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Escenario dominado por un sol dorado gigante de rayos metálicos, con un actor vestido de oro en el centro de la escalinata y varios bailarines encerrados en burbujas transparentes iluminadas, ante un público con los brazos en alto.

Bilbonauta · París

Le Roi Soleil: la comédie musicale a la francesa que llena el Palais des Sports

Un musical entero en francés cantado a toda velocidad, en un pabellón deportivo con miles de personas coreando los estribillos, con bailarines flotando dentro de burbujas de plástico gigantes.

Lectura de 9 minutos

Antes de entrar en el espectáculo en sí, conviene detenerse un momento en el género. Lo que en Francia se llama comédie musicale no es exactamente lo mismo que un musical al estilo de Broadway o del West End. Tiene rasgos propios, una estética y una lógica industrial distintas. Las grandes comédies musicales francesas de los últimos años (Notre-Dame de Paris de 1998, Roméo et Juliette de 2001, Les Dix Commandements de 2000, y ahora Le Roi Soleil, estrenado en 2005) siguen un patrón reconocible: aforos enormes (se montan en pabellones deportivos reconvertidos, no en teatros clásicos), escenografías monumentales con tecnología punta, canciones diseñadas desde el principio para funcionar como singles radiofónicos, intérpretes que suelen ser figuras del pop francés en ascenso o ya consolidadas, y una fidelidad del público que convierte a cada montaje en fenómeno generacional.

El público va sabiéndose las canciones de memoria, canta los estribillos, compra el CD del reparto y sigue a los intérpretes en su carrera musical. Es un ecosistema cerrado y muy rentable, que no siempre viaja bien a otros países (las traducciones pierden parte del carisma original), pero que en Francia funciona como pocas tradiciones culturales modernas.

Le Roi Soleil, el fenómeno del momento

Le Roi Soleil, la comédie musicale que fuimos a ver esta noche del 15 de octubre, es uno de los grandes fenómenos del año en Francia. Se estrenó el 22 de septiembre de 2005 en el Palais des Sports de París, con producción de Dove Attia y Albert Cohen, dirección escénica y coreográfica de Kamel Ouali y un equipo creativo potente (diseño de vestuario de Dominique Borg, escenografía de Alain Lagarde). La idea es narrar la vida y los amores de Luis XIV, el Rey Sol, desde la Fronda contra Mazarino hasta los últimos años oscurantistas del reinado, con madame de Maintenon y la piedad religiosa del rey viejo. Un musical histórico, ambicioso, con pretensiones tanto de espectáculo visual como de recorrido biográfico serio.

Lleva algo más de un año en cartel en el Palais des Sports, ya asentado, con el público consolidado y el reparto encajado. Acaba de ganar el NRJ Music Awards al Grupo/Dúo francófono del año 2006. El álbum del reparto, por lo que dicen las revistas que hojeamos en el aeropuerto al salir, va camino del millón de copias vendidas. Los sencillos "Être à la hauteur" y "Je fais de toi mon essentiel" suenan en todas las radios francesas. Es, sin discusión, uno de los espectáculos más calientes que se pueden ver ahora mismo en París.

Emmanuel Moire, Christophe Maé y compañía

El reparto incluye a varias figuras muy celebradas por el público local. Emmanuel Moire, un cantante joven hasta hace poco bastante desconocido, encarna a Luis XIV con una voz afinada y capacidad para las baladas íntimas, y es uno de los motivos por los que muchos franceses repiten función.

Christophe Maé interpreta a Monsieur, el hermano extravagante del rey, con esa mezcla de humor, gestualidad y excentricidad que requiere el personaje histórico (Felipe de Orleans, abiertamente afeminado en una corte que toleraba con escándalo constante su homosexualidad). Maé entra al escenario con sus rastas y su estilo totalmente personal, y cada una de sus apariciones levanta aplausos antes incluso de que abra la boca. Está claro, viendo al público, que esta gente ya le adora como figura pop más allá del papel.

Completan el reparto Anne-Laure Girbal como Marie Mancini, Cathialine Andria como madame de Maintenon, Lysa Ansaldi como madame de Montespan, Merwan Rim como el Duque de Beaufort, Victoria Sio como Isabelle la representante del pueblo, Marie Lenoir como Anne de Austria y Pierre Forest duplicando papeles como Mazarino y Molière. Un elenco amplio, bien seleccionado, con voces potentes y presencia escénica notable.

El Palais des Sports: sala inesperadamente idónea

El Palais des Sports de París, situado en la Porte de Versailles, al sur de la ciudad, es un pabellón deportivo de los años 60 con capacidad para varios miles de personas en configuración de concierto o espectáculo. No es un teatro en el sentido clásico: es más bien una sala multiusos con butacas dispuestas frente a un escenario frontal, con el que las comédies musicales francesas llevan operando desde hace varias producciones. La ventaja es el aforo grande, que permite producciones con números masivos y amortizar las inversiones espectaculares. La desventaja, que la acústica y la visibilidad no siempre son las de un teatro diseñado específicamente para espectáculos. Pero con el tipo de producción moderna que usa amplificación masiva y pantallas, el pabellón funciona bien.

Entrar al Palais des Sports con el espectáculo lleno fue una experiencia por sí misma: la sala completa vibrando de expectativa, el público mayoritariamente francés y muy entregado, una atmósfera más de concierto de estadio que de teatro convencional.

