
El Hotel Carlton de Bilbao
Cien años de lujo, una vidriera y un búnker
Hay que saber dónde mirar. En los peldaños que suben al porche del Hotel Carlton, en plena plaza Moyúa, hay seis agujeros pequeños en los que casi nadie repara. No son desagües ni un capricho del cantero: son los respiraderos del refugio que se construyó bajo el hotel en 1936, cuando el edificio más lujoso de Bilbao dejó de recibir huéspedes para convertirse en la sede del primer Gobierno vasco.
Esa mezcla es lo que más me gusta del Carlton. Por fuera es el gran hotel de toda la vida, el de las bodas, las maletas y el botones en la puerta. Por dentro guarda una vidriera enorme, ocho meses de gobierno en guerra, un nido de espías, un matrimonio que llegó de paso y se quedó veinticinco años, y un maître del que todavía se habla. En 2026 cumple un siglo abierto, y me parece un buen momento para contarlo con calma.
Un gran hotel para una ciudad que no tenía ninguno¶
Hacia 1918 Bilbao tenía dinero de sobra, el de las minas, las navieras y los bancos, pero a la hora de recibir visitas seguía siendo una ciudad de provincias. Quien venía a cerrar un negocio dormía en el Torróntegui, el Arana, el Vizcaya o el Inglaterra, hoteles correctos que poco tenían que ver con lo que ya se estilaba en Europa. Londres tenía su Carlton desde 1899, y Madrid había estrenado el Ritz en 1910 y el Palace en 1912: ascensores, baño en todas las habitaciones, cocina francesa y cócteles americanos. La burguesía vizcaína conocía muy bien todo aquello, porque se iba a Madrid, a Londres o a París a lucirse, y a los invitados ilustres no quedaba otra que alojarlos en casas particulares.
La solución fue muy de aquí: juntarse unos cuantos y ponerlo. El 21 de enero de 1919 se constituyó la sociedad anónima Gran Hotel Carlton, promovida por la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, con un capital de dos millones y medio de pesetas repartido en 5.000 acciones. Entre los que pusieron dinero están los apellidos que uno espera encontrar en cualquier empresa bilbaína de la época: Urquijo, Churruca, Aznar, Chávarri, Sota. Compraron un solar enorme junto a la plaza Elíptica, que es como se ha llamado siempre a Moyúa, y encargaron el proyecto a Manuel María Smith. Hasta el nombre dejaba claro a qué liga se quería jugar: se tomó directamente del Carlton de Londres, el hotel de César Ritz.
Una inauguración con tres pisos sin terminar¶
Lo que vino después suena conocido. El presupuesto se quedó corto, porque aquello no se levantaba por menos de cinco millones, y faltaba algo peor que el dinero: casi nadie se creía que Bilbao, que no entraba en ningún circuito turístico, pudiera llenar un hotel de lujo solo con viajes de negocios. A mediados de 1923, con el edificio ya levantado, ningún hotelero de renombre había querido hacerse cargo de él. Las obras estuvieron paradas casi dos años y las burlas no tardaron. En el ABC se escribió que los bilbaínos «se creen tan importantes que les estorban los forasteros», y El Pueblo Vasco publicó una sátira sobre la inauguración que nunca llegaba.
A medio hacer, el edificio sirvió para lo que hizo falta: oficinas, una emisora de radio y las conferencias y conciertos del Círculo de Bellas Artes y Ateneo. Se llegó a proponer que se quedara entero para oficinas, o que lo explotara la Casa de Misericordia. En octubre de 1924 los promotores, ya desesperados, abrieron las puertas y organizaron visitas guiadas para convencer a la ciudad de que aquello «ya no puede ser otra cosa que hotel». Al final el dinero salió de una emisión de obligaciones hipotecarias por dos millones de pesetas, que compraron la Caja de Ahorros Vizcaína y el Monte de Piedad, y la gestión se alquiló a la empresa que llevaba el María Cristina de San Sebastián.
