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La fachada ondulada y policromada de Hundertwasserhaus en Viena, con balcones irregulares cubiertos de vegetación y ventanas de formas y tamaños distintos.

Destinos · Austria · Viena

Hundertwasserhaus: el edificio de Viena que declaró la guerra a la línea recta

El bloque de pisos más fotografiado del mundo, los árboles que salen por las ventanas y el hombre que los plantó

Lectura de 14 minutos

Hay un momento, al doblar una esquina en el tercer distrito de Viena, en el que uno se pregunta si no se ha equivocado de ciudad. El edificio que aparece al fondo de la calle Kegelgasse no parece pertenecer a Viena. Tampoco parece pertenecer a ningún otro lugar reconocible. Las fachadas onduladas en colores que van del ocre al azul marino al dorado al negro. Los árboles que emergen directamente de las paredes, algunos por las ventanas, otros por los balcones, como si el edificio hubiera crecido alrededor de ellos. Los suelos irregulares que se ven a través de los portales. Las ventanas que no hay dos iguales. La sensación general de que este edificio fue construido deliberadamente para no tener sentido desde ningún punto de vista convencional.

Se llama Hundertwasserhaus, y es una vivienda de protección oficial con vecinos reales que pagan renta, llevan sus compras por escaleras irregulares y viven con 250 árboles integrados en la estructura de su edificio. Llevan haciéndolo desde 1986.

Friedensreich Hundertwasser: el hombre que odiaba la línea recta

Para entender el edificio hay que entender primero al hombre que lo concibió. Friedensreich Hundertwasser nació en Viena en 1928 con el nombre de Friedrich Stowasser. El cambio de nombre —que significa algo así como «reino de la paz en aguas ricas»— fue parte del proceso de construir una identidad artística tan deliberada y total que no dejara nada al azar, ni siquiera el nombre.

Hundertwasser fue pintor antes de ser arquitecto, y su obra pictórica tiene esa misma lógica de colores intensos, formas orgánicas y rechazo de la geometría euclidiana que luego trasladó a la arquitectura. Pero lo que le interesaba no era la estética por sí misma. Era una filosofía.

Su argumento central era que la arquitectura modernista —la arquitectura funcionalista que dominó el siglo XX desde Bauhaus en adelante— había cometido un crimen contra la humanidad al imponer la línea recta y el ángulo de noventa grados como norma universal. «La línea recta es impía y amoral», escribió. No lo decía como provocación retórica: lo decía como convicción profunda. En la naturaleza, argumentaba, no existen las líneas perfectamente rectas. Los ríos serpentean, los árboles crecen en curvas, las rocas tienen texturas irregulares. La arquitectura que fuerza a las personas a vivir en cajas de ángulos rectos las aliena de su naturaleza y las enferma.

De este diagnóstico extraía consecuencias concretas. Los edificios debían tener vegetación viva integrada en la estructura: no como decoración añadida después, sino como elemento constitutivo desde el diseño. Los suelos debían ser irregulares como el terreno natural. Las ventanas debían ser todas distintas, porque cada habitante tiene el derecho de personalizar su espacio «tan lejos como pueda alcanzar con el brazo desde la ventana». Las fachadas debían poder ser pintadas por quienes las habitaban, no fijadas por ningún código de homogeneidad.

Llevó estas ideas a conferencias, a manifiestos, a performances artísticas donde aparecía desnudo para protestar contra los bloques de viviendas uniformes. Durante décadas fue un pensador con audiencia pero sin proyectos construidos. Hasta que, a principios de los años 80, el Ayuntamiento de Viena tuvo la idea extraña y brillante de darle a Hundertwasser la oportunidad de demostrar sus teorías en un edificio real.

El edificio: 52 viviendas y 250 árboles

La historia de cómo se construyó el Hundertwasserhaus dice mucho sobre cómo funciona Viena. A finales de los años 70, el Ayuntamiento necesitaba construir viviendas de protección oficial en el tercer distrito. Alguien propuso que en lugar del habitual bloque funcional, se ofreciera el proyecto a Hundertwasser. El artista aceptó con condiciones: él diseñaría el concepto y la apariencia exterior, pero un arquitecto técnico —Joseph Krawina, al que luego se añadió Peter Pelikan— se encargaría de resolver los problemas de ingeniería y cumplimiento normativo.

