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Cuatro años con ATLAS: Picos de Europa, Pirineos y el descenso del Sella (1993-1997)
Mi etapa en un grupo de montaña, que me permitió disfrutar de un montón de fines de semana, principalmente en Picos de Europa y Pirineos.
Entre aproximadamente 1993 y 1997 viví la etapa más intensa de montaña de mi vida, a través de la pequeña asociación ATLAS (Asociación de Tiempo Libre, Aventura y Supervivencia) que varios amigos fundamos a mediados de aquellos años para organizar actividades al aire libre en colaboración con el servicio de deportes de la Universidad del País Vasco. Cuatro años de fines de semana repetidos en Picos de Europa y Pirineos, con rutas que llegamos a conocer de memoria por hacerlas ocho o diez veces, y con grupos habitualmente de entre cuarenta y cincuenta participantes en cada salida. Este artículo no es un diario cronológico sino una reflexión reordenada por rutas sobre aquella etapa formativa, que sentó las bases de buena parte de mi manera posterior de entender el viaje, el senderismo y la montaña.
De GALES a ATLAS: cómo empezó todo¶
La historia tiene un antecedente necesario. Antes de ATLAS existió GALES (Grupo de Aire Libre, Aventura y Supervivencia), una asociación algo anterior formada por otros amigos con el mismo perfil: aficionados a la montaña que organizaban salidas de fin de semana, principalmente para estudiantes, con el objetivo de compartir actividades al aire libre a precios accesibles. Yo me acerqué a GALES primero como simple participante, apuntándome a una de sus rutas sin más idea que pasar un fin de semana en la montaña. La experiencia fue suficientemente positiva como para repetir en viajes siguientes, y al cabo de algunos meses terminé haciéndome amigo de varios de los miembros organizadores, integrándome progresivamente en el círculo que gestionaba las actividades.
El tránsito de GALES a ATLAS fue natural pero con un punto de ruptura generacional. Los fundadores originales de GALES, algunos años mayores que yo, empezaron progresivamente a tener otras prioridades: trabajos más estables que les consumían los fines de semana, relaciones de pareja que modificaban sus disponibilidades, algún que otro traslado geográfico por motivos laborales. La asociación perdía energía y estructura, y en un momento determinado un grupo de cinco personas (dos miembros veteranos de GALES, dos amigos que se habían ido incorporando en condiciones similares a las mías, y yo) decidimos darle continuidad al proyecto bajo nuevo nombre. ATLAS era, en realidad, la refundación de GALES con sangre nueva, manteniendo los contactos institucionales ya establecidos (especialmente con el servicio de deportes de la UPV/EHU) y las rutas canónicas que el grupo anterior había ido consolidando como repertorio habitual.
Debo reconocer honestamente que partíamos de algo ya construido. No fuimos pioneros de ningún modelo: heredamos un esquema de funcionamiento probado, los contactos universitarios que permitían la captación regular de participantes y un repertorio de rutas que los fundadores de GALES habían ido seleccionando durante sus propias campañas previas. Lo que aportamos fue principalmente continuidad, energía renovada y algunas modestas aportaciones al catálogo de destinos. Pero sobre esa base heredada construimos cuatro años intensos de actividad montañera que, para mí al menos, marcaron definitivamente la manera de entender este tipo de viajes.
El modelo: estudiantes UPV/EHU y servicio de deportes¶
La fórmula organizativa de ATLAS tenía una lógica muy específica que conviene explicar para entender qué tipo de viajes hacíamos. La colaboración con el servicio de deportes de la UPV/EHU era el mecanismo central: el servicio ofertaba nuestras actividades a través de su catálogo oficial de deportes y tiempo libre universitario, los estudiantes interesados se inscribían directamente en las oficinas del servicio pagando una cuota modesta, y nosotros recibíamos después el grupo ya cerrado con la responsabilidad completa de la organización logística y del desarrollo de la ruta sobre el terreno.
