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Persona junto a una barandilla con una cruz decorativa y vistas a un paisaje montañoso cubierto de niebla.

Destinos · Alemania · Sur de Alemania

Oberammergau y el monasterio de Ettal: fachadas pintadas y barroco bávaro

Un pueblo donde casi todas las casas tienen la fachada pintada al fresco y que representa la Pasión cada diez años desde 1634 por un voto hecho durante la peste. Y a diez minutos, un monasterio fundado por un caballo que se arrodilló tres veces.

Lectura de 6 minutos

Entre los castillos de Luis II y el Zugspitze hay una parada que la mayoría de los itinerarios trata como transición y que en realidad da para media jornada excelente. Oberammergau y el monasterio de Ettal están a diez minutos en coche el uno del otro, en pleno valle del Ammer, y forman una combinación de arte popular y barroco extremo bastante difícil de encontrar junta.

Yo llegué a Oberammergau de noche, sin tiempo para ver gran cosa, y ya se notaba algo peculiar bajo las farolas. A la mañana siguiente, con luz, entendí qué era.

Oberammergau: el pueblo de las fachadas pintadas

Casi todas las casas del centro tienen la fachada cubierta de murales. La técnica se llama Lüftlmalerei, data del siglo XVIII y consiste en pintar al fresco sobre el revoco de la fachada, aprovechando toda la superficie disponible.

Lo que se ve son escenas religiosas de gran formato, motivos florales que enmarcan ventanas y puertas, alegorías de los oficios artesanales del pueblo y, sobre todo, trampantojos arquitectónicos: columnas pintadas que no existen, ventanas duplicadas, cornisas y frontones que parecen de piedra hasta que te acercas y compruebas que están a ras de pared. Hay incluso fachadas de tres plantas con escenas de cuentos, Caperucita Roja entre ellas.

Se recorre andando y despacio, con el cuello ladeado hacia arriba. La mejor luz es la de primera hora de la mañana, cuando la bruma que baja de las montañas difumina las sombras y los colores se ven planos y limpios. Con sol de mediodía se pierde buena parte del detalle.

La Pasión de 1634 y el voto que sigue vigente

Oberammergau es también el pueblo donde se representa la Pasión de Cristo cada diez años, sin interrupción desde 1634. El origen es concreto: aquel año la peste estaba matando a un habitante por día, y el pueblo hizo un voto colectivo. Si la enfermedad se detenía, representarían la Pasión cada década sin falta.

La peste se detuvo. Llevan casi cuatro siglos cumpliendo el compromiso.

La representación es un fenómeno difícil de exagerar: participan más de dos mil vecinos, actores y músicos incluidos, con el requisito de haber nacido en el pueblo o llevar viviendo allí un número determinado de años. Los hombres se dejan crecer el pelo y la barba con más de un año de antelación. La función dura una jornada entera y las entradas se agotan con muchísimo tiempo.

La edición que correspondía a 2020 se aplazó por la pandemia y acabó celebrándose en 2022, así que la siguiente cae en 2030. Fuera de esos años, se puede visitar el teatro de la Pasión, que es un edificio enorme para un pueblo de este tamaño, y el museo local, que explica la tradición y la historia del voto.

Oberammergau tiene además una tradición secular de talla en madera, con talleres que siguen abiertos y tiendas donde se ven piezas de mucha calidad junto a otras claramente turísticas.

El monasterio de Ettal

A diez minutos en coche está Ettal, y el contraste es total. Lo fundó en 1330 el emperador Luis IV del Sacro Imperio durante su regreso de Roma. La historia oficial dice que se detuvo en este punto porque su caballo se arrodilló tres veces y él lo interpretó como señal divina. Sea cierta o no la anécdota, el emplazamiento entre montañas es tan improbable que cualquier explicación sirve.

La iglesia es una de las cumbres del barroco bávaro. Desde fuera la fachada ya impone, pero es al entrar cuando se entiende de qué va este estilo en su versión más extrema: el interior cubre cada centímetro disponible de dorados, frescos, estucos y relieves, y la cúpula está pintada con escenas celestiales con esa vocación de parecer que el techo se abre hacia arriba. Es el tipo de espacio que obliga a girar despacio sobre uno mismo para no perderse nada.

La entrada a la iglesia es libre y la visita puede resolverse en veinte o treinta minutos, aunque merece más.

Los monjes benedictinos siguen viviendo allí y mantienen actividades propias que se pueden visitar o comprar: una destilería que produce un licor de hierbas con bastante fama en la región, una cervecería y una quesería. La tienda del monasterio vende todo eso. Yo iba conduciendo y no pude probar nada; mi hermano no salió con las manos vacías.

Cómo llegar y con qué combinarlo

Oberammergau está a unos setenta kilómetros al sur de Múnich, a hora y cuarto en coche, y hay también tren desde la capital con transbordo, con autobuses locales que conectan con Ettal y con Linderhof. Desde la zona de los castillos de Luis II en Füssen son unos sesenta kilómetros por carreteras comarcales preciosas, especialmente al atardecer, con luz dorada entre bosques de abetos y campanarios puntiagudos apareciendo en las curvas.

La combinación que mejor funciona es la que hicimos nosotros: Oberammergau a primera hora con la luz de la mañana, Ettal a media mañana y el palacio de Linderhof desde el mediodía, que queda a un cuarto de hora por una carretera de montaña entre abetos y prados. Los tres están en el mismo eje y forman una jornada redonda.

Si el día da para más, desde Ettal se sigue hacia Garmisch-Partenkirchen y el Zugspitze, que quedan a media hora larga.

Dormir aquí

Oberammergau funciona muy bien como base para toda esta zona: está a un paso de Linderhof, a media hora de Garmisch y a una hora de los castillos. Es un pueblo pequeño con oferta de alojamiento familiar, casas de huéspedes y pensiones donde el desayuno suele ser un acontecimiento.

Nosotros nos alojamos en casa de una señora mayor que nos recibió con la puerta abierta y la habitación lista, y que a la mañana siguiente nos tenía preparada una mesa con pan recién horneado, embutidos, quesos locales, mermeladas caseras, huevos, fruta y café. Es el tipo de hospitalidad que convierte un desayuno en un plan y que en un hotel de cadena no se encuentra.

En los años de la Pasión, evidentemente, el alojamiento de la zona se satura y se dispara de precio con muchísima antelación. Para 2030 hay quien reserva con años de margen.

Merece la pena

Ninguno de los dos sitios es un imprescindible en el sentido convencional. No hay aquí ningún monumento que salga en las listas de las diez cosas que ver en Alemania.

Lo que hay es una manera muy concreta de entender Baviera: un pueblo que pinta sus casas por fuera porque puede y porque le gusta, que cumple desde hace cuatro siglos una promesa colectiva hecha en mitad de una epidemia, y un monasterio donde unos monjes llevan setecientos años destilando licor bajo una cúpula pintada con ángeles. Después de tanto castillo de cuento, esta parada aterriza el viaje y le da contexto.

Los horarios y condiciones de este artículo están comprobados en 2026, pero conviene confirmarlos en las webs oficiales antes de ir.