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El skyline de Boston al atardecer visto desde el agua, con los rascacielos recortados a contraluz, el sol colándose entre dos torres y un pequeño ferry blanco cruzando el puerto en primer plano.

Diarios de viaje · Estados Unidos · Boston

Boston entre universidades e historia

Boston es una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos y si por algo destaca es por su dedicación a su historia y por ser cuna de algunas de las principales universidades del país, como Harvard y el MIT.

8 días Lectura de 1 h 14 min

Boston. Información general

Qué debes saber de la ciudad

Boston no es uno de esos destinos que aparece en las listas de "ciudades imprescindibles de tu vida". No tiene la monumentalidad de Roma ni el ritmo de Nueva York. Pero tiene algo que muchas ciudades grandes han perdido: una historia que puedes tocar con las manos. Llevas andando sobre ella desde el momento en que sales del metro, y eso, cuando lo entiendes, lo cambia todo.

La pasé una semana completa en octubre de 2018 y no me aburrí ningún día. Si acaso, lo que Boston no tiene es ese monumento único, ese edificio o esa plaza que justifica el viaje por sí sola. Lo suyo es la acumulación: calles antiguas, parques enormes, historia colonial en cada esquina, y un ritmo de ciudad que invita a caminar.

Lo que más me sorprendió fue la gente. Venía con la referencia de Nueva York y Los Ángeles, y Boston me pareció otra cosa: cercana, sin poses, genuinamente amable con los visitantes. Una ciudad donde la gente te da conversación en el metro sin que nadie lo encuentre raro.

Si hay algo que define Boston visualmente, son sus parques y zonas verdes, más que sus edificios o su skyline.

El agua también tiene mucho que ver. Boston creció sobre terrenos ganados al mar, y esa relación con la bahía y el río Charles se nota en los paseos, en los muelles y en los barcos que cruzan el puerto. Las estampas más bonitas de la ciudad se disfrutan desde el agua: un ferry que atraviesa el puerto al atardecer vale más que cualquier mirador.

Fundada en 1630 por colonos puritanos ingleses que le dieron el nombre de su ciudad de origen en Lincolnshire, Boston es una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos. Fue aquí donde se fraguó buena parte de la Revolución Americana, donde se arrojaron 342 cajas de té al puerto en diciembre de 1773, donde los soldados coloniales aguantaron a los británicos en Bunker Hill, y donde Paul Revere salió a caballo una noche de abril de 1775 para advertir que las tropas avanzaban. Visitar Boston sin saber esto es visitar los decorados de una película sin haber visto la película.

Transporte

El aeropuerto Logan está a unos cinco kilómetros del centro, bien conectado con la red de metro que en Boston todos llaman simplemente "la T". Hay un dato que vale la pena saber antes de llegar: la Silver Line desde el aeropuerto es gratis. No hay canceladoras en la parada de salida, y al llegar a South Station puedes enlazar directamente con la línea roja sin pagar nada, porque ya estás dentro del sistema. Ese truco funciona solo con la Silver Line, no con la línea azul que también sale del aeropuerto.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Boston
Todo el sistema de metro se conoce en la ciudad como la 'T'

La T tiene cinco líneas que se cruzan en el centro y se ramifican hacia los barrios. Funciona bien: puntual, limpio, fácil de entender. El único detalle que puede despistar es que algunas bocas de metro solo dan acceso en un sentido, y que las direcciones se indican como "inbound" (hacia el centro) o "outbound" (hacia las afueras). Lo que parece simple puede confundirte si estás al sur del centro y quieres ir al norte: primero tienes que coger dirección "inbound" aunque tu destino esté en el lado contrario. Mira siempre el nombre de la estación terminal.

La Silver Line tiene otra rareza: no son trenes sino autobuses articulados. En algunos tramos circulan por la calle y en otros se meten por túneles con estaciones subterráneas, exactamente igual que un metro.

Si vas a estar más de dos o tres días, compra un CharlieTicket semanal sin pensarlo.

Por 21,25 dólares tienes acceso ilimitado durante siete días a todo: metro, autobuses urbanos, tren de cercanías dentro de la zona 1A y el ferry de Charlestown. Menos de veinte euros, con lo que cuesta el alojamiento en esta ciudad, es una ganga. Y la validez no termina a medianoche del séptimo día: empieza en el momento en que lo usas por primera vez. Si lo compras un viernes a las seis de la tarde, tienes hasta el viernes siguiente a las seis.

Alojamiento

El alojamiento en Boston es caro. Más de lo que esperaba cuando empecé a buscar. Es una de las ciudades más caras de Estados Unidos, con precios comparables a Nueva York pero con mucha menos oferta. Los hostels casi no existen, y las habitaciones compartidas son escasas.

Mi solución fue Airbnb, en una casa al norte de la ciudad cerca de Davis Square, en la línea roja del metro. Resultó ser una buena decisión no solo por el precio, sino porque Davis Square tiene vida propia: bares, restaurantes y un ambiente de barrio real, con precios notablemente más bajos que los del centro.

Comida

Boston es ciudad de marisco, y lo primero que hay que probar es un lobster roll: un bollo de pan brioche tostado con langosta. Los hay fríos, con mayonesa al estilo de Nueva Inglaterra, y calientes, con mantequilla al estilo de Connecticut. No son baratos, pero los encuentras en cualquier parte sin tener que buscar demasiado.

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Lobster roll: el bocadillo de langosta que no puedes dejar de probar en Boston

Para comer bien sin gastar demasiado, también recomendaría comprar algo y sentarse en Boston Common. Un parque de casi cuatro siglos de historia donde se puede hacer un picnic con toda la tranquilidad del mundo.

El mejor sitio para comer en la ciudad es sin duda el Quincy Market.

Es un mercado histórico en el centro con decenas de puestos de todo tipo: marisco local, sopas, hamburguesas, cocina italiana, china, dulces. La bóveda central está llena de gente a cualquier hora del día. Los precios son razonables, aunque conviene no quedarse con los primeros puestos de la entrada y explorar un poco hacia el fondo.

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El pasillo central de Quincy Market siempre tiene ambiente, a cualquier hora

Lo usé más de una vez durante la semana. Está bien situado, tiene variedad, y saber que allí siempre hay algo disponible es cómodo cuando llevas horas andando y no tienes energía para buscar restaurante.

Dinero

Dólares, evidentemente. Los billetes empiezan en uno, así que puedes acumular un buen fajo y no tener especialmente mucho dinero. La mayoría de cajeros cobran comisión, así que conviene agrupar las retiradas de efectivo.

Yo fui con Revolut y BNext y no tuve ningún problema en ningún sitio. En Boston se paga prácticamente todo con tarjeta.

Internet

El roaming en Estados Unidos no compensa con ninguna compañía española. La alternativa más sencilla y barata es comprar una SIM local antes de salir. Yo usé una tarjeta prepago de T-Mobile con datos 4G ilimitados y llamadas y SMS sin límite dentro del país.

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Tarjeta SIM de T-Mobile

La cobertura fue muy buena en toda la ciudad, incluso dentro del metro. Puedes comprarla desde España en Amazon y viene lista para usar al llegar. Con eso tienes Google Maps, WhatsApp y redes sociales sin depender de ninguna wifi.

Quincy Market de Boston y edificios históricos de la zona

Día 1. De Bilbao a Boston

El sábado 13 de octubre de 2018 me levanté en Bilbao antes de las ocho. Fuera estaba oscuro todavía. Un viaje transatlántico siempre empieza así: con la ciudad dormida y la maleta ya lista desde la noche anterior.

Bilbao–Barcelona: el calentamiento

El vuelo de Vueling salía a las 08:55 del aeropuerto de Loiu. Una hora y pico después aterrizaba en la T1 de El Prat. Boston quedaba aún a ocho horas de distancia, al otro lado del Atlántico, así que lo primero que tocaba era gestionar bien la espera en Barcelona.

Tenía tiempo de sobra hasta las cuatro de la tarde. Lo usé de la manera más honesta posible: me busqué un sitio tranquilo cerca de la puerta de embarque, saqué el portátil y vi películas. Había descargado algunas la noche anterior precisamente para esto. El aeropuerto de Barcelona tiene la virtud de ser grande sin resultar agobiante, y pasar unas horas ahí con la pantalla delante y nada urgente que hacer es casi un lujo.

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La sala de embarque de Barcelona, antes del salto al Atlántico

Ocho horas sobre el Atlántico

El vuelo IB2625 de Level despegó a las 16:00 con destino al aeropuerto Logan de Boston. Ocho horas y cuarto en un avión es tiempo suficiente para leer, dormir mal, ver algo más en la pantalla y llegar al otro lado con las piernas agarrotadas. La travesía del Atlántico no tiene mucho más misterio que ese.

Aterrizamos a las 18:15 hora local. Boston, hora del este, lleva seis horas de retraso respecto a España en octubre. El sol ya había bajado bastante cuando cruzamos la costa. Las luces del área metropolitana empezaron a aparecer bajo las nubes, y de pronto ahí estaba: el aeropuerto Logan, encajado entre el puerto y la bahía, a pocos kilómetros del centro de la ciudad.

La T desde el aeropuerto: el truco de la Silver Line

El control de pasaportes fue más rápido de lo esperado. Solo viajaba con equipaje de mano, así que pude salir directamente hacia la parada de transporte público. El aeropuerto Logan es uno de los pocos aeropuertos del mundo donde puedes llegar al centro de la ciudad gratis en transporte público desde el mismo día de llegada.

La clave está en la Silver Line: el autobús que sale del aeropuerto no tiene canceladoras en la parada de salida, así que el billete es gratuito. Y cuando llegas a South Station y conectas con la línea roja del metro, ya estás dentro del sistema, sin torniquete que cruzar. Veinticinco minutos desde la terminal y sin gastar un dólar. Ir por la línea azul, que también sale del aeropuerto, no funciona igual: esa sí cobra.

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Primera toma de contacto con la T, el metro de Boston

El autobús de la Silver Line no parece un metro, pero en algunos tramos se mete por túneles subterráneos con estaciones propias. Al salir a la calle otra vez, ya era de noche. Boston empezaba a aparecer entre semáforos y fachadas de ladrillo.

Davis Square y el camino al Airbnb

Mi alojamiento estaba al norte de la ciudad, cerca de Davis Square, en la línea roja. Bajé en la estación y decidí ir andando hasta el Airbnb en lugar de tomar el autobús. Quince minutos a pie después de un día entero de viaje es la mejor manera de estirar las piernas y empezar a entender un barrio nuevo: cómo huele, qué bares están abiertos, qué luz tienen las calles.

