
El Prater de Viena: la gran rueda, el parque popular y el pulmón del 2º distrito
De coto de caza imperial a parque de atracciones histórico: la cara más auténtica de Viena
El Prater es uno de esos lugares que los viajeros suelen apuntar en la lista de Viena y luego visitan deprisa, a la carrera, en el hueco que queda entre el Belvedere y la cena. Un error. Este parque enorme que se extiende por el segundo distrito de la ciudad no es un complemento del itinerario vienés: es una de sus claves. Aquí está la noria más famosa del mundo, uno de los parques de atracciones permanentes más antiguos de Europa, y cuatro kilómetros y medio de avenida de castaños que los vieneses llevan usando para pasear, correr y comer salchichas desde el siglo XVIII. El Prater es Viena antes de que Viena fuera un destino turístico. Y eso se nota.
El Riesenrad: 65 metros de historia y una escena de película¶
Hay estructuras que son inevitables. La Wiener Riesenrad —la Gran Rueda de Viena— es de esas: se ve desde lejos, domina el perfil del parque, y es imposible estar en el Prater sin acabar mirándola. Pero lo que hace al Riesenrad interesante no es solo su tamaño. Es la cantidad de historia que carga sobre sus ejes.
La rueda fue construida en 1897, encargada por el ingeniero inglés Walter Basset al ingeniero Leitner, como parte de las celebraciones del Jubileo del cincuentenario del reinado del Emperador Francisco José I. En aquel momento, las grandes ruedas de acero eran el espectáculo tecnológico de la modernidad: una declaración de que el Imperio Austrohúngaro estaba al nivel de cualquier potencia mundial. Con 65 metros de altura y 16 cabinas de madera, el Riesenrad fue durante años la rueda más alta del mundo.
Luego llegó la guerra. Y más guerra. Los bombardeos aliados de 1945 destruyeron gran parte del Prater, y el Riesenrad quedó gravemente dañado: el incendio consumió la mayoría de las cabinas originales y dañó la estructura metálica. En las circunstancias de la Viena de posguerra —ocupada, dividida en cuatro zonas de control aliado, hambrienta— reconstruir una rueda ornamental podría haber parecido un lujo absurdo. Los vieneses lo hicieron igualmente. El Riesenrad volvió a girar en 1947, con solo ocho cabinas en lugar de las dieciséis originales. Una rueda con la mitad de las cabinas, en una ciudad dividida en cuatro. No es difícil encontrar la metáfora.
La escena del queso gruyère
Pero el Riesenrad tiene una segunda vida, quizás más importante que la histórica: es uno de los escenarios más reconocibles del cine del siglo XX. En 1949, Carol Reed rodó en Viena El Tercer Hombre, y la escena que definió la memoria de la película, la del monólogo de Harry Lime, transcurre dentro de una de las cabinas de la rueda mientras Orson Welles y Joseph Cotten se balancean sobre la ciudad.
El monólogo que Welles pronuncia mirando desde la altura a las personas que se mueven abajo, pequeñas como puntos, es uno de los más citados de la historia del cine:
"En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre. Pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El reloj de cuco."
La ironía es que el reloj de cuco, que Welles usa como epítome de la mediocridad suiza, no es en realidad suizo —es alemán, de la Selva Negra—, pero eso le importa poco a la frase. Lo que importa es la lógica de Harry Lime: que el caos y la brutalidad generan grandeza, mientras la tranquilidad solo produce artesanía de souvenirs. Es el cinismo más elegante que ha pronunciado jamás un villano de película, y el Riesenrad quedó para siempre ligado a esa escena. Hoy, cuando uno sube a la rueda y mira hacia abajo, es difícil no pensar en ella.
Cómo visitarla hoy
La experiencia actual del Riesenrad combina lo histórico con lo inevitablemente turístico. La vuelta completa, que dura unos veinte minutos, cuesta alrededor de 14 euros para adultos. Las cabinas son las grandes, de madera oscura, que se balancean suavemente mientras la rueda gira a una velocidad que no altera a nadie con vértigo moderado.
Lo que muchos visitantes no saben es que varias de las cabinas fijas —las que están ancladas y no giran— se han convertido en restaurantes privados. Es posible reservar una cena dentro de una de ellas mientras la rueda hace su ciclo completo. La experiencia es cara, el precio garantiza que la mesa sea para pocos, y el encanto es suficientemente real como para que no resulte un truco de marketing vacío.
Junto a la base de la rueda hay un pequeño museo integrado en las cabinas inferiores —las que permanecen a nivel del suelo y hacen las veces de taquilla— con fotografías, maquetas y objetos que documentan la historia del Riesenrad desde 1897. Es gratuito con la entrada a la rueda y merece diez minutos de atención antes de subir.