La cuota pagada por los participantes servía para cubrir los costes efectivos del viaje: alquiler del autobús para el desplazamiento desde Bilbao hasta el punto de partida de la ruta (y regreso el domingo por la noche), alojamiento en el albergue correspondiente, seguros básicos necesarios para este tipo de actividades, algunos materiales específicos cuando las rutas lo exigían (como las canoas del descenso del Sella). Nuestro papel como organizadores era completamente voluntario: no cobrábamos por nuestro trabajo, lo que nos permitía mantener las cuotas en niveles especialmente bajos y cubrir perfectamente el margen entre ingresos y gastos. La motivación era el disfrute de la montaña, no la rentabilidad económica de la asociación.
En la práctica, nuestro grupo de cinco fundadores se dividía las responsabilidades de cada ruta según disponibilidad y experiencia. Al menos dos o tres de nosotros acompañaban siempre la salida, funcionando como guías locales, responsables de la seguridad, conocedores del terreno y contacto permanente con los participantes ante cualquier eventualidad. Los cuarenta o cincuenta estudiantes que solían completar el grupo iban rotando entre visitas, con algunos repetidores habituales que acababan haciéndose amigos también del grupo organizador y con mayoría de participantes nuevos que conocían el circuito a partir del cartel anual del servicio de deportes.
Los fines de semana canónicos seguían un esquema ajustado pensado para aprovechar el tiempo al máximo y minimizar costes: salida del autobús de Bilbao los sábados a primera hora de la mañana, llegada al albergue correspondiente ya a media mañana, jornada completa de actividad el sábado (la ruta principal), cena y noche en el albergue con componente social creciente, domingo con ruta secundaria o mañana libre según el programa, comida rápida y regreso a Bilbao el domingo por la tarde-noche. Ahorrarse la noche del viernes (salir el sábado por la mañana en lugar del viernes por la noche) era uno de los pequeños ajustes presupuestarios que permitían mantener las cuotas en niveles asumibles para el bolsillo universitario: una noche menos de albergue, pero dos días completos de actividad efectiva y todo el componente convivencial del sábado noche intacto. Un fin de semana comprimido pero intenso, con muchas horas de actividad física concentradas entre el sábado al amanecer y el domingo a media tarde.
Ruta del Cares: la garganta divina repetida diez veces
La Ruta del Cares, en Picos de Europa, fue probablemente el destino más repetido de todo el catálogo ATLAS. Calculo que la habremos realizado alrededor de diez veces durante aquellos cuatro años, combinando las salidas con participantes universitarios y alguna escapada propia del grupo organizador cuando queríamos probar alguna variante o simplemente disfrutar la ruta sin la responsabilidad de gestionar el grupo. Conocida popularmente como "La Garganta Divina", la Ruta del Cares es uno de los senderos más emblemáticos de toda la cordillera cantábrica y una de las rutas de senderismo más espectaculares de España.
El recorrido clásico cubre unos doce kilómetros lineales entre Caín (en la vertiente leonesa) y Poncebos (en la vertiente asturiana), excavado directamente en las paredes verticales de roca caliza de la impresionante garganta que el río Cares ha ido modelando durante millones de años. El sendero, construido a principios del siglo XX para mantenimiento del canal hidroeléctrico que abastecía la central de Poncebos, aprovecha una plataforma estrecha tallada a media altura en las paredes del desfiladero, con desniveles verticales considerables tanto por encima como por debajo del trazado durante la mayor parte del recorrido.
La primera impresión al entrar en la garganta, especialmente en el tramo cainés donde el desfiladero alcanza su máxima estrechez, es siempre memorable. Las paredes rocosas se elevan más de mil metros a ambos lados, con luminosidad lateral que modela los relieves de manera cambiante según la hora del día, y con el ruido constante del Cares discurriendo por el fondo del cañón como compañía sonora permanente. En varias zonas del sendero se atraviesan pequeños túneles cortos excavados en la roca, con los famosos puentes colgantes sobre el río que conectan algunos tramos del trazado, y con miradores naturales donde la vista hacia los Picos occidentales (el macizo del Cornión) se abre hacia el sur.
