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El cartel gigante de Tarzán en la fachada curva de un teatro, con el título pintado a brochazos blancos sobre un fondo verde selva y la silueta del personaje deslizándose por una liana.

Bilbonauta · La Haya

Tarzan en Scheveningen: Phil Collins, tambores africanos y cuerpos volando por los aires

Gorilas trepando por las paredes del teatro y balanceándose sobre el público, y un Tarzán holandés del que confieso que me enamoré un poco durante dos horas y media.

Lectura de 9 minutos

Tarzan el musical es una coproducción entre Disney Theatrical Productions y Stage Entertainment, la empresa del empresario holandés Joop van den Ende. Estrenado originalmente en Broadway en mayo de 2006, la producción neerlandesa levantó el telón en el Fortis Circustheater de Scheveningen el 15 de abril de 2007. Uno de los datos más llamativos es la rapidez con la que se montó: apenas un año después del estreno en Nueva York, ya tenían lista la versión en holandés. Esto es poco habitual en el mundo del musical (otras grandes producciones Disney como El Rey León tardaron varios años en salir de Broadway), y habla bien de la confianza que Disney tiene en Stage Entertainment y en el mercado neerlandés.

Para cuando lo visitamos, el musical llevaba exactamente seis meses en cartel y estaba ya perfectamente asentado. El boca a boca funcionaba, las funciones estaban llenas, y se había confirmado que Tarzan era un éxito entre el público holandés comparable al de El Rey León en su día.

Phil Collins y la banda sonora

La música de Tarzan está firmada por Phil Collins, que ya había compuesto la banda sonora de la película de animación Disney de 1999 (ganadora del Oscar a mejor canción original por You'll Be in My Heart). Para el musical, Collins amplió aquella banda sonora con nueva música, manteniendo el estilo pop-rock melódico que le caracteriza y añadiendo una presencia rítmica de tambores africanos mucho más marcada que en la película. El resultado es una banda sonora accesible, con varios temas pegadizos, que el público holandés reconoce y canturrea (Two Worlds, Son of Man, Trashin' the Camp, Strangers Like Me y la ya icónica You'll Be in My Heart).

La traducción al neerlandés, firmada por Martine Bijl, es uno de los elementos que hace funcionar la producción local. Los musicales Disney tienen la ventaja de que las melodías son tan reconocibles internacionalmente que la letra traducida funciona bien si se mantiene la métrica y el sentido emocional, aunque se pierda el juego de palabras original. En este caso, las traducciones conservan el espíritu de las canciones de Collins, y el reparto holandés las defiende con credibilidad.

El reparto está liderado por Ron Link en el papel de Tarzán y Chantal Janzen como Jane. El casting de Tarzán fue un proceso muy mediático: Stage Entertainment organizó audiciones abiertas con votación del público a través de internet, y Ron Link fue elegido tras un proceso en el que también participó el propio Phil Collins. El resultado me pareció brillante.

Ron Link es un actor joven (en torno a los veintipocos años) que aúna las dos cualidades que el papel exige: una voz pop trabajada, capaz de defender las baladas de Collins sin problema, y una presencia física deportiva que sostiene las exigencias acrobáticas del papel (y son muchas, ya voy a explicar por qué). Pero más allá de eso, Link tiene esa cualidad indefinible que se llama it factor: una presencia escénica magnética, una mirada intensa, una sonrisa desarmante y un cuerpo musculado perfectamente adaptado al personaje. Pasa la función entero con muy poca ropa (el vestuario se limita a un taparrabos ajustado y pinturas tribales), y mantiene una vulnerabilidad emocional en los momentos íntimos que contrasta muy bien con la ferocidad física de las escenas de acción.

Confieso con naturalidad: es imposible no enamorarse un poco de él durante las dos horas y media del musical. Es de esos actores que saben capitalizar el cuerpo y la voz sin caer en la exhibición gratuita, y que consiguen que el espectador conecte emocionalmente con un personaje que, sobre el papel, podría haber resultado ridículo (un hombre criado por gorilas que se comunica con gruñidos y trepa por el escenario: la receta para el cliché estaba ahí). Link evita todas las trampas posibles. Salí del teatro con un pequeño flechazo teatral, sin complejos, y con la sensación de haber visto a un actor con trayectoria por delante.

Chantal Janzen como Jane, por su parte, aporta la otra cara del relato: la científica victoriana curiosa y valiente que llega a la selva con su padre y descubre a Tarzán. Janzen tiene voz fresca, buena dicción y un carisma escénico que la convierte en contrapeso digno del protagonista. La química entre ambos en los dúos funciona perfectamente.

Jeroen Phaff como Kerchak (el gorila macho alfa del grupo, padrastro reticente de Tarzán), Chiara Borderslee como Kala (la madre gorila adoptiva), Clayton Peroti como el pequeño Tarzán niño en los primeros números, y Arie Rustenburg como el malvado Clayton redondean el reparto con solvencia.

