
La historia de Durrës: la puerta de los Balcanes
Dos mil seiscientos años de griegos, romanos, bizantinos, otomanos e italianos en una sola ciudad
Hay ciudades que son accidentes geográficos convertidos en destino histórico. Durrës es una de ellas. Su posición en la costa adriática, en el punto más estrecho del mar entre los Balcanes e Italia —apenas setenta kilómetros de agua separan aquí Europa occidental de Europa oriental—, la ha convertido durante más de veintiséis siglos en la puerta por donde han pasado ejércitos, comerciantes, apóstoles, cruzados y emigrantes. Griegos, romanos, bizantinos, normandos, venecianos, otomanos, italianos: todos han querido controlar Durrës porque todos han entendido que quien controla este puerto controla la entrada a los Balcanes. El resultado de tantos siglos de codicia es una ciudad con más capas históricas de las que su tamaño haría esperar, y con un patrimonio arqueológico que todavía espera ser desenterrado en buena parte.
Epidamno: los griegos que no querían un nombre de mal agüero¶
La ciudad fue fundada en torno al 627 a.C. por colonos llegados de Corinto y de Corcira —la actual isla griega de Corfú—, que la llamaron Epidamno. La elección del nombre resultaría ser un error de marketing monumental: en griego, Epidamno sonaba demasiado parecido a epidamnios, que evocaba daño y destrucción. Los propios fundadores debieron de percatarse del problema, porque desde muy pronto circuló también el nombre alternativo de Dyrrachion, posiblemente derivado del griego dyrrhachion —"oleaje rugiente"— o del nombre de una colina local.
La ciudad creció rápidamente como centro de intercambio entre el mundo griego mediterráneo y los pueblos ilirios del interior. Los taulancios, la tribu iliria que habitaba el territorio, mantuvieron con los colonos griegos una relación de coexistencia más que de enfrentamiento, y el comercio entre ambas comunidades fue el motor del crecimiento temprano de la ciudad.
Epidamno tuvo su momento de protagonismo en la historia del mundo clásico de una forma que sus habitantes no habían buscado. En el 435 a.C., una guerra civil entre oligarcas y demócratas dentro de la ciudad desencadenó una serie de alianzas y contraalianzas entre las potencias griegas —Corcira con los demócratas, Corinto con los oligarcas— que acabó convirtiéndose en el detonante indirecto de la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. El historiador Tucídides dedica las primeras páginas de su obra a explicar cómo el conflicto en esta pequeña ciudad adriática encendió la mecha de la guerra más devastadora del mundo griego. No es poca cosa para una ciudad de provincia.
Dyrrachium: el comienzo de la carretera hacia Oriente¶
En el 229 a.C., Roma conquistó Epidamno y la rebautizó como Dyrrachium, adoptando el nombre alternativo griego y abandonando el Epidamno que sonaba a catástrofe en latín —damnum significa pérdida o daño en latín, lo que hacía el nombre original especialmente inoportuno para un pueblo tan supersticioso como el romano—. Bajo la República y luego bajo el Imperio, Durrës experimentó la transformación más profunda de su historia.
La decisión romana que cambió el destino de la ciudad fue la construcción de la Vía Egnatia, en torno al 146 a.C., por orden del procónsul de Macedonia Cayo Egnacio, que le dio su nombre. Esta calzada de más de ochocientos kilómetros comenzaba en Dyrrachium —y en Apolonia, a algo menos de cien kilómetros al sur— y cruzaba la península balcánica de oeste a este hasta llegar a Bizancio, la futura Constantinopla. Era el complemento terrestre de la Vía Appia italiana: el viajero salía de Roma por la Vía Appia hasta Brindisi, cruzaba el Adriático en barco, desembarcaba en Dyrrachium, y seguía por la Vía Egnatia hasta el corazón del Imperio.
La importancia estratégica y comercial de esta posición es difícil de exagerar. Todo el comercio terrestre entre Roma e Italia con Macedonia, Grecia, Tracia y Oriente pasaba por Dyrrachium. La ciudad se convirtió en una de las más prósperas del Adriático oriental: bancos, almacenes, talleres, una colonia de mercaderes itálicos, una población diversa que reflejaba el flujo constante de personas que transitaban por aquí. En tiempos del emperador Augusto alcanzó el rango de Colonia Iulia Augusta Dyrrachinorum, el más alto reconocimiento jurídico que Roma podía otorgar a una ciudad provincial.
La guerra civil de César y Pompeyo: cuando el destino del mundo pasó por aquí¶
En el 48 a.C., Dyrrachium fue escenario de uno de los momentos más dramáticos de la guerra civil romana entre Julio César y Pompeyo. Pompeyo eligió la ciudad como base naval principal de sus operaciones: la posición costera, el puerto y las murallas la convertían en el lugar ideal para abastecer a sus fuerzas y mantener el control del Adriático.
César cruzó el mar con sus legiones —una maniobra arriesgadísima en pleno invierno— y trató de asediar a Pompeyo cercando su campamento con una línea de trincheras y fortines de más de veinte kilómetros. Fue un asedio de geometría imposible: César intentando rodear a un ejército más numeroso que el suyo dentro de una ciudad con acceso al mar y suministros ilimitados por barco. Pompeyo rompió las líneas de César en una batalla que estuvo a punto de ser decisiva —el propio César reconoció después que si Pompeyo hubiera sabido aprovechar la victoria, la guerra habría terminado ese día—. Pero Pompeyo no supo aprovecharla, César reorganizó sus fuerzas, y unos meses después la batalla de Farsalia en Grecia selló el destino de la República romana.
