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Edificio moderno de formas curvas entre los edificios del centro de Tirana.

Destinos · Albania · Tirana

La historia de Tirana: de aldea otomana a capital en transformación

Un siglo de cambios de régimen, alianzas y estética comprimidos en una sola ciudad

Lectura de 10 minutos

Tirana no nació como capital. No tiene los siglos de historia que acumulan Berat o Gjirokastra, no guarda castillos medievales ni barrios otomanos intactos. Es una ciudad relativamente joven, fundada apenas en 1614, que llegó a ser capital de Albania por una decisión política tomada en 1920 y que desde entonces no ha dejado de reinventarse a una velocidad que deja sin aliento. Entender la historia de Tirana es entender Albania entera en versión comprimida: un país que ha cambiado de régimen, de alianzas, de estética y de identidad varias veces en el último siglo, y que lleva todas esas mudas encima como capas geológicas visibles en cada esquina de su capital.

Los orígenes del nombre y los primeros asentamientos

El nombre de Tirana aparece por primera vez en documentos venecianos de 1418, donde un sacerdote albanés se refiere a un lugar llamado "Plenum Tyrenae". El origen exacto del topónimo es objeto de debate. Una teoría lo vincula a la palabra griega y latina Theranda, que designaba el área en albanés como te ranat —"lo que ha caído"—, en referencia a los sedimentos arrastrados desde el monte Dajti. Otra teoría apunta al término Tirkan, que el historiador bizantino Procopio usó en el siglo VI para referirse a un castillo construido en la ladera del Dajti. Una tercera hipótesis, más pintoresca, deriva el nombre del griego tyros (lácteos), sugiriendo que el lugar fue originalmente un mercado donde los pastores de la zona intercambiaban queso y leche.

Lo que sí está documentado es que el área estuvo habitada mucho antes de que Tirana tuviera nombre. Los catastros otomanos de 1431-1432 registran ya sesenta zonas habitadas en el entorno, con casi mil casas y más de siete mil habitantes. Un siglo y medio después, el catastro de 1583 eleva esa cifra a más de veinte mil personas repartidas en ciento diez zonas. Y más atrás aún, en el siglo VI, el emperador Justiniano I mandó construir aquí un castillo —posiblemente el llamado Tirkan— cuyas ruinas formarían más tarde la base del Castillo de Tirana.

1614: la fundación otomana

La fecha oficial de fundación de Tirana como ciudad es 1614, cuando el gobernante otomano Sulejman Pasha Bargjini —señor feudal local, rico y con influencia en la región— levantó en este cruce de caminos los edificios que convertirían un asentamiento disperso en un núcleo urbano organizado. Construyó una mezquita, un hammam, una panadería y varias posadas destinadas a atraer comerciantes y viajeros. Estos cuatro edificios, nucleados en torno al punto donde se cruzaban las principales rutas de caravanas entre la costa adriática y el interior balcánico, fueron el embrión de la ciudad.

La mezquita original de Sulejman Pasha fue durante dos siglos el centro religioso y simbólico de Tirana. La Segunda Guerra Mundial la destruyó en los bombardeos, y hoy no queda nada de ella. Pero su legado más duradero no es arquitectónico sino genealógico: el bisnieto de Sulejman Pasha fue Haxhi Et'hem Bey, quien construyó la mezquita que hoy lleva su nombre y que es el edificio histórico más querido de la capital.

A lo largo del siglo XVII y XVIII, Tirana creció siguiendo la lógica de los núcleos comerciales otomanos: mezquitas, bazares, baños y posadas como infraestructura, y el flujo constante de comerciantes, pastores y artesanos como motor económico. Era una ciudad pequeña pero activa, conectada con el interior de Albania y con la costa a través de rutas que cruzaban por su corazón.

El siglo XIX: entre los Toptani y el despertar nacional

En 1798, el castillo de Tirana pasó a manos de la familia Toptani de Kruja, dinastía de terratenientes que lo renovaron y ampliaron sobre las ruinas del castillo de Justiniano. Los Toptani gobernaron Tirana durante décadas, convertidos en una de las familias más influyentes del centro albanés. Su dominio fue contemporáneo del de Ali Pashá de Ioánina en el sur, aunque con menor alcance territorial y menor resonancia internacional.