El Carlton se inauguró el viernes 8 de enero de 1926, siete años después de empezar y sin esperar a tenerlo acabado: funcionaban 75 habitaciones y las tres plantas de arriba seguían en obras. La cena de gala reunió a 425 personas, a 25 pesetas el cubierto, con un menú de diez platos escrito entero en francés. Lo firmaba Jean-Jules Casamayou, que venía de las cocinas del María Cristina, y era un homenaje a Escoffier, el chef que había hecho célebre la mesa del Carlton londinense. Hubo un lenguado «a la Carlton Hotel», y las crónicas destacaron sobre todo el parfait de foie-gras con gelatina de oporto.
Por esas cocinas pasó también el bilbaíno Nemesio García-Salazar, que tras la guerra abrió en Ondarroa, con su mujer Pakita Osa, un restaurante pequeño llamado Penalty. Allí inventaría ella la merluza a la ondarresa, de modo que algún parentesco lejano tiene ese plato con el hotel de Moyúa.
El proyecto de Manuel María Smith¶
Smith, bilbaíno de origen vasco-inglés, era el arquitecto de cabecera de aquella burguesía: suyas son muchas de las mansiones de Neguri. El Carlton fue su primer hotel, y lo resolvió como lo que le pedían, un trozo de París plantado en el Ensanche. El estilo se suele etiquetar como Segundo Imperio o Beaux Arts, que viene a ser lo mismo dicho de dos maneras: simetría, una entrada solemne con su escalinata, balaustradas por todas partes, cornisas, paneles con relieves y, arriba del todo, las mansardas que le dan ese aire tan francés.
El solar es una cuña, y el edificio la aprovecha con una planta triangular de esquinas achaflanadas, el mismo recurso del chaflán que se repite en todo el Ensanche. Son seis plantas, y la fachada que importa es la que mira a la plaza, con el porche y los peldaños de los que hablaba al principio. Desde los jardines de Moyúa se entiende bien el conjunto: el hotel a un lado, el palacio Chávarri al otro y, entre los dos, el retrato de una ciudad que quiso ser elegante.
El reclamo con el que se anunciaba era de una sencillez admirable: «Hotel Carlton, 200 habitaciones, 200 baños». Hoy suena a obviedad, pero se presentaba como el primer hotel de España con aseo dentro de cada habitación. Con los años las cuentas han cambiado. Ahora son 142 habitaciones, y en 2006 se sacrificaron seis de la sexta planta para hacer una suite imperial que pasa por ser la mayor de Bilbao.
El vestíbulo y su vidriera¶
El vestíbulo es la parte del Carlton que conozco, y la que cualquiera puede conocer sin necesidad de reservar habitación. Se entra por el porche y enseguida aparece el hall de columnas, un salón de planta ovalada al que toda la luz le cae de arriba, a través de una vidriera emplomada que hace de techo.
Es una de las dos vidrieras más grandes de España, o así lo cuenta el hotel, y se hizo en 1923 con vidrio traído expresamente de Boston. Cuando hubo que restaurarla, ya en este siglo, se encargó el trabajo a la misma empresa que la había fabricado ochenta años antes, que es un detalle que dice mucho de cómo se ha cuidado la casa. Debajo, materiales nobles y esa luz filtrada que cambia según la hora y el cielo que haga fuera, que en Bilbao es decir mucho.
Bilbao tiene cierta debilidad por los techos de cristal. Están los lucernarios del palacio San Nicolás, sin ir más lejos, pensados para impresionar a quien entraba a un banco. El del Carlton juega a otra cosa: aquí la vidriera está para que uno se siente debajo, pida algo y se quede un rato. Es lo que hace la gente, y es la mejor manera de verla.
Ocho meses con el Gobierno vasco dentro¶
El Carlton llevaba diez años abierto cuando estalló la guerra. En octubre de 1936, con Vitoria y San Sebastián ya en manos de los sublevados, Bilbao se convirtió de hecho en la capital de un país muy pequeño y muy acosado. José Antonio Aguirre juró su cargo en Gernika, se instaló unos días en la Diputación y, tras unas obras de adaptación hechas en pocas semanas, se mudó al hotel, que ya venía usando la sanidad de la Junta de Defensa. Allí se organizaron la Presidencia y la consejería de Defensa, porque Aguirre llevaba las dos cosas, y durante un tiempo también Asistencia Social, que montó un comedor para refugiados. En la fachada ondeaban juntas la bandera republicana y la ikurriña.
