Saltar al contenido
Escenario desnudo de suelo de tablas claras, con un actor de traje oscuro sentado en una silla y una actriz de vestido blanco de pie a su lado, bajo una gran nube de humo suspendida y la parrilla de focos a la vista.

Bilbonauta · Nueva York

Sweeney Todd en el Eugene O'Neill Theatre

La versión de John Doyle, con los diez actores tocando sus propios instrumentos en escena y sin decorado alguno: Patti LuPone salvando lo que podía con una tuba al hombro, y yo dormitando en el segundo acto.

Lectura de 3 minutos

La entrada para Sweeney Todd en el Eugene O'Neill la eligió mi pareja, atraído por la reputación de la obra y por el cartel: Patti LuPone como Mrs. Lovett y Michael Cerveris como el barbero de Fleet Street. Lo que ninguno de los dos sabíamos es que nos habíamos metido en la producción de John Doyle, una versión que ese año estaba siendo bastante comentada en la crítica neoyorquina, y no precisamente para bien entre el público general.

Diez actores, sus propios instrumentos, ningún decorado

El escenario del Eugene O'Neill era casi vacío. Unas tablas de madera, unas sillas, luz fría. Diez actores. Y cada actor cargaba su propio instrumento: Patti LuPone con una tuba, otros con violines, chelo, clarinete. La orquesta no estaba en el foso; estaba en escena, incorporada al reparto.

La propuesta de Doyle era presentar la obra como si los internos de un hospital psiquiátrico la estuvieran reviviendo, todos vestidos con ropa contemporánea en grises y negros. El Londres victoriano de Sondheim —la barbería sobre la pastelería, el horror cotidiano del siglo XIX— quedaba eliminado de raíz.

En teoría entiendo el concepto. En la práctica: ver a la protagonista tocando una tuba mientras intenta transmitir terror o ternura desconecta la actuación completamente. Los momentos que la partitura de Sondheim construye con cuidado se deshacen cuando el actor está pendiente del instrumento. La música sonaba escueta donde debería sonar densa.

Patti LuPone salvando lo que podía salvarse

Con todo lo dicho: Patti LuPone. Hay algo en su presencia de escenario que supera las condiciones en que actúa. Con una tuba al hombro y sin decorado alguno, conseguía que sus escenas como Mrs. Lovett tuvieran peso. No lo suficiente para salvar la noche, pero lo suficiente para que al salir yo tuviera claro que el problema no era la actriz.

Cerveris como Sweeney Todd tenía la frialdad necesaria para el personaje, aunque la puesta en escena no le daba demasiado con qué trabajar.

El O'Neill a medias con el programa

Durante el intermedio, en el pasillo, escuché a varias personas preguntarse si la segunda parte mejoraría. La respuesta fue no. En el segundo acto me dormí unos minutos: era el tercer día de viaje, llevábamos el jet lag encima, y la producción no generaba el tipo de tensión que te mantiene despierto a pesar del cansancio.

La producción original de Harold Prince, en 1979, tenía veinticinco personas en escena y una orquesta completa. La versión de Doyle ganó el Tony en 2006, así que hay público para este enfoque. Yo no soy ese público, y si volviera a Nueva York con Sweeney Todd en cartel me informaría antes de qué versión están dando.