Durante el siglo XIX, Tirana vivió el mismo proceso de transformación religiosa que afectó a todo Albania: la población fue gradualmente islamizándose, pasando de una composición mayoritariamente cristiana a una de predominio musulmán. Paralelamente, el despertar nacional albanés —el Rilindja Kombëtare— también tuvo en Tirana uno de sus escenarios, aunque no tan central como Gjirokastra o las ciudades del sur.

En 1807 la ciudad fue designada capital de una subprefectura del Imperio Otomano, lo que marcó el inicio de su creciente peso administrativo en la región. Pero seguía siendo una ciudad pequeña, de menos de diez mil habitantes, muy lejos de la relevancia de las grandes ciudades albanesas de la época.

1920: la elección de la capital

El momento decisivo en la historia de Tirana llegó en febrero de 1920, cuando el Congreso de Lushnjë —reunión de los líderes políticos albaneses para organizar el nuevo Estado independiente— eligió Tirana como capital del país. La elección no fue obvia: Shkodra en el norte y Vlorë en el sur tenían más historia y más peso simbólico. Pero Tirana tenía una ventaja que pesó en la decisión: su posición geográfica central, alejada de las fronteras disputadas con Serbia, Montenegro y Grecia, la hacía más defendible y menos vulnerable a las presiones externas.

Una ciudad de menos de diez mil habitantes se convirtió de la noche a la mañana en la capital de un Estado. Las consecuencias urbanísticas fueron inmediatas y radicales. El rey Zog I —que gobernó Albania primero como presidente desde 1925 y luego como rey desde 1928— impulsó la primera gran transformación de Tirana como capital: se trazaron avenidas, se construyeron edificios gubernamentales, se diseñó una ciudad que tuviera el aspecto de una capital europea.

Para esta transformación, Zog contrató al urbanista italiano Gherardo Bosio, que diseñó el boulevar principal —el actual Bulevardi Dëshmorët e Kombit— y el conjunto de edificios gubernamentales que rodean la Plaza Skanderbeg. El sello del diseño italiano fascista, presente en Albania por la influencia de Mussolini sobre Zog, quedó impreso en la morfología del centro de Tirana con una claridad que todavía es reconocible hoy.

La ocupación italiana y la Segunda Guerra Mundial

En abril de 1939, Mussolini invadió Albania. El rey Zog huyó al exilio y Albania fue absorbida en el Imperio italiano, con el rey Víctor Manuel III asumiendo la corona albanesa. Tirana se convirtió en capital de un protectorado, y los italianos continuaron y ampliaron los proyectos urbanísticos iniciados durante la época de Zog, con la paradoja de que parte de la herencia arquitectónica italiana de Tirana es producto de la ocupación.

La capitulación italiana en septiembre de 1943 fue seguida de la ocupación alemana. Los nazis bombardearon partes de la ciudad, destruyendo entre otros edificios la mezquita original de Sulejman Pasha. El 17 de noviembre de 1944, las fuerzas partisanas de Enver Hoxha liberaron Tirana, cerrando el capítulo de las ocupaciones extranjeras y abriendo uno nuevo, no menos oscuro en sus propios términos.

El comunismo: la ciudad gris y sus búnkeres

Bajo el régimen comunista de Hoxha —que gobernó Albania desde 1944 hasta su muerte en 1985—, Tirana experimentó una transformación radical y en buena medida destructiva. La ciudad creció rápidamente como capital de un Estado industrialista: se construyeron grandes bloques de viviendas en estilo soviético, fábricas, instalaciones militares. La población, que en 1930 era de apenas treinta mil personas, alcanzó los ciento setenta mil en 1970.

