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Colonia y Bonn en dos días: la catedral y la capital olvidada
Treinta kilómetros separan la catedral más visitada de Alemania de la ciudad que fue capital durante cuarenta años y dejó de serlo. Se pueden ver en dos días, y desde julio de 2026 una de las dos cosas ha dejado de ser gratis.
Colonia y Bonn están tan cerca que no tiene sentido separarlas en un viaje. Media hora de autovía entre una y otra, dos caracteres completamente distintos y, entre las dos, una jornada larga o dos cómodas.
Colonia es la cuarta ciudad de Alemania y tiene una particularidad visual imposible de ignorar: su catedral domina literalmente el perfil urbano. Bonn es lo contrario, una ciudad universitaria de escala humana que durante cuarenta años fue la capital de Alemania Occidental y que hoy vive una especie de post-capitalidad tranquila.
Yo las visité al final de un viaje por carretera y las dos me sorprendieron, cada una a su manera. Esta guía cuenta cómo repartirlas, con una actualización importante que cambia por completo la visita a la catedral.
La gran novedad: la catedral de Colonia ya no es gratis¶
Empiezo por aquí porque es el dato que más gente va a necesitar. Durante siglos, entrar en la catedral de Colonia fue gratuito para todo el mundo, turista o creyente. Desde el 1 de julio de 2026 la visita turística requiere entrada de pago, con un precio de 12 euros.
La razón es económica y está publicada: el mantenimiento del edificio cuesta unos dieciséis millones de euros al año, alrededor de cuarenta y cuatro mil euros diarios, y con seis millones de visitantes anuales el cabildo decidió que esas cifras ya no podían sostenerse con las fuentes de financiación anteriores.
Hay exenciones importantes que conviene conocer. Siguen entrando gratis quienes acuden a los oficios, quienes van a rezar, quienes quieren encender una vela, los niños hasta trece años inclusive, las personas con discapacidad severa junto a su acompañante y los miembros de la asociación que financia la obra. Además, el crucero norte, con acceso por el lado que da a la estación, permanece abierto de forma gratuita entre las seis de la mañana y las ocho de la tarde para quien vaya con intención religiosa o simplemente a estar en silencio. Y hay jornadas de apertura libre en fechas señaladas, como la peregrinación de los Reyes Magos.
Las entradas se reservan por internet desde mediados de junio de 2026 y también hay una taquilla central en la plaza de Roncalli. Si viajas con una guía anterior, este es el punto que hay que corregir sí o sí.
Colonia: la catedral¶
Aunque ahora se pague, sigue mereciendo la pena. Con 157 metros, es la catedral con las dos torres más altas del mundo, y desde casi cualquier punto del centro las agujas góticas gemelas aparecen en el horizonte, negras por la contaminación de siglos. No hay forma de capturarla entera en una foto sin un gran angular extremo.
Su historia constructiva merece conocerse antes de entrar. Se empezó en 1248 en estilo gótico francés, para albergar las reliquias de los Reyes Magos que el emperador Federico Barbarroja había traído desde Milán en 1164. Se trabajó intensamente durante dos siglos y en 1473 las obras se pararon por razones económicas. La catedral quedó casi cuatrocientos años inacabada, con la fachada oeste a medio construir y con una grúa medieval encima del muro sur convertida en símbolo involuntario de la ciudad. En el siglo XIX, con el auge del romanticismo alemán y la recuperación del gótico, se retomó: entre 1842 y 1880 se completó siguiendo fielmente los planos medievales originales, que milagrosamente se habían conservado. Durante unos años fue el edificio más alto del mundo.
Y sobrevivió a la guerra. Los bombardeos aliados destruyeron el noventa y cinco por ciento del centro histórico de Colonia, pero la catedral quedó en pie con daños relativamente menores, en buena parte porque su masa era tan reconocible que los pilotos la usaban como referencia visual para orientarse. Las fotografías de la época, con la catedral intacta rodeada de ruinas humeantes, son escalofriantes.