Davis Square tiene un aire de barrio de universitarios con dinero justo: cafeterías independientes, algunos restaurantes de calidad, bares con música en directo. Nada del lujo del centro, pero tampoco la anonimidad de un barrio dormitorio. Resultó ser una buena base.

El sótano de Arlington

La casa era un Airbnb en Arlington, técnicamente ya fuera de Boston ciudad pero a un paso de Davis Square. Mi habitación estaba en el sótano, lo cual suena peor de lo que era: estaba bien equipada, limpia, y tenía el silencio suficiente para dormir bien. El baño era compartido y estaba dos pisos arriba, con unas escaleras de madera que crujían con cada paso. Las visitas nocturnas requirieron un cierto instinto sigiloso que tardé un día o dos en desarrollar.

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Mi habitación en el sótano de Arlington, base de operaciones para la semana

Había una nota de bienvenida encima de la cama. Ese pequeño gesto hace que un espacio desconocido empiece a parecer un sitio donde estás a gusto.

Provisiones y primera noche

Salí a buscar un supermercado. El del barrio estaba a pocos minutos, bien surtido, con esa abundancia de marcas y tamaños que los supermercados americanos tienen y que al principio desorienta un poco. Compré lo necesario para los desayunos de los días siguientes y volví a la casa.

Preparé algo ligero en la cocina compartida. No vi a ningún otro huésped esa noche. Me fui a dormir con el jet lag empezando a hacer efecto, seis horas menos que en casa y la cabeza ya dándole vueltas a los planes del día siguiente. Boston llevaba menos de tres horas siendo real, y ya tenía el mapa mental más o menos organizado.

Boston Common con árboles y edificios del centro al fondo

Día 2. Recorriendo el Freedom Trail de Boston

El domingo amaneció con cielo despejado y temperaturas frescas, el tipo de mañana de octubre en Nueva Inglaterra que parece diseñada para andar. Bajé a la estación de Davis Square y compré mi CharlieTicket semanal: 21,25 dólares por siete días de transporte ilimitado. Con eso en el bolsillo y el móvil cargado, cogí la línea roja hacia el centro.

Una línea roja en el suelo que conecta cuatro siglos

El Freedom Trail no es una metáfora. Es literalmente una línea de ladrillo rojo pintada en el suelo, o a veces empotrada en el pavimento, que recorre cuatro kilómetros del centro histórico de Boston conectando dieciséis sitios clave de la historia de la Revolución Americana. La creó en 1951 un periodista llamado William Schofield, que convenció al alcalde de que la ciudad necesitaba una forma de que los visitantes entendieran lo que estaban viendo. Tenía razón.

Seguir la línea es sencillo. Perderse es difícil. Lo que no es tan fácil es hacer el recorrido completo en un día sin correr y sin saltarse nada. Yo salí temprano y llegué a lo último con el sol ya bajo.

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El mapa del Freedom Trail: la línea roja está literalmente pintada en el suelo

Boston Common: el parque más antiguo de Estados Unidos tiene también la historia más oscura

La T me dejó en Park Street y desde ahí era imposible no llegar al Common: el parque se abre enorme, con sus hectáreas de césped salpicadas de olmos y robles que en octubre empezaban a volverse naranjas y amarillos. Es el parque público más antiguo de Estados Unidos, comprado por la ciudad de Boston en 1634, originalmente como zona de pastoreo para las vacas de los colonos.

Lo que no cuentan las postales es que el Common también fue campo de ejecuciones públicas durante casi dos siglos. En lo que se llamaba el Gallows Elm se colgó a criminales, piratas y cuáqueros que se negaban a salir de la colonia puritana. Los ahorcamientos públicos continuaron aquí hasta 1817. Antes de eso, los soldados británicos acamparon en el parque antes de marchar hacia Bunker Hill en 1775. El Common tiene la apariencia tranquila de un parque de barrio y la historia densa de un campo de batalla.

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Los robles del Boston Common en pleno otoño, con los primeros colores del foliage

Decidí no quedarme demasiado tiempo aquí: tenía todo un recorrido por delante, y el Common merecía una visita más reposada al día siguiente.

La cúpula dorada del State House: 23 quilates sobre la ciudad

Saliendo del Common por Beacon Street, lo primero que aparece es la Massachusetts State House, sede del gobierno estatal. El edificio lo diseñó Charles Bulfinch en 1798 y su cúpula es una de las más fotografiadas de Boston. Lo que parece oro de lejos es oro de cerca: la cúpula está cubierta con hoja de oro de 23 quilates desde 1874, aunque antes fue de madera y luego de cobre pintado. Era domingo, así que el edificio estaba cerrado. Lo apunté para el día siguiente.

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La cúpula dorada del State House, cubierta con hoja de oro de 23 quilates desde 1874

Park Street Church: donde se cantó por primera vez una canción patriótica

Unos metros más adelante, en la esquina de Tremont con Park Street, se alza la Park Street Church con su aguja blanca que se ve desde lejos. La iglesia es de 1809 y su papel en la historia americana va más allá de ser un edificio bonito: fue aquí donde en 1831 se cantó por primera vez en público "My Country, 'Tis of Thee", el himno que usó durante décadas como sustituto del himno nacional. También fue escenario de algunos de los primeros discursos abolicionistas de William Lloyd Garrison.

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La aguja blanca de Park Street Church, junto al extremo sur del Boston Common

Granary Burial Ground: los padres de la revolución duermen aquí

Al lado mismo de la iglesia está el Granary Burial Ground, uno de los cementerios más visitados de Boston y uno de los más cargados de historia. Entre sus lápidas desgastadas, muchas ya sin texto legible de tanto desgaste, están enterrados Paul Revere, John Hancock y Samuel Adams. También hay aquí un monumento a las cinco víctimas de la Masacre de Boston de 1770.

Pasear entre las tumbas en una mañana de octubre con los árboles soltando hojas tiene algo de irreal. Las lápidas más antiguas tienen grabados de calaveras con alas que eran el símbolo funerario puritano. Algunas están torcidas por el paso del tiempo. La ciudad creció alrededor del cementerio durante trescientos años.

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El Granary Burial Ground: trescientos años de historia en cada lápida

King's Chapel: la primera iglesia anglicana en tierra puritana

La siguiente parada, caminando por Tremont Street hacia el norte, es King's Chapel. Su arquitectura es de piedra gris, más pesada y sobria que la elegante aguja blanca de Park Street. Fue la primera iglesia anglicana construida en Nueva Inglaterra, lo cual, en una colonia fundada por puritanos que habían huido de la Iglesia de Inglaterra, fue un acto de provocación política considerable. Hoy es unitaria.

El cementerio adyacente, el King's Chapel Burying Ground, es el más antiguo de Boston. Aquí está enterrado John Winthrop, el primer gobernador de la colonia, junto con otros colonos de los primeros años. Las lápidas de este cementerio son anteriores a las del Granary: algunas fechan de 1630.

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King's Chapel y su cementerio, el más antiguo de Boston

Benjamin Franklin nació aquí, aunque lo recuerde Filadelfia

Frente al Old City Hall, en School Street, hay una estatua de Benjamin Franklin. Franklin es la figura más asociada a Filadelfia, pero nació y se crió en Boston, estudió en la Boston Latin School, la escuela más antigua de Estados Unidos, que estuvo ubicada muy cerca de aquí. Se fue a Filadelfia de joven, y Boston nunca terminó de perdonárselo del todo.

El Old City Hall, el edificio de estilo Segundo Imperio francés detrás de la estatua, fue el ayuntamiento de Boston desde 1865 hasta 1969. Ahora tiene restaurantes dentro. La fachada tiene la gravedad de los grandes edificios del siglo XIX que se construyeron para impresionar y lo siguen consiguiendo.

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Franklin frente al Old City Hall: nacido en Boston, recordado en Filadelfia

Old Corner Bookstore: hoy es un Chipotle

El edificio de la esquina de Washington con School Street fue construido como farmacia en 1718, lo que lo convierte en uno de los más antiguos del centro histórico. En el siglo XIX albergó la editorial Ticknor and Fields, que publicó a Hawthorne, Emerson, Longfellow y Thoreau, y era el lugar donde todos ellos se reunían. Era básicamente el café literario más importante de la América del siglo XIX.

Hoy hay un Chipotle Mexican Grill. El cartel de la cadena de comida rápida convive con una placa histórica en la fachada. Es difícil saber si reír o lamentarse, y al final una cosa no quita la otra.

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Old Corner Bookstore: la cuna de la literatura americana del XIX, hoy convertida en Chipotle

Old South Meeting House: aquí empezó el motín del té

La Old South Meeting House es de 1729, con un campanario de ladrillo que se ve sobre las cabezas de los edificios más modernos. En la noche del 16 de diciembre de 1773, unos cinco mil colonos se reunieron aquí para decidir qué hacer con los tres barcos cargados de té británico que llevaban semanas fondeados en el puerto de Boston. El gobernador se negaba a dejarlos salir. Cuando Samuel Adams pronunció la frase que servía de señal convenida, un grupo de hombres disfrazados de indios mohawk se dirigió al puerto y arrojó al agua 342 cajas de té de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Trescientas cuarenta y dos cajas. Nadie fue arrestado esa noche.

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Old South Meeting House, donde se planeó el Boston Tea Party de 1773

Old State House: la Declaración de Independencia se leyó desde ese balcón

La Old State House está en la intersección de State Street con Washington, metida entre rascacielos de cristal que la hacen parecer un juguete histórico rodeado de gigantes. Se construyó en 1713 como sede del gobierno colonial y luego estatal. Desde el balcón del segundo piso se leyó por primera vez la Declaración de Independencia a los habitantes de Boston el 18 de julio de 1776. El edificio sigue en pie exactamente como entonces, con sus leones y unicornios británicos en la fachada, en medio de las oficinas del siglo XXI.

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La Old State House atrapada entre los rascacielos del downtown de Boston

El sitio de la Masacre de Boston: un círculo de adoquines

En la calle, frente a la Old State House, hay un círculo de adoquines y una placa que señalan el lugar exacto donde el 5 de marzo de 1770 soldados británicos dispararon contra una multitud de colonos y mataron a cinco. Samuel Adams lo bautizó como "la masacre de Boston" y lo convirtió en la herramienta de propaganda más eficaz de la causa revolucionaria: grabados, panfletos, sermones. El incidente no fue la chispa de la revolución, pero fue el combustible que la mantuvo encendida durante los cinco años siguientes hasta Lexington y Concord.

Si no sabes lo que buscas, puedes pisarlo sin verlo.

