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La historia de Gjirokastra: de la ciudad de plata al patrimonio de la humanidad
Más de dos milenios mirando desde su colina el valle del Drinos
Hay ciudades que acumulan historia como la piedra acumula liquen: lentamente, capa sobre capa, sin que ninguna borre del todo a la anterior. Gjirokastra es una de ellas. La "ciudad de plata" —que así la llamaron los griegos y así sigue llamándose en griego hoy— lleva más de dos milenios mirando desde su colina el valle del río Drinos, viendo pasar imperios, ejércitos, ideologías y viajeros. Entender su historia es entender por qué sus tejados de pizarra brillan de un modo que ninguna otra ciudad albanesa puede igualar.
El nombre: una leyenda y una etimología¶
El nombre de Gjirokastra tiene dos explicaciones, y ninguna de las dos excluye del todo a la otra. La explicación etimológica más aceptada remonta el nombre al griego clásico: Argyrokastron, compuesta de argyron (plata) y kastron (fortaleza o castillo). "El castillo de plata". Los tejados de piedra caliza que cubren la ciudad —esa pizarra gris que en los días de lluvia refleja la luz con un brillo metálico— habrían inspirado el nombre a los colonizadores griegos que levantaron aquí uno de sus primeros asentamientos.
La segunda explicación es una leyenda, y como tal la recoge el propio Ismail Kadaré en un poema de los años sesenta. Según la tradición popular, la ciudad tomó el nombre de una princesa llamada Gjiro que, durante el asedio otomano del siglo XV, se lanzó al vacío desde las murallas del castillo con su hijo en brazos antes que rendirse a los invasores. La figura de Gjiro —cuya historicidad los académicos consideran dudosa— se ha convertido en uno de los símbolos de la resistencia albanesa, y su nombre en el de la ciudad. Que sea leyenda no le resta fuerza: los nombres de las ciudades a veces revelan más por lo que sus habitantes quieren creer que por lo que realmente ocurrió.
En turco, durante el período otomano, la ciudad fue conocida como Ergiri. En italiano, como Argirocastro. En cada lengua, una variante del mismo origen plateado.
Orígenes: la Edad del Bronce y los primeros griegos¶
El asentamiento humano en esta colina sobre el Drinos se remonta a la Edad del Bronce. Los arqueólogos han encontrado cerámica de la Edad del Hierro en el área de Gjirokastra cuyo estilo conecta con patrones hallados en toda Albania, lo que indica que la zona estuvo habitada de forma continua antes de que ningún poder mediterráneo la reclamara. Los primeros habitantes históricos documentados son los Caones, una tribu griega antigua del grupo de los epirotas, que controlaban el territorio sur albanés mucho antes de que Roma o Macedonia proyectaran su poder sobre la región.
La ciudad como entidad urbana articulada en torno a una fortaleza se consolidó probablemente hacia el siglo XII, durante el período bizantino. Pero los muros de piedra en la colina son más antiguos: algunas fuentes sitúan las primeras construcciones defensivas en el siglo III, y la posición estratégica del lugar —que controla el único paso viable a través del valle del Drinos hacia el interior de los Balcanes— garantizó que siempre hubiera alguien interesado en mantenerla.
El período bizantino: Argyrokastron, ciudad de comerciantes¶
Bajo el Imperio Bizantino, Gjirokastra se convirtió en un centro comercial de importancia regional. Su posición en la ruta que conectaba el Adriático con el interior balcánico la hacía imprescindible para los intercambios entre la costa y las ciudades del interior. La primera mención escrita de la ciudad data de 1336, en una crónica del emperador bizantino Juan VI Cantacuceno, que la nombra con su forma griega como parte del Despotado de Epiro —el estado sucesor del Imperio Bizantino en la región tras la disolución parcial del mismo durante la Cuarta Cruzada.
Es durante este período cuando el clan albanés de los Zenebishi emerge como fuerza política local. Gjon Zenebishi convirtió Gjirokastra en su capital en 1417, justo en el momento en que los otomanos presionaban desde el norte y el este. La ciudad cambiaba de manos con frecuencia en esas décadas: el Despotado de Epiro, los propios albaneses, los poderes regionales vecinos se disputaban el control de este nudo viario estratégico.
