
Diarios de viaje · España · Aragón
Tres días en Jaca con IAESTE
Un fin de semana largo de tres días en noviembre de 1996 me llevó a Jaca, en el Pirineo aragonés, para asistir a la que sería mi primera asamblea nacional de la asociación IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience).
La quedada jacetana reunió a los delegados de las secciones locales universitarias del comité español, y para mí, como recién incorporado a la sección local de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao, funcionó a la vez como primera inmersión en el funcionamiento interno de la asociación y como descubrimiento de una zona del Pirineo aragonés que hasta entonces solo conocía de oídas. Jaca como escenario, con su patrimonio románico, su ciudadela militar y su entorno montañoso, y la Estación de Canfranc como destino complementario que marcaría visualmente toda la estancia, compusieron un primer contacto especialmente afortunado con el formato asambleario que iba a repetirse en los años siguientes.
Cómo llegué a IAESTE¶
IAESTE es una asociación internacional fundada en 1948 en el Imperial College de Londres, dedicada a gestionar el intercambio de estudiantes de carreras técnicas para prácticas profesionales entre países miembros. En España opera a través de un comité nacional con secciones locales en las principales universidades técnicas, y durante los años noventa tenía una actividad particularmente dinámica, con un flujo importante de estudiantes españoles realizando prácticas en el extranjero (sobre todo en países del centro y norte de Europa) y de estudiantes internacionales haciéndolas en empresas e instituciones españolas. El funcionamiento de la asociación depende del trabajo voluntario de delegados estudiantiles que gestionan desde las secciones locales todo el proceso: captación de ofertas de prácticas en empresas locales, matching con candidatos internacionales, acogida de los estudiantes que vienen a cada ciudad, asistencia logística durante su estancia y representación de la sección en los órganos nacionales e internacionales de la asociación.
Mi incorporación a IAESTE se produjo a principios del curso 1996-1997, durante el segundo ciclo de mis estudios técnicos en Bilbao, animado por compañeros de la escuela que ya participaban en la asociación y que hablaban de los beneficios dobles que ofrecía la participación activa: por un lado, el acceso privilegiado a las becas de prácticas en el extranjero que eran la razón última de ser de la asociación; por otro, la oportunidad de desarrollar habilidades organizativas, gestionar proyectos colectivos, relacionarse con estudiantes internacionales y, en general, vivir una experiencia universitaria que excedía el marco estrictamente académico de las clases regulares. Una combinación atractiva que me decidió a inscribirme como delegado local y a empezar a colaborar activamente en las tareas de la sección de Bilbao.
Las primeras semanas de participación sirvieron para familiarizarme con los procedimientos de la asociación, con el sistema de gestión de ofertas internacionales, con las reuniones semanales de la sección local y con el trabajo coordinado con las otras secciones del comité español a través de correo electrónico y algún que otro fax (internet estaba entonces en fase emergente, y los intercambios habituales se hacían todavía en buena medida por canales tradicionales). La primera cita importante del año como delegado nuevo sería la asamblea nacional de noviembre, donde los delegados de todas las secciones locales se reunían durante un fin de semana largo para coordinar acciones del curso, aprobar presupuestos y establecer las líneas estratégicas del año. En 1996 la asamblea se celebraba en Jaca, organizada por la sección local de Zaragoza (que por proximidad geográfica era la responsable de coordinar eventos en territorio aragonés), y todas las secciones estábamos convocadas a enviar delegación.
Viaje desde Bilbao a Jaca¶
El viaje desde Bilbao hasta Jaca se organizó en coche compartido entre varios delegados de la sección local, con tres compañeros más que también asistían a su primera o segunda asamblea. El trayecto, de aproximadamente trescientos veinte kilómetros por la autopista del Ebro hasta Zaragoza y luego por carreteras de montaña hasta el Pirineo aragonés, se hizo en unas cuatro horas y media con parada breve para comer en un área de servicio a mitad de camino. La llegada a Jaca se produjo a última hora de la tarde del viernes, con el tiempo justo para instalarnos en el hotel antes de la cena inaugural de la asamblea.