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El círculo de adoquines marca el lugar exacto de la Masacre de Boston de 1770

Faneuil Hall y Quincy Market: de la Cuna de la Libertad a los lobster rolls

Faneuil Hall se construyó en 1742 como mercado y sala de reuniones públicas. Samuel Adams dio aquí algunos de sus discursos más encendidos contra el dominio británico, y el edificio ganó el apodo de "Cuna de la Libertad". Lo construyó y donó a la ciudad un comerciante llamado Peter Faneuil, cuya fortuna provenía en parte del comercio de esclavos, un detalle que los folletos turísticos suelen omitir.

Hoy el edificio es un centro turístico, pero su planta superior conserva la sala de reuniones original. Detrás de él, el Quincy Market de los años veinte del siglo XIX es ahora el mejor lugar de la ciudad para comer: decenas de puestos bajo la bóveda central con prácticamente cualquier cosa que busques. Me paré aquí a mediodía y comí bien y sin demasiado daño al bolsillo, aunque hay que alejarse de los primeros puestos de la entrada.

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Quincy Market: el mejor sitio para comer en el centro de Boston, a mitad del Freedom Trail

Paul Revere House: el edificio más antiguo del centro de Boston

Desde Faneuil Hall, el Freedom Trail baja hacia el North End, el barrio italiano de Boston, a través de unas callejuelas estrechas donde los restaurantes de pasta y los cafés de espresso tienen listas de espera a mediodía. La Paul Revere House está en el número 19 de North Square: una estructura de madera de dos pisos que data de 1680. Es el edificio más antiguo que queda en pie en el centro de la ciudad.

Paul Revere vivió aquí de 1770 a 1800. Era platero de oficio, no mensajero, aunque la posteridad lo recuerda sobre todo por la cabalgata del 18 de abril de 1775, cuando salió de madrugada para avisar a los milicianos de Lexington y Concord de que las tropas británicas estaban en marcha. No gritó "¡Los británicos vienen!": esa frase era peligrosa porque podía despertar a los leales al rey. Lo que dijo fue que "las tropas regulares están en marcha", en voz baja, llamando puerta por puerta.

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La Paul Revere House (1680), el edificio de madera más antiguo del downtown de Boston

Old North Church: una si es por tierra, dos si es por mar

La Old North Church, o Christ Church, es la iglesia más antigua de Boston: la construyeron en 1723. Su fachada blanca es la imagen que se ve en miles de postales. Lo que la hizo famosa fue lo que pasó en su campanario la noche del 18 de abril de 1775: el sacristán Robert Newman colgó dos linternas como señal convenida para avisar a los revolucionarios al otro lado del río que las tropas británicas cruzarían por mar hacia Charlestown. Dos si es por mar. Paul Revere ya estaba en camino cuando las linternas se encendieron.

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La Old North Church (1723), la más antigua de Boston y escenario de la señal de las dos linternas

Copp's Hill Burying Ground: el cementerio con vistas al puerto

Subí desde la iglesia hasta el Copp's Hill Burying Ground, el segundo cementerio más antiguo de Boston, que ocupa una pequeña elevación desde la que en 1775 los cañones británicos bombardearon Charlestown. Desde aquí se ve el puerto y, al fondo, el obelisco de Bunker Hill al otro lado del agua. Cotton Mather, el ministro puritano que tuvo un papel activo en los juicios de brujas de Salem, está enterrado aquí. Algunas lápidas del siglo XVII tienen marcas de disparos que se atribuyen a soldados británicos que las usaban como blanco de práctica.

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El Copp's Hill Burying Ground, con vistas al puerto y a Charlestown al fondo

Cruzando a Charlestown: el USS Constitution y el USS Cassin Young

Crucé el puente peatonal sobre el puerto hacia Charlestown. El Freedom Trail termina técnicamente en Bunker Hill, pero antes de subir al monumento quería ver los barcos del astillero. Alteré el orden sugerido sin consecuencias.

El USS Constitution, apodado "Old Ironsides", está atracado en el Charlestown Navy Yard y es el barco de guerra en activo más antiguo del mundo todavía a flote. Lo botaron en 1797. Su apodo viene de una batalla de 1812 contra el HMS Guerriere: las balas de cañón británicas rebotaron en su casco de roble de cuarenta centímetros de grosor como si fuera hierro. El barco ganó ese combate y cuatro más contra la Marina Británica. Hoy tiene tripulación activa de la Armada de Estados Unidos a bordo.

Bajar a las cubiertas inferiores fue lo mejor de la visita. El espacio donde dormía la tripulación, las hamacas colgadas en formación, los cañones alineados y los troncos de madera a pocos centímetros sobre la cabeza dan una idea muy concreta de lo que era servir en un barco de guerra hace doscientos años. Los guías van de uniforme de época.

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A bordo del USS Constitution: el barco de guerra en activo más antiguo del mundo

Junto al Constitution está el USS Cassin Young, un destructor de la clase Fletcher que sirvió en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Me uní a una visita guiada con un veterano naval que conocía el barco por dentro y contaba las historias sin leer de ningún papel. La diferencia entre un siglo XVIII de madera y cañones y un siglo XX de acero y radar y torpedos es enorme y vale la pena experimentarla en el mismo espacio de una tarde.

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El USS Cassin Young, destructor de la Segunda Guerra Mundial, junto al Constitution

Bunker Hill: la batalla que perdieron los que ganaron la guerra

La batalla que da nombre al monumento no se libró en Bunker Hill sino en Breed's Hill, la loma donde está el obelisco. El 17 de junio de 1775, los colonos americanos construyeron de noche una línea defensiva aquí para impedir que los británicos controlaran las alturas sobre Boston. Los británicos los atacaron tres veces. Las dos primeras las rechazaron los colonos. A la tercera se quedaron sin pólvora y tuvieron que retirarse.

Técnicamente fue una victoria británica. Pero les costó más de mil bajas sobre unos dos mil cuatrocientos hombres desplegados, casi el cuarenta por ciento de su fuerza. Los americanos perdieron el terreno pero demostraron que podían aguantar a las tropas profesionales del Imperio más poderoso del mundo. Fue un punto de inflexión. El coronel William Prescott había dado la orden que se haría famosa: "No disparéis hasta ver el blanco de sus ojos."

Antes de subir al obelisco me uní a una visita guiada gratuita por el exterior del monumento. El guía era extraordinario: conocía la batalla como si la hubiera vivido y sabía dónde plantarse para que el relato cobrara sentido geográfico. La obelisco de granito mide 67 metros y tardó dieciocho años en construirse, de 1825 a 1843. Los 294 escalones hasta la cima no tienen ascensor.

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La visita guiada al Bunker Hill Monument, antes de los 294 escalones hasta arriba

Las vistas desde arriba valen el esfuerzo: Boston entera se abre al sur, el puerto, el aeropuerto Logan, Charlestown por debajo, y el camino recorrido durante el día visible en la distancia como un mapa tridimensional de todo lo que había visto desde la mañana.

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Boston desde lo alto del obelisco de Bunker Hill, después de 294 escalones

El ferry de vuelta y el atardecer en Piers Park

Para cerrar el día cogí el ferry desde Charlestown Navy Yard hasta el centro. El trayecto en barco dura unos minutos pero la perspectiva de Boston desde el agua es diferente a cualquier otra: la ciudad aparece entera, con sus rascacielos y sus muelles, sin las interrupciones de una calle o un edificio en primer plano.

Desde el centro me fui caminando hasta Piers Park, en East Boston, al otro lado de la bahía. El parque estaba prácticamente vacío a esa hora. El sol bajaba sobre el skyline de Boston desde el otro lado del puerto, y la luz de octubre sobre el agua y los edificios tenía esa calidad que solo dura diez minutos y que convierte cualquier foto en una buena foto.

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El atardecer sobre Boston desde Piers Park, al otro lado de la bahía, con el parque para uno solo

Fueron dieciséis puntos históricos, varios kilómetros caminados y cuatro siglos de historia americana en un día. Las piernas lo notaron.

Harvard University en Cambridge, cerca de Boston

Día 3. Un paseo por la historia y la naturaleza urbana

El lunes empezó con una visita pendiente del día anterior. La cúpula dorada del State House lleva visible desde el Common toda la semana, pero el domingo estaba cerrado. Hoy no.

El bacalao sagrado y la historia de Massachusetts

La visita guiada al interior del State House es gratuita y sale varias veces por la mañana. Me apunté nada más llegar. El edificio lo diseñó Charles Bulfinch en 1798 y es una de las pocas arquitecturas de Boston que justifica el adjetivo "majestuoso" sin exagerar: la escalinata de mármol, los murales, las banderas históricas colgadas en el Salón de las Banderas, la antigua Cámara del Senado con sus paneles de madera oscura.

Pero lo más extraño y memorable del edificio es el bacalao. En la Cámara de Representantes cuelga del techo una escultura de madera pintada en forma de bacalao de casi metro y medio. Se llama el Sacred Cod, el bacalao sagrado, y lleva ahí desde 1784. El bacalao construyó la economía de Nueva Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII: los barcos de Boston salían al Gran Banco de Terranova, volvían cargados, y el pescado seco se vendía en todo el Atlántico. El bacalao pagó las casas, los barcos y en parte la revolución. La escultura es un recordatorio de eso, aunque hay que conocer la historia para entender por qué un pez cuelga del techo del parlamento estatal.

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El interior del State House: murales, banderas históricas y el famoso bacalao sagrado del parlamento

El guía tenía un acento de Boston tan cerrado que me hizo concentrarme al máximo para seguirle: las erres desaparecen, las vocales se alargan y las frases se comprimen. El famoso "pahk the cah in Hahvad Yahd" no es un chiste, es fonética real. Al final de la visita dejan al grupo libre para seguir recorriendo las zonas públicas del edificio sin guía, lo cual agradecí para leer los paneles con más calma.

Boston Common: el parque que lo ha visto todo

Salí del State House por la parte trasera y bajé al Common. El parque estaba lleno de gente a media mañana: corredores, personas paseando perros, estudiantes sentados en la hierba con el sol de octubre en la cara. Los árboles estaban en plena transición: algunos ya completamente amarillos o naranjas, otros todavía verdes, otros con las ramas medio peladas. El foliage de Nueva Inglaterra en octubre tiene esa cualidad de iluminar los parques desde adentro, como si los árboles tuvieran luz propia.

El Frog Pond, el estanque en el centro del parque, estaba tranquilo. En verano los niños se meten en el agua; en invierno se convierte en pista de patinaje. En octubre de mediados de semana era solo un espejo de agua con patos y algunos turistas mirando.

