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Cuatro peregrinos jóvenes con mochilas de marco posan sonrientes bajo un arco cubierto de hiedra a la entrada de un albergue, con un cartel de madera tallada encima y más mochilas apiladas al fondo.

Diarios de viaje · España · Galicia · León

El Camino de Santiago

El camino se Santiago es una de esas grandes experiencias inolvidables, no tanto por los lugares que visitas, sino por las personas que te encuentras en el camino.

10 días Lectura de 13 minutos

El año de las estrellas

Hay viajes que uno hace y viajes que le hacen a uno. El Camino de Santiago en el verano del 93 fue, sin duda, de los segundos. Cuatro chavales de veinte años, recién liberados de los exámenes de segundo de carrera, con mochilas demasiado pesadas y una ilusión que compensaba cualquier falta de preparación. Nueve días que dejaron una huella tan profunda que, más de treinta años después, sigue siendo uno de los recuerdos más luminosos de mi vida.

1993 era Año Santo Compostelano, o Año Jacobeo, algo que ocurre cada vez que el 25 de julio —festividad de Santiago Apóstol— cae en domingo. Es un ciclo que se repite con un patrón de 6, 5, 6 y 11 años, lo que lo convierte en un acontecimiento relativamente infrecuente. La tradición dice que durante el Año Santo la Puerta Santa de la Catedral de Santiago permanece abierta, y que los peregrinos que la cruzan obtienen la indulgencia plenaria, el perdón de todos sus pecados. Una tradición que se remonta a la Edad Media y que el Papa Calixto II estableció mediante una bula en 1122.

Aquel año la maquinaria institucional se había puesto en marcha como nunca antes. La Xunta de Galicia, con Manuel Fraga al frente, había lanzado una ambiciosa campaña de promoción bajo el lema "Xacobeo 93" que inundó televisiones, periódicos y vallas publicitarias de toda España. Era imposible escapar de aquella estrella amarilla sobre fondo azul que se había convertido en el símbolo del evento. Se invirtieron miles de millones de pesetas en restaurar y señalizar el Camino, rehabilitar albergues, crear infraestructuras y promocionar la ruta internacionalmente. El objetivo era claro: convertir el Camino de Santiago en un fenómeno de masas que trascendiera lo puramente religioso.

Y funcionó. Si en años anteriores el número de peregrinos que recibían la Compostela apenas superaba los pocos miles, en 1993 la cifra se disparó hasta casi 100.000. De repente el Camino estaba en boca de todos, no solo como peregrinación religiosa, sino como aventura personal, reto deportivo y experiencia cultural. Para cuatro estudiantes de ingeniería que buscaban algo diferente que hacer aquel verano, la tentación era irresistible.

La decisión: Ponferrada como punto de partida

No teníamos ni el tiempo ni el presupuesto para hacer el Camino Francés completo desde Saint-Jean-Pied-de-Port o desde Roncesvalles. Eran más de 800 kilómetros que requerían al menos un mes de caminata, un lujo que nuestras vacaciones de verano y nuestros bolsillos de estudiantes no podían permitirse. Pero había una alternativa perfecta.

Para obtener la Compostela —el certificado oficial que acredita haber completado la peregrinación— era necesario recorrer a pie un mínimo de 100 kilómetros, o 200 kilómetros en bicicleta. Sin embargo, nosotros queríamos algo más que el mínimo. Calculamos que desde Ponferrada, en la comarca del Bierzo leonés, hasta Santiago de Compostela había algo más de 200 kilómetros, una distancia que podíamos cubrir en siete etapas de unos 30 kilómetros cada una, dejándonos un día extra para disfrutar de Santiago al llegar. Era el plan perfecto: ambicioso pero factible, exigente pero no suicida.

Además, empezar en Ponferrada tenía un aliciente adicional: desde allí nos esperaba el tramo más espectacular del Camino, con la subida al O Cebreiro, la entrada en Galicia y el recorrido por sus bosques y aldeas. No eran los kilómetros más fáciles, pero sí los más bellos.

Un tren nocturno desde Bilbao nos dejó en Ponferrada una mañana de julio con las mochilas a cuestas y la credencial del peregrino recién sellada. La aventura comenzaba.

