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Vista de las montañas del Tennengebirge camino de las cuevas de Eisriesenwelt, con un valle verde y un pueblo pequeño al fondo.

Destinos · Austria · Austria occidental

Eisriesenwelt: cómo visitar las cuevas de hielo más grandes del mundo

Cuarenta y dos kilómetros de galerías heladas dentro de una montaña, mil cuatrocientos escalones, cero grados en pleno agosto y una visita guiada con lámparas de carburo. Todo lo que hay que saber antes de subir a Eisriesenwelt.

Lectura de 7 minutos

Un mundo de gigantes de hielo

El nombre lo dice todo: Eisriesenwelt significa literalmente mundo de los gigantes de hielo, y por una vez el nombre no exagera nada.

Dentro de la montaña, sobre el pueblo de Werfen y a unos cuarenta kilómetros al sur de Salzburgo, hay un sistema de galerías de más de cuarenta y dos kilómetros de longitud, del que se visita aproximadamente el primer kilómetro. Es la cueva de hielo accesible más grande del mundo, y lo que se ve dentro no se parece a nada: cascadas congeladas de varios metros, columnas de hielo transparente, paredes cubiertas de cristales, cortinas heladas que cuelgan del techo.

Las descubrió oficialmente en 1879 el naturalista Anton von Posselt, aunque los cazadores locales conocían la entrada desde mucho antes y la evitaban por superstición. Se abrieron al público en 1920 y desde entonces son uno de los destinos naturales más visitados de Austria.

Y hay un detalle que le da a la visita un carácter completamente distinto al de cualquier otra cueva turística: no hay iluminación eléctrica. El recorrido se hace con lámparas de carburo que el guía va encendiendo a medida que avanza, y las formaciones aparecen ante ti de golpe, con esa luz cálida y temblorosa que proyecta sombras que se mueven con la llama. Es una decisión deliberada de conservación y también, hay que decirlo, un acierto escénico enorme.

Cuándo se puede visitar

La cueva abre de principios de mayo a principios de noviembre, y en 2026 la temporada va del 1 de mayo al 1 de noviembre. El resto del año está cerrada.

Los horarios son más restrictivos de lo que la gente espera y conviene apuntarlos: la taquilla del centro de visitantes abre de 8:30 a 15:00, el teleférico sube de 8:45 a 15:20 y las visitas guiadas se hacen entre las 9:30 y las 15:45. Es decir, si llegas a media tarde te quedas fuera, aunque el día siga siendo largo.

Y hay algo más importante todavía: la capacidad del teleférico y de las visitas está limitada, así que hay que reservar franja horaria con antelación. Las entradas online son además más baratas que las compradas en el centro de visitantes. En julio y agosto, y especialmente los días de mal tiempo, cuando todo el mundo busca plan de interior, la afluencia entre las diez y las dos es máxima.

Cuánto cuesta y cuánto dura

La entrada combinada de adulto, que incluye el teleférico y la visita guiada, ronda los cuarenta euros, con tarifa reducida para niños de cinco a catorce años y gratuidad para los más pequeños. Comprada online sale más barata que en taquilla.

Sobre el tiempo, calcula entre tres y cuatro horas en total: la subida en teleférico, la caminata de aproximación, la visita guiada de unos setenta y cinco a noventa minutos y la bajada. Y súmale el desplazamiento desde donde te alojes.

El aparcamiento en la estación inferior del teleférico es gratuito.

Cómo se llega, y lo que nadie te cuenta bien

Aquí está la parte que conviene leer con atención, porque mucha gente llega pensando que es una visita cómoda y no lo es.

Desde el centro de visitantes en el valle hay que subir primero en un autobús lanzadera y después en el teleférico más empinado de Austria, que ya es una experiencia por sí solo. Pero el teleférico no te deja en la entrada de la cueva: te deja en una plataforma desde la que hay que caminar unos veinte minutos cuesta arriba por un sendero asegurado, con la pared de roca a un lado y unas vistas espectaculares al otro.

Existe la opción de subir andando desde el valle en lugar de usar el teleférico, pero son unas dos horas de ascensión y no es lo que quiere hacer la mayoría.

Y luego está lo de dentro. El recorrido tiene alrededor de mil cuatrocientos escalones, setecientos de subida y setecientos de bajada, sobre hielo y roca, en fila y a buen ritmo porque el grupo avanza junto. No es una visita difícil para alguien en forma normal, pero exige una condición física mínima, y la propia gestión de la cueva desaconseja la visita a quien tenga problemas de movilidad.

El frío es real: la advertencia que más se ignora

Dentro de la cueva la temperatura se mantiene constantemente en torno a cero grados, incluso en pleno agosto y aunque abajo en el valle estés a treinta.

La secuencia es la que es: llegas sudando después de veinte minutos de cuesta al sol, entras por una boca de veinte metros de ancho y en cuestión de minutos estás tiritando. El aire helado que sale de la cueva se nota desde fuera. Necesitas chaqueta o forro polar, y calzado cerrado con suela que agarre, porque el suelo está húmedo y en tramos cubierto de hielo. Guantes tampoco sobran.

Es la recomendación que más gente ignora y de la que más gente se arrepiente. Lo digo por experiencia propia: subí con lo puesto porque hacía un día espléndido y menos mal que llevaba algo de abrigo en la mochila.

Ah, y dentro no se pueden hacer fotografías, tanto por conservación como por la dinámica del grupo. Es de esas visitas que hay que vivir mirando en lugar de mirando por una pantalla, cosa que hoy en día se agradece.

Cómo encajarla en el viaje

Werfen está a unos cuarenta minutos en coche de Salzburgo, y también se llega en tren hasta la estación de Werfen y de ahí en autobús lanzadera al centro de visitantes, lo que la convierte en una de las pocas visitas alpinas grandes que se pueden hacer sin coche.

Un consejo desde el error propio: no la metas el mismo día que la Großglocknerstraße. Yo hice esa combinación y aunque fue una jornada memorable, acabé destrozado, con los brazos doloridos de las curvas y las piernas de la subida a la cueva. Son dos cosas grandes y cada una merece su propia media jornada larga.

Lo que sí combina de maravilla es con el castillo de Hohenwerfen, que está en el mismo pueblo, encaramado sobre una roca en mitad del valle y con exhibiciones de cetrería en las que vuelan águilas y halcones sobre el patio. Las dos visitas juntas hacen un día completo y muy variado.

Otras cuevas de hielo cerca, por si acaso

Si el día que tenías reservado para Eisriesenwelt cae en una fecha imposible o quieres alternativas, la zona tiene más mundo subterráneo.

En el Dachstein, sobre Obertraun y cerca de Hallstatt, están la cueva de hielo del Dachstein y la cueva de los mamuts, ambas accesibles en teleférico y menos concurridas. Y en Golling, cerca de Werfen, hay una cascada muy accesible que funciona bien como plan corto.

Pero si solo vas a hacer una, que sea Eisriesenwelt. La escala no la iguala ninguna.

Por qué merece la pena

Es una visita exigente, no es barata y hay que planificarla con reserva previa. Y aun así es de las que se recuerdan años después con una nitidez desproporcionada.

Tiene que ver con la combinación: el frío que se te mete en los huesos, el silencio absoluto de un sitio donde no llega ni un sonido del exterior, esa oscuridad que solo existe lejos de cualquier ventana, y la luz de una llama iluminando por turnos formaciones de hielo que llevan ahí desde mucho antes de que existiera nadie para mirarlas.

Sales con las piernas temblando y con la sensación de haber estado en un sitio que no debería existir. Es la etapa 5 de la ruta en coche por el Tirol y Salzburgerland.