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El Boston Common en pleno foliage de octubre: el parque más antiguo de Estados Unidos tiene casi cuatrocientos años

El Common tiene 20 hectáreas y fundado en 1634 es el parque público más antiguo de Estados Unidos. Aquí pastaban las vacas de los colonos puritanos, aquí acamparon las tropas antes de marchar a Bunker Hill, y aquí se colgó a criminales y disidentes religiosos hasta 1817. Todo eso queda muy lejos cuando estás tumbado en la hierba con el sol en la cara y una ardilla a dos metros que te mira sin ningún miedo.

Back Bay: el barrio construido sobre el río

Desde el Common crucé hacia el oeste, hacia Back Bay. El nombre es literal: este barrio entero se construyó sobre tierra ganada al estuario del río Charles entre 1857 y 1890, en lo que fue uno de los proyectos de relleno urbano más grandes del siglo XIX en Estados Unidos. El resultado es una cuadrícula perfecta y elegante de calles con nombre de letras (Arlington, Berkeley, Clarendon, Dartmouth, Exeter, Fairfield, Gloucester, Hereford) que es la excepción ordenada en el caos medieval del resto del downtown de Boston.

Newbury Street tiene boutiques de lujo, galerías de arte y cafés caros. Las fachadas de ladrillo rojo con bow windows y escalinatas de piedra forman una especie de Belgravia americana. Boylston Street, paralela, es más comercial y asequible. En octubre, con los árboles de las aceras en colores cálidos y la luz rasante de mediodía, la zona es fotogénica a un nivel que casi resulta injusto.

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Las calles de Back Bay: ladrillo rojo victoriano construido sobre lo que fue un estuario del río Charles

Los Victory Gardens del Fenway

Siguiendo hacia el oeste llegué a The Fenway Garden Society, también conocido como los Victory Gardens. Son una serie de pequeñas parcelas de huerto comunitario que llevan activas desde la Segunda Guerra Mundial: el gobierno federal animó a los ciudadanos a cultivar sus propios alimentos para liberar recursos para el frente, y en Boston se crearon estos jardines en el parque. Ochenta años después siguen aquí, con sus vallas bajas y sus bancales bien cuidados, un rincón de huerta en medio de la ciudad que en octubre tenía algo de melancólico y muy bonito.

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Los Victory Gardens del Fenway: huertos comunitarios que llevan activos desde la Segunda Guerra Mundial

Fenway Park: el estadio que no cierra porque Boston no lo permite

Unos minutos caminando desde los jardines y aparece Fenway Park. No es el estadio más grande de las Grandes Ligas ni el más moderno. Es el más antiguo: abrió el 20 de abril de 1912, tres días después de que el Titanic se hundiera. Lleva más de un siglo en el mismo sitio, en el mismo barrio, con la misma estructura esencial.

El elemento más famoso del estadio es el Green Monster, el muro del jardín izquierdo: 11,3 metros de altura, solo a 94 metros del bateador. Lo construyeron alto en 1912 para impedir que los vecinos del barrio vieran los partidos desde los tejados sin pagar. La altura creó una zona de rebotes impredecibles que convirtió el jardín izquierdo de Fenway en un campo de especialistas. Los Red Sox son para Boston lo que el Athletic es para Bilbao: identidad de ciudad, no solo equipo deportivo. La rivalidad con los Yankees de Nueva York es el derby más cargado de historia del béisbol americano.

No hice el tour interior. Me quedé dando una vuelta exterior al estadio, mirando la arquitectura de ladrillo y los carteles históricos, pensando en los noventa y nueve años que pasaron desde 1918 hasta 2017 sin que Boston ganara la Serie Mundial, y en las cuatro veces que la ganaron entre 2004 y 2018.

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Fenway Park (1912): el estadio de béisbol más antiguo de las Grandes Ligas, en el corazón del barrio

El Harvard Bridge y el río Charles

Desde Fenway fui hacia el norte hasta llegar al río Charles. Crucé el Harvard Bridge, que conecta Back Bay con Cambridge. El puente tiene una unidad de medida propia: el "smoot", que equivale a 1,7 metros y corresponde a la altura de Oliver Smoot, un estudiante del MIT que en 1958 fue usado por sus compañeros de fraternidad para medir el puente tendido de largo en el suelo. La broma lleva marcada en el asfalto desde entonces, y Google Maps y Google Earth reconocen oficialmente la unidad.

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El Harvard Bridge sobre el río Charles, con Cambridge al fondo y las velas en el agua

Desde el centro del puente se ven las dos orillas: Back Bay y sus edificios por el sur, Cambridge y las torres del MIT por el norte. El río tenía veleros y kayaks, y la luz de media tarde sobre el agua era la luz de octubre de Nueva Inglaterra, larga y dorada, que convierte cualquier paisaje acuático en algo que merece una fotografía.

El Esplanade: cinco kilómetros junto al río

Volví a la orilla sur y bajé al Charles River Esplanade, el parque lineal que bordea el río durante cinco kilómetros desde el puente de Massachusetts hasta el puente de Harvard. Lo crearon en los años treinta como proyecto de embellecimiento urbano y hoy es la sala de estar del barrio: hay corredores por la mañana, oficinistas con sus almuerzos al mediodía y familias paseando a la tarde.

El Hatch Memorial Shell, el anfiteatro al aire libre que hay en el parque, es el escenario del concierto del 4 de julio de la Orquesta Sinfónica de Boston, uno de los eventos del año en la ciudad. Frente al Shell hay una estatua de Arthur Fiedler, el director que convirtió ese concierto en una tradición anual durante cincuenta años.

En octubre el parque tenía los árboles en plena conversión cromática y pocas personas. Los remeros de la universidad entrenaban en el agua, sus barcas largas y estrechas deslizándose en silencio. El perfil de Cambridge al otro lado del río, con las agujas neogóticas del MIT y los edificios de Harvard a lo lejos, completaba una imagen que encajaba bien con la idea que uno se hace de Boston antes de llegar.

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El Charles River Esplanade en octubre: remeros en el agua y foliage en los árboles

Davis Square: el barrio donde vivía

Para terminar el día volví a Davis Square, el barrio de mi Airbnb. Estrictamente hablando, Davis Square ya no está en Boston: está en Somerville, el municipio adyacente al norte. Pero la línea roja del metro lo conecta con el centro en diez minutos y tiene toda la infraestructura de barrio urbano que uno necesita.

Me quedé a cenar por aquí, en una de las hamburgueserías de la zona. Las calles estaban llenas de estudiantes de la Tufts University, que tiene su campus a un kilómetro, y de gente joven de treinta y pocos que vive en el área por los precios y el ambiente. Nada de lo que hay en Davis Square es especialmente turístico, lo cual era exactamente lo que buscaba a esa hora del día.

Puente sobre el río Charles con el perfil urbano de Boston al fondo

Día 4. De cervezas, historia y vistas panorámicas de Boston

El martes empezó a las diez de la mañana con una cerveza en la mano. No es que tuviera ningún problema: es que la visita a la fábrica de Samuel Adams incluye degustación, y la degustación empieza puntual independientemente de lo que marque el reloj.

Cervezas a las diez y media: la fábrica de Samuel Adams

La fábrica está en el barrio de Jamaica Plain, al sur del centro. El tour es gratuito y sale varias veces por la mañana. Nada más entrar, el olor cambia: malta tostada, lúpulo, algo ligeramente dulce y fermentado que impregna el aire de toda la planta.

Los guías son jóvenes, saben mucho y hablan con la velocidad de quien ha dado la misma explicación doscientas veces pero todavía le apasiona. Nos llevaron por los tanques de fermentación de cobre, las filas de barriles, la sala donde se analizan las materias primas. Algunos de los términos técnicos de la fabricación de cerveza se me escaparon en inglés, pero el proceso en sí es visual y no hace falta entender cada palabra.

Samuel Adams no es solo una marca: es el nombre del revolucionario bostoniano que organizó el Tea Party y fue uno de los arquitectos de la independencia americana. Que la cerveza más conocida de Boston lleve su nombre dice algo sobre cómo la ciudad mezcla orgullo histórico y cultura popular sin demasiados complejos.

La degustación final fue lo más inesperado: un vaso pequeño, varios tipos de cerveza para comparar, y la posibilidad de preguntar con el vaso en la mano sobre diferencias de cuerpo y amargor. A las diez y media de la mañana. El vaso me lo quedé de recuerdo. Con él vino también una conversación con otros visitantes que sospecho conocían de antemano la existencia de la degustación y habían venido con más preparación psicológica que yo.

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En la fábrica de Samuel Adams: tanques de cobre, barriles de roble y cerveza a las diez de la mañana

Chinatown: un arco rojo entre dos mundos

De la fábrica cogí la T de vuelta al centro. El Chinatown de Boston es el tercero más antiguo de Estados Unidos y está comprimido en pocas manzanas al sur del downtown, entre el Distrito de Teatros y el barrio de South End. Su entrada es un arco de piedra pintado en rojo y dorado con caracteres chinos y un dragón en lo alto. Cruzarlo es cambiar de vocabulario visual de golpe.

Tyler Street es el eje del barrio: tiendas de hierbas medicinales, supermercados asiáticos con cajas de mangos y lichis apiladas en la acera, restaurantes con patos lacados colgados en los escaparates y cartas escritas a mano en la puerta. El olor a salsa de ostras y grasa caliente flotaba sobre la calle. Había un café de burbuja con cola en la puerta. Entré a curiosear en un par de tiendas sin comprar nada, absorbiendo el contraste de estar a tres manzanas de los rascacielos del downtown y sentirme en otro continente.

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El Chinatown de Boston: el tercero más antiguo de Estados Unidos, comprimido en pocas manzanas

El Distrito de Teatros: fachadas que cuentan lo que ocurrió dentro

Desde Chinatown caminé hacia el norte por Washington Street, que cruza el Distrito de Teatros. Era media mañana y los teatros estaban cerrados, pero las fachadas merecen el paseo de todas formas. El Boston Opera House, restaurado hace veinte años, tiene una fachada de 1928 con detalles dorados y una marquesina que se ve desde el final de la manzana. El Emerson Colonial Theatre, inaugurado en 1900, fue durante décadas el teatro de pre-estreno de Broadway: aquí se estrenaron producciones de Oklahoma, de A Chorus Line y de otros musicales que después conquistaron Nueva York. El Charles Playhouse es más pequeño y lleva desde 1993 como sede permanente del Blue Man Group.

