, una historia a medio camino entre el desierto de Arabia y el Londres victoriano, con un joven beduino, Tiradh, en busca de un caballo mítico para ganar una batalla y un reino. Entre medias, amor interracial, aventura, intriga colonial y números de gran formato.

Confieso que, al leer la sinopsis antes de viajar, pensé que aquello sonaba a proyecto de los que se quedan en el papel. Cuando supe que el estreno mundial coincidía con mi llegada a Madrid y que podía cogerlo en uno de los primeros pases, saqué entrada sin pensarlo.

Los Teatros del Canal, escenario adecuado para una apuesta distinta

La elección de los Teatros del Canal como escenario del estreno decía mucho del tipo de producto que se quería presentar. Los Teatros del Canal, inaugurados en 2008 y diseñados por Juan Navarro Baldeweg, son uno de los equipamientos culturales más modernos de Madrid, con varias salas de tamaño flexible y una programación que mezcla danza contemporánea, música y teatro de mediano y gran formato. No es el Lope de Vega ni el Coliseum, no es un teatro musical al uso. Programar El último jinete allí marcaba distancia con el circuito de musicales de gran formato familiar y le daba al producto un aire de espectáculo serio, distinto, con vocación artística.

Llegué aquella noche del viernes 7 de diciembre con tiempo, recogí las entradas en la taquilla (había comprado online) y subí a la sala grande, donde se desarrollaba el espectáculo. El aforo estaba razonablemente lleno, aunque no a tope, algo esperable en los primeros pases de un estreno absoluto. En el programa leí los nombres del equipo creativo y del reparto: dirección de Víctor Conde, escenografía de Morgan Large, coreografía de Karen Bruce, vestuario de la oscarizada Yvonne Blake. Los intérpretes principales eran Miquel Fernández (Tiradh), Julia Möller (Lady Laura) y Marta Ribera (Al Kansha). Un equipo, sobre el papel, imponente.

Una producción visualmente vibrante

Arrancó el espectáculo y lo primero que impactaba era la escenografía. El desierto arábigo se representaba con grandes lonas en movimiento, proyecciones de dunas, una luz dorada muy bien trabajada y un uso hábil del espacio en profundidad. Morgan Large, cuyo trabajo conocía de otras producciones londinenses, había diseñado un escenario versátil, capaz de transformarse del desierto a un palacio, de un barco a una estación de tren victoriana, sin que se notaran los cambios.

El vestuario, firmado por Yvonne Blake (Oscar por Nicolás y Alejandra), era otro de los puntales. Los atuendos beduinos, las túnicas, los trajes victorianos de Lady Laura con corsé y polisón, cada pieza tenía mimo de detalle. Se notaba el pedigrí. Visualmente el musical entraba muy bien.

Miquel Fernández y Julia Möller: la razón emocional de la noche

Si hay algo por lo que recuerdo especialmente El último jinete, más allá de sus luces y sombras como producto, es por lo que me hicieron sentir sus dos protagonistas. Miquel Fernández, al que ya admiraba desde otras producciones, encarnaba al beduino Tiradh con una mezcla de fuerza física y fragilidad emocional muy bien calibrada. Voz poderosa, presencia escénica indiscutible y una manera muy particular de sostener el foco incluso en los números corales. Salí de aquella función revalidando, por decirlo con cierto pudor, mi admiración platónica por él.

Pero la gran revelación, para mí, fue Julia Möller en el papel de Lady Laura, la joven aristócrata británica interesada en los caballos árabes que se convierte en contrapunto amoroso y narrativo de Tiradh. Möller, actriz alemana con una carrera ya asentada en el musical europeo, me dejó literalmente boquiabierto. Voz cristalina y a la vez con cuerpo, un rango impresionante, una elegancia en el movimiento que te hace seguirla solo con los ojos cuando está en escena. Descubrí aquella noche a una de las actrices más embaucadoras del teatro musical que he visto, y desde entonces sigo sus pasos cada vez que aparece en cartel.

