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Recreación del espectáculo generada con inteligencia artificial, ya que no tengo ninguna fotografía propia por tener prohibido el uso de cámaras durante la representación.

Bilbonauta · Bilbao

La Magia de Broadway en el Teatro Arriaga

Marta Sánchez cantando «Don't Cry for Me Argentina» en el Arriaga, con un piano por toda orquesta. Si me lo cuentan, no me lo creo.

Lectura de 4 minutos

Marta Sánchez cantando "Don't Cry for Me Argentina" en el Arriaga. Si alguien me lo hubiera contado sin haberlo visto, no me lo habría creído. Pero ahí estaba, en un escenario desnudo, con un piano como único acompañamiento, llenando el teatro con una voz que la mayoría de la gente ni sospechaba que tuviera.

Un espectáculo inesperado

La Magia de Broadway era una antología musical producida y dirigida por Luis Ramírez, con dirección musical de Alberto Quintero. Se había estrenado en mayo de 1999 en el Teatro Lara de Madrid y durante tres temporadas recorrió los teatros de toda España. El formato era intencionadamente austero: un piano en el escenario, iluminación cuidada y un elenco reducido que interpretaba los grandes números de los musicales más icónicos de Broadway. Nada de grandes decorados ni efectos especiales. Solo voces, un piano y las canciones.

Y qué canciones. El repertorio era un recorrido por lo mejor del teatro musical: Evita, West Side Story, Los Miserables, Jesucristo Superstar, El hombre de La Mancha, Cabaret, A Chorus Line, Hair... Quince números encadenados que cubrían décadas de clásicos. Desde "Aquarius" hasta "New York, New York", pasando por "I Dreamed a Dream" y "The Impossible Dream".

Marta Sánchez en otro registro

Lo verdaderamente especial de aquella noche fue descubrir a Marta Sánchez en un registro completamente diferente. Todos la conocíamos como la reina del pop español, la de Olé Olé, la de "Desesperada", la de las portadas y los videoclips. Pero sobre el escenario del Arriaga, despojada de toda la parafernalia pop, lo que quedaba era una voz con una potencia y una versatilidad que muy pocos le atribuían.

Y la tenía. Marta Sánchez tiene una voz extraordinaria, de esas que cuando las escuchas en un teatro, sin trucos ni mezclas de estudio, te obligan a reevaluar todo lo que creías saber sobre ella. Pasaba de la fragilidad de una balada de Los Miserables a la épica de Evita con una naturalidad que dejaba claro que aquello no era un capricho ni un experimento: era una artista demostrando de lo que era capaz fuera de su zona de confort.

El elenco

Marta Sánchez no estaba sola. La acompañaba Enrique Sequero en los dúos más emblemáticos, y Serafín Zubiri, el cantante navarro que se había hecho famoso en Eurovisión, también formó parte de la gira en diferentes etapas. Pero el elenco escondía nombres que entonces no decían nada y que después serían enormes: Geraldine Larrosa, que se haría famosa como Innocence; una jovencísima Beatriz Luengo, años antes de UPA Dance; Paco Arrojo; y Carlos Marín, que acabaría conquistando el mundo como una de las voces de Il Divo.

Es curioso cómo una producción relativamente modesta sirvió de trampolín o de cruce de caminos para tantas carreras que después tomarían rumbos tan distintos.

El piano desnudo

Lo que más me impresionó fue precisamente lo despojado del formato. Un piano. Solo un piano. En una época en la que los musicales empezaban a competir en espectacularidad con megaproducciones llenas de efectos, La Magia de Broadway apostaba por lo contrario: desnudar las canciones hasta dejar solo la melodía y la voz. Y funcionaba. Funcionaba porque cuando una canción es buena de verdad, no necesita nada más. Y porque cuando una voz es potente de verdad, un piano es todo el acompañamiento que hace falta.

El Arriaga, con su acústica de teatro de ópera decimonónico, era el marco perfecto para esa apuesta. Cada nota rebotaba en la madera y el terciopelo, cada voz llenaba la sala sin esfuerzo. Era teatro musical reducido a su esencia más pura.

El veredicto

La Magia de Broadway no fue el musical más espectacular que he visto, ni el más emocionante, ni el más divertido. Pero fue uno de los más sorprendentes. Ver a Marta Sánchez demostrar que podía con los grandes clásicos de Broadway, en un formato íntimo y sin red, fue una revelación. Y la prueba de que a veces las mejores experiencias musicales llegan cuando menos te las esperas, con un escenario casi vacío y una voz que te obliga a escuchar.