Pero ese crecimiento vino acompañado de una destrucción deliberada del patrimonio. En 1967, cuando Hoxha declaró Albania el primer estado oficialmente ateo del mundo, la campaña de clausura y demolición de edificios religiosos alcanzó Tirana: de las veintiocho mezquitas que existían en la ciudad en ese momento, la inmensa mayoría fueron destruidas o convertidas en almacenes. La catedral ortodoxa de la Plaza Skanderbeg fue demolida para construir en su lugar un hotel. El antiguo mercado fue derribado para construir el Palacio de la Cultura. La ciudad fue vaciada de su memoria arquitectónica con una eficiencia que resulta estremecedora.

En su lugar se construyó el aparato físico del régimen: el Museo Histórico Nacional con su gigantesco mural socialista, el Palacio de la Cultura —cuya primera piedra fue colocada simbólicamente por Nikita Jrushchov—, los edificios ministeriales, la sede de la Sigurimi. Y bajo tierra, los búnkeres: el complejo del Bunkart 1 excavado en las faldas del Dajti para albergar a Hoxha y su gobierno en caso de ataque nuclear; el Bunkart 2 bajo el centro de la ciudad para proteger a los altos cargos del Ministerio del Interior. Sobre la superficie, Tirana se convirtió en una ciudad gris y austera que predicaba el igualitarismo mientras sus dirigentes vivían en villas confortables en el barrio del Blloku, vedado al resto de la población.

1990-1991: el derrumbe y el caos

La caída del comunismo en Albania fue uno de los colapsos más dramáticos de Europa del Este. En 1990, miles de albaneses asaltaron las embajadas extranjeras en Tirana buscando asilo. En 1991, multitudes derribaron la estatua de Hoxha en la Plaza Skanderbeg —el mismo gesto que se repetiría en otras capitales del bloque soviético, pero en Tirana con una urgencia y una rabia acumulada de décadas que no tenía equivalente—. El régimen cayó, las fronteras se abrieron, y cientos de miles de albaneses emigraron a Italia y Grecia en los años siguientes.

La transición fue caótica. Tirana se llenó de construcciones ilegales levantadas por quienes llegaban del campo a la ciudad sin regulación alguna. En 1997, el colapso de los esquemas piramidales financieros que habían absorbido los ahorros de gran parte de la población sumió a Albania en una crisis que rozó la guerra civil. Tirana fue epicentro de las protestas, los saqueos y la violencia que siguieron al derrumbe económico. La ciudad llevaba encima las cicatrices del comunismo y añadía ahora las del capitalismo salvaje de los primeros años.

Edi Rama y la reinvención del siglo XXI

A partir de 2000, Tirana comenzó una transformación que la convertiría en una de las ciudades europeas más sorprendentes del nuevo siglo. El artista y político Edi Rama, elegido alcalde ese año, lanzó una iniciativa tan simple como disruptiva: pintar los edificios grises del comunismo con colores brillantes. Naranjas, amarillos, azules, verdes: la ciudad que había sido la más gris de Europa se tiñó de colores en una operación que tenía tanto de acto político como de instalación artística.

La transformación no fue solo estética. Rama impulsó la peatonalización del centro, la recuperación de espacios públicos, la regularización del caos urbanístico heredado, y un proceso de conversión de los símbolos del comunismo en espacios culturales que ha continuado hasta hoy. La Pirámide —construida en 1988 como museo de Hoxha— fue reconvertida en 2023 en un centro cultural y tecnológico por el estudio holandés MVRDV, con escaleras en las fachadas inclinadas que invitan literalmente a escalar el monumento al dictador. Los búnkeres subterráneos se convirtieron en los museos Bunkart 1 y 2, que hoy son algunos de los más visitados del país.

Rama pasó de alcalde a primer ministro en 2013 —cargo que sigue desempeñando— y bajo su gobierno Albania ha iniciado el proceso de adhesión a la Unión Europea. Tirana es hoy una ciudad de unos ochocientos mil habitantes —casi un tercio de la población de Albania entera—, con una economía en crecimiento, una vida cultural activa, y una energía juvenil que contrasta con el peso del pasado que todavía asoma en cada esquina. No es una ciudad resuelta ni perfecta. Es una ciudad en obra permanente, que corre hacia su futuro sin haber terminado de digerir su historia. Y esa tensión, más que ningún monumento concreto, es lo que la hace fascinante.