La construcción comenzó en 1983 y terminó en 1986. El resultado son cincuenta y dos viviendas de distintos tamaños distribuidas en varios niveles, con terrazas de tierra ajardinada en los pisos superiores, 250 árboles de distintas especies integrados en la estructura —algunos emergen por ventanas, otros por balcones, otros crecen en los jardines colgantes de las terrazas— y una fachada de cerámica polícroma en la que no hay dos metros cuadrados iguales.

Los apartamentos son viviendas reales, no un museo ni una instalación artística. Los vecinos que viven ahí son inquilinos del Ayuntamiento de Viena con contratos de alquiler social. No se puede visitar el interior del edificio porque es su hogar. Se puede contemplar desde el exterior, recorrer la acera que lo bordea, y asomarse a los portales.

Lo que se ve desde fuera ya es suficiente para entender la propuesta. Las fachadas no tienen un plano vertical continuo: se interrumpen, cambian de nivel, se abren en balcones que sobresalen a distintas alturas. Los colores no siguen ningún código: hay paredes doradas junto a negras, azul cobalto junto a terracota, blanco junto a verde musgo. Los árboles que salen de las ventanas han crecido en los años que lleva el edificio en pie y ahora son árboles maduros cuyas copas superan la línea del tejado. El suelo de los portales abiertos es ondulado, como el lecho de un río seco.

Es, reconocidamente, uno de los edificios más fotografiados de Viena. Ocupa el tercer lugar en número de fotografías subidas a plataformas de imágenes entre los monumentos de la ciudad, detrás del Palacio de Schönbrunn y de la catedral de San Esteban. Una residencia social de los años ochenta compite en atención visual con los grandes monumentos imperiales. Hundertwasser estaría satisfecho, aunque probablemente también irritado por la cantidad de personas que lo fotografían sin detenerse realmente a mirarlo.

La polémica de los vecinos

La historia más interesante del Hundertwasserhaus no es la que está en las guías. Es la que protagonizaron los vecinos que se mudaron al edificio cuando se inauguró en 1986.

El problema principal era el suelo. Hundertwasser había diseñado, como parte de su filosofía del terreno natural irregular, suelos con desniveles deliberados en las zonas comunes. La idea era recrear la experiencia de caminar sobre terreno no uniforme, como en el campo, en contraposición a los suelos perfectamente planos de la arquitectura convencional. En la práctica, los vecinos —especialmente los de mayor edad— encontraban los suelos irregulares resbaladizos, difíciles de transitar con calzado normal, y potencialmente peligrosos para personas con movilidad reducida.

Hubo quejas formales. Hubo peticiones de modificación. Hundertwasser respondió con su lógica habitual: «El suelo irregular es un símbolo de la libertad, y la moqueta es un símbolo de la esclavitud de la linealidad». No era una respuesta diseñada para apaciguar a los vecinos insatisfechos. Las irregularidades del suelo permanecieron.

Cuarenta años después, el edificio sigue siendo un bloque de alquiler social. Los vecinos siguen viviendo allí. Los turistas siguen fotografiando la fachada. Y los suelos irregulares siguen siendo los mismos.

El KunstHausWien: el museo a dos minutos

A menos de doscientos metros del Hundertwasserhaus, en la calle Untere Weissgerberstrasse, está el KunstHausWien, el museo dedicado a la obra de Hundertwasser. El edificio que lo alberga fue originalmente un almacén de muebles de la empresa Thonet —los fabricantes de las famosas sillas de madera curvada que se pueden encontrar en cualquier café europeo del siglo XIX— y Hundertwasser lo transformó en los años 90 con la misma lógica que aplicó al edificio residencial: suelos irregulares, fachadas de cerámica polícroma, árboles integrados, ninguna repetición, ningún ángulo de noventa grados donde pueda evitarse.

El museo alberga dos tipos de exposiciones. En las plantas inferiores, una colección permanente de la obra artística de Hundertwasser: pinturas, acuarelas, serigrafías y grabados que recorren su trayectoria desde los primeros trabajos de los años cincuenta hasta sus últimas obras antes de su muerte en el año 2000. La obra pictórica es menos conocida que su arquitectura, pero es igualmente característica: espirales concéntricas, formas orgánicas que se enrollan sobre sí mismas, colores intensos, figuras humanas en paisajes que recuerdan al simbolismo de Klimt filtrado por una sensibilidad más cercana al Art Brut.