Hacer la Ruta del Cares una vez deja una impresión intensa. Hacerla diez veces, como nos tocó a varios del grupo organizador, modifica completamente la relación con el recorrido. Dejan de sorprender los grandes hitos (los túneles, los puentes, los miradores principales) para empezar a fijarse en elementos menores: las variaciones estacionales del río, que en primavera baja con caudal notablemente superior al de final de verano; la presencia ocasional de cabras montesas en las zonas altas de las paredes, a veces sorprendiendo por su capacidad de transitar pendientes que parecían imposibles; los pequeños detalles del propio sendero, con sus reparaciones sucesivas ante los desprendimientos que periódicamente dañan el trazado; los cambios en la afluencia humana según la época y el día de la semana. El Cares se fue convirtiendo, con la repetición, en una especie de catedral natural personal donde cada visita añadía capas sobre las anteriores sin borrarlas nunca.
Las cenas colectivas en el albergue de turno, con cabrales local (denominación de origen única en España, con ese queso azul intenso característico de la zona) y con sidra asturiana como acompañamiento habitual, eran una parte integral de la experiencia y contribuían enormemente al componente social del fin de semana.
Bulnes antes del funicular: el último pueblo de acceso peatonal
Vinculado estrechamente a la Ruta del Cares, uno de los destinos más singulares que incluimos ocasionalmente en el catálogo ATLAS fue el pueblo de Bulnes, en el corazón del macizo central de Picos de Europa. Conviene destacar un detalle cronológico importante: nuestras visitas a Bulnes se produjeron antes de la construcción del funicular en túnel que desde 2001 proporciona acceso mecanizado al pueblo. Durante los años ATLAS, Bulnes conservaba su condición histórica de pueblo accesible exclusivamente a pie, sin carretera ni servicio mecanizado alguno, lo que le confería un carácter de aislamiento montañero completamente distinto al actual.
El acceso se hacía por el Canal del Texu (también conocido como Ruta de la Canal), un sendero tradicional que parte desde Poncebos y sube durante algo menos de tres kilómetros salvando un desnivel acumulado de unos cuatrocientos metros. El trazado serpentea por un barranco estrecho entre paredes rocosas verticales, con varios tramos especialmente expuestos donde el camino se reduce a una plataforma mínima tallada en la piedra. La subida, aunque modesta en kilometraje, resulta considerablemente exigente por la pendiente constante y por la exposición, y en tiempos históricos constituyó durante siglos la única vía de comunicación del pueblo con el mundo exterior, utilizada tanto para el transporte de mercancías en bestias de carga como para el acceso cotidiano de los habitantes a servicios básicos en Poncebos y Arenas de Cabrales.
El Bulnes que conocíamos en los años noventa era un pueblo con apenas una veintena de habitantes permanentes, con arquitectura rural asturiana tradicional de piedra y madera perfectamente conservada, con un par de bares-restaurantes rurales que atendían tanto al modesto flujo turístico como a las necesidades cotidianas del pueblo, y con una sensación general de aislamiento genuino que ya entonces resultaba prácticamente único en la España peninsular. La vida cotidiana del pueblo, adaptada durante siglos al acceso exclusivamente peatonal, mantenía ritmos y prácticas específicas que el turismo más convencional nunca había llegado a desdibujar. Las compras se subían desde Poncebos a lomos de caballerías, los materiales de construcción requerían operaciones logísticas específicas cada vez que había que reparar una casa, y los servicios públicos (correo, asistencia sanitaria básica, mantenimiento eléctrico) dependían de personal que tenía que subir caminando cada vez que era necesario.
Bulnes es además lugar históricamente asociado con los orígenes del alpinismo español por su vinculación con el Naranjo de Bulnes (Picu Urriellu), la emblemática montaña que domina visualmente todo el valle desde sus 2.519 metros de altitud. Gregorio Pérez Demaría, conocido popularmente como El Cainejo, pastor local que protagonizó junto al marqués de Villaviciosa la primera ascensión documentada al Naranjo en agosto de 1904, era originario de esta zona, y el pueblo conserva memoria y tradición vinculada con la gesta y con la posterior historia del alpinismo en Picos.