1417: la conquista otomana y cinco siglos de transformación¶
En 1417, el mismo año en que Berat cayó bajo el Imperio Otomano, Gjirokastra fue incorporada al sultanato y rebautizada como Ergiri. La conquista no fue un acontecimiento puntual sino el inicio de un proceso de transformación que duraría siglos y que modelaría de forma decisiva la ciudad que conocemos hoy.
En los primeros decenios del dominio otomano, la ciudad mantuvo una composición religiosa mixta. Las comunidades cristianas —ortodoxas y en menor medida católicas— siguieron viviendo en sus barrios, y sus iglesias permanecieron en uso. Pero entre el siglo XVI y principios del XIX se produjo una conversión masiva al islam que transformó Gjirokastra de ciudad predominantemente cristiana en ciudad de mayoría musulmana. Este proceso no fue exclusivo de Gjirokastra: ocurrió en toda Albania con una intensidad y una velocidad que no tiene paralelo en otros territorios del Imperio Otomano europeo, y cuyas causas —ventajas fiscales, presión social, convicción sincera, oportunismo— los historiadores siguen debatiendo.
El viajero turco Evliya Çelebi, que visitó la ciudad en 1670, la encontró ya convertida en una población próspera. Según su relato, Gjirokastra tenía entonces unas dos mil casas, ocho mezquitas, tres iglesias, doscientas ochenta tiendas, cinco fuentes y cinco posadas. Una ciudad viva, comercial, con una infraestructura que habla de décadas de crecimiento estable bajo el paraguas otomano.
Ali Pashá de Ioánina: el señor que transformó la ciudad¶
El momento de mayor esplendor de Gjirokastra dentro del período otomano llega en el siglo XIX, con la figura de Ali Pashá de Ioánina —también conocido como Ali Pashá Tepelena por su lugar de nacimiento—, uno de los personajes más fascinantes y contradictorios de la historia balcánica. En 1811, Gjirokastra fue incorporada al Pashalik de Ioánina, el vasto feudo semiautónomo que Ali Pashá gobernaba con una mezcla de brutalidad calculada y mecenazgo cultural que dejaba perplejos a todos los que lo conocían.
Ali Pashá era albanés de origen, aunque gobernaba en nombre del sultán otomano mientras tejía una autonomía política que llegó a preocupar seriamente a Constantinopla. Su capital era Ioánina, en la actual Grecia del norte, pero Gjirokastra era una de sus ciudades clave. Bajo su mandato, la fortaleza de Gjirokastra fue ampliada y reforzada con nuevas torres y murallas. Se construyó un acueducto de diez kilómetros para llevar agua desde las montañas hasta el castillo —una obra de ingeniería civil imponente para la época, de la que todavía pueden verse algunos vestigios bajo las murallas de la ciudad. La torre del reloj que hoy domina el recinto del castillo es también obra de su período.
Ali Pashá murió en 1822, asesinado por orden del sultán cuando su poder se había vuelto demasiado amenazante para Constantinopla. Con él murió también el período de mayor autonomía que Gjirokastra había conocido bajo el otomanismo. Pero las obras que dejó permanecen, y su figura sigue siendo parte esencial del imaginario histórico de la ciudad.
El siglo XIX: entre otomanos, griegos y el despertar albanés¶
Tras la muerte de Ali Pashá, Gjirokastra volvió al control directo del Imperio Otomano como capital del Sanjak de Ergiri. Pero el siglo XIX fue también el siglo del despertar nacional albanés —el Rilindja Kombëtare—, y Gjirokastra fue uno de sus centros más activos. En 1880, comités del sur de Albania celebraron en la ciudad un congreso de la Liga de Prizren donde se decidió que si las potencias europeas cedían territorios de mayoría albanesa a los países vecinos, los albaneses se levantarían en armas. La ciudad tenía conciencia de su posición fronteriza y de los riesgos que eso implicaba.
Esa conciencia tenía fundamento. Gjirokastra está a solo treinta kilómetros de la frontera griega, y la importante minoría griega de la ciudad —que sigue siendo relevante hoy— hacía de ella un lugar de tensión entre identidades. En la Primera Guerra Mundial, la ciudad fue brevemente incorporada al efímero Estado del Epiro del Norte, una entidad política promovida por la comunidad griega local que reclamaba la región para Grecia. En 1921, tras años de disputas diplomáticas y militares, Gjirokastra quedó definitivamente dentro del nuevo Estado albanés independiente.
