
Bilbonauta · Berlín
Tanz der Vampire en el Theater des Westens: comedia, horror y rock en el Berlín de 2007
Un musical de culto en alemán, entendiendo quizá la mitad del texto, en un teatro de finales del XIX a un paso del hotel: una de las mejores decisiones de todo el viaje.
No es habitual que un musical se convierta en objeto de culto, pero eso es lo que le ha pasado a Tanz der Vampire a lo largo de su década larga de carrera. Estrenado en Viena en 1997, con música del compositor estadounidense Jim Steinman (el cerebro detrás de los grandes éxitos de Meat Loaf, Bat Out of Hell incluido) y libreto en alemán de Michael Kunze, el musical se basa en la película de culto El baile de los vampiros de Roman Polanski de 1967, que a su vez parodia con cariño el género clásico del vampirismo literario. Polanski, por cierto, firmó personalmente la dirección original en Viena, lo que convirtió el estreno en un acontecimiento poco habitual: un director de cine de primera fila dirigiendo su propio musical.
Tras un éxito rotundo en Austria y Alemania durante los años siguientes, Tanz der Vampire ha vivido varias producciones y reposiciones. La que he venido a ver esta noche del 9 de octubre está en el Theater des Westens de Berlín, inaugurada el 10 de diciembre de 2006 y todavía en plena primera temporada. El teatro es un edificio histórico precioso de la Kantstraße, construido a finales del siglo XIX, con ese aire de sala de ópera clásica con palcos, escaleras de mármol y terciopelo rojo por todas partes. Perfecto para un musical con ambientación gótica.
El Theater des Westens como marco¶
Llegamos con tiempo, el teatro lleno a reventar. El Theater des Westens queda muy cerca de nuestro hotel, prácticamente andando. Es uno de los grandes teatros de Berlín, con más de 1.500 butacas, y su programación habitual son musicales de larga duración. La experiencia de entrar ya es parte del espectáculo: la escalinata principal, los frescos del techo, las lámparas de araña. Todo muy de su tiempo, y bien conservado.
El público era mayoritariamente alemán, con alguna parejita de turistas esporádica (nosotros incluidos). Entre el público se notaba una cierta tipología: muchos habían venido ya en otras ocasiones, se les veía la complicidad con el material. Tanz der Vampire tiene fans muy fieles, del tipo que se saben la letra y repiten la función varias veces.
Reparto de lujo para una función de una temporada¶
El reparto principal es de primera fila. El Conde Krolock, el villano-seductor del musical, está interpretado por Thomas Borchert, un veterano del musical en alemán con trayectoria amplia. Tiene la voz grave perfecta para el personaje, esa mezcla de amenaza aristocrática y romanticismo oscuro que Steinman escribió. Su entrada en escena al final del primer acto, bajando desde lo alto del escenario con su capa dramática en el número Die unstillbare Gier, me erizó la piel.
El joven aprendiz Alfred está interpretado por Alexander Klaws, que resulta ser el ganador de la primera edición del concurso Deutschland sucht den Superstar (el equivalente alemán de Operación Triunfo). Es su debut en el musical, y lo cierto es que cumple: voz bien trabajada, dicción clara, presencia escénica adecuada para el rol de inocente perdidamente enamorado. El personaje de Alfred es siempre algo torpe cómicamente, y Klaws lo borda.
Sarah, la hija del posadero de la que se enamoran todos, la interpretaba creo que Lucy Scherer (aunque podría haber sido ya la alternancia con Katrin Löbbert, el programa no lo especificaba con claridad). Voz fresca, aire inocente, perfecta para el personaje.
Y Jens Jancke como el Profesor Abronsius, el cazador de vampiros chiflado. Aquí el papel es fundamentalmente cómico, exige timing, exige gestualidad de comedia, y Jancke se llevaba de calle al público en cada una de sus apariciones, con un registro que recordaba al mejor Peter Sellers. Uno de los grandes aciertos de la función.
La mezcla de géneros: horror, comedia, rock¶
Tanz der Vampire es un musical difícil de categorizar. Hay humor, hay miedo gótico, hay romance, hay baladas rock de las que componía Jim Steinman en los tiempos en que escribía para Meat Loaf (y de hecho varios temas del musical son reelaboraciones de canciones suyas anteriores, como Totale Finsternis que reaparece en la melodía de Total Eclipse of the Heart de Bonnie Tyler). La mezcla funciona sorprendentemente bien: el musical no es ni pastiche ni parodia pura, es más bien un homenaje afectuoso al género gótico con guiños cómicos permanentes.