En las plantas superiores, las exposiciones temporales presentan a otros artistas o profundizan en aspectos específicos de la obra y la filosofía de Hundertwasser. El café del museo tiene suelos irregulares, por supuesto.

La entrada cuesta alrededor de 14 euros para adultos (reducida para estudiantes y mayores de 65). El museo cierra los martes.

El Hundertwasser Village: la tienda enfrente

Directamente enfrente del Hundertwasserhaus, en la esquina de Kegelgasse con Löwengasse, hay un edificio también diseñado por Hundertwasser que alberga el Hundertwasser Village, un espacio comercial dedicado principalmente a la venta de reproducciones artísticas, libros sobre el artista y souvenirs de calidad variable.

El edificio en sí merece atención como complemento al de enfrente: está construido con la misma filosofía de irregularidad y color, y da la oportunidad de ver el interior de un espacio hundertwasseriano —en este caso accesible al público, a diferencia de las viviendas de enfrente.

El nivel del souvenir varía, como en todo: hay reproducciones serigráficas certificadas de obras del artista y también hay tazas con la fachada del edificio. Para quien quiera llevarse algo más que una fotografía, el KunstHausWien tiene una tienda con criterio más riguroso.

La Fernwärme Wien: el incinerador que hay que ver

A unos veinte minutos en tranvía del Hundertwasserhaus, en el decimosexto distrito, está la obra más espectacular que Hundertwasser construyó en Viena y, sin embargo, la que menos gente visita. La Fernwärme Wien (la planta de calefacción por distrito de Viena) es una central de incineración de residuos urbanos que el Ayuntamiento encargó remodelar a Hundertwasser en 1988.

El resultado es un edificio industrial transformado en algo que no tiene equivalente fácil. La chimenea de 157 metros está coronada por una esfera dorada. Las fachadas de los silos y las naves industriales están cubiertas de los habituales mosaicos de cerámica en colores. Hay árboles creciendo en azoteas a veinte metros de altura. La planta sigue siendo una central de residuos completamente operativa —incinera más de 250.000 toneladas de basura al año y calienta a decenas de miles de hogares vieneses— pero parece un castillo de cuento visto desde la calle Spittelauer Lände.

No se puede visitar el interior. La vista exterior, desde la ribera del Canal del Danubio, merece el desvío. El tranvía D pasa cerca.

Otras obras de Hundertwasser en Europa

El trabajo arquitectónico de Hundertwasser se extiende más allá de Viena, aunque la capital austriaca concentra sus obras más conocidas. En Alemania construyó varios edificios residenciales y públicos que aplican la misma filosofía: Hundertwasser Haus en Magdeburgo, el edificio del Ayuntamiento de Plochingen, el museo Waldspirale en Darmstadt. En Austria fuera de Viena están la Müllinsel Salzburg (una planta de tratamiento de residuos en Salzburgo con el mismo espíritu que la Fernwärme) y varios edificios en distintas ciudades. En el exterior de Europa, edificios en Japón, Nueva Zelanda y Alemania oriental son parte de su legado construido.

Pero Viena sigue siendo el epicentro, el lugar donde las teorías de Hundertwasser tienen más presencia y más visibilidad. La ciudad que le dio la oportunidad de construir —cuando él era todavía un artista con ideas radicales y sin proyectos ejecutados— y la ciudad donde vivió, trabajó y fue enterrado (aunque murió a bordo de un crucero en el Pacífico, en el año 2000, y fue enterrado en Nueva Zelanda).

Hundertwasser y la Viena que lo precedió

Para entender la radicalidad de Hundertwasser hay que entender Viena a mediados del siglo XX. La Viena en la que creció —antes de la guerra y en los años de la reconstrucción— era una ciudad marcada por dos tradiciones arquitectónicas contradictorias. Por un lado, el historicismo monumental del siglo XIX que había construido el Ring: la ópera, el parlamento, los museos, la biblioteca, todos esos edificios que imitan estilos del pasado con una grandiosidad que quería afirmar la importancia del Imperio. Por otro, la Secesión y el Modernismo vienés de principios del siglo XX —Klimt, Schiele, Wagner, Loos— que había propuesto romper con esa herencia y encontrar un lenguaje nuevo.