Subir a Bulnes en los años ATLAS, antes del funicular, tenía por tanto un triple componente: la experiencia senderista por el Canal del Texu como vía histórica; el encuentro con un pueblo de montaña genuinamente aislado que todavía mantenía formas de vida adaptadas al aislamiento; y el contacto con el entorno inmediato del Naranjo de Bulnes, que desde la pequeña aldea se ve alzándose majestuoso en el cerrado valle superior. La construcción del funicular, con todas sus ventajas prácticas para los habitantes del pueblo y para la accesibilidad turística, transformó inevitablemente buena parte de aquel carácter específico. Las visitas posteriores que alguno del grupo ha hecho a Bulnes tras la apertura del funicular confirman que el pueblo, aunque sigue siendo hermoso y conservado, ha perdido parte sustancial de la atmósfera aislada que tenía en los años noventa. Aquellas subidas caminando por el Canal del Texu forman ya parte de una etapa histórica concreta que la modernización posterior del acceso ha dejado para siempre en la memoria.
Lagos de Covadonga: el santuario de Asturias
Los Lagos de Covadonga eran el complemento natural habitual de la Ruta del Cares en muchos de nuestros fines de semana asturianos. Situados en el macizo occidental de los Picos de Europa, a unos mil cien metros de altitud sobre el nivel del mar, los Lagos Enol y Ercina forman un conjunto glaciar de extraordinaria belleza que es uno de los iconos paisajísticos más reconocibles de toda Asturias. El acceso se hace por la carretera AS-262 que sube desde Covadonga propiamente dicha serpenteando durante unos doce kilómetros de desnivel acumulado considerable, con miradores en varios puntos del trayecto donde se puede apreciar la transición entre los bosques mixtos de las zonas bajas y las praderas de alta montaña donde se alojan los lagos.
En nuestras salidas con ATLAS, combinábamos habitualmente la visita turística a los lagos con alguna de las rutas circulares menores que parten de la zona (la Ruta de los Lagos, de algo más de cinco kilómetros, que rodea el conjunto lacustre pasando por la Vega de la Piedra, el Mirador del Príncipe y algunas pequeñas cabañas de pastores; o la ascensión al Pico La Pica, de unos novecientos metros de desnivel, para los participantes con mayor nivel físico). La combinación de ruta física y entorno paisajístico espectacular, con el contraste entre las aguas tranquilas de los lagos, los pastos altos llenos de ganado vacuno ocasional y el macizo rocoso cerrando el horizonte hacia el sur, hacía de Covadonga un destino especialmente satisfactorio para grupos con niveles de experiencia mezclados.
La visita se completaba habitualmente con el componente monumental del Santuario de Covadonga, al pie de la carretera de subida a los lagos. La Basílica de Santa María la Real, construida entre 1877 y 1901 en estilo neorrománico sobre el emplazamiento legendario de la batalla de Covadonga del año 722 (punto de inicio simbólico de la Reconquista cristiana española), y la vecina Santa Cueva donde se venera la imagen de la Santina (la Virgen de Covadonga, patrona de Asturias), componen uno de los conjuntos religiosos más importantes del norte peninsular. Sin ser un grupo particularmente creyente, la visita al conjunto tenía valor cultural evidente y proporcionaba un contrapunto monumental a las jornadas puramente naturales.
Tresviso y Fuente Dé: el corazón cántabro de los Picos
Los Picos de Europa no son asturianos exclusivamente. La provincia de Cantabria acoge también parte significativa del macizo, con dos destinos canónicos en nuestro catálogo ATLAS: Tresviso como pueblo más remoto y Fuente Dé como acceso central a la zona alta mediante teleférico.
Tresviso es uno de los pueblos más aislados de Cantabria y, durante décadas, uno de los más inaccesibles de toda España: hasta la construcción de la carretera CA-1 en los años ochenta del siglo XX, el acceso al pueblo solo era posible a través del sendero de Urdón, un recorrido de unos siete kilómetros y novecientos metros de desnivel acumulado que sube desde la orilla del Deva hasta la meseta donde se asienta el pueblo. Nosotros hacíamos habitualmente la subida completa por el sendero tradicional, con una pausa en el pueblo para comer algo y visitar la pequeña quesería tradicional que produce el queso de Tresviso (otra denominación cántabra con variedades de queso azul similar al cabrales asturiano, aunque con características propias diferenciadas), y el descenso por la misma vía de subida o, ocasionalmente, por alguna variante alternativa.