La trama reproduce fielmente la película de Polanski. El profesor Abronsius y su asistente Alfred llegan a una posada perdida en los Cárpatos, en busca del Conde Krolock y su castillo de vampiros. En la posada conocen a Sarah, la hija del posadero, de la que Alfred se enamora al instante. Pero Sarah es secuestrada por los vampiros, y Alfred y Abronsius deben adentrarse en el castillo para rescatarla, con consecuencias que no voy a contar para no destripar la función a quien pueda ir.
Momentos brillantes¶
Hay varios momentos memorables que merece la pena destacar. El primer acto se cierra con el número Die unstillbare Gier (el ansia insaciable), el gran monólogo del Conde Krolock sobre la soledad eterna del vampiro. Thomas Borchert clavó esta pieza, que es probablemente la más emocional de todo el musical, con una intensidad dramática notable. El segundo acto arranca con Tanzsaal, la escena del gran baile de los vampiros, uno de los números corales más elaborados del musical, con coreografía espectacular, vestuario barroco y una puesta en escena impresionante con todos los vampiros bajando a escena y bailando juntos en una coreografía macabra y elegante a la vez.
También son memorables las escenas cómicas con Herbert, el hijo gay del Conde Krolock, que intenta seducir al pobre Alfred a lo largo de todo el segundo acto. El personaje, muy amanerado, podría haber caído en el cliché ofensivo, pero está tratado con un tono de farsa cariñosa que funciona. El público se reía sin incomodidad, el personaje es parte del grupo sin ser nunca objeto de burla. Lo celebré en silencio; no es tan fácil acertar en el tono con estos papeles.
Y mención aparte merece el número titular Tanz der Vampire, el gran coro final, donde todos los vampiros resucitados avanzan hacia el público rompiendo la cuarta pared, con el mensaje cínico de que el mal finalmente se impone en el mundo. Un final oscuro, irónico, muy de Polanski, que deja al público con una sonrisa turbia en los labios.
La escenografía: un castillo vivo¶
La escenografía es otra de las fortalezas de esta producción. El escenario se transforma con fluidez de la posada rústica al castillo gótico, con muros que se levantan, cementerios con lápidas móviles, catafalcos que se abren, arañas de cristal descendiendo desde el techo, neblinas y efectos de iluminación que cambian el tono de cada escena. El castillo del Conde Krolock, en particular, está resuelto con unas columnas torcidas y una escalera central que se despliega hacia lo alto del escenario, dando profundidad vertical. Para un teatro clásico como el Theater des Westens, los equipos técnicos han hecho un trabajo muy bueno adaptando la maquinaria.
El público entregado¶
Lo que más me sorprendió, como espectador, fue el nivel de entrega del público. En los números más conocidos, muchos espectadores cantaban los estribillos a media voz. En los momentos cómicos, las carcajadas eran simultáneas. En los aplausos finales, la ovación fue larga y la función terminó con varias salidas a saludar del reparto completo. Uno tenía la sensación, muy claramente, de estar en un musical que para su público no era una visita turística sino un ritual repetido con cariño. El trato cercano entre función y público es algo que se construye con temporadas largas, y se notaba.
Una decisión acertada¶
Reservar esta noche para Tanz der Vampire fue de las mejores decisiones del viaje. La entrada no fue especialmente cara en comparación con otros musicales internacionales, el teatro era una joya arquitectónica en sí mismo, y la producción estaba en un momento óptimo de madurez escénica. Si alguien visita Berlín y quiere completar un día turístico con una actividad nocturna potente, este musical es una apuesta muy segura. Hay que irlo a ver en alemán, claro, pero la trama se sigue bien aunque no se hable el idioma (yo la vi entendiendo la mitad del texto, quizá menos, y no me perdí lo importante), y la música y la escenografía funcionan como lenguaje universal.
Salí del teatro a la noche berlinesa, con la cabeza llena de melodías de Steinman y las imágenes del gran baile de vampiros todavía frescas. Volví andando al hotel, pasando por delante de la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche iluminada, y pensé que Berlín, en una sola noche, me había regalado dos monumentos inolvidables. Al día siguiente tocaba Pérgamo y Potsdam, y había que descansar. Pero las palabras de Krolock seguían sonando en mi cabeza: Sei bereit. Prepárate.