La Segunda Guerra Mundial: ocupada por todos los bandos¶
Durante la Segunda Guerra Mundial, la posición estratégica de Gjirokastra —en la ruta entre la costa adriática y el interior balcánico, cerca de la frontera griega— la convirtió en objetivo de múltiples potencias. La ciudad fue ocupada sucesivamente por italianos, griegos del ejército del Epiro, fuerzas reaccionarias albanesas y finalmente por los nazis alemanes, que la bombardearon antes de ser expulsados por los partisanos comunistas en 1944.
Esa experiencia de ocupaciones sucesivas, banderas que cambian en el ayuntamiento, represalias y contrarepresalias, es la que Ismail Kadaré recogió en su novela más autobiográfica, Crónica de la ciudad de piedra, escrita desde la perspectiva de un niño que ve la guerra desde las callejuelas de piedra donde nació. La novela no nombra la ciudad, pero todos los que la conocen la reconocen en cada página.
El comunismo: ciudad-museo y ciudad-prisión¶
En 1944, los partisanos comunistas de Enver Hoxha tomaron el control de Albania. Y aquí entra la gran paradoja histórica de Gjirokastra: la ciudad natal del dictador se convirtió en una de las mejor conservadas de Albania precisamente por esa razón. Hoxha declaró Gjirokastra ciudad-museo, protegió su casco histórico de los programas de modernización que destruyeron el patrimonio de otras ciudades albanesas, y la convirtió en escaparate de la cultura albana frente al mundo exterior.
La casa donde nació Hoxha, construida en el barrio histórico, fue habilitada como Museo Etnográfico. La ironía de que el responsable de la mayor destrucción de patrimonio religioso de Albania —la campaña de 1967 que cerró todas las iglesias y mezquitas del país en el marco de la declaración del estado ateo— fuera también el protector de la ciudad-museo de Gjirokastra es una de esas contradicciones con las que la historia balcánica parece especializada en desconcertar.
El castillo fue reconvertido en parte en prisión política, donde los adversarios del régimen purgaron años de cautiverio entre las mismas piedras que habían construido los bizantinos. Una placa en el interior recuerda hoy los asesinatos de presos políticos que tuvieron lugar entre 1944 y 1970.
El derrumbe del comunismo y la convulsión de 1997¶
La transición postcomunista fue para Gjirokastra particularmente turbulenta. Cuando en 1997 el colapso de los esquemas piramidales financieros sumió a Albania en el caos, Gjirokastra fue uno de los focos de la rebelión contra el gobierno. En ese contexto de violencia y ajuste de cuentas con el pasado, el 16 de diciembre de 1997 la casa natal de Enver Hoxha fue volada con explosivos por un grupo de atacantes no identificados. El edificio que quedó en pie fue reconstruido y sigue funcionando como museo etnográfico, aunque el episodio dice mucho sobre la relación de los habitantes de Gjirokastra con la memoria del dictador que los había protegido y oprimido al mismo tiempo.
El reconocimiento UNESCO y la Gjirokastra de hoy¶
En 2005, el casco histórico de Gjirokastra fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como "raro ejemplo de pueblo otomano bien conservado y construido por terratenientes". Tres años después, en 2008, Berat se unió a la misma declaración. Gjirokastra fue la primera, un matiz que sus habitantes no olvidan.
La ciudad de hoy tiene unos 25.000 habitantes —una cifra que ha descendido en las últimas décadas por la emigración, especialmente de la minoría griega hacia Grecia—, una universidad, y una economía que depende cada vez más del turismo. Cada cinco años, el castillo acoge el Festival Nacional de Música Folklórica, uno de los eventos culturales más importantes de Albania, donde grupos de todo el país y de las comunidades albanesas del exterior se reúnen entre las mismas murallas donde Ali Pashá recibía a los embajadores europeos que venían a negociar con él.
Dos milenios y medio de historia comprimidos en una colina de piedra caliza sobre el río Drinos. Eso es Gjirokastra.