Los primeros pasos: del Bierzo al Cebreiro

Salir de Ponferrada con la mochila bien cargada fue un baño de realidad. A los pocos kilómetros, el peso se hacía notar en los hombros y las botas nuevas —error de novato que pagaríamos caro— empezaban a hacer su trabajo en nuestros pies. Pero la emoción del primer día podía con todo.

El Bierzo nos recibió con sus viñedos, sus cerezos y esa luz particular de principios de julio que doraba los campos. Atravesamos Cacabelos y Villafranca del Bierzo, donde la iglesia de Santiago ofrecía su propia Puerta del Perdón para aquellos peregrinos que, por enfermedad o agotamiento, no pudieran continuar hasta Compostela. Nosotros la miramos con una mezcla de respeto y determinación: no pensábamos necesitarla.

Y entonces llegó el Cebreiro. La subida al puerto de montaña que marca la frontera entre León y Galicia es uno de los tramos más exigentes del Camino, un ascenso de casi 700 metros de desnivel que pone a prueba las piernas y la voluntad de cualquier peregrino. Subíamos en silencio, cada uno concentrado en su esfuerzo, con el sudor empapando las camisetas y las paradas para beber agua cada vez más frecuentes.

Pero la recompensa fue extraordinaria. Al coronar el puerto, una niebla espesa cubría el valle que dejábamos atrás, y las pallozas del Cebreiro —aquellas construcciones circulares de piedra y techo de paja que parecían sacadas de otra época— emergían entre la bruma como un poblado celta suspendido en el tiempo. El sol asomaba por encima de las nubes, iluminando solo las cumbres, y el valle entero quedaba oculto bajo un mar blanco de niebla que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Fue una de esas imágenes que se graban a fuego en la memoria, de las que ninguna fotografía puede hacer justicia. Nos quedamos los cuatro en silencio, simplemente mirando, sin necesidad de decir nada. El Camino ya nos había regalado su primer momento mágico.

La fraternidad del Camino

Lo que no esperábamos del Camino era lo fácil que resultaba conectar con desconocidos. Había algo en el hecho de compartir esfuerzo, kilómetros y destino que derribaba cualquier barrera social. Da igual que fueras estudiante, jubilado, español o extranjero: en el Camino todos éramos iguales, todos cargábamos con nuestra mochila y nuestras razones, y todos avanzábamos hacia el mismo lugar.

Las conversaciones surgían de forma natural. Al adelantar a alguien o ser adelantado, bastaba un "¡Buen Camino!" para iniciar un intercambio que podía durar kilómetros. Compartíamos historias, motivaciones, trucos para las ampollas y recomendaciones sobre el tramo que venía. Había una generosidad espontánea que raramente he encontrado en la vida cotidiana: gente que compartía su comida, su agua, sus vendas, sin esperar nada a cambio.

Coincidimos en varios tramos con peregrinos mayores, muchos de ellos gallegos que hacían el Camino por devoción pura. De ellos fuimos aprendiendo a dosificar el esfuerzo, a caminar a un ritmo constante sin prisas, y escuchamos historias del Camino antiguo, cuando no había señalización ni albergues y los peregrinos dependían enteramente de la hospitalidad de los pueblos. También coincidimos con peregrinos extranjeros con los que apenas compartíamos idioma pero con los que la comunicación fluía a base de gestos, risas y mapas compartidos.

Con veinte años y la inocencia de quien aún no ha viajado mucho, aquella experiencia de fraternidad fue reveladora. El Camino te enseña que las personas somos mucho más parecidas de lo que creemos, que las barreras que nos separan en la vida cotidiana son, en gran medida, artificiales.

Las noches: entre albergues y aventuras

Si las jornadas de caminata eran intensas, las noches tenían su propia épica. El sistema de albergues de peregrinos en 1993 estaba aún en construcción. La inversión del Xacobeo había mejorado mucho las cosas, pero la avalancha de peregrinos de aquel Año Santo desbordaba cualquier previsión. La norma era simple y despiadada: las plazas se asignaban por orden de llegada, y el que no encontraba sitio tenía que buscarse la vida.