El resto del Gobierno andaba repartido por la ciudad, Hacienda en el Banco de Comercio, Justicia en la naviera Sota y Aznar, y los periódicos tenían que publicar directorios para que la gente supiera a qué puerta llamar. Pero el centro era el Carlton. Por allí pasaban los consejeros, los corresponsales extranjeros y quienes buscaban noticias de un familiar desaparecido. El lehendakari tenía su propia habitación en el hotel, trabajaba catorce o dieciséis horas diarias y subía al frente al menos una vez por semana.
Lo curioso de aquellos meses es lo poco que se parecen a la idea que uno tiene de un hotel de lujo. José María Bengoa, que con 23 años era secretario de Sanidad Militar, lo dejó escrito sin adornos: «En el Carlton se trabajaba mucho y se comía muy mal». La ración era la de cualquier bilbaíno bajo el bloqueo, garbanzos cocidos, y los periodistas extranjeros contaban que los salones olían a eso, a garbanzos. El único con un lujo a mano era el corresponsal George Steer, el que luego escribiría El árbol de Gernika, dueño de un bote de leche condensada que se tomaba, dice Bengoa, «con fruición y regodeo».
Bengoa cuenta también que cada día se pasaba del optimismo al pesimismo según quién hablase. El optimismo lo ponía Aguirre. El pesimismo llegaba puntual con el coronel Montaud, jefe del Estado Mayor, que lo explicaba con una frase que no se olvida: «Yo quisiera que nuestro armamento fuera de oro, pero es de plomo, y el plomo es gris, pesado, blando». Discutían, y acababan abrazados, porque los dos tenían algo de razón.
El búnker bajo la escalera¶
Bilbao fue una ciudad bombardeada, y el Carlton se preparó para ello. En abril de 1937, pocos días después de lo de Gernika, el diario Euzkadi contaba que el hotel disponía de un refugio de 375 metros cuadrados abierto a los vecinos y de otra galería reservada al Gobierno. Esa segunda es la que hoy todo el mundo llama el búnker, y la que respira por los seis agujeros de la escalinata.
No he bajado a verlo. Con el tiempo se reformó y hoy es uno de los salones privados del hotel, de modo que el búnker se intuye más que se visita: lo que queda a la vista de cualquiera son los respiraderos, y por eso merece la pena pararse en los peldaños antes de entrar. Dentro hay un segundo recuerdo de aquellos meses, el salón Luis García Campos, donde se reunía el gabinete de Aguirre. Conserva la mesa presidencial, dos de sus sillas y la única cristalera original que salió entera de la guerra.
Todo acabó el 19 de junio de 1937, cuando las tropas de Franco entraron en Bilbao. El Gobierno salió hacia Cantabria, de allí a Barcelona y finalmente a París, y en la fachada del hotel el rótulo de la Presidencia dejó sitio al yugo y las flechas y a un «Viva España» en letras gigantes. Ese mismo año el edificio pasó a ser propiedad del Banco de Vizcaya, y el Carlton volvió a ser un hotel.
De aquella época queda también una historia de las que parecen inventadas. Nieves Fernández, una joven trilingüe criada en Bilbao, hija del jefe de la estación de San Agustín, era recepcionista del hotel cuando lo incautaron y pasó a trabajar para el Gobierno. Allí conoció al corresponsal inglés Keith Scott Watson, un tipo novelesco que había llegado a España como voluntario antes de volver al periodismo. Ella huyó de Bilbao en un barco pequeño hasta la costa vascofrancesa, y se casaron unos cuatro meses después de conocerse. Lo ha reconstruido su sobrino nieto, el profesor Iñaki Iriarte, en el libro El columnista, que avisa de que la vida real fue bastante menos romántica que el arranque.