Un libreto con pretensiones pero confuso

Ahora la otra cara de la moneda. Mentiría si dijera que El último jinete me pareció un musical redondo. El libreto de Ray Loriga, con ambición literaria clara y momentos de verdadera belleza, sufría de un problema recurrente: la trama avanzaba a golpes irregulares, dejando lagunas entre una escena y la siguiente que te obligaban a rellenar tú mismo qué había pasado. Había elipsis que funcionaban bien y otras que se notaban como costuras sin rematar. Personajes que aparecían con gran potencial dramático y se desdibujaban en el segundo acto. Subtramas que apuntaban a tensiones interesantes (el componente colonial, las diferencias culturales entre el desierto y Londres, el amor interracial) y que se resolvían demasiado rápido o directamente se abandonaban.

Había, además, una sensación constante de déjà vu musical. El número de apertura recordaba a Lawrence de Arabia cruzado con Aida. Algunos dúos románticos resonaban claramente a Miss Saigon. La atmósfera victoriana bebía de Jekyll & Hyde y Mary Poppins en partes iguales. No digo que fuera una copia (la música de John Cameron tiene personalidad propia), pero sí que el conjunto parecía construido a base de ecos de otros musicales famosos, sin terminar de encontrar una voz completamente propia. Una amalgama de clichés heredados, por decirlo con cariño. Algo inevitable, quizá, en una obra que aspira a resonar en West End y Broadway desde el primer ensayo.

Una urgencia médica que puso a prueba al elenco

A mitad del primer acto (creo recordar que durante un número coral grande, aunque no fiaría mi vida a ese detalle) ocurrió algo que no figura en ningún programa. Parte del patio de butacas se revolvió de pronto. Murmullos, movimiento de gente, la fila contigua a la mía poniéndose en pie. Un rato después entró por un lateral del teatro personal sanitario con una camilla, atendió con rapidez y discreción a un hombre que al parecer había sufrido algún tipo de urgencia médica en su butaca, y lo sacó de la sala con el menor ruido posible.

Lo que me impresionó, y lo digo con admiración sincera, fue la reacción del elenco. Encima del escenario el espectáculo continuó sin perder un solo compás. Ni una mirada desviada, ni una vacilación en la voz, ni un paso fuera de tiempo. Eso es profesionalidad y entrenamiento de equipo. Supuse luego que habrían tenido protocolos claros para este tipo de incidentes, pero verlo en directo tiene su mérito. Cuando se apagaron las luces para el descanso, el ambiente en la sala era una mezcla de alivio (parece que el espectador afectado se recuperó) y admiración silenciosa por los actores y actrices. El segundo acto continuó con normalidad.

Una producción que no cruzó el Canal de la Mancha

El último jinete estuvo en los Teatros del Canal cinco semanas, desde el 5 de diciembre de 2012 hasta el 6 de enero de 2013. Pese al despliegue y al respaldo económico de sus productores (y de la Casa Real española y la saudí, que asistieron a alguna función), el musical no consiguió el boca a boca necesario para justificar el salto a Londres. La versión inglesa, que ya se estaba ensayando en paralelo, finalmente no se estrenó en el West End. El proyecto se quedó en aquella corta temporada madrileña, y hoy es un capítulo curioso pero poco recordado de la historia reciente del musical español.

Un balance personal con luces y sombras

Si me preguntan si fue un buen musical, respondo con matices. Fue un buen espectáculo, eso seguro: visualmente ambicioso, musicalmente solvente, interpretativamente muy fuerte en sus dos papeles principales. Pero como musical redondo tenía grietas: un libreto al que le faltaba coser mejor sus escenas, una trama que por momentos pedía a gritos quince minutos más de desarrollo, y una sombra demasiado larga de los grandes musicales anteriores. Es un espectáculo que disfruté y que recuerdo con cariño, pero que entiendo que no consiguiera convencer del todo a la crítica inglesa.

Como espectador privilegiado que vio una de sus primeras funciones, sin embargo, me quedo con lo bueno. Con la revelación de Julia Möller como una de las voces más talentosas del musical europeo. Con la reconfirmación de Miquel Fernández como intérprete completo. Con la dignidad del elenco ante la urgencia médica. Y con la experiencia de haber asistido a una apuesta que pudo haber cambiado el panorama del musical español, aunque finalmente no fuera así. En eso, casualmente, también consiste viajar: en ser testigo de cosas que, aunque no terminen de cuajar, merecía la pena presenciar.