El Wurstelprater: la feria que no envejece nunca¶
Alrededor del Riesenrad se extiende el Wurstelprater, el parque de atracciones histórico de Viena. La palabra Wurstel en vienés es argot para referirse a un personaje cómico y un poco grotesco, y eso resume bastante bien la atmósfera del lugar: no es Disney, no es Port Aventura, y desde luego no es la estetización aséptica de un parque temático moderno. El Wurstelprater es una feria popular permanente con más de 250 años de historia, y se nota.
El parque abrió como tal en 1766, cuando el Emperador José II decidió abrir el Prater al público general —hasta entonces había sido coto de caza exclusivo de la nobleza—. Los primeros empresarios que instalaron atracciones eran principalmente artistas itinerantes, vendedores de salchichas y artesanos que montaban sus puestos en los espacios que la nueva libertad de acceso había liberado. El Wurstelprater que existe hoy conserva esa lógica: es un negocio privado (cada atracción pertenece a un operador independiente), opera de manera más o menos caótica, y tiene esa mezcla de modernidad y anacronismo que solo se produce cuando algo existe durante suficiente tiempo como para acumular capas de historia sin homogeneizarlas.
Hay montañas rusas de última generación junto a carruseles de madera de los años cincuenta. Hay puestos de tiro que podrían pertenecer a cualquier feria de pueblo de hace cien años, y a su lado una experiencia de realidad virtual. Los Ghost Trains —los trenes fantasma con autómatas y sustos mecánicos— existen en el Prater desde el siglo XIX en distintas versiones, y la versión actual conserva algo del kitsch entrañable de sus antecesores.
Lo que el Wurstelprater tiene y que ningún parque temático moderno puede replicar es la mezcla social. Aquí van las familias vienesas con niños pequeños, los jubilados a comer con calma en las casetas de comida, los adolescentes que buscan el susto de turno, los turistas que han leído que hay que venir. No existe el código de conducta invisible de los parques corporativos. La entrada al parque es gratuita; se paga por las atracciones individuales.
El Hauptallee: cuatro kilómetros y medio de civilización¶
Si el Riesenrad es el símbolo y el Wurstelprater es el corazón popular, el Hauptallee es el alma del Prater. Esta avenida de casi cinco kilómetros —4,5 exactamente— que atraviesa el parque desde la entrada principal hasta el Lusthaus a orillas del Danubio es una de las avenidas más hermosas de Viena, y quizás la menos conocida fuera de la ciudad.
Los castaños que bordean el Hauptallee tienen algunos más de cien años. La avenida en sí es mucho más antigua: fue diseñada en el siglo XVIII como paseo de la aristocracia, cuando el Prater era el espacio de recreo oficial de la corte imperial y la alta sociedad vienesa venía a exhibirse en carruajes. Hoy, ese carácter ceremonial ha desaparecido y en su lugar hay algo más democrático y más interesante: los vieneses en todas las combinaciones posibles. Corredores a las seis de la mañana, perros y sus dueños, ciclistas que usan la avenida como acceso rápido hacia el este, familias que caminan los domingos, jubilados que leen en los bancos.
A lo largo del Hauptallee hay varios restaurantes y Würstelstände —los puestos de salchichas que son una institución vienesa— donde es perfectamente aceptable detenerse a comer de pie con una cerveza. El Lusthaus, el pabellón de caza imperial del siglo XVIII que cierra el recorrido en el extremo oriental de la avenida, es hoy un restaurante con terraza que da sobre el Prater. Comer aquí, rodeado de castaños centenarios, a veinte minutos a pie de la noria más famosa del mundo, es uno de esos placeres vieneses que no aparecen en la mayoría de las guías.
La historia del Prater: del privilegio imperial a la democracia del parque¶
Para entender el Prater hay que entender lo que fue antes. El término prater procede probablemente del latín pratum, prado, y el espacio aparece en documentos desde el siglo XII como coto de caza imperial. Durante más de seiscientos años, el Prater fue un privilegio exclusivo: ningún ciudadano podía entrar sin permiso expreso de la corte, y la pena por cazar sin autorización era severa. Era la reserva privada de los Habsburgo en las inmediaciones de la ciudad.
Todo eso cambió el 7 de abril de 1766, cuando el Emperador José II firmó el decreto que abría el Prater al público general. José II, el reformador ilustrado que también abolió la servidumbre y reformó el sistema legal austriaco, entendía que la ciudad necesitaba espacios de recreo accesibles para todo el mundo. El Prater fue su regalo más duradero a los vieneses. En el decreto, que se fijó en carteles por toda la ciudad, el Emperador especificaba que el parque sería de libre acceso para «toda clase de personas».