El itinerario ofreció algunas de las primeras imágenes del territorio aragonés-pirenaico que recuerdo con cierta viveza. La travesía de Navarra meridional y La Rioja por la autopista, con los paisajes cerealistas del valle del Ebro abriéndose a ambos lados de la vía, tiene un componente monótono pero característicamente mediterráneo-continental muy distinto de la exuberancia verde cantábrica que habíamos dejado atrás. A partir de Zaragoza, al tomar rumbo norte por la N-330 hacia Huesca y Jaca, el paisaje cambia progresivamente: las llanuras cerealistas dejan paso primero a zonas de transición con vegetación mediterránea seca, después al piedemonte pirenaico con cerros suaves y masas boscosas crecientes, y finalmente a la alta montaña propiamente dicha con los primeros picos pirenaicos apareciendo en el horizonte norte.
El cambio de temperatura y atmósfera al cruzar el Somontano y entrar en la Jacetania fue también notable. En Bilbao en noviembre estamos acostumbrados al ambiente húmedo cantábrico, con temperaturas moderadas pero con mucha humedad relativa. El aire pirenaico era radicalmente distinto: seco, frío, limpio de contaminación, con esa claridad atmosférica que solo se encuentra en zonas de montaña con baja densidad poblacional. Los últimos kilómetros de aproximación a Jaca, ya con la luz muy baja de la tarde de noviembre, ofrecieron las primeras imágenes memorables del viaje: los picos nevados del Pirineo apareciendo iluminados por los últimos rayos de sol del oeste, los bosques caducifolios todavía con algo de hoja amarillenta y rojiza en las partes más protegidas, los pueblos pequeños con humo saliendo de las chimeneas, y finalmente la propia Jaca extendiéndose en el ensanche llano del valle del Aragón a unos 820 metros de altitud.
Llegada a Jaca y primer paseo¶
Jaca es una pequeña ciudad de unos doce mil habitantes (en la actualidad algo más, entonces algo menos) situada en el Pirineo aragonés central, al pie de la cadena montañosa pirenaica y en un ensanche relativamente llano del valle del Aragón, a unos 820 metros de altitud. La ciudad fue durante siglos capital del antiguo Reino de Aragón (durante el siglo XI, antes del traslado de la capital a Huesca y después a Zaragoza tras sucesivas reconquistas), y conserva patrimonio histórico de considerable relevancia para un núcleo urbano de su tamaño. Durante las décadas recientes se ha consolidado además como centro turístico por su vinculación a las estaciones de esquí del entorno (Astún y Candanchú son las más próximas) y por su propia oferta monumental, gastronómica y natural.
El hotel concertado para la asamblea era un establecimiento de perfil medio del centro urbano, con sala de reuniones habilitada para las sesiones plenarias y con precios negociados por la organización. La distribución del alojamiento seguía el esquema habitual de estas quedadas: habitaciones compartidas entre dos o tres delegados de la misma sección para minimizar costes, con espacios comunes del hotel utilizados intensivamente durante los tres días de encuentro. Una vez deshecho el pequeño equipaje y con el tiempo justo antes de la cena, salí a dar el primer paseo por el centro junto con otros compañeros de Bilbao, aprovechando las últimas luces para una toma de contacto inicial con la ciudad.
La primera impresión de Jaca al atardecer de un viernes de noviembre fue particularmente evocadora. Las calles del centro histórico, empedradas en algunos tramos y con arquitectura tradicional aragonesa bien conservada, estaban ya con las farolas encendidas iluminando las fachadas de piedra. El ambiente urbano era claramente más relajado que el de una capital provincial: una escala pequeña donde todos los servicios estaban concentrados en un área caminable, con algunos bares ya animados con clientela local y turistas tempranos de la temporada de esquí, con el frío seco característico de una ciudad de montaña en otoño tardío, y con ese silencio relativo que tienen las ciudades pequeñas donde el tráfico se extingue rápidamente al caer la tarde.