La subida a Tresviso combinaba exigencia física considerable (el desnivel es importante y el sendero tiene tramos verdaderamente expuestos sobre paredes rocosas) con espectacularidad paisajística constante. Las vistas hacia el macizo central de los Picos desde los tramos superiores del recorrido son comparables a las mejores del Cares o de Covadonga, pero con un componente de aislamiento y soledad que estas otras rutas más masificadas no pueden ofrecer. Tresviso quedaba como ruta de nivel intermedio-avanzado dentro del catálogo ATLAS, seleccionándose para grupos con experiencia previa o para nuestras escapadas propias como grupo organizador.
Fuente Dé, a unos cuarenta kilómetros al oeste de Tresviso, funciona como acceso mecanizado al corazón alto de los Picos centrales. El teleférico de Fuente Dé, inaugurado en 1966, salva en apenas tres minutos y medio un desnivel de setecientos cincuenta metros, elevando a los visitantes desde el valle del Liébana (a unos mil metros de altitud) hasta el Mirador del Cable (a mil ochocientos metros, en el corazón del macizo central). Desde el mirador se accede a varias rutas de alta montaña en distintos niveles de dificultad: la ruta al Chalet de Áliva, relativamente sencilla; la ascensión a Peña Olvidada; y, para los más exigentes, aproximaciones a Peña Vieja o incluso a los Urrieles y Naranjo de Bulnes para quienes tuvieran experiencia específica en montaña técnica.
Nuestras salidas a Fuente Dé solían combinar el componente mecanizado del teleférico con rutas por la zona alta de dificultad controlada, habitualmente la vuelta a Áliva o alguna variante circular que permitiera al grupo completo disfrutar del paisaje de alta montaña sin exigencia técnica desproporcionada. El punto de referencia urbano de toda la zona era Potes, la capital comarcal del Liébana, donde solíamos cenar o tomar algo antes del regreso al alojamiento.
Otxagabia y Monte Ori: el Pirineo navarro
El Pirineo navarro, especialmente la comarca de Salazar y Roncal en su flanco nororiental, era otro de los destinos canónicos del catálogo ATLAS. El pueblo de Otxagabia (Ochagavía en castellano, en la denominación oficial bilingüe) funcionaba como base operativa habitual: un núcleo rural de apenas quinientos habitantes, con arquitectura tradicional navarra bien conservada, y con acceso directo a los dos grandes hitos paisajísticos de la zona: la Selva de Irati y el Monte Ori.
La Selva de Irati es el segundo hayedo-abetal más extenso y mejor conservado de Europa (solo superado por la Selva Negra alemana), con más de diecisiete mil hectáreas de bosque mixto cubriendo el valle superior del río Irati. Los colores otoñales del bosque (el hayedo se tiñe de amarillos intensos y rojizos durante octubre y noviembre, creando uno de los espectáculos cromáticos más memorables del norte peninsular) justificaban programar salidas específicas durante esa época. Hay múltiples senderos señalizados que atraviesan la selva en distintas direcciones, con dificultad variable según el recorrido elegido, y con el Embalse de Irabia como hito paisajístico añadido en el corazón del bosque.
El Monte Ori (o Monte Orhi, según la grafía euskera más tradicional) es el punto más elevado de los Pirineos occidentales, con sus dos mil veintiún metros de altitud. Situado en la frontera franco-española, en el extremo oriental del valle de Salazar, es la primera cumbre pirenaica que supera la cota de los dos mil metros si se recorre la cordillera desde el Cantábrico hacia el Mediterráneo. La ascensión canónica parte del puerto de Larrau (o Port de Larrau, también en su denominación francesa oficial) a unos mil quinientos setenta y cinco metros de altitud, con un desnivel acumulado modesto de unos quinientos metros pero con trazado expuesto al viento dominante que puede hacer la subida exigente en días con meteorología adversa.
Las vistas desde la cumbre del Ori son extraordinarias en días claros: hacia el sur, todo el Pirineo navarro con el valle del Salazar y la Selva de Irati como protagonistas del paisaje; hacia el norte, la Francia pirenaica con las primeras poblaciones bearnesas visibles en la distancia; hacia el este, el resto de la cordillera extendiéndose con los picos aragoneses cerrando el horizonte. Para quienes subíamos la cumbre habitualmente en el marco de nuestras salidas con ATLAS, el Ori se convirtió en una especie de referencia simbólica: la primera montaña verdaderamente pirenaica del catálogo, el umbral de los dos mil metros de altitud, el punto donde el Pirineo deja de ser verde-cantábrico para empezar a ser el macizo rocoso de altura que define la cordillera en su tramo central.