Dentro, la nave central alcanza los cuarenta y tres metros, de las más altas del gótico europeo. Las vidrieras mezclan épocas: algunas medievales originales del siglo XIV, muchas del XIX y una contemporánea que se ha convertido en la más comentada, la ventana que Gerhard Richter diseñó e instaló en 2007, con un patrón abstracto de píxeles multicolor que genera un efecto espectacular cuando le da el sol. Fue polémica en su día y hoy es una de las cosas que más gente busca.
El gran tesoro está detrás del altar mayor: el Relicario de los Reyes Magos, una urna descomunal de oro, plata, esmaltes y piedras preciosas de los siglos XII y XIII, considerada la pieza más importante de la orfebrería medieval europea. Merece rodearla por los tres lados accesibles y detenerse en los relieves.
Subir a la torre: 533 escalones¶
La subida a la torre sur son 533 escalones y no hay ascensor. Primero una escalera de caracol estrechísima hasta unos setenta y cinco metros, después una escalera metálica hasta la plataforma, a unos cien metros de altura. Los pulmones sufren, las piernas sufren y el orgullo también. Hay una parada intermedia en la sala del campanario, donde está la San Pedro, fundida en 1923 y conocida como la campana oscilante más grande del mundo.
Arriba la recompensa lo vale. El Rin cruza la ciudad con su curva amplia, con el puente Hohenzollern en primer plano; al oeste, el casco antiguo reconstruido; al otro lado del río, el distrito de Deutz con los edificios más modernos; y al fondo, en día claro, las colinas del Bergisches Land.
La torre abre de nueve a seis entre marzo y octubre y de nueve a cuatro de noviembre a febrero, con última entrada media hora antes del cierre, y cierra en determinadas fechas de carnaval y Navidad. La entrada de la torre y la del tesoro catedralicio se venden por separado o en combinado; con el nuevo sistema de tarifas conviene comprobar precios actualizados antes de ir.
El resto de Colonia¶
El casco histórico es más pequeño de lo que uno imagina y en su mayoría es reconstrucción de posguerra, algunas partes muy logradas y otras menos. Pero hay una peculiaridad que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad alemana: doce iglesias románicas repartidas por el centro, de los siglos IX al XIII, muy dañadas en la guerra y reconstruidas con fidelidad. Groß St. Martin, junto al Rin y con su torre central inconfundible, es la más accesible y la más fotogénica: arcos de medio punto, columnas gruesas y un aire austero que funciona como contracorriente estética después del gótico de la catedral.
El puente Hohenzollern, el gran puente ferroviario del centro, tiene sus rejillas cubiertas por miles de candados de amor y es probablemente el ejemplo más denso de Europa. La acera peatonal permite cruzarlo entero, y desde el otro lado se obtiene el plano más clásico de la ciudad, con el Dom dominando el horizonte y el río en primer plano.
Y luego está el Kölsch, que es casi una institución civil. Es una cerveza ligera y dorada de alta fermentación que se sirve en vasos estrechos de doscientos mililitros, y el ritual en las cervecerías tradicionales tiene reglas: el camarero va reponiendo los vasos sin que se lo pidas y marcando rayas en el posavasos, hasta que colocas el posavasos encima del vaso para indicar que has terminado. Colonia tiene una densidad brutal de estas cervecerías y entrar en una es la mejor forma de cerrar el día.
Bonn: la ciudad con complejo de capital¶
Media hora al sur, Bonn tiene una historia política fascinante. Hasta 1949 era una ciudad universitaria de tamaño medio conocida sobre todo por ser el lugar de nacimiento de Beethoven. Ese año, tras la división de Alemania, fue elegida capital provisional de la República Federal precisamente porque se consideraba modesta y sin ambiciones imperiales: Berlín estaba dividida, Múnich cargaba con sus asociaciones y el resto de ciudades grandes estaban demasiado dañadas.
Durante cuarenta años, de 1949 a 1990, fue la capital de Alemania Occidental. Se llenó de embajadas, ministerios y residencias diplomáticas. Cuando cayó el Muro llegó el debate, y tras una votación ajustada en el Bundestag en 1991 se decidió trasladar la capitalidad a Berlín, algo que se hizo efectivo en 1999. Desde entonces Bonn conserva funciones —varias sedes de la ONU, la emisora internacional, oficinas secundarias de algunos ministerios— pero ya no es políticamente central.