Catedral de Jaca: joya del románico aragonés¶
El sábado por la mañana, ya plenamente integrada la asamblea en su ritmo de sesiones de trabajo y visitas organizadas, empezamos el programa cultural con la Catedral de San Pedro de Jaca, uno de los monumentos románicos más importantes de España. La catedral, construida en el siglo XI durante el reinado de Ramiro I y Sancho Ramírez como iglesia mayor del Reino de Aragón entonces capitalino en Jaca, es considerada uno de los primeros templos románicos completos de la península ibérica y ejerció una influencia considerable sobre la posterior arquitectura románica del Camino de Santiago.
La visita, organizada dentro del programa cultural de la asamblea con uno de los delegados zaragozanos como guía improvisado (había preparado información sobre los monumentos con antelación), arrancó con una vuelta exterior al conjunto para apreciar la fachada principal y las portadas laterales. La Portada del Mediodía, con su tímpano del crismón trinitario enmarcado por un arco de medio punto sobre columnas con capiteles decorados, es el elemento escultórico más emblemático del templo y uno de los primeros ejemplos del crismón trinitario catedralicio que se convertiría en modelo para otras construcciones románicas posteriores. Los capiteles historiados con escenas bíblicas y con decoración vegetal simbólica constituyen un repertorio iconográfico de gran valor para entender la transición del románico hispánico hacia sus formas más plenas.
El interior del templo, organizado en tres naves con arcos de medio punto sobre pilares con columnas adosadas, conserva la austeridad característica del románico primero. Las bóvedas, ligeramente modificadas durante reformas posteriores, mantienen sin embargo el volumen general original, y los capiteles interiores ofrecen otra muestra rica del repertorio escultórico de la época. Particularmente interesante es el museo diocesano instalado en el claustro y las capillas laterales, que conserva una de las colecciones más importantes de pintura mural románica de toda España, procedente de las iglesias rurales de la diócesis jacetana recuperada durante las campañas de salvamento de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Los frescos románicos, presentados con iluminación adecuada y con paneles explicativos que contextualizan cada conjunto, son una parte fundamental de la visita y justifican absolutamente la entrada al museo.
Dedicamos a la catedral y su museo aproximadamente dos horas largas, con el grupo de la asamblea repartido entre los distintos espacios y con conversaciones cruzadas sobre los hitos que iban apareciendo. Es el tipo de visita donde la sensibilidad individual por el arte medieval marca diferencias considerables: algunos participantes atravesaban el conjunto con mayor celeridad, otros nos demorábamos ante detalles específicos. El resultado, en cualquier caso, fue una primera aproximación al románico aragonés que marcaría mi percepción posterior de este estilo artístico durante los años siguientes.
Ciudadela de Jaca: fortaleza pentagonal del XVI¶
Después de comer en el centro histórico, continuamos el programa cultural del sábado con la visita a la Ciudadela de Jaca, el segundo gran hito monumental de la ciudad. La Ciudadela, conocida también como Castillo de San Pedro, es una fortaleza militar de planta pentagonal construida a finales del siglo XVI (entre 1592 y 1613) durante el reinado de Felipe II como parte del sistema defensivo español en la frontera pirenaica con Francia.
La fortaleza responde a los criterios de la ingeniería militar italiana del Renacimiento tardío: planta pentagonal regular con baluartes en forma de punta de flecha en cada vértice, muros bajos y gruesos diseñados para resistir artillería moderna, foso perimetral completo y glacis exterior para dificultar la aproximación de atacantes. La ciudadela de Jaca es uno de los pocos ejemplos de fortaleza pentagonal regular conservados íntegramente en España, y el único del Pirineo aragonés, lo que le otorga un valor patrimonial particularmente relevante dentro del catálogo de arquitectura militar moderna peninsular.
La visita al interior se realiza mediante recorrido guiado que cubre las principales dependencias del conjunto: patio de armas central, cuerpos de guardia, caballerizas, polvorines, capilla castrense y almacenes. La ciudadela mantuvo función militar activa durante siglos y, de hecho, continúa siendo propiedad del Ministerio de Defensa español con uso restringido parcial, aunque la mayor parte del recinto se visita como monumento. Además de la arquitectura militar propiamente dicha, el recinto alberga un interesante Museo de Miniaturas Militares con una colección considerable de figuras pintadas que reproducen uniformes, batallas y escenas militares de distintas épocas históricas. Una visita complementaria curiosa, no especialmente relacionada con el monumento en sí pero integrada en el programa de visita disponible.