Cola de Caballo en Ordesa: el Pirineo aragonés
El Pirineo aragonés tenía en nuestro catálogo una referencia principal: la cascada Cola de Caballo, en el Valle de Ordesa y Monte Perdido, probablemente la ruta senderista más célebre de todo el macizo pirenaico y una de las rutas de montaña más visitadas de España. El Valle de Ordesa, declarado Parque Nacional en 1918 (uno de los primeros parques nacionales españoles, junto con Picos de Europa), constituye una unidad paisajística de valor universal, con sus paredes verticales de caliza de más de mil metros de altura cerrando un fondo de valle boscoso particularmente pintoresco, y con el río Arazas discurriendo por el centro del valle con cascadas sucesivas.
La ruta hasta la Cola de Caballo parte de la Pradera de Ordesa, el aparcamiento principal del parque a unos mil trescientos metros de altitud, y cubre unos ocho kilómetros lineales (dieciséis ida y vuelta) con un desnivel acumulado de unos quinientos cincuenta metros repartidos en una subida gradual paralela al curso del Arazas. El recorrido atraviesa sucesivamente varios tramos paisajísticos diferenciados: el hayedo-abetal de la zona baja del valle, con vegetación densa y zonas sombrías especialmente agradables en verano; el bosque mixto de la zona intermedia, con claros crecientes y primeras vistas sobre las paredes rocosas del valle; y la zona alta de pastos subalpinos donde se sitúa la cascada terminal de Cola de Caballo, al pie del Monte Perdido y del Circo de Soaso.
La Cola de Caballo propiamente dicha es una cascada escalonada de unos veinte metros de altura, formada por las aguas del Arazas en su tramo superior antes de entrar en el valle propiamente dicho. No es la cascada más espectacular del parque (las Gradas de Soaso, inmediatamente aguas abajo, tienen mayor espectacularidad cromática) pero funciona como hito terminal perfecto de la ruta, con explanada amplia donde descansar, comer y disfrutar del entorno antes del regreso por la misma vía de subida.
Con ATLAS hacíamos la ruta habitualmente como salida de fin de semana completo, aprovechando el sábado para el recorrido principal (unas seis o siete horas en total, con pausa para comer en Cola de Caballo) y el domingo para actividades complementarias en la zona: visita al pueblo de Torla (base monumental del parque), ascensiones menores en los alrededores, o simplemente descanso antes del regreso a Bilbao.
Descenso del Sella: el río y la fiesta
El descenso del Sella era el destino más singular de todo el catálogo ATLAS. En lugar de las rutas senderistas habituales, se trataba del único componente piragüístico regular del programa: un descenso fluvial de unos quince kilómetros entre Arriondas y Ribadesella, siguiendo el curso del río Sella por uno de los tramos más espectaculares del centro-oriental asturiano, en canoa o kayak según disponibilidad de material.
El descenso del Sella tiene detrás una tradición deportiva y festiva muy arraigada en Asturias. La Fiesta de las Piraguas, celebrada oficialmente el primer sábado de agosto desde 1930, reúne a miles de participantes en una competición internacional que se ha convertido en uno de los eventos deportivos más reconocibles de España y en patrimonio cultural inmaterial de Asturias. Pero fuera de ese evento puntual, el descenso se puede hacer durante toda la temporada primavera-verano con múltiples empresas de alquiler de canoas en Arriondas que proporcionan el material necesario y el traslado de vuelta desde Ribadesella al punto de partida.
Con ATLAS hicimos el descenso aproximadamente ocho veces durante aquellos cuatro años, convirtiéndolo en una de las salidas más populares del catálogo por su combinación de componente deportivo accesible (el recorrido no tiene rápidos técnicos exigentes, es perfectamente abordable por principiantes con una breve instrucción inicial) y componente festivo-social (la tradición asturiana impregna todo el recorrido con paradas habituales en chiringuitos fluviales, merienda grupal a mitad de trayecto en alguna playa fluvial y llegada a Ribadesella con el ambiente característico de la ría y el puerto asturiano).