Las calles del distrito tienen esa energía apagada de los escenarios durante el día: perfectamente compuestos, esperando que llegue la noche.

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El Distrito de Teatros de Boston: fachadas históricas de las décadas doradas del teatro americano

Castle Island: un fuerte, una laguna y Edgar Allan Poe

Para la tarde tenía planeado algo que no aparece en la mayoría de las guías de Boston: Castle Island. Cogí el autobús hasta South Boston, en la costa sur de la bahía, y en veinte minutos llegué a un lugar que tiene muy poco que ver con el centro histórico pero que me pareció uno de los mejores momentos del viaje.

Castle Island ya no es una isla: la conectaron a tierra firme en 1928 rellenando el canal. En su centro está Fort Independence, una fortaleza de granito de 1851 construida sobre las ruinas de varias defensas anteriores que llevan aquí desde 1634. El fuerte estaba cerrado, así que lo rodeé a pie por el camino que circunda la isla.

Edgar Allan Poe estuvo destinado aquí como soldado en 1827, antes de hacerse famoso. Se dice que el fuerte le inspiró "El tonel de amontillado", el cuento del hombre que es tapiado vivo en una bodega. No es difícil imaginar por qué: las murallas de granito, los fosos, los pasillos oscuros. Poe era un mal soldado pero un buen observador.

Lo que no esperaba era Pleasure Bay, la laguna que queda protegida por la escollera que une el fuerte con la costa. El agua estaba completamente en calma, de un azul grisáceo de octubre. La playa estaba vacía. A un lado, los aviones del Logan Airport cruzaban el cielo en aproximación final. Al otro, los barcos del puerto de Boston navegaban hacia el horizonte. Caminé por la orilla durante un buen rato sin cruzarme con nadie.

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Castle Island y Pleasure Bay: un fuerte del siglo XIX, una laguna vacía y vistas al puerto de Boston

Atlantic Avenue y el lobster roll junto al agua

Volví al centro por la T y bajé hacia el puerto, a lo largo de Atlantic Avenue. Esta franja de muelles y almacenes reconvertidos es donde el Boston histórico toca el Boston contemporáneo de forma más visible: los edificios de ladrillo del siglo XIX tienen ahora restaurantes en la planta baja y terrazas sobre el agua. El Long Wharf, el muelle largo que se adentra en la bahía, tiene barcos de pescadores y veleros de recreo.

Me senté en un banco frente al agua y comí un lobster roll. Un bollo de pan brioche tostado con mantequilla, relleno de langosta con mayonesa y apio. El tipo frío, al estilo de Nueva Inglaterra. Caro para lo que es, irresistible en el contexto: agua del puerto, olor a sal, sol de tarde en octubre.

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Los muelles de Atlantic Avenue: almacenes históricos reconvertidos y barcos en el puerto

Boston Tea Party Ships & Museum: los barcos del motín

Caminando por los muelles llegué a la altura del Boston Tea Party Ships & Museum. No entré, pero desde la orilla se ven las réplicas de los barcos del siglo XVIII ancladas en el canal. El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos disfrazados de indios mohawk abordó tres barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales y arrojó al agua 342 cajas de té. No fue un acto espontáneo: lo organizó Samuel Adams y los Sons of Liberty como protesta contra el impuesto sobre el té impuesto por Londres sin representación colonial en el parlamento. La cantidad de té destruida equivalía a miles de libras esterlinas. Nadie fue detenido esa noche.

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Los barcos réplica del Boston Tea Party Ships & Museum, anclados en el mismo canal del motín de 1773

Un turco, Colón y el puerto de Boston

Unos minutos más al norte, el paseo abre a un pequeño parque frente al agua con una estatua de Cristóbal Colón. En muchas ciudades americanas estas estatuas han generado polémica en los últimos años. Aquí sigue en pie, con el puerto detrás. Me senté en un banco.

Un joven turista turco se me acercó y me preguntó si podía hacerle una foto con el puerto de fondo. Tuvimos una conversación de diez minutos en inglés chapurreado de ambos lados sobre Boston, sobre Turquía, sobre a qué nos dedicábamos. Viajes como este viven también de estos diez minutos en un banco con un desconocido.

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El parque junto al puerto, con el agua tranquila y las vistas al astillero de Charlestown

El ferry al atardecer y Boston iluminada

Para cerrar el día cogí el ferry desde el Long Wharf hasta el Charlestown Navy Yard. El trayecto dura menos de diez minutos, pero la perspectiva desde el agua a esa hora es la mejor de la jornada: el sol bajaba por el oeste, detrás de los rascacielos del downtown, y la luz naranja rozaba el agua y los cascos de los barcos atracados en el astillero.

Me quedé en el astillero un rato, cerca del USS Constitution, mirando cómo la ciudad iba apagando la luz natural y encendiendo la artificial. El cielo pasó de naranja a violeta. Los edificios se convirtieron en siluetas con ventanas iluminadas.

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El atardecer sobre Boston desde el Charlestown Navy Yard: la ciudad entre la luz naranja y el violeta del cielo

El ferry de vuelta al Long Wharf cruzó la bahía ya de noche. Boston iluminada desde el agua es otra ciudad: los rascacielos de cristal reflejan sus propias luces en el puerto, los puentes tienen iluminación propia, y el conjunto tiene esa escala humana que las ciudades americanas raramente tienen cuando las ves desde dentro pero que aparece en cuanto tomas distancia sobre el agua.

Desembarqué en el Long Wharf con los pies cansados y la ciudad grabada desde el ángulo más limpio que encontré en toda la semana.

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Boston de noche desde el ferry: los rascacielos reflejados en el puerto
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Día 5. Un día en Salem, la ciudad de las brujas

Salem llevaba varios días rondándome la cabeza. Desde que llegué a Boston, media docena de personas me habían mencionado que si estaba en octubre, tenía que ir. No hacía falta insistir mucho: una ciudad que convirtió una tragedia histórica en identidad propia merecía, como mínimo, una jornada.

El tren sale desde North Station, en la línea del Commuter Rail. El billete ida y vuelta me costó 15 dólares en octubre de 2018, y el trayecto dura poco más de media hora. La estación de Salem queda a un paseo corto del centro, y en cuanto bajé del andén me encontré con grupos de turistas llevando sombreros puntiagudos negros. Salem en octubre es exactamente lo que uno se imagina, para bien y para mal.

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Durante todo el mes de octubre, Salem se viste con las decoraciones de Halloween

Lo que pasó en 1692

Salem está a unos 25 kilómetros al norte de Boston, pero en 1692 era un mundo aparte. Ese año, la hija y la sobrina del reverendo Samuel Parris —Elizabeth Parris y Abigail Williams— empezaron a mostrar comportamientos que la comunidad puritana no supo explicar de otro modo que con la intervención del demonio: convulsiones, espasmos, fiebre alta. Algunas versiones hablan de que andaban a cuatro patas y ladraban.

La primera acusada fue una esclava llamada Tituba. A partir de ahí, la histeria se propagó por Salem con la velocidad de un rumor en un pueblo pequeño. Más chicas mostraron los mismos síntomas. Los vecinos empezaron a señalarse unos a otros. En pocas semanas había más de 150 acusados.

El balance final fue de 20 muertos: 19 ejecutados en la horca y uno —Giles Corey— aplastado bajo losas de piedra por negarse a declarar. Se dice que mientras moría le pedían que confesara, y él respondía una y otra vez: "More weight". Poned más peso. Cinco personas más murieron en prisión esperando juicio.

Cuatro años después, los propios jurados firmaron una confesión de error, achacando sus veredictos al miedo y la histeria colectiva. Los historiadores modernos han sugerido varias causas posibles: el cornezuelo del centeno —un hongo que contamina los cereales y provoca alucinaciones—, los conflictos por tierras entre familias del pueblo, y el miedo teológico profundo de una comunidad puritana que veía el diablo en cada esquina.

Arthur Miller usó Salem en 1952 como material para "Las brujas de Salem" —en inglés, "The Crucible"—, pero la obra no era realmente sobre 1692. Era sobre la caza de brujas del macartismo, sobre cómo una sociedad destruye a sus propios miembros cuando el miedo se apodera de sus instituciones. La obra ganó el Premio Tony y todavía se estudia en institutos de todo el mundo.

Un residente con quien estuve charlando durante mi visita me mencionó algo que no aparece en los paneles explicativos: que buena parte de las acusaciones vinieron motivadas por disputas de tierras, por intentos de arrebatar propiedades a vecinos incómodos. La brujería como instrumento legal. No lo he encontrado documentado en ninguna fuente oficial, pero tampoco me pareció improbable.

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Varios museos muestran la historia de los juicios de Salem

El Salem de hoy: trampa turística con encanto propio

Salem tiene unos 40.000 habitantes y recibe más de un millón de visitantes al año. Todo el centro turístico —y es un centro turístico en toda regla— gira alrededor de las brujas. Tiendas de hechizos y pócimas, lecturas del tarot, tours nocturnos de terror, personajes disfrazados dispuestos a salir en la foto. La ciudad ha tomado su historia más oscura y la ha convertido en negocio. Que eso sea cínico o inteligente depende del ánimo con que uno lo mire.

Durante todo octubre, Salem celebra lo que llaman "Haunted Happenings": un festival de Halloween de un mes que convierte la ciudad en una gran instalación temática. El ambiente es denso, la gente va disfrazada, y los escaparates compiten en originalidad decorativa. Vine en la segunda semana del mes y ya estaba todo a pleno rendimiento.

La forma más sencilla de orientarse es seguir la línea roja pintada en el suelo, que conecta los principales puntos de interés. Hay autobuses turísticos que hacen la ruta, pero a pie no tiene ningún misterio y se disfruta mejor. La vuelta completa cabe en una hora si uno no se detiene; en la práctica, con tiendas, fotos y distracciones, se puede ir perfectamente al doble.

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Autobús turístico y mapa de los puntos de interés de Salem

El Museo de las Brujas de Salem

La atracción más visitada y, según todos los foros y guías que consulté antes de ir, la más decepcionante por su precio. Cuesta 12 dólares la entrada y consiste en una proyección y una pequeña exposición. Decidí no entrar. Me quedé en la puerta el tiempo suficiente para fotografiar la fachada y seguir adelante.

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Exterior del museo de las Brujas de Salem

La Casa de los Siete Tejados

Esta casa no tiene relación directa con los juicios de brujas: su fama viene de la novela de Nathaniel Hawthorne, "The House of Seven Gables", publicada en 1851. Hawthorne nació en una casa cercana y usó esta mansión como escenario de una historia sobre la maldición que persigue a una familia de generación en generación.