El esplendor imperial y el anfiteatro de Trajano¶
El período más próspero de la historia de Dyrrachium llegó durante los primeros siglos del Imperio. El anfiteatro, construido a principios del siglo II d.C. bajo el emperador Trajano, es la muestra más elocuente de esa prosperidad: con un eje mayor de 132 metros y capacidad para veinte mil espectadores, era el mayor anfiteatro jamás construido en la península balcánica, un edificio que habría resultado impresionante en cualquier ciudad del Imperio, no solo en una ciudad de provincias adriáticas.
El siglo V trajo un hijo ilustre y un donante generoso: el futuro emperador Anastasio I, nacido en Dyrrachium hacia el año 431, que al llegar al trono imperial en el 491 invirtió recursos considerables en embellecer y reforzar su ciudad natal. Mandó construir murallas tan sólidas que la princesa y cronista Ana Comneno escribiría en el siglo XI que eran tan gruesas que cuatro jinetes podían cabalgar uno al lado del otro sobre ellas. Esa imagen —cuatro jinetes en paralelo sobre la muralla— da una idea de la escala de las defensas que Anastasio levantó en Durrës.
Normandos, venecianos y la ciudad medieval¶
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, Dyrrachium quedó en manos del Imperio Bizantino, del que fue plaza fuerte clave durante siglos. Su valor estratégico hacía inevitable que todos los grandes poderes regionales la codiciaran. En el 1081, el normando Roberto Guiscardo cruzó el Adriático desde Italia y asedió la ciudad: en la batalla que siguió, el ejército bizantino del emperador Alejo I Comneno fue derrotado, y Dyrrachium cayó brevemente en manos normandas antes de ser recuperada.
En el siglo XII llegaron los venecianos, que convirtieron Durrës en uno de sus puertos clave para el comercio con el Adriático oriental. La Torre Veneciana —construida en el siglo XV sobre restos de fortificaciones bizantinas del siglo V— es el testimonio más visible de esa presencia: sus muros de 3,7 metros de grosor hablan de la seriedad con que Venecia protegía sus inversiones comerciales. La ciudad llegó a tener unos veinticinco mil habitantes hacia 1350, siendo la más populosa de la región albanesa.
En 1392, Venecia tomó el control definitivo de la ciudad y lo mantuvo hasta 1501, cuando los otomanos la conquistaron. El período veneciano dejó huellas en la arquitectura y el trazado urbano que todavía son rastreables en el casco histórico.
Los otomanos y la larga siesta¶
Bajo el Imperio Otomano, Durrës perdió gran parte de su importancia estratégica. El control otomano del Mediterráneo oriental hacía menos necesario un puerto de enlace entre los dos lados del Adriático, y la ciudad se convirtió en una población de segundo orden dentro del sistema imperial. Las mezquitas sustituyeron a las iglesias, el bazar fue el nuevo centro urbano, y el anfiteatro romano —ya abandonado como lugar de espectáculos desde el siglo IV— quedó definitivamente sepultado bajo las construcciones otomanas y luego olvidado durante siglos.
Esta larga siesta otomana fue, paradójicamente, lo que preservó buena parte del patrimonio arqueológico de la ciudad. Al no haber una gran expansión urbana que destruyera las capas antiguas, los restos romanos y bizantinos quedaron enterrados pero intactos, esperando a los arqueólogos del siglo XX.
El siglo XX: independencia, guerra y comunismo¶
Durrës tuvo un papel protagonista en el momento más importante de la historia albanesa moderna. El 26 de noviembre de 1912, el político Ismail Qemali izó la primera bandera albanesa en la ciudad, poco antes de que la proclamación formal de independencia tuviera lugar en Vlorë. Ese mismo año, la ciudad fue temporalmente capital de Albania, antes de que Tirana asumiera ese papel en 1920.
La Primera y Segunda Guerra Mundial golpearon duramente a Durrës por su valor portuario: los italianos la ocuparon en 1939, los alemanes la usaron como base logística y volaron las instalaciones portuarias al retirarse en 1944, y los bombardeos aliados previos a la liberación completaron los daños. El régimen comunista de Hoxha reconstruyó la ciudad y la convirtió en foco de industria pesada, inaugurando en 1947 la primera línea de ferrocarril de Albania —los treinta y ocho kilómetros que la unen con Tirana—.
Fue también en Durrës donde, en 1967, se proclamó oficialmente el Albania estado ateo, prohibiendo toda práctica religiosa en el país. Una decisión de consecuencias devastadoras para el patrimonio religioso de todo el territorio, tomada en la ciudad más antigua y más milenariamente acostumbrada a ver pasar religiones y culturas de toda clase.
El hallazgo accidental de 1966 y el patrimonio enterrado¶
El redescubrimiento del anfiteatro romano en 1966 —cuando unos trabajadores realizando obras en el barrio histórico se toparon con las primeras piedras del graderío— es una metáfora perfecta de la relación de Durrës con su propio pasado: una ciudad que lleva veintiséis siglos construyendo sobre sí misma, enterrando capas y olvidándolas, y que de vez en cuando las recupera por accidente.
Hoy, Durrës es la segunda ciudad de Albania con unos doscientos mil habitantes, el principal puerto del país, y un destino turístico en crecimiento que todavía no ha terminado de entender cómo rentabilizar el extraordinario patrimonio histórico que tiene bajo los pies —y en algunos casos, literalmente dentro de los bloques de apartamentos construidos encima del anfiteatro—. Es esa tensión entre el peso del pasado y las urgencias del presente lo que hace a Durrës una ciudad diferente a cualquier otra de Albania, y lo que la convierte en una parada imprescindible para quien viaje al país con curiosidad histórica.