El recorrido propiamente dicho cubre unas tres horas efectivas de remo, con paradas intermedias que pueden alargar la jornada a cinco o seis horas totales según el ritmo del grupo. Los paisajes van cambiando progresivamente: los primeros kilómetros desde Arriondas son tranquilos, con el río discurriendo por vega ancha bordeada de vegetación ribereña; el tramo central adquiere mayor carácter montañoso cuando el río atraviesa zonas más boscosas con orillas escarpadas; y el tramo final desemboca progresivamente en el estuario, con la anchura del cauce creciendo hasta llegar a la ría de Ribadesella, donde el río se encuentra con el mar Cantábrico. El final en Ribadesella, con la vuelta a tierra en las playas urbanas del pueblo, cerraba siempre la jornada con el componente festivo característico: sidra asturiana, cena en alguna sidrería tradicional del casco histórico y regreso nocturno a Bilbao con el cansancio acumulado del día fluvial.
Supervivencia en la Sierra de Urbasa: los puentes largos
Una parte específica del catálogo ATLAS estaba dedicada a salidas de supervivencia propiamente dichas, componente que daba sentido literal a la "S" del nombre de la asociación (heredado directamente de GALES). Estas salidas se diferenciaban claramente de las rutas senderistas habituales por varios parámetros: duración más prolongada (habitualmente puentes de al menos tres días), exigencia técnica y logística considerablemente mayor, componente formativo en técnicas de campamento y vida al aire libre, y un grado de inmersión en la naturaleza más intenso del que permitían los fines de semana convencionales con base en albergue.
El destino habitual de estas actividades era la Sierra de Urbasa, en el centro-norte de Navarra, uno de los espacios naturales más valiosos del cuadrante noroccidental peninsular y un enclave especialmente apropiado para actividades de acampada prolongada. La Sierra de Urbasa forma junto con la vecina Sierra de Andía un extenso macizo calcáreo modelado por la erosión cárstica durante millones de años, con paisajes característicos de mesetas elevadas, hayedos densos, dolinas y simas, y con el nacedero del río Urederra como uno de los hitos paisajísticos más espectaculares de todo el norte peninsular. Declarado Parque Natural en 1997, justo al final de nuestra etapa ATLAS, el macizo ha sido durante siglos zona tradicional de pastoreo trashumante y conserva infraestructuras tradicionales (chozos, seles, rasos abiertos) que testimonian esta actividad.
Las salidas de supervivencia en Urbasa seguían un planteamiento radicalmente distinto a las rutas convencionales. En lugar del autobús grupal y el albergue rural, se organizaban desplazamientos más flexibles (a veces en coches particulares, otras en autobuses de menor capacidad) y pernocta en tienda de campaña durante todas las noches del puente. El equipamiento requerido era más exigente: tiendas resistentes al viento y la humedad, sacos de dormir adecuados a la temperatura potencial nocturna (el macizo supera los mil metros de altitud y las temperaturas nocturnas pueden ser notablemente frescas incluso en primavera y otoño), esterillas aislantes, hornillos de gas para la cocina colectiva, material de orientación básica (mapas, brújula, en la era pre-GPS), iluminación suficiente para las largas horas nocturnas del campamento.
El componente formativo era importante. Enseñábamos a los participantes novatos habilidades específicas de camping: montaje y desmontaje eficiente de tiendas, organización del campamento según criterios de seguridad y comodidad, gestión colectiva de alimentación y agua, técnicas básicas de orientación con mapa y brújula, identificación de flora útil o peligrosa del entorno, normas básicas de minimización de impacto ambiental (la práctica del "leave no trace" que luego se popularizaría como principio rector del montañismo internacional). Los puentes largos permitían una inmersión formativa que los fines de semana cortos no podían ofrecer.