La escenografía: un despliegue barroco con tecnología contemporánea

El escenario era descomunal. Alain Lagarde había diseñado un espacio de varios niveles, con pasarelas laterales, una escalera central monumental que cambiaba de función en cada escena, fondos con proyecciones sobre pantallas LED gigantes y utilería a gran escala que incluía tronos, carrozas, muros de Versalles, trajes de corte. Todo con cierta iconografía barroca reconocible (dorados, pelucas, fontanerías, armaduras) mezclada con guiños estéticos contemporáneos.

El vestuario, firmado por Dominique Borg, era una maravilla. Diseños que respetaban el siglo XVII pero lo estilizaban para la escena, con materiales modernos que permitían cambios rápidos y efectos visuales. Los trajes de Luis XIV, especialmente en los números de gloria (la famosa coreografía donde el rey baila con las alegorías del sol), eran espectaculares. Los de madame de Montespan, con sus corsés y miriñaques, tenían ese toque de femme fatale barroca muy bien calibrado. El hermano del rey iba con trajes recargadísimos, como correspondía al personaje histórico.

Las burbujas de plástico: una imagen que no se olvida

Uno de los recursos visuales que más me impresionó, y que cualquiera que vea este musical va a recordar con seguridad, son las grandes burbujas de plástico transparente. En varios números, los bailarines se introducían literalmente dentro de esferas gigantes (burbujas infladas con aire) y ejecutaban coreografías flotando sobre el escenario, a veces en el aire sobre cables, a veces rodando sobre la superficie. El efecto visual era hipnótico y un poco surrealista, muy del gusto francés por el espectáculo total. En un número concreto (creo que una especie de alegoría de las pasiones y la juventud de Luis XIV), las burbujas dominaban el escenario entero y creaban una coreografía imposible de describir sin verla.

No siempre el recurso era esencial a la trama, la verdad. A veces parecía más pirotecnia visual que narrativa. Pero en una comédie musicale francesa uno no va buscando sutileza dramática: va buscando espectáculo maximalista, y esto lo cumplía con creces.

La trama, seguida con esfuerzo

Confieso aquí lo que ya apunté en el diario: no seguí la trama con mucha claridad. El francés cantado a toda velocidad, con la letra sobre música estruendosa, es una barrera idiomática considerable incluso para quien maneja un francés turístico razonable (y el mío no llega ni a eso). Capté los grandes arcos (la juventud del rey, los amores con Marie Mancini, la represión de la Fronda, la ascensión al poder absoluto, la consolidación de Versalles, los celos entre amantes, la vuelta a la religión y madame de Maintenon), pero los matices dialógicos se me escapaban.

Esto, sin embargo, no impide disfrutar de una comédie musicale francesa. El género está diseñado para funcionar a varios niveles, y el puro espectáculo audiovisual sostiene al espectador no francófono. Quedan los números corales, el vestuario, la escenografía, la música como textura, la coreografía como narración física. Es un modo distinto de relación con la obra, menos literario y más sensorial. Y lo admito sin problemas: fue una noche absolutamente disfrutable.

El público francés y su complicidad

Lo más llamativo de la noche fue, probablemente, el público. Uno de esos públicos locales con el género completamente integrado. Aplaudían cada entrada de los intérpretes principales como si fuera un concierto. Coreaban los estribillos con toda la sala al unísono. Levantaban los brazos en los momentos épicos. Ovacionaban al final como si acabaran de ver la Revolución francesa en persona. Había un componente de comunión cultural que yo, como visitante, podía solo observar desde fuera, pero que resultaba fascinante. Presenciar cómo un público vive su propia cultura pop con tanta pasión es uno de los pequeños placeres de viajar.

Y es curioso: si hay algo que me ha costado encontrar en París en horas de calle es precisamente esa efervescencia, ese nervio compartido. Está claro que existe, pero vive encerrada en recintos específicos y horarios muy delimitados. Fuera del Palais des Sports, a la misma hora de la noche, los cafés del centro echaban el cierre.

Balance: un espectáculo que se disfruta más que se recuerda

Si tengo que hacer balance con la perspectiva que tengo ahora mismo, Le Roi Soleil fue para mí uno de esos espectáculos grandilocuentes que en el momento te vuelan la cabeza pero del que, me temo, no me va a quedar mucho poso posteriormente. Lo disfruté mucho esa noche. Pero ya ahora, poco después, cuando intento evocar canciones concretas, escenas clave, estructura dramática, la memoria se desdibuja bastante. Las piezas que destacan son el recuerdo de las burbujas, la exuberancia visual, el público entregado, la energía del Palais des Sports en pleno concierto compartido. Más el envoltorio, en definitiva, que el contenido.

Esto no es necesariamente negativo. Hay obras que piden ser recordadas para siempre, y otras que están diseñadas para funcionar como experiencia intensa del momento, sin aspirar a la permanencia. Le Roi Soleil pertenece claramente al segundo grupo. Y dentro de ese grupo, cumplió de sobra. Para quien viaje a París y tenga ocasión de ver una comédie musicale francesa en cartel, recomiendo sin reservas intentarlo. Lo que uno se lleva a casa no es solo un espectáculo, sino una inmersión fugaz en cómo una cultura vecina consume su propio pop teatral. Y eso no se consigue yendo a un ballet en la Ópera Garnier.