Las vistas desde las murallas exteriores de la ciudadela abarcan buena parte del valle jacetano, con el Pirineo extendiéndose hacia el norte como telón de fondo permanente. En una tarde clara de noviembre, con la luz ya oblicua pero todavía claridad suficiente, las panorámicas resultaban particularmente fotogénicas, con las cumbres nevadas de los macizos cercanos (el Collarada, los picos de Canfranc, el conjunto de Candanchú-Astún) perfectamente recortados contra un cielo especialmente limpio. Dedicamos tiempo suficiente al recorrido por las murallas y a las fotografías de grupo de rigor antes de emprender el regreso al centro urbano para la siguiente etapa de la asamblea.
Estación de Canfranc: la melancolía del abandono ferroviario¶
El domingo por la mañana, en la última jornada completa de la asamblea, se organizó la excursión que se había convertido en la parada paisajística obligatoria de cualquier visita a Jaca: la Estación Internacional de Canfranc, situada en el fondo del valle del Aragón a apenas veinticinco kilómetros al norte del centro jacetano. El trayecto en coche por la N-330 hacia Francia recorre un paisaje pirenaico especialmente espectacular, con el río Aragón como guía permanente a la derecha de la vía, los bosques de pinos y abetos cubriendo las laderas a ambos lados y los macizos rocosos cada vez más imponentes a medida que la carretera asciende hacia el puerto de Somport.
La Estación Internacional de Canfranc, inaugurada en 1928 como punto de enlace ferroviario entre las redes española y francesa a través del túnel del Somport (cruzando la cordillera pirenaica), fue durante décadas uno de los hitos ingeniero-ferroviarios más ambiciosos del continente europeo. El edificio principal, de planta longitudinal de más de doscientos metros de longitud, con arquitectura afrancesada de estilo Beaux-Arts, constituye uno de los conjuntos ferroviarios monumentales más singulares de España y de toda la península ibérica.
Pero en noviembre de 1996, cuando llegamos al conjunto con la asamblea, la estación se encontraba en un estado de abandono absoluto que marcaba con intensidad toda la experiencia de la visita. El tráfico ferroviario internacional se había cerrado definitivamente en 1970 tras el colapso del puente de l'Estanguet en el lado francés, y durante las más de dos décadas y media siguientes el edificio había quedado prácticamente sin uso, con deterioro progresivo de la estructura, vegetación colonizando los andenes y vías, cristales rotos en muchas de las ventanas, grafitis en distintos tramos del exterior y una atmósfera general de ruina ferroviaria monumental que resultaba a la vez desoladora y profundamente evocadora.
La visita se realiza entonces de manera informal: accedimos libremente por los alrededores del edificio, recorrimos el exterior de la fachada principal (entonces todavía sin las obras de consolidación que se realizarían años después), nos acercamos a los andenes donde las vías habían sido parcialmente cubiertas por malas hierbas y donde todavía se conservaban algunos elementos originales de señalización ferroviaria. El acceso al interior del edificio era posible con ciertas precauciones (las medidas de seguridad eran mínimas y el edificio estaba efectivamente abandonado), pero en general el grupo se limitó a explorar los exteriores y las zonas perimetrales, donde la escala monumental del conjunto ya ofrecía suficiente material visual y emocional.
Conviene recordar que la Canfranc de 1996 era un destino muy distinto de la Canfranc actual. En aquel momento no había programa de restauración en marcha, el edificio era literalmente una ruina monumental accesible, y la visita tenía un componente romántico-melancólico de arqueología industrial que la posterior recuperación del conjunto habría de modificar radicalmente. Los grandes planes de restauración que culminarían en la década siguiente con la inauguración del hotel de lujo Canfranc Estación y la rehabilitación completa del edificio estaban todavía muy lejanos, y la estación se visitaba precisamente por su aura de monumento abandonado. Las fotografías que hicimos aquella mañana, que en algún lugar de mi colección fotográfica de carrete todavía debieron sobrevivir durante años, captaron un estado del monumento que hoy ya no se puede encontrar.