Las actividades concretas durante los tres o cuatro días del puente combinaban rutas senderistas exploratorias por distintas zonas del macizo (travesía completa entre Urbasa y Andía, visita al nacedero del Urederra, recorridos por los hayedos más extensos), sesiones formativas específicas en el campamento base y componente puramente contemplativo y social: las noches junto al hornillo con cenas cocinadas colectivamente, las conversaciones prolongadas bajo cielos excepcionalmente limpios de contaminación lumínica, los silencios específicos de la alta montaña nocturna. Para muchos participantes universitarios que nunca habían dormido fuera de edificios convencionales, estos puentes largos en Urbasa eran la primera experiencia real de inmersión completa en el medio natural, y dejaban recuerdos particularmente intensos.
Balance de cuatro años: lo que queda de aquella etapa¶
Cerrar la etapa ATLAS en torno a 1997, por disolución natural del grupo organizador (cada uno de los cinco fundadores empezamos a tener trayectorias divergentes: cambios de ciudad, nuevas prioridades profesionales, compromisos personales crecientes, incorporación a otras asociaciones como IAESTE en mi caso), dejó una sensación ambivalente parecida a la que debieron sentir los fundadores de GALES cuando nosotros recogimos su testigo. El ciclo natural de este tipo de asociaciones, impulsadas por voluntariado juvenil con ventanas biográficas específicas, implica esas transiciones generacionales donde unos empiezan lo que otros terminan.
En mi caso personal, los años ATLAS marcaron profundamente la manera en que después entendería el viaje, la montaña y las actividades al aire libre. Varios aspectos se quedaron incorporados como aprendizaje permanente. El primero, la comprensión de que la repetición de un destino genera un tipo de conocimiento radicalmente distinto al de la visita única: diez veces en la Ruta del Cares, ocho en el Sella, las rutas canónicas convertidas en memoria muscular, el paisaje leído con matices que solo aparecen después de muchas pasadas. Una lección que aplicaría después consistentemente, tanto en la fase barcelonesa de escapadas repetidas como en los viajes posteriores donde nunca he tenido problema en repetir destinos ya conocidos.
El segundo aprendizaje fue la dimensión organizativa: ser responsable logístico de un grupo de cuarenta o cincuenta personas, gestionar alojamientos y transportes, asumir la seguridad colectiva en entornos potencialmente peligrosos, coordinar participantes con perfiles muy distintos, desarrollar capacidad de improvisación ante imprevistos meteorológicos o personales. Habilidades transversales que después aplicaría sin pensarlo en otras muchas circunstancias, desde los años IAESTE hasta los viajes propios que vendrían después. Los dos ejes (conocimiento por repetición y capacidad organizativa) proceden directamente de aquellos cuatro años ATLAS y marcan hasta hoy mi forma de entender estas actividades.
El tercero fue simplemente la familiarización profunda con los paisajes montañosos del norte peninsular, especialmente con Picos de Europa y con los Pirineos navarro y aragonés. Destinos que después visitaría ocasionalmente con otros formatos (salidas familiares, excursiones puntuales, proyectos profesionales relacionados) y que siempre sentí como territorio personal por el poso acumulado en aquellos años formativos. La geografía montañera del norte peninsular español se me quedó cartografiada mentalmente con una precisión que nunca he alcanzado respecto a ningún otro territorio, y aquella cartografía interior procede directamente de las múltiples pasadas por rutas, puertos, valles y cumbres durante el periodo ATLAS.
Queda también, inevitablemente, el componente afectivo. Los otros cuatro fundadores de ATLAS, junto con algunos de los participantes más fieles que acabaron haciéndose amigos del círculo organizador, forman todavía hoy parte de la red de amistades de fondo que uno acumula a lo largo de la vida. Aquellas horas compartidas en autobuses madrugadores hacia Asturias o Aragón, las cenas en albergues rurales con todo el grupo, las conversaciones prolongadas junto al fuego durante los vivac en Urbasa, los momentos de silencio contemplativo en cumbres con vistas privilegiadas, las subidas a Bulnes por el Canal del Texu antes de que el funicular lo cambiara todo, compusieron durante cuatro años una experiencia colectiva que nunca más he vuelto a tener con la misma intensidad. ATLAS fue, más allá de cualquier consideración deportiva o turística, una forma específica de convivencia y de amistad que pertenece completamente a aquella etapa y que la posterior vida adulta ha podido aproximar pero no reproducir exactamente.