Por fuera es francamente bonita: una construcción de madera oscura del siglo XVII que parece sacada de un cuento. Se puede visitar el interior, aunque yo no lo hice. Me bastó con rodearla un rato.

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A contar tejados, por si falta alguno

El Memorial a las Víctimas

Es el lugar más sobrio y más honesto de Salem. Un pequeño cementerio con un muro en el que se han colocado 20 bancos de piedra, uno por cada víctima. En cada banco aparece el nombre de la persona, la fecha de ejecución y el método. Sin dramatismo, sin decoración de Halloween, sin comercio. Solo los nombres y las fechas.

Aquí sí que se nota el peso de lo que pasó. El resto de Salem puede resultar festivo o incluso frívolo; este memorial no permite esa distancia.

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Vista general del memorial y uno de los bancos con el nombre de una víctima

El puerto

La mejor zona de Salem, con diferencia, y la menos aprovechada turísticamente. El paseo por los muelles, las vistas al mar, las casas antiguas del entorno portuario. Cerca del agua están la Casa de Aduanas y la Narbonne House, construida en 1675 por el carnicero Thomas Ives.

Si el tiempo acompaña —y en octubre puede ser variable— merece la pena caminar hasta el faro. Es, objetivamente, uno de los faros más feos que he visto. Pero el entorno lo compensa: el agua, el horizonte, el silencio. El tipo de momento que raramente aparece en las guías.

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El puerto: la zona más bonita de Salem, y tal vez la menos turística

El Antiguo Ayuntamiento

El edificio municipal más antiguo de Salem: mercado en la planta baja, oficinas y salones públicos arriba. Su principal título de fama moderno es aparecer en "Hocus Pocus", conocida en España como "El retorno de las brujas". Los fans de la película lo reconocen de inmediato.

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¿Alguien lo reconoce de la película?

Essex Street

La arteria comercial del Salem turístico. Una calle peatonal que arranca frente a la estatua de Bewitched —un homenaje a Elizabeth Montgomery, protagonista de la serie de los 60— y se extiende varios bloques hacia el interior. Aquí está la mayor concentración de tiendas temáticas: ropa de bruja, recuerdos, pócimas, lecturas del tarot, cartas astrológicas, amuletos. El ambiente es festivo y algo caótico, con gente disfrazada circulando entre los puestos callejeros. Es exactamente lo que parece desde fuera.

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Paseando por Essex Street

¿Vale la pena?

Sí, con matices. Salem funciona bien como excursión de un día desde Boston: el tren es cómodo, el precio razonable, y la ciudad tiene suficiente para llenar una jornada entera. No tiene ningún sentido visitarla si uno no está ya en Boston o los alrededores.

Mi principal reserva es que Salem no termina de decidir qué quiere ser. Como pueblo histórico se queda corto: la mayoría de los espacios relacionados con 1692 son discretos o están sepultados bajo capas de merchandising. Como parque temático de terror, tampoco llega: esperaba algo más exagerado, más estrepitoso, y en realidad es un pueblo con decoración de Halloween y muchas tiendas de recuerdos.

Lo que sí tiene Salem es carácter. Calles viejas, casas del XVII, el puerto tranquilo. El consejo más útil que puedo dar: en algún momento del día, dobla el mapa y aléjate de la línea roja. Los rincones más interesantes no siempre son los marcados.

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Rincones de Salem fuera del circuito turístico
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Día 6. Un recorrido por la excelencia académica y el encanto urbano

El sexto día empezó con el metro hacia Cambridge. Tenía pendiente Harvard y el MIT, dos campus que en teoría podría ver en unas pocas horas. En la práctica, me pasé la mañana entera deambulando entre edificios sin mirar el reloj.

Harvard Yard: la universidad más antigua del hemisferio occidental

Fundada en 1636 —noventa años antes de la independencia de los Estados Unidos—, Harvard es la institución de educación superior más antigua del hemisferio occidental. Llegar a Cambridge en T y salir a la calle para encontrarte con el campus es un impacto que no avisan bien las fotos.

En la entrada hay varios vendedores ofreciendo tours de pago. Los ignoré. Harvard tiene un tour gratuito gestionado por los propios estudiantes que sale del Harvard Visitor Center; conviene llegar temprano porque los grupos se llenan, especialmente en temporada alta. El tour vale la pena no solo por la información sino por la perspectiva de quien estudia allí.

Harvard Yard es el núcleo original del campus: un rectángulo de hierba rodeado de edificios de ladrillo rojo y árboles centenarios. En octubre el follaje estaba en su apogeo, con los robles y arces en distintos tonos de naranja y amarillo. Los estudiantes cruzaban en bicicleta o iban sentados en la hierba con portátiles. Era un escenario tan perfectamente universitario que resultaba casi irreal.

En el centro del Yard está la estatua de John Harvard. La llaman la estatua de las "tres mentiras": no es John Harvard —no existe ningún retrato suyo y el modelo fue un estudiante del siglo XIX—, la inscripción dice que fue el fundador cuando en realidad fue el primer gran benefactor, y la fecha grabada es 1638 cuando la universidad se fundó en 1636. Los turistas hacen cola para tocarle el zapato, que brilla de tanto roce.

La Widener Library preside el fondo del Yard con una fachada de columnas que la hace parecer más un tribunal que una biblioteca. Es la mayor biblioteca universitaria del mundo, con más de tres millones de volúmenes. Se construyó en 1915 en memoria de Harry Elkins Widener, un bibliófilo graduado de Harvard que murió en el Titanic en 1912. Su madre financió el edificio con la condición de que todos los alumnos de Harvard aprendiesen a nadar —el requisito estuvo en vigor durante décadas.

La Memorial Church cierra otro lado del Yard: un edificio de estilo colonial con un campanario blanco que sirve de contraste a la severidad de la Widener. Más allá están los museos, las facultades, los dormitorios históricos. El campus podría ocupar un día entero sin esfuerzo.

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El campus de Harvard en octubre, con el follaje otoñal en su mejor momento

El MIT: donde la arquitectura es también un experimento

Desde Harvard, caminé por la orilla del Charles River hasta el campus del MIT. El contraste es inmediato y sirve como lección rápida de filosofía institucional: Harvard mira hacia atrás con orgullo, el MIT mira hacia adelante con impaciencia.

Fundado en 1861, el Instituto Tecnológico de Massachusetts tiene un campus que parece incapaz de decidir en qué siglo vive. Edificios neoclásicos conviven con estructuras que parecen haber sido diseñadas por alguien que odiaba los ángulos rectos. El más llamativo es el Stata Center, inaugurado en 2004 y diseñado por Frank Gehry: una colección de torres y volúmenes inclinados en titanio y ladrillo que desde ciertos ángulos parece a punto de desplomarse. Alberga los laboratorios de inteligencia artificial y ciencias de la computación.

El Infinite Corridor atraviesa los edificios principales del campus en línea recta: casi 250 metros de pasillo ininterrumpido. Dos veces al año, en enero y noviembre, el sol se alinea perfectamente con el corredor y lo llena de luz de extremo a extremo. Los estudiantes lo llaman el MIThenge.

Pasé un buen rato recorriendo el campus sin ningún plan concreto. El MIT tiene esa cualidad de los lugares donde pasan cosas importantes: uno no sabe exactamente qué, pero percibe que el ambiente carga con algo.

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El Stata Center de Frank Gehry, símbolo del MIT y de su apetito por lo experimental

Beacon Hill a media tarde

Después de Cambridge volví a Boston y me metí en Beacon Hill. Es el barrio más fotogénico de la ciudad: calles adoquinadas con pendiente, casas de ladrillo del siglo XIX, farolas de gas que aún funcionan. En octubre las calabazas de Halloween aparecían en cada pórtico, lo que añadía una capa más a la atmósfera del barrio.

La calle más famosa es Acorn Street, una callejuela empedrada flanqueada por casas de tres pisos que aparece en prácticamente todos los reportajes fotográficos sobre Boston. Era exactamente como en las fotos, lo cual no quita que fuera bonita. En la parte alta del barrio está la Casa del Estado de Massachusetts, con su cúpula dorada visible desde varios puntos de la ciudad.

El barrio tiene tiendas boutique y cafeterías pequeñas que invitan a reducir la marcha. Lo recorrí despacio, sin agenda.

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Beacon Hill en octubre, con las primeras decoraciones de Halloween ocupando los porches

El bar de Cheers en 84 Beacon Street

A pocos metros del Public Garden, en el 84 de Beacon Street, está el Bull & Finch Pub. El exterior de este bar fue la inspiración visual para la serie "Cheers", que se emitió de 1982 a 1993 y ganó 28 premios Emmy. El interior del bar de la serie, sin embargo, era un plató construido en Hollywood; lo que hay dentro del Bull & Finch es un pub normal reconvertido en tienda de merchandising de "Cheers".

Los fans de la serie suelen salir decepcionados del interior. El exterior, con el letrero y los escalones que bajan al semisótano, sí tiene el aspecto que uno recuerda de los títulos de crédito. Saqué la foto y seguí.

Para quien quiera la experiencia completa del decorado, hay una réplica del set original en Quincy Market, ya en el centro de Boston, donde al menos la distribución interior coincide con lo que se ve en la pantalla.

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Where everybody knows your name — el exterior del Bull & Finch Pub, la inspiración de Cheers

North End: el barrio italiano más antiguo de Boston

Por la tarde di otra vuelta por el North End, el barrio que había recorrido de pasada siguiendo el Freedom Trail los primeros días. Con más calma merece una segunda visita. Es el barrio más antiguo de la ciudad —establecido en la década de 1630— y también el más italiano: desde mediados del siglo XIX, oleadas de inmigrantes del sur de Italia se instalaron aquí y dejaron una impronta que sigue siendo visible.

Hanover Street es el eje del barrio: restaurantes italianos, pastelerías, cafeterías de espresso. El debate local entre Mike's Pastry y Modern Pastry sobre quién hace el mejor cannolo lleva décadas sin resolverse. Probé en Mike's. No estaba en condiciones de juzgar con objetividad.

La Paul Revere House y la Old North Church siguen estando en este barrio, pero a estas alturas ya las había visto con el Freedom Trail. Esta tarde me limité a caminar por las calles más estrechas, fuera del circuito turístico principal, donde el barrio tiene una escala más doméstica y tranquila.

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El North End, mejor con calma y sin el mapa en la mano

Un atardecer fallido y el arte efímero de Graffiti Alley

Al caer la tarde me acerqué a la zona de Lovejoy Wharf, cerca de North Station, con la intención de fotografiar el atardecer sobre el río. Las vistas no dieron lo que esperaba: demasiados edificios en medio, ángulos poco favorables. Ninguna foto salvable.