El Volksprater —el Prater del pueblo— que nació de ese decreto fue testigo de la historia vienesa con una fidelidad que ningún museo puede replicar. Aquí paseó la burguesía del Imperio durante el siglo XIX, cuando Viena era la tercera ciudad más poblada de Europa. Aquí se organizaron los festejos del Jubileo imperial de 1873 y la Exposición Universal del mismo año, que transformó temporalmente el parque en el centro del mundo. Aquí continuaron viniendo los vieneses durante la Primera Guerra Mundial, el Anschluss nazi, la Segunda Guerra y la ocupación aliada: el Prater como continuidad, como afirmación de vida ordinaria frente a la historia extraordinaria.
Los bombardeos de 1945 destruyeron gran parte del parque. Las fotografías de posguerra muestran un paisaje de ruinas y cenizas donde había habido restaurantes y atracciones. La reconstrucción fue gradual y nunca del todo completa: el Prater moderno es más pequeño que el que existía antes de la guerra, y algunos de los edificios históricos que lo poblaban no volvieron a levantarse. Pero el parque sobrevivió.
El 2º distrito y el Prater: Leopoldstadt y su memoria¶
El Prater no está en ningún districto genérico de Viena: está en el Zweiter Bezirk, el segundo distrito, conocido históricamente como Leopoldstadt. Este nombre carga con una historia que el turista que baja del metro en Praterstern y se dirige directamente a la noria generalmente desconoce.
Leopoldstadt fue durante siglos el barrio judío de Viena. El nombre viene del Emperador Leopoldo I, quien en 1670 expulsó a los judíos de esta zona —entonces una isla fluvial entre brazos del Danubio— y autorizó su regreso décadas después con restricciones. En el siglo XIX, con la emancipación civil de los judíos austriacos, Leopoldstadt se convirtió en el centro de la vida judía vienesa: sinagogas, escuelas, mercados, asociaciones culturales, familias que habían llegado del Imperio y de más lejos. En 1938, cuando Viena se convirtió en parte del Reich, el segundo distrito tenía la mayor concentración de población judía de la ciudad.
De esa comunidad queda muy poco. La Shoah destruyó sistemáticamente lo que el Anschluss había comenzado a desmantelar. En el barrio hay hoy varias memorias y placas conmemorativas, y el Augarten —el jardín imperial que Josef II también abrió al público en el siglo XVIII, a pocos minutos del Prater— conserva en sus muros los enormes búnkeres de hormigón que la Wehrmacht construyó en 1942 como torres antiaéreas. Estas torres, de 55 metros de altura y paredes de más de dos metros de espesor, son imposibles de demoler sin destruir los árboles y los cimientos del parque, y permanecen allí como cicatrices de hormigón entre los rosales del jardín imperial.
Combinar el Prater con un paseo por Leopoldstadt y el Augarten es entender que Viena no es solo la ciudad imperial y barroca de las guías: es también una ciudad con heridas que no ha terminado de cicatrizar.
Información práctica¶
Cómo llegar: La combinación de metro más directa es la línea U1 hasta la estación de Praterstern, que deja al visitante directamente frente a la entrada del parque. También llega la U2 a la estación de Praterstern. Los tranvías de las líneas O y 5 también cubren la zona. El parque está a unos veinte minutos a pie desde la Stephansdom.
Entrada y precios: El parque en sí —incluyendo el Hauptallee y los jardines— es de acceso gratuito y abierto las 24 horas. El Wurstelprater tiene entrada libre al recinto; se paga por cada atracción individualmente. El Riesenrad cuesta aproximadamente 14€ para adultos y 7€ para niños (menores de 14 años). El pequeño museo histórico está incluido en la entrada. Los precios varían según la temporada, conviene consultar la web oficial antes de la visita.
Horarios: La rueda opera generalmente de 10:00 a 23:45 en temporada alta (mayo a octubre) y en horarios más reducidos en invierno. El Wurstelprater tiene horarios variables por atracción; la mayoría abre sobre las 10:00-11:00 y cierra entre las 22:00 y las 24:00 en verano. En invierno muchas atracciones cierran o reducen horarios.
Tiempo recomendado: Para hacer el Riesenrad, pasear por el Wurstelprater y recorrer parte del Hauptallee se necesita un mínimo de dos horas. Si se añade el extremo oriental del Hauptallee y el Lusthaus, una tarde entera. Combinar con el Augarten requiere medio día.
Mejor momento: Tardes de entre semana para evitar las aglomeraciones de fin de semana, aunque el ambiente de domingo por la tarde en el Wurstelprater tiene su encanto propio y muy vienés. En verano, el Prater de noche —con el Riesenrad iluminado y los restaurantes del Hauptallee abiertos— merece un recorrido nocturno.
Está a un paseo corto de la Hundertwasserhaus, con la que combina bien en la misma tarde.