Paseamos también brevemente por el pueblo de Canfranc-Estación, el núcleo urbano modesto que se desarrolló en su día para dar servicio a la estación y que había quedado también en situación de abandono parcial tras el cierre del tráfico ferroviario. Algunas casas tradicionales aragonesas de montaña, con cubiertas de pizarra y muros de piedra, todavía mantenían actividad residencial, pero la mayoría del pueblo transmitía una sensación de pueblo-estación que había perdido su razón de ser cuando la estación dejó de funcionar. Una visita complementaria breve pero coherente con la experiencia general de la mañana.
Componente formal de la asamblea¶
El componente asociativo de la estancia, aunque desde la narración se pueda deducir secundario respecto al turístico, ocupó en realidad la mayor parte del tiempo durante los tres días. Las sesiones de asamblea se celebraron principalmente durante las mañanas y tardes de viernes y sábado, con el domingo reservado para la visita a Canfranc y para el regreso de los delegados a sus respectivas ciudades. El orden del día seguía el esquema procedimental estándar de las asambleas nacionales de IAESTE: informe de gestión del comité nacional correspondiente al curso anterior, balance económico y presupuestario, revisión de los programas de intercambio del año en curso con estadísticas sobre estudiantes españoles enviados al extranjero y estudiantes internacionales acogidos en España, propuestas de acciones conjuntas para el año siguiente, debates sobre problemáticas específicas de las distintas secciones locales, y elección de la sede de la siguiente asamblea (que resultó ser Málaga para noviembre de 1997).
Para mí, como recién llegado a la asociación y como asistente novato a este tipo de encuentros, la experiencia combinaba elementos muy distintos que requerían adaptación rápida. Por un lado, la dimensión formal-procedimental: intervenciones con tiempo tasado, votaciones reguladas por procedimientos específicos, actas levantadas con precisión, discusiones técnicas sobre asuntos presupuestarios que para quien nunca había participado en este tipo de reuniones requerían un pequeño aprendizaje contextual. Por otro lado, la dimensión social informal: las conversaciones de pasillo entre sesiones, los cafés del descanso donde los delegados veteranos se reconocían y retomaban temas pendientes desde el año anterior, las cenas colectivas donde los debates se prolongaban en ambiente distendido, las copas posteriores a las cenas donde aparecían los asuntos más personales.
Conocí durante aquellos tres días a buena parte de los delegados con los que mantendría relación profesional-asociativa durante los siguientes años, incluyendo a varios de los que volvería a encontrar al año siguiente en Málaga y, posteriormente, a lo largo de mi etapa activa en la asociación. Las caras nuevas se convirtieron rápidamente en caras conocidas a fuerza de compartir horas en sesiones plenarias, mesas de cena y recorridos culturales. La dinámica del grupo tenía el carácter peculiar de una comunidad distribuida geográficamente (secciones locales en Barcelona, Madrid, Zaragoza, Valencia, Sevilla, Bilbao, Valladolid, Pamplona, entre otras) que solo se reúne físicamente una vez al año, con el componente de reencuentro festivo que este tipo de citas suelen tener.
Gastronomía aragonesa y cenas colectivas¶
Uno de los componentes más memorables de la asamblea fueron las cenas colectivas en restaurantes jacetanos, que permitieron descubrir la gastronomía aragonesa de alta montaña con los delegados zaragozanos como guías gastronómicos. Aragón tiene tradición gastronómica propia con personalidad marcada, particularmente identificable en las zonas de alta montaña por la adaptación a productos locales como el ternasco de Aragón (cordero joven con denominación específica), las migas con chorizo y uvas, la borraja con patatas, el bacalao al ajoarriero versión aragonesa, los embutidos de montaña como la longaniza de Graus, los quesos de las queserías artesanales pirenaicas, y postres tradicionales como las frutas de Aragón (frutas escarchadas cubiertas de chocolate, especialidad local).