La puesta en escena: vuelos, lianas y selva vertical

Lo más espectacular del montaje es, sin duda, su uso del espacio aéreo. Bob Crowley, el director británico (Tony Award a mejor director por Aida en Broadway), concibió Tarzan como un musical vertical: la acción no se desarrolla solo sobre el escenario, sino literalmente por encima del público, con los actores colgando de arneses y cables invisibles, balanceándose por lianas, trepando por árboles imaginarios y aterrizando en distintos niveles del escenario.

Hay una secuencia al principio del primer acto en la que Tarzán, siendo bebé, es rescatado por Kala de un leopardo: la escena está coreografiada con los gorilas literalmente trepando por las paredes del teatro y balanceándose sobre el público, en una coreografía acrobática que roza el circo. Más adelante, el crecimiento de Tarzán entre gorilas se muestra con él aprendiendo a balancearse por las lianas desde arriba, con Link realizando giros y caídas controladas que producen gritos involuntarios en el público. El Circustheater tiene la ventaja de una altura interior considerable (fue originalmente un circo, de ahí el nombre), lo que permite este tipo de coreografías aéreas que en teatros más bajos sería imposible montar.

El vestuario de Bob Crowley (que firma tanto la dirección como el diseño de vestuario y escenografía) es otra maravilla. Los gorilas no aparecen en escena con disfraces pesados al estilo clásico, sino con trajes elásticos pintados que sugieren la silueta y el pelaje sin ocultar la expresividad del intérprete. Los movimientos están coreografiados con patrones simiescos (balanceo del torso, caminar apoyándose en los nudillos, posturas en cuclillas), pero los rostros están siempre visibles, lo que permite a los actores transmitir emoción. Es una solución muy inteligente, que resulta mucho más efectiva emocionalmente que el disfraz realista.

Momentos memorables

Varios números quedan en la memoria. Two Worlds, el tema de apertura, funciona a la perfección como introducción atmosférica, con tambores africanos y coro de gorilas poniéndote en la selva desde el primer compás. You'll Be in My Heart, la balada que Kala canta al bebé Tarzán, se sostiene sobre la interpretación emotiva de Chiara Borderslee y deja en el aire una de las canciones más reconocibles de la noche.

Trashin' the Camp, el gran número cómico con los gorilas destrozando el campamento científico de los humanos, funciona como respiro divertido tras escenas más densas. Son of Man, el número de la maduración de Tarzán de niño a adulto, está coreografiado con un cambio de intérprete en escena (el pequeño Clayton Peroti se convierte en el adulto Ron Link literalmente ante los ojos del público), truco escénico muy bien resuelto. Y Strangers Like Me, el número en el que Tarzán descubre el mundo científico a través de los libros de Jane, está montado con proyecciones visuales y movimientos coreográficos que funcionan a la perfección.

La trama simplificada y la emoción universal

La trama, por lo demás, sigue el esquema clásico de la película de Disney con algunas diferencias menores: un bebé inglés naufraga en la costa africana con sus padres en el siglo XIX, los padres mueren a manos de un leopardo, el bebé es rescatado por la gorila Kala y criado entre gorilas. Creciendo entre ellos, Tarzán descubre su propia diferencia cuando llega una expedición científica compuesta por el profesor Porter, su hija Jane y el cazador Clayton. El choque entre sus dos mundos (el animal y el humano, el natural y el cultural) estructura todo el segundo acto, con un enfrentamiento final contra Clayton y una decisión difícil sobre qué mundo elegir.

El tema de fondo es universal: pertenencia e identidad. ¿Dónde está el hogar? ¿Quién soy realmente? ¿Puedo vivir entre dos mundos? Estas preguntas, bien formuladas emocionalmente, atraviesan el musical y le dan una solidez dramática que lo distingue del mero espectáculo de efectos. Phil Collins, con su sensibilidad melódica, ha captado bien el sentimiento.

Balance: un musical que se disfruta sin complejos

Salí del teatro encantado. Tarzan no pretende ser un musical profundo ni vanguardista, es puro entretenimiento familiar con presupuesto alto y ejecución impecable. Dentro de esa categoría, es una producción de primer orden. Las coreografías aéreas son espectaculares, la música es pegadiza, el reparto funciona, y el protagonista carga con el peso de la función con una competencia y un atractivo que hacen que las dos horas y media vuelen (literalmente, en muchos casos).

Para quien viaje a Holanda, especialmente en familia con niños, Tarzan en Scheveningen es una recomendación sin reservas mientras siga en cartel. Para quien viaje en pareja o solo, también: el componente de espectáculo físico y musical es universal, y no hay que ser un fan de Disney para disfrutarlo. Y para quien, como yo, busque ocasionalmente un musical con aire renovado, alejado de la pompa habitual de las grandes producciones de Broadway clásicas, Tarzan tiene frescura suficiente para sorprender.

Volví al coche con la cabeza llena de tambores y la silueta de Ron Link grabada en la memoria. Un musical muy disfrutable, en un teatro con personalidad, en un barrio que me encanta. Una noche redonda.