En más de una ocasión llegamos al albergue del pueblo con las piernas temblando de cansancio solo para encontrar el cartel de "completo" en la puerta. La primera vez que ocurrió fue un golpe duro. Llevábamos más de treinta kilómetros en las piernas y la idea de no tener donde dormir parecía una broma cruel. Pero el Camino siempre ofrecía alternativas, a veces las más inesperadas.

Una noche acabamos durmiendo en lo que había sido una cuadra de animales. Ya no se usaba como tal —el suelo era de terrazo y no quedaba rastro del ganado—, pero las paredes de piedra y el techo bajo dejaban pocas dudas sobre el uso original del espacio. Un vecino del pueblo nos la ofreció a cambio de 100 pesetas por persona, una cantidad simbólica que pagamos encantados. Además nos dejó entrar a la casa, de uno en uno, para ducharnos. Extendimos los sacos de dormir directamente sobre el suelo y, agotados como estábamos, dormimos como troncos. A la mañana siguiente, entre risas, coincidimos en que había sido una de las mejores noches del Camino.

En otro par de ocasiones, el ayuntamiento del pueblo habilitó el polideportivo municipal como albergue improvisado para los peregrinos que se habían quedado sin plaza. Decenas de sacos de dormir alineados en el suelo de una cancha de baloncesto, con las luces fluorescentes medio apagadas y el eco de los ronquidos multiplicándose entre las paredes. No era precisamente cómodo, pero había algo reconfortante en saber que no estabas solo en aquella aventura, que todos los que estaban allí compartían tu misma situación.

De Galicia a Santiago: bosques, aldeas y lluvia

Entrar en Galicia supuso un cambio radical de paisaje. Los campos abiertos de Castilla dieron paso a bosques de castaños y robles, caminos sombreados que serpenteaban entre helechos y muros de piedra cubiertos de musgo. El verde se volvió omnipresente, un verde intenso y húmedo que lo cubría todo. Tuvimos la suerte de que la lluvia nos respetó durante todo el Camino, algo casi milagroso en Galicia en cualquier época del año, lo que hizo que disfrutáramos de aquellos paisajes con una luz limpia y sin el peso añadido de caminar empapados.

Atravesamos Sarria, Portomarín con su iglesia fortaleza trasladada piedra a piedra cuando construyeron el embalse, Palas de Rei, Arzúa... Pueblos pequeños donde el paso de los peregrinos ya era parte de la rutina pero donde aún se mantenía esa hospitalidad genuina que caracteriza al Camino. Un vaso de vino ofrecido en la puerta de una casa, un trozo de pan de maíz compartido por una señora que apenas hablaba castellano, indicaciones a gritos desde una ventana cuando parecíamos perdidos.

Los últimos kilómetros antes de Santiago se hicieron eternos y fugaces al mismo tiempo. Eternos porque el cuerpo acumulaba siete días de esfuerzo y cada paso costaba un poco más que el anterior. Fugaces porque sabíamos que la aventura se acababa y ninguno de los cuatro quería que terminase.

Y entonces, desde el Monte do Gozo, apareció Santiago. Las torres de la Catedral asomando entre la bruma de la mañana, todavía lejanas pero ya reales, ya tangibles. El nombre del monte lo dice todo: el monte del gozo, el lugar donde los peregrinos medievales veían por primera vez su destino y lloraban de alegría. Nosotros no lloramos, pero nos abrazamos. Cuatro chavales de veinte años, sucios, agotados, con ampollas en los pies y la sonrisa más grande que habíamos tenido en la vida.

Santiago: la llegada y el Hostal de los Reyes Católicos

Llegar a la Plaza del Obradoiro fue una descarga emocional difícil de describir. Después de más de 200 kilómetros a pie, ver la fachada barroca de la Catedral alzándose ante nosotros fue como cruzar una meta que iba mucho más allá de lo físico. Nos sentamos en el suelo de la plaza, nos quitamos las botas destrozadas y simplemente estuvimos ahí, absorbiendo el momento, viendo llegar a otros peregrinos que vivían exactamente lo mismo que nosotros.