Las cenas seguían el esquema habitual de estas quedadas: mesas largas con todos los participantes agrupados, platos para compartir distribuidos por el centro de la mesa, ambiente particularmente animado a medida que avanzaba la velada, y vino tinto del Somontano (denominación de origen aragonesa que entonces estaba empezando a consolidar su prestigio) como acompañamiento habitual. Las sobremesas se alargaban inevitablemente hasta tarde, con discusiones cruzadas que mezclaban temas asociativos con debates intelectuales, anécdotas personales y las consabidas bromas internas que se van consolidando en estos grupos a base de experiencia compartida.
La experiencia gastronómica para quien llegaba desde Bilbao tenía el componente adicional del descubrimiento de una cocina aragonesa de alta montaña con preparaciones y sabores bien diferenciados de las referencias habituales de la cocina vasca.
Balance de la estancia y proyección posterior¶
Los tres días en Jaca cumplieron con amplitud los distintos propósitos que tenía el viaje, desde el punto de vista asociativo, turístico y personal. La asamblea avanzó satisfactoriamente los temas organizativos previstos, y yo conseguí el objetivo principal como delegado novato: familiarizarme con el funcionamiento de los órganos nacionales de la asociación, conocer a los compañeros de las otras secciones locales, entender los mecanismos de toma de decisiones, y sentar las bases para una participación activa durante el curso siguiente. Desde el punto de vista turístico, Jaca demostró ser una ciudad especialmente afortunada para una primera aproximación al Pirineo aragonés: escala manejable, patrimonio histórico de primer orden (catedral románica y ciudadela militar), entorno paisajístico excepcional, gastronomía identitaria con personalidad propia y clima otoñal que favorecía los paseos pausados.
La Estación de Canfranc, con su melancólica monumentalidad abandonada, quedó grabada como una de las imágenes más fuertes del viaje. Durante años, la sola mención del Pirineo aragonés evocaría inmediatamente los recuerdos de aquella mañana de noviembre con el edificio ferroviario extendiéndose desolado en el fondo del valle, con las montañas cerrándolo por todos los flancos y con el frío seco de alta montaña añadiendo un componente sensorial que amplificaba la sensación general de lugar fuera del tiempo. Las visitas posteriores que haría a Canfranc en las décadas siguientes, con el monumento ya en proceso progresivo de restauración y finalmente plenamente recuperado como hotel de lujo, serían siempre comparadas mentalmente con esta primera imagen de 1996, donde la ruina ofrecía un tipo de belleza que la restauración por fuerza tendría que transformar.
La proyección posterior de aquel viaje fue inmediata: al año siguiente, noviembre de 1997, me encontraría con buena parte de los delegados jacetanos en la asamblea de Málaga, consolidando la red de contactos y acumulando experiencia en el funcionamiento de la asociación. Dos años después, en 1999, aprovecharía mi involucramiento creciente en IAESTE para conseguir una de las becas de intercambio que la asociación gestionaba y realizar una estancia de cuatro meses de prácticas profesionales en Eindhoven, experiencia que cerraría este arco asociativo con el cumplimiento efectivo de la razón última de mi participación en IAESTE: la beca internacional de prácticas técnicas, objetivo que había motivado originalmente mi inscripción en la asociación y que aquellas dos asambleas previas (Jaca 1996 y Málaga 1997) habían ido preparando a través de la participación activa en el funcionamiento interno de la organización.
Aquellas tres jornadas jacetanas quedan, en la memoria retrospectiva, como el punto de inicio de un arco biográfico particularmente formativo. IAESTE me enseñó entonces, además de las habilidades técnicas específicas relacionadas con la gestión de intercambios profesionales, algo quizás más valioso: cómo funciona una organización distribuida geográficamente, cómo se construyen comunidades a través del encuentro periódico, cómo se traduce la participación voluntaria en acceso a oportunidades concretas, y cómo el componente social de los encuentros asociativos constituye casi siempre una parte tan importante de la experiencia como los objetivos formales declarados. Lecciones que aquella primera asamblea en Jaca, con su patrimonio románico, su ciudadela pentagonal y su estación de Canfranc ruinosa como decorados permanentes, empezaron a inculcar con la intensidad propia de las primeras experiencias que marcan todas las siguientes.