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Grupo de voluntarios visitando el desván del Palacio Ibaigane, con la estructura que sostiene la gran vidriera del patio

Bilbao

Open Bilbao 2026

3 y 4 de octubre de 2026

Ayer terminó Open Bilbao 2026 y todavía le estoy dando vueltas a todo lo visto. Ha sido la edición del décimo aniversario del festival y la más grande hasta la fecha, con 101 edificios y espacios abiertos durante el primer fin de semana de octubre. Y por noveno año consecutivo la he vivido desde dentro, como voluntario.

Open Bilbao es de esas ideas sencillas que funcionan: durante un fin de semana, edificios que normalmente están cerrados al público, o por los que pasamos sin entrar, abren sus puertas gratis y con alguien que te los explica. Para quien disfruta mirando ciudades, y yo llevo media vida haciéndolo fuera, es la mejor excusa para hacerlo en casa.

Qué es Open Bilbao y cómo ha sido la edición de 2026

El festival, que hasta hace poco se llamaba Open House Bilbao, es la versión local de una fórmula que nació en Londres y se repite en decenas de ciudades del mundo: un fin de semana de puertas abiertas dedicado a la arquitectura, gratuito y sostenido por voluntarios.

La de 2026 ha sido la edición del décimo aniversario y la de las cifras redondas: 101 espacios, diecinueve de ellos nuevos, y más de seiscientos voluntarios inscritos. El programa arrancó el lunes 28 de septiembre con actividades paralelas, como recorridos urbanos y talleres, y se concentró en el fin de semana del 3 y 4 de octubre, que es cuando se abren los edificios.

La mecánica es fácil. La mayoría de las visitas no necesita inscripción: se llega, se espera la cola si la hay y se entra en grupos pequeños, de quince o veinte personas, para una explicación de una media hora. Algunos espacios sí tienen condiciones de acceso propias, así que conviene mirar el programa antes de salir de casa.

Otro año como voluntario de proximidad

Este año, igual que el pasado, he colaborado con el festival como voluntario de proximidad. El nombre suena más misterioso de lo que es: en lugar de estar fijo en un edificio, me ha tocado moverme entre varios durante el fin de semana, acompañar a los voluntarios de cada sede y, cuando hacía falta, coger el relevo y explicar.

Eso obliga a prepararse. Para cada edificio llevaba una chuleta con lo esencial de la visita: la historia, el arquitecto, qué mirar y en qué orden. En algunos, como Artxanda o la Gran Vía, la explicación era directamente un paseo guiado. Es una manera estupenda de aprender, porque no hay como tener que contar un edificio en media hora para descubrir qué es lo que de verdad importa de él.

Y luego está la gente. Vecinos que entran por primera vez en edificios por los que llevan toda la vida pasando, y visitantes de fuera que se organizan el fin de semana como una ruta. Esa parte no sale en ningún programa y es, con diferencia, la mejor.

Los edificios de los que era responsable como voluntario

Y los que he visitado como uno más

Lo que me llevo de esta edición

Después de nueve años, lo que más valoro de Open Bilbao es que cambia la manera de andar por la ciudad. Uno deja de ver fachadas y empieza a ver decisiones: por qué esa esquina es redonda, por qué un banco quiso un arquitecto francés, por qué una fábrica de tornillos acaba llena de estudiantes.

Si no lo conoces, apunta el festival para el otoño que viene. Y si te apetece verlo desde dentro, hacerse voluntario es la mejor entrada: se aprende más preparando una visita de media hora que leyendo tres libros.