Huéspedes, espías y un matrimonio que se quedó a vivir¶
Todo gran hotel tiene su lista de nombres, y la del Carlton es larga. Se citan Alfonso XIII, Albert Einstein, Federico García Lorca, Gregorio Marañón, Joaquín Rodrigo, Hemingway, Ava Gardner y Maria Callas, y de tiempos más recientes Pavarotti, Montserrat Caballé, Frank Gehry o Norman Foster, que algo tienen que ver con el Bilbao de ahora. Pero las historias con más miga suelen ser las de quienes no salían en las fotos.
Los espías, por ejemplo. El Carlton tuvo fama de nido de agentes alemanes en los años del nazismo, y de entonces viene el rumor, nunca confirmado, de un túnel que unía los sótanos del hotel con los muelles de la ría. No hay prueba alguna de que existiera, pero es de esas leyendas que a un edificio con búnker le sientan bien.
Una de las mejores es la de los Haas. Charles Haas era un ingeniero luxemburgués, una eminencia en la fabricación de tubos sin soldadura, y su mujer, Pauline, francesa. Venían de Rumanía y llegaron a Bilbao en los años cuarenta de paso hacia Estados Unidos. Les negaron los visados, él encontró acomodo en Tubos Reunidos, y lo provisional se hizo definitivo: se quedaron a vivir en el hotel. En febrero de 1967 el Carlton les celebró unas bodas de plata como huéspedes, con caviar iraní, langosta, tournedos Carlton, una bandeja de plata de regalo y orquesta en el comedor. «Esta es nuestra casa y Bilbao, nuestra villa. De aquí no hay quien nos mueva», dijeron aquel día. Charles murió en el propio hotel ese mismo agosto, y Pauline se marchó entonces a Luxemburgo.
Y luego está Salegui. Aniceto Salegui fue durante años el maître del Carlton, y quienes lo conocieron lo describen de memoria: cerca de dos metros, siempre de frac, los zapatos relucientes y cinco idiomas. Trinchaba los pescados grandes delante del cliente y cocinaba para los cantantes de ópera que se alojaban en la casa. Hay hoteles que se recuerdan por un edificio y hoteles que se recuerdan por una persona; el Carlton ha tenido la suerte de las dos cosas.
El Carlton hoy y cómo visitarlo¶
El hotel que se ve ahora es el resultado de una rehabilitación completa hecha en 1994, ocho meses de obra de los que salió con el aire clásico intacto. Al año siguiente el Gobierno vasco lo declaró monumento, y desde 1999 pertenece al grupo Aránzazu Hoteles. Sigue siendo un cinco estrellas, abre los 365 días del año y trabaja con una plantilla de 62 personas, muchas de ellas con media vida en la casa.
El centenario ha traído además una novedad: por primera vez dirige el Carlton una mujer, Silvia Varea, que lleva diecinueve años en el hotel. Ella misma cuenta que la clientela ha cambiado mucho. Hace quince años era sobre todo nacional y hoy siete de cada diez huéspedes vienen de fuera, lo que retrata bastante bien en qué se ha convertido Bilbao. Lo que no cambia es la idea de la casa, un lujo de los de antes, sin estridencias.
Para conocerlo no hace falta alojarse. El Carlton está en el número 2 de la plaza Moyúa, con la boca del metro prácticamente en la puerta, y lo sensato es empezar fuera: rodear el edificio para ver los chaflanes y las mansardas, y luego buscar con calma los seis respiraderos en los peldaños del porche. Después, entrar. Tomar algo bajo la vidriera es la forma más agradable de visitar el vestíbulo.
Al salir, la plaza completa el paseo. Al otro lado queda el palacio Chávarri, de la misma familia que aparece entre los accionistas del hotel, y la Gran Vía cruza la plaza de lado a lado. Cien años después, el Carlton sigue haciendo lo que se le pidió en 1919: que Bilbao tuviera un sitio a la altura para recibir. Lo de que acabara teniendo un búnker no estaba en el proyecto.