Yo esperaba una ciudad grisácea y algo deprimida por la pérdida, y encontré lo contrario: tranquila, muy bien cuidada, con una densidad cultural alta y una escala perfectamente humana.
El Markt es la plaza central, presidida por el antiguo ayuntamiento, una joya rococó del siglo XVIII pintada de rosa y oro con una escalinata donde durante décadas se saludó a De Gaulle, Kennedy, Gorbachov o Reagan. La catedral, el Bonner Münster, es un edificio románico-gótico de los siglos XI al XIII con cinco torres de distintas alturas y un interior de románico puro, compacto y austero, muy distinto del gótico francés.
Y la parada principal es la Beethoven-Haus, la casa donde nació el compositor el 17 de diciembre de 1770, conservada como casa museo desde finales del XIX. La visita es cronológica, desde la habitación donde nació hasta los últimos años en Viena, y la colección incluye manuscritos originales, instrumentos, retratos y objetos personales. Ver la letra enérgica de Beethoven con las correcciones hechas a mano y las anotaciones al margen tiene algo de escalofriante. La audioguía incluye fragmentos musicales de las obras correspondientes a cada etapa, lo que convierte la visita en algo bastante más completo que una casa museo al uso. Hora y pico bien invertida.
Completa la jornada el paseo por la orilla del Rin, con los barcos de carga pasando lentamente y, al otro lado, las primeras estribaciones de las Siete Montañas, con el Drachenfels donde según la leyenda Sigfrido mató al dragón de los Nibelungos. Y el Hofgarten, el gran parque junto a la universidad, que ocupa el antiguo palacio de los príncipes electores de Colonia, un enorme edificio barroco que se salvó milagrosamente de los bombardeos. Ese parque vio concentraciones de cientos de miles de personas en los años de la capitalidad; hoy hay estudiantes tumbados en el césped y niños jugando al fútbol. Una reconversión suave.
Cómo repartir los dos días¶
Día 1 en Colonia: catedral a primera hora, cuando hay menos gente y mejor luz interior; torre a media mañana; comida ligera; iglesias románicas y casco antiguo por la tarde; puente Hohenzollern y orilla del Rin al atardecer; cervecería tradicional para cenar.
Día 2 en Bonn: llegada a media mañana, paseo por el Markt y la catedral, casa de Beethoven antes de comer, orilla del Rin y Hofgarten por la tarde.
Si solo tienes una jornada, quédate en Colonia. Si tienes tres, añade una excursión por el valle del Rin hacia el sur, que empieza justo aquí, o acércate a Düsseldorf, media hora al norte, para comparar dos ciudades vecinas que se detestan cordialmente y que ni siquiera beben la misma cerveza.
Consejos prácticos¶
Las dos ciudades están conectadas por tren regional con mucha frecuencia y en menos de media hora, así que no hace falta coche. El aeropuerto de Colonia-Bonn sirve a ambas.
En Colonia, ten en cuenta el carnaval: en los días grandes, entre finales de febrero y principios de marzo según el año, la ciudad se transforma por completo, los museos y la torre de la catedral cierran y encontrar alojamiento es una odisea. Puede ser el mejor viaje de tu vida o el peor, según lo que busques, pero conviene saberlo antes de reservar.
Y una nota sobre expectativas: el atractivo de Colonia es esencialmente uno, aunque sea colosal. Si vienes buscando un centro histórico como el de Núremberg o Ratisbona, no lo vas a encontrar, porque no queda. Lo que hay es una catedral descomunal, doce iglesias románicas y una cultura cervecera con reglas propias. Con eso basta para dos días muy buenos.
Los precios, horarios y condiciones de acceso de este artículo están comprobados en 2026, pero el nuevo sistema de entradas de la catedral es muy reciente y puede ajustarse. Confirma en la web oficial antes de ir.