Recogimos nuestra Compostela en la Oficina del Peregrino, donde un funcionario verificó los sellos de nuestra credencial y nos entregó aquel documento en latín que certificaba que habíamos completado la peregrinación. Lo guardé con más cuidado que cualquier título universitario.

Pero quizá la experiencia más memorable de Santiago fue la comida en el Hostal de los Reyes Católicos. Aquel edificio monumental que preside la Plaza del Obradoiro fue fundado por los Reyes Católicos en 1499 como hospital de peregrinos, y mantenía una tradición centenaria: ofrecer comida gratuita a los primeros peregrinos que se presentaran cada día con su Compostela. Nosotros fuimos de los afortunados.

Pero no nos llevaron al restaurante del hotel, con sus manteles blancos y sus candelabros. Nos condujeron por una puerta lateral a lo que parecía la zona de comidas del personal. Y fue infinitamente mejor así. Sentados en una mesa corriente con mantel de plástico, con la cocina visible al fondo por una puerta abierta, comimos con los trabajadores del establecimiento. De aquella comida recuerdo especialmente una empanada de sardinas que, tantos años después, sigue siendo una de las mejores cosas que he probado en mi vida. Los trabajadores nos trataron con una naturalidad y un cariño que jamás hubiéramos encontrado en el salón principal. Fue una de esas comidas que no se miden por la vajilla sino por la compañía, y sin duda estuvimos mucho más a gusto de lo que hubiéramos estado en las zonas nobles del hotel.

Un día para descubrir Santiago

Nos reservamos un día completo para explorar la ciudad sin mochilas y sin kilómetros que cumplir. Después de una semana caminando con un objetivo claro, pasear sin rumbo por Santiago fue un lujo casi decadente.

La Catedral por dentro era abrumadora. El Pórtico de la Gloria, con sus figuras policromadas, el botafumeiro colgando inmóvil en la nave central esperando la próxima misa solemne, la cripta con los restos del Apóstol... Cada rincón destilaba siglos de historia y devoción. Abrazamos la estatua del Santo, como manda la tradición, y bajamos a la cripta con una solemnidad impropia de cuatro veinteañeros.

Por la noche, unas chicas que habíamos conocido en el Camino nos recomendaron la Rúa do Franco para hacer una ruta de tapas. Resultó ser una calle estrecha flanqueada de bares y restaurantes donde el pulpo, los pimientos de Padrón y el Ribeiro corrían con una generosidad que nuestros maltrechos bolsillos de estudiantes agradecieron enormemente. Saltamos de bar en bar, reencontrándonos con caras conocidas del Camino, celebrando juntos haber llegado, compartiendo esa complicidad que solo entiende quien ha caminado contigo.

El regreso y lo que quedó

El tren de vuelta a Bilbao fue largo y silencioso. No el silencio incómodo de quien no tiene nada que decir, sino el silencio cómplice de quien ha compartido algo que las palabras no alcanzan a describir. Cada uno miraba por la ventanilla, probablemente procesando a su manera lo que habíamos vivido.

Con la perspectiva de más de tres décadas, el Camino de Santiago del 93 fue mucho más que una caminata de 200 kilómetros. Fue un rito de paso, una de esas experiencias que marcan la frontera entre el chaval que fui y el adulto que empezaba a ser. Me enseñó que la incomodidad es temporal pero los recuerdos son permanentes. Que las mejores experiencias rara vez son las más cómodas. Que caminar en silencio junto a alguien puede ser la conversación más profunda. Que la generosidad de los desconocidos es más común de lo que pensamos.

Y, sobre todo, plantó la semilla de algo que tardaría años en florecer completamente: la certeza de que viajar no es un lujo sino una necesidad, que salir de tu mundo para pisar el de otros es la mejor educación posible, y que los mejores viajes son aquellos en los que el camino importa tanto o más que el destino.

Aquel verano del 93, cuatro chavales volvieron a Bilbao con los pies destrozados y el corazón lleno. No sabíamos entonces que aquel viaje sería el primero de muchos, la chispa que encendería una pasión que, treinta años después, sigue ardiendo con la misma intensidad.