Adolf Loos, el arquitecto que en 1908 publicó su manifiesto «Ornamento y delito», había defendido que la decoración arquitectónica era literalmente un crimen: el signo de una cultura primitiva, incapaz de la abstracción de la modernidad. El edificio Loos en la Michaelerplatz de Viena, con su fachada desnuda de ornamentos frente al Hofburg, fue escándalo y manifiesto al mismo tiempo, y tiene su sitio en el itinerario de arquitectura que propongo en la guía de la Viena que no es imperial.

Hundertwasser conocía esa tradición y rechazaba exactamente sus conclusiones. Si Loos decía que el ornamento era delito, Hundertwasser respondía que la ausencia de ornamento, la línea recta, la superficie plana, era el verdadero crimen contra la humanidad. No porque Loos estuviera equivocado en su diagnóstico del pasado, sino porque la modernidad funcionalista que Loos y sus sucesores abrieron había producido algo peor: los bloques de pisos de los años cincuenta y sesenta, las torres de viviendas idénticas que se multiplicaban por las periferias de todas las ciudades europeas, los polígonos industriales de la posguerra.

Contra eso, Hundertwasser no proponía volver al historicismo. Proponía algo distinto: una arquitectura que tomara sus referentes de la naturaleza, no de la historia ni de la máquina.

Esta tensión entre Loos y Hundertwasser —el ornamento como crimen versus la línea recta como crimen— tiene algo de paradoja vienesa. Dos posiciones radicalmente opuestas, ambas propuestas en la misma ciudad, con la misma intensidad retórica. Viena como ciudad de manifiestos.

El edificio como declaración política

Hay una dimensión del Hundertwasserhaus que raramente aparece en las guías: fue construido como vivienda de protección oficial. No como villa privada de un rico mecenas, no como sede de una empresa que quería una imagen llamativa, no como museo o atracción cultural. Como vivienda pública para familias de ingresos bajos y medios.

Eso lo convierte en una declaración política. El argumento implícito es que la arquitectura bella, orgánica, no uniforme, no tiene por qué ser un privilegio. Que las personas que no pueden permitirse elegir dónde vivir también merecen un entorno diseñado con criterio y humanidad. Que la fealdad de los bloques funcionales de las periferias no es una consecuencia inevitable de la economía del alquiler social, sino una elección.

Hundertwasser lo formuló explícitamente en varios de sus textos. La arquitectura convencional trata a los residentes de las viviendas económicas como si fueran partes intercambiables de una máquina de producción: necesitan dormir, comer, trabajar, y el edificio les proporciona un contenedor para esas funciones. Hundertwasser quería que el edificio reconociera que sus habitantes son personas, con identidades particulares, con el derecho a personalizar su espacio, a tener un árbol delante de su ventana, a vivir en un entorno que no fuera indiferente a su presencia.

Que el Ayuntamiento de Viena aceptara ese argumento y le diera la oportunidad de demostrarlo es, en retrospectiva, una de las decisiones más interesantes de la política cultural vienesa del siglo XX.

Información práctica

Cómo llegar: La forma más práctica es el tranvía 1 hasta la parada de Hetzgasse, o el autobús N hasta Radetzkyplatz y desde allí cinco minutos a pie. Desde el centro de Viena también es alcanzable a pie en unos treinta minutos recorriendo el barrio del tercer distrito.

Qué ver: El exterior del Hundertwasserhaus (gratuito, siempre accesible), el KunstHausWien (pago, cerrado martes), el Hundertwasser Village (entrada libre, horarios comerciales). La Fernwärme Wien requiere viaje adicional al decimosexto distrito.

Tiempo recomendado: Una hora y media para el Hundertwasserhaus, el Village y el barrio circundante. Añadir dos horas si se entra al KunstHausWien.

Combinación con el itinerario: El barrio está en el tercer distrito, entre el centro y el Prater. Es fácil combinar la visita con el Prater en la misma tarde: Hundertwasserhaus a media tarde, caminata o tranvía hasta el Prater al atardecer.