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Intento frustrado de fotografiar un gran atardecer desde Lovejoy Wharf

Para cerrar el día volví a Cambridge y busqué el Graffiti Alley, oficialmente el Richard B. "Rico" Modica Way: un callejón de unos 45 metros en Central Square, entre Massachusetts Avenue y Bishop Allen Drive. El Cambridge Arts Council lo estableció en 2007 como espacio de arte público legal, y cualquier artista puede pintar en sus paredes. El resultado es una superficie en constante mutación: lo que hay hoy puede haber desaparecido mañana.

Cuando llegué, el callejón estaba a medio repintar. Algunos murales nuevos convivían con capas anteriores raspadas a medias. No era el mejor momento para fotografiarlo, pero tiene algo interesante precisamente en ese estado de obra permanente: el arte aquí no aspira a durar.

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Graffiti Alley en Central Square: arte en constante transformación
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Día 7. Iglesias, Bibliotecas, Rascacielos y Atardeceres

El séptimo día tenía pendientes varios edificios del Back Bay que había ido aplazando. Era también el último día completo en Boston, y por la noche había quedado a cenar con un chico de Instagram que me había estado dando pistas sobre la ciudad durante toda la semana. Eso marcaba la hora límite y le daba al día una estructura natural.

Trinity Church: el edificio que redefinió la arquitectura americana

Empecé en Copley Square. La Trinity Church está ahí desde 1877 y sigue siendo uno de los edificios más impactantes de Boston, no solo por su tamaño sino por lo que significó en su momento.

La diseñó Henry Hobson Richardson, y su construcción supuso la consagración de lo que se llamaría el estilo románico richardsoniano: arcos de medio punto, mampostería de granito rosado, una torre central maciza que parece crecer directamente del suelo. Richardson murió antes de verla terminada, pero el edificio se convirtió en el punto de referencia de toda una generación de arquitectos americanos. Es uno de los edificios más fotografiados de los Estados Unidos.

Cobra entrada para visitar el interior. Decidí no entrar y me quedé en la plaza el tiempo suficiente para verla desde distintos ángulos. Lo más interesante de Copley Square es el diálogo que establece la iglesia con el John Hancock Tower al otro lado: el rascacielos de cristal azul refleja la fachada de piedra de la Trinity en su superficie, de modo que en la misma imagen conviven cuatro siglos de arquitectura. El Hancock tiene 62 plantas y 240 metros de altura. Lo diseñó I.M. Pei y fue inaugurado en 1976, aunque su construcción fue un desastre: los más de diez mil paneles de cristal de la fachada empezaron a desprenderse durante las obras, y hubo que reemplazarlos todos.

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La Trinity Church y su reflejo en el cristal azul del John Hancock Tower

Old South Church: el gótico veneciano en Copley Square

A pocos metros de la Trinity, también en Copley Square, está la Old South Church. El contraste entre los dos edificios es notable: donde Richardson optó por la horizontalidad y el peso, la Old South Church apuesta por la verticalidad gótica, con una torre campanario alta y esbelta y una fachada de arenisca en tonos ocres.

Se construyó entre 1872 y 1875 y la entrada es gratuita. Entré. La nave central es amplia y luminosa gracias a los vitrales, y un órgano de tubos domina el frente de la iglesia. La iglesia tiene también una historia directa con la independencia americana: fue aquí donde Samuel Adams dio la señal para comenzar el Boston Tea Party en 1773. Hay carteles dentro que cuentan ese episodio y otros ligados a la congregación.

Me quedé un buen rato. No había mucha gente a esa hora, y el silencio del interior contrastaba con el tráfico de la plaza al otro lado de la puerta.

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Fachada de Old South Church, con su característica torre gótica veneciana

La Biblioteca Pública de Boston: el mejor interior de la ciudad

La siguiente parada estaba cruzando la calle, y fue la mejor del día. La Biblioteca Pública de Boston no aparece en muchas listas de imprescindibles para turistas, y eso es un error.

El edificio principal data de 1895. Lo diseñó el estudio McKim, Mead & White en estilo Renacimiento italiano, y desde fuera ya tiene presencia: una fachada de granito con arcos de medio punto que ocupa toda una manzana. Fue la primera biblioteca pública grande de los Estados Unidos abierta de forma gratuita a todos los ciudadanos.

Pero lo que me dejó sin palabras fue el interior. El vestíbulo de mármol y la escalera principal tienen una escala que no esperas dentro de una biblioteca. La Sala de Lectura Bates, en el piso superior, tiene bóvedas de cañón pintadas, lámparas de araña y una doble fila de mesas de madera que se extienden a lo largo de una nave enorme. La gente estudiaba, leía, trabajaba. Nadie levantaba la vista.

En las paredes de una de las salas superiores están los murales de John Singer Sargent: una serie de paneles sobre el triunfo de la religión que el pintor fue completando durante 29 años, entre 1890 y 1919. Sargent es conocido principalmente como retratista, pero estos murales tienen una ambición completamente distinta.

El patio interior está inspirado en el Palazzo della Cancelleria de Roma: una galería de arcos con una fuente central y plantas trepando por las columnas. En octubre, con el sol entrando oblicuo, era el sitio más tranquilo que encontré en todo Boston.

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La Biblioteca Pública de Boston: el vestíbulo, la sala de lectura, el patio interior

El Prudential Center y el Hancock Tower

Del Back Bay no se puede escapar sin pasar por el Prudential Center. La Prudential Tower tiene 52 pisos y 228 metros y desde 1964 domina el perfil de esta parte de la ciudad. En su planta 50 hay un mirador —el Skywalk Observatory— con vistas de 360 grados que varias personas me habían recomendado. No subí: el precio no me convenció y la tarde estaba algo nublada.

Desde la calle, la zona es interesante igual. El conjunto del Prudential con el Hancock Tower al fondo da buenos ángulos fotográficos. El Hancock refleja el cielo con sus cristales azules y cambia de aspecto según la luz del día. A media tarde, con nubes sueltas pasando por encima, tenía algo hipnótico.

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El Prudential Center y el Hancock Tower: arquitectura moderna del Back Bay

La Christian Science Plaza

Caminando hacia el sur llegué a la Christian Science Plaza. El edificio principal es la Iglesia Madre de Cristo, Científico: una estructura de finales del siglo XIX con una cúpula que imita a las grandes iglesias europeas. La Ciencia Cristiana no tiene ninguna relación con la Cienciología, aunque la confusión es habitual; es una denominación protestante fundada por Mary Baker Eddy en 1879.

Lo que convierte la plaza en un espacio urbano interesante no es tanto el edificio como la fuente reflectante que lo precede: una lámina de agua de más de 200 metros de longitud que actúa como espejo de la fachada de la iglesia. Estaban haciendo obras el día que pasé y la fuente estaba parcialmente cubierta, pero aun así el conjunto tiene una escala que no esperas en medio de un barrio residencial.

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La Iglesia Madre de Cristo, Científico, con obras en la plaza pero imponente igualmente

Massachusetts Avenue hacia el sur: hasta donde no conviene llegar

Seguí por Massachusetts Avenue con la vaga intención de explorar el tramo que conecta el Back Bay con el South End. La parte norte de Mass Ave, como la llaman aquí, tiene casas victorianas bien conservadas de estilo Segundo Imperio y Queen Anne, con pórticos ornamentados y fachadas de ladrillo. Está bien para caminar.

El problema es que si uno sigue demasiado hacia el sur la calle cambia de carácter con bastante brusquedad. Llegué hasta Southampton Street antes de darme cuenta de que me había alejado de la zona interesante. Di la vuelta sin que pasara nada, pero fue tiempo perdido.

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Solo el tramo norte de Mass Ave merece el paseo arquitectónico

El Museo de Bellas Artes y el Back Bay Fens

Giré de vuelta hacia el Museum of Fine Arts. No entré —la colección es enorme y merecería una mañana entera que no tenía—, pero rodeé el edificio y me quedé un rato en los jardines. El edificio principal, diseñado por Guy Lowell en 1909, tiene una fachada neoclásica severa que encaja bien con la seriedad que se supone a un museo de esta categoría. La colección de arte japonés que tiene dentro es una de las mayores fuera de Japón.

Junto al museo empieza el Back Bay Fens, uno de los parques de la cadena diseñada por Frederick Law Olmsted en el siglo XIX. Olmsted concibió siete parques interconectados que rodean Boston en un arco: el "Emerald Necklace", el collar de esmeraldas. El Fens tiene senderos junto al agua, jardines de rosas y una atmósfera más tranquila que el Boston Common. En octubre, con las hojas cambiando de color, era un buen sitio para descansar las piernas antes del último tramo del día.

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Los jardines del MFA y el Back Bay Fens, tramo del Emerald Necklace de Olmsted, al atardecer de octubre

El atardecer desde Piers Park, en East Boston

Para la última tarde usé el consejo que me habían dado varios días antes: el mejor atardecer de Boston se ve desde Piers Park, en East Boston, al otro lado del puerto. Se llega fácilmente en metro, línea azul hasta la parada de Maverick.

Desde el paseo marítimo del parque, el skyline de Boston aparece al otro lado del agua con una claridad que desde dentro de la ciudad no se consigue. A última hora de la tarde, con el sol bajando por detrás de los edificios, los rascacielos del centro se recortaban contra un cielo que iba pasando del azul al naranja. El reflejo en el agua completaba la imagen.

Después del atardecer recorrí las calles residenciales cercanas. East Boston es un barrio de clase trabajadora, mayoritariamente latinoamericano ahora, con casas de madera pintadas en colores claros. Muchos porches ya llevaban semanas de decoración de Halloween: calabazas talladas, telas de araña artificiales, calaveras de plástico. En algunas casas era evidente que había competencia entre vecinos.

Un residente me paró a charlar —originario de Cabo Verde, llevaba varios años en Boston—. Me habló de la comunidad caboverdiana en la ciudad, una de las más numerosas fuera de las islas, y de cómo su hija estaba aprendiendo español. Mi acento peninsular le sorprendió; estaba acostumbrado al español latinoamericano de sus vecinos. Fue una de esas conversaciones breves que no van a ningún sitio concreto y que uno recuerda igual.

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El skyline de Boston desde Piers Park, en el último atardecer del viaje, y las casas de East Boston vestidas de Halloween

Cena en Davis Square con Jim

Por la noche, Jim —el chico de Instagram que me había ido mandando recomendaciones durante toda la semana— vino a recogerme en coche. Fuimos a Davis Square, un barrio cercano a mi Airbnb, con ambiente de universidad y opciones de comida razonables. Pedimos pizza, hablamos de Boston, de sus cosas, de las mías. El tipo de cena que hace que un viaje en solitario deje de serlo del todo durante unas horas.

Ojalá todo te vaya bien, Jim.

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Día 8. Despedida de Boston: Un último paseo por la ciudad

El octavo día empezó con la sensación que tienen todos los últimos días: demasiadas cosas pendientes y un vuelo que no espera. Me despedí de Shine, mi anfitriona, recogí la maleta y salí a la calle con tiempo para aprovechar la mañana.

Los muelles del Seaport District: Boston mirando al agua

Dejé la maleta consignada y fui a pie hasta el Seaport District. Esta zona, al sur del centro histórico, es el ejemplo más visible de la transformación que ha vivido Boston en las últimas dos décadas. A principios de los años 2000 era en gran parte un área industrial abandonada; ahora es uno de los barrios más modernos y transitados de la ciudad.

El paseo por los muelles tiene algo que los barrios del interior no tienen: el agua. El puerto de Boston es un puerto activo, con ferrys, embarcaciones de trabajo y la brisa fría que en octubre ya recordaba que Nueva Inglaterra no es el Mediterráneo.

La joya arquitectónica del distrito es el John Joseph Moakley United States Courthouse, inaugurado en 1999 y diseñado por Pei Cobb Freed & Partners. Es un edificio de cristal y granito que no trata de disimular que es un tribunal federal; lo que hace bien es integrarse con el entorno marítimo, con la fachada reflejando el agua del puerto.

Fan Pier, el paseo que sigue la orilla, recibió su nombre en el siglo XIX por la forma en abanico que formaban las vías de ferrocarril que llegaban hasta el muelle. Ahora es una secuencia de terrazas y jardines junto al agua, bien diseñados para el peatón.

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Pasear por los muelles del Seaport District en el último día del viaje

El ICA: arquitectura que vuela sobre el agua

En el extremo del paseo está el Institute of Contemporary Art, inaugurado en 2006. El edificio lo diseñó el estudio Diller Scofidio + Renfro, y la idea central es un volumen en voladizo que se extiende sobre el agua como si quisiera desprenderse del suelo. Desde el paseo marítimo, el efecto es muy llamativo: una caja de cristal suspendida sobre el puerto.

No entré —el programa de exposiciones que había ese día no me terminaba de atraer—, pero el edificio desde fuera justifica el desvío. Boston tiene esa capacidad de meter arquitectura contemporánea de primer nivel en lugares inesperados.

Última visita a Quincy Market

Para comer, hice la ruta habitual: Quincy Market. En ocho días había pasado por ahí varias veces, y cada vez me gustó más la mecánica del sitio. El edificio central, construido en 1826 como mercado de distribución de alimentos, tiene un pasillo central con puestos de comida a ambos lados que cubre prácticamente todos los gustos: clam chowder en pan, sándwiches de langosta, pizzas, comida étnica, pasteles. La mezcla de turistas y trabajadores del centro comiéndose el bocadillo en el mostrador es parte del ambiente.

Me pedí una última ración de clam chowder en pan. La versión de Boston —espesa, cremosa, con almejas y trozos de patata— es deliberadamente opuesta a la versión de Manhattan, que lleva tomate y es más ligera. En Boston, pedir chowder de Manhattan es un insulto gastronómico. No lo intenté.

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Última visita a Quincy Market: el mejor sitio para comer rápido y bien en el centro de Boston

Logan Airport y el vuelo de vuelta

Al aeropuerto se llega desde el centro en metro, línea azul hasta Airport, y desde ahí en un shuttle gratuito hasta las terminales. El proceso es cómodo y sin sorpresas.

Mi vuelo con Level —número IB2626— salía a las 20:15 con destino a Barcelona. En la sala de espera hice el balance automático que uno hace al final de los viajes: lo que vi, lo que me faltó, lo que repetiría. La lista de lo que me faltó era larga, pero eso es siempre síntoma de que la ciudad tiene más que dar de lo que uno puede absorber en ocho días.

Escala en Barcelona

Aterricé en Barcelona el 21 de octubre a las 9:25. Tenía billetes de vuelta a Bilbao para el día siguiente, así que aproveché para quedarme una noche en casa de unos amigos. Un epílogo tranquilo antes de volver a casa.

El 22 de octubre tomé el Vueling VY1424 de Barcelona a Bilbao, salida a las 20:30, llegada a las 21:45. Cuando el avión sobrevoló la ría y aterrizó en Loiu, Boston ya tenía la distancia justa para verlo bien.

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Boston. Consideraciones finales

Volver a casa siempre activa el mismo mecanismo: durante unos días el viaje se asienta, se recoloca, y lo que parecía anécdota empieza a tomar su sitio junto a lo que realmente importó. Con Boston ese proceso fue más claro que en otros viajes, porque la ciudad tiene capas suficientes para que el recuerdo vaya cambiando de forma con el tiempo.

Una ciudad construida sobre su propia historia

Boston no es el destino más habitual para un viajero europeo. Nueva York, Los Ángeles, Chicago: esas son las ciudades que aparecen primero en los itinerarios transatlánticos. Boston queda para los que ya han hecho las rondas o para los que van buscando algo concreto: historia americana, ambiente universitario, otoño en Nueva Inglaterra.

Y en esos tres apartados, Boston es difícilmente superable.

La ciudad fue el epicentro de la Revolución Americana: el motín del té de 1773, la cabalgata de Paul Revere en 1775, la batalla de Bunker Hill ese mismo año. El Freedom Trail —un recorrido de cuatro kilómetros que conecta dieciséis sitios históricos marcados con una línea roja en el suelo— es la forma más eficiente de asimilar ese período. Para un visitante europeo, andar por esos lugares tiene algo peculiar: es la historia de un país que decidió dejar de ser colonia de uno de los nuestros.

Esto convierte el turismo en Boston en algo mayoritariamente interno. Los visitantes que vi en el Freedom Trail, en Faneuil Hall, en Bunker Hill eran en su gran mayoría estadounidenses haciendo un peregrinaje a los orígenes del país. Como visitante extranjero, eso da una perspectiva diferente: uno está viendo cómo un país recuerda su propio nacimiento.

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Boston integra su herencia histórica con su papel como centro de innovación y educación

Harvard y el MIT: dos maneras de entender el conocimiento

Si hay algo que convierte a Boston en una ciudad distinta es la presencia de Harvard y el MIT a veinte minutos en metro del centro.

Harvard es la universidad más antigua del hemisferio occidental: fundada en 1636, con un campus en Cambridge que es en sí mismo un recorrido por cuatro siglos de arquitectura americana. La Widener Library, la Memorial Church, el Harvard Yard con sus edificios de ladrillo y sus árboles centenarios. Pasear por allí sin ser estudiante ni turista organizado tiene algo de intruso benévolo.

El MIT, a unos kilómetros río arriba del Charles, es la contraparte: fundado en 1861 con una misión técnica y científica, con un campus donde conviven edificios neoclásicos y las extravagancias arquitectónicas de Frank Gehry. Las dos instituciones han moldeado la ciudad de maneras complementarias: Harvard como capital cultural e intelectual, el MIT como motor de innovación tecnológica. El área metropolitana de Boston tiene la mayor concentración de instituciones académicas de primer nivel del mundo, y eso se percibe en el ambiente de la ciudad.

La belleza sin monumento icónico

Boston no tiene un edificio que la defina como lo hace el Empire State a Nueva York o la Torre Eiffel a París. Su atractivo es acumulativo: la suma de barrios distintos, cada uno con su escala y su carácter propios.

Beacon Hill con sus calles adoquinadas y sus casas de ladrillo del siglo XIX. El Back Bay con sus manzanas de brownstones victorianos y sus iglesias de piedra. El North End italiano con sus callejuelas estrechas y sus pastelerías. El Seaport District moderno abierto al puerto. El Cambridge universitario al otro lado del Charles.

Los parques también son parte del argumento. Frederick Law Olmsted diseñó en el siglo XIX el "Emerald Necklace", un collar de siete parques interconectados que rodea la ciudad en un arco de verde. El Boston Common, el Public Garden, el Back Bay Fens, el Arnold Arboretum —109 hectáreas dedicadas a la botánica desde 1872—: en octubre, con el follaje en su punto máximo, el sistema de parques de Boston es uno de los mejores argumentos para visitar la ciudad en este mes.

Octubre: el momento adecuado

Vine en octubre sin planificarlo especialmente, y fue una buena decisión. El follaje otoñal de Nueva Inglaterra tiene fama merecida: arces, robles y tilos convierten los parques y las avenidas en una paleta de amarillos, naranjas y rojos que dura unas pocas semanas. El clima es fresco pero manejable para caminar durante horas.

A eso se añade el Halloween de Salem, a media hora en tren. Todo octubre es temporada alta allí, con el ambiente festivo que eso implica. Y en los barrios residenciales de Boston, la decoración de Halloween que los vecinos ponen en sus porches es, en sí misma, un espectáculo tranquilo y doméstico.

La gente

Algo que no esperaba y que resultó ser parte importante del viaje: la facilidad para hablar con desconocidos. En muchas ciudades grandes, el visitante solitario está solo aunque esté rodeado de gente. En Boston no me pasó eso.

Conversaciones espontáneas en bares, en el metro, paseando por los muelles. Un residente de Salem que me contó su versión de los juicios de brujas. Un caboverdiano en East Boston que quería saber de dónde venía ese acento tan raro. Jim, que me fue mandando recomendaciones por Instagram durante toda la semana y apareció el último día para cenar en Davis Square.

No sé si es la ciudad, o el tamaño —Boston no es pequeña, pero tampoco tiene la masa anónima de Nueva York—, o simplemente que viajé solo y eso obliga a abrirse más. Probablemente las tres cosas.

Lo que se queda

Ocho días dan para mucho y para poco al mismo tiempo. Di el Freedom Trail, los campus universitarios, los museos principales, los barrios. Me quedé sin el Isabella Stewart Gardner Museum —la colección de arte robada más valiosa de la historia tiene las paredes con los marcos vacíos, los ladrones nunca fueron identificados—, sin subir al Skywalk del Prudential, sin algunas noches de música en directo que Boston tiene y que no aproveché suficientemente.

Eso es también parte del balance: lo que falta señala adónde volver. Boston sobrevivió bien al escrutinio de ocho días seguidos, que no es poco. No todas las ciudades lo consiguen.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica