Saltar al contenido
Vista general de la Place Royale de Bruselas con sol de invierno

Destinos · Bélgica · Bruselas

La ciudad alta de Bruselas: Mont des Arts, Place Royale y el Coudenberg

Guía de la ciudad alta de Bruselas: la subida por el Mont des Arts, la Place Royale, el palacio enterrado de Coudenberg, los Museos Reales de Bellas Artes con el Museo Magritte, el Parque de Bruselas y el barrio de las instituciones. Qué ver y cómo organizar la visita.

Lectura de 9 minutos

Bruselas está partida en dos y esa fractura explica buena parte de su carácter. Abajo, en la ville basse, están la Grand Place, los gremios, los mercados, las calles de restaurantes y el antiguo puerto: la ciudad del comercio. Arriba, en la ville haute, se agrupan los palacios, los grandes museos, el parlamento y las embajadas: la ciudad del poder. Entre ambas hay una cuesta que durante siglos fue también una frontera social, y que hoy se salva por escalinatas, ascensores y el Mont des Arts.

Subir a la ciudad alta es cambiar de siglo y de registro. Se pasa del gótico y el barroco flamenco al neoclasicismo ilustrado del siglo XVIII, de las calles estrechas y torcidas a las perspectivas rectas y las plazas geométricas. Es la mitad de Bruselas que más se parece a París, y también la que guarda el secreto arqueológico más importante de la ciudad.

La subida: Mont des Arts y la mejor panorámica del centro

El acceso más lógico y más agradable desde el centro es el Mont des Arts, un espacio escalonado con jardines geométricos, fuentes y escalinatas que asciende desde la Gare Centrale hacia la colina real. Es una intervención urbanística relativamente reciente en términos históricos —el conjunto actual se completó a mediados del siglo XX, sobre un solar despejado décadas antes— y funciona a la vez como camino y como mirador.

Desde la terraza superior se obtiene la mejor panorámica del centro histórico: los jardines en primer término, los tejados del bajo Bruselas extendiéndose hacia el norte y, recortada sobre ellos, la torre gótica del Ayuntamiento de la Grand Place. Es probablemente la fotografía más agradecida de la ciudad y está de paso, así que no hay excusa para saltársela. A media tarde, con la luz cayendo de frente sobre los tejados, es cuando mejor funciona.

De camino, si subes desde el norte, pasarás junto a la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, principal iglesia católica de Bélgica y sede de coronaciones y funerales reales. Fachada gótica de dos torres gemelas sin rematar de los siglos XIII al XV, cripta románica del XI bajo el altar, vidrieras renacentistas donadas por Carlos V y púlpitos barrocos tallados. La entrada al templo es libre y la visita rápida cabe en cualquier itinerario.

La Place Royale y el palacio que está debajo

Arriba espera la Place Royale, y el contraste con el centro medieval no puede ser mayor. Es un octógono regular de fachadas uniformes en piedra blanca, con la iglesia de Saint-Jacques-sur-Coudenberg cerrando el fondo tras un pórtico de columnas que parece más un templo romano que una iglesia, y la estatua ecuestre de Godofredo de Bouillón en el centro desde 1848. Godofredo fue el duque de Baja Lotaringia que lideró la Primera Cruzada en 1096 y controló Jerusalén, y su estatua señala hacia el este con una convicción muy propia de la época en que se erigió.

Todo esto se construyó en la segunda mitad del siglo XVIII, en pleno reformismo ilustrado, siguiendo modelos franceses. Y se construyó encima de unas ruinas.

Porque lo verdaderamente fascinante de esta plaza está debajo del empedrado. Aquí se levantaba el Palacio de Coudenberg, residencia de los duques de Borgoña y después de los Habsburgo, que dominó esta colina durante más de cuatro siglos y llegó a ser uno de los palacios más importantes de Europa. Aquí Carlos V recibió a Erasmo de Rotterdam, aquí vino Tiziano a retratarle y desde aquí el emperador anunció en 1555 su abdicación ante los Estados Generales de los Países Bajos, en una de las escenas fundacionales de la historia europea moderna. El palacio ardió en 1731, en un incendio que tardó días en extinguirse, y sus ruinas se arrasaron y se nivelaron para levantar sobre ellas la plaza que hoy se pisa.

Lo que sobrevivió está bajo tierra y es visitable: sótanos, la antigua Rue Isabelle enterrada, la sala de la Magna Aula, restos de la capilla. Recorrer esas galerías subterráneas sabiendo lo que ocurrió encima es una de las visitas más infravaloradas del centro de Bruselas, y como está bajo la propia Place Royale, no requiere desplazarse a ningún sitio.

Los Museos Reales de Bellas Artes y el Museo Magritte

Junto a la plaza está el gran conjunto museístico de la ciudad, y si en tu viaje hay un solo museo, este es el que yo elegiría.

Los Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique conservan una de las colecciones de pintura flamenca más importantes del mundo. El plato fuerte es Bruegel el Viejo, con el mayor conjunto de obras suyas fuera de Viena, además de Rogier van der Weyden, Hans Memling, Rubens y Jordaens. Es una colección que permite recorrer los siglos XV a XVII sin salir de casa, con la ventaja de que aquí no hay las multitudes de los grandes museos europeos.

En el ala moderna está el Museo Magritte, dedicado íntegramente al surrealista belga más influyente del siglo XX, con más de doscientas obras que permiten seguir su evolución desde los primeros trabajos académicos hasta los bombines, las pipas y las manzanas que reconoce todo el mundo. Está organizado cronológicamente en varias plantas y funciona muy bien incluso para quien no sea especialmente aficionado a la pintura, porque el humor conceptual de Magritte se entiende sin preparación previa.

Calcula entre dos y tres horas para el conjunto. Si el viaje es corto, prioriza uno de los dos: los flamencos si te va la pintura antigua, el Magritte si te va el siglo XX. En la misma zona está también el BOZAR, el gran centro de exposiciones y conciertos alojado en un edificio de Victor Horta de los años veinte, con programación temporal que merece una consulta antes de viajar.

El Parque de Bruselas y el barrio de las instituciones

A pocos metros de la Place Royale se abre el Parc de Bruxelles, un jardín formal diseñado en 1776 sobre un antiguo bosque de caza de los duques de Brabante. Su trazado es un ejercicio de geometría ilustrada: avenidas diagonales que se cruzan en ángulos exactos, arriates simétricos, fuentes en los cruces y estatuas mitológicas distribuidas con criterio. Existe una teoría bien documentada, aunque no unánimemente aceptada, según la cual el diseño incorpora simbología masónica vinculada a las logias que frecuentaba la aristocracia ilustrada de la época.

Lo que sí es histórico y comprobable es que en septiembre de 1830, durante el levantamiento contra el dominio holandés, hubo combates callejeros en las inmediaciones del parque entre los revolucionarios belgas y las tropas del rey Guillermo I de los Países Bajos, y que aquel enfrentamiento decidió en la práctica la independencia de Bélgica, proclamada oficialmente un mes después. Pasear un parque con esa historia y con la luz baja del invierno filtrándose entre los árboles pelados tiene algo de placer tranquilo e inesperado.

Al sur del parque está el Palacio Real, residencia oficial de trabajo de la monarquía, que abre sus salas al público de forma gratuita durante unas semanas al final del verano; si tu viaje coincide, es una visita que merece la pena por la Sala de los Espejos y su techo revestido de élitros de escarabajo, una obra contemporánea de Jan Fabre que genera opiniones encontradas y ninguna indiferencia. Al norte, cerrando la perspectiva, el Palais de la Nation, sede del Parlamento Federal desde 1783.

Ese parlamento gobierna un país con una estructura institucional que cuesta explicar sin hacer un esquema: Bélgica tiene un parlamento federal, parlamentos regionales para Valonia, Flandes y la Región de Bruselas-Capital, y parlamentos comunitarios para las comunidades lingüísticas francesa, flamenca y germanófona. Once millones de habitantes, seis parlamentos y seis gobiernos. Y el récord mundial de haber pasado 541 días consecutivos sin gobierno federal formado, entre 2010 y 2011, sin que el país se derrumbara por ello.

Hacia el norte: Columna del Congreso y Jardín Botánico

Si quieres estirar el recorrido, la Rue Royale sigue hacia el norte y en un cuarto de hora a pie encadena dos paradas más.

La Columna del Congreso conmemora el Congreso Nacional que redactó la primera Constitución belga en 1831. Es una columna solitaria de 47 metros coronada por la estatua de Leopoldo I, sobre una plataforma flanqueada por cuatro alegorías —las libertades de culto, de enseñanza, de asociación y de prensa— y con una llama perpetua a sus pies sobre la Tumba del Soldado Desconocido, instalada tras la Primera Guerra Mundial. Un monumento simultáneo a la Constitución y a los caídos, que resume bien la seriedad con la que este país trata su propia y complicada historia. Desde la explanada hay otra buena vista sobre el bajo Bruselas.

Un poco más allá está el antiguo Jardín Botánico, un invernadero neoclásico de hierro y cristal construido entre 1826 y 1829 que fue jardín botánico nacional hasta que la colección se trasladó a Meise en los años treinta. Hoy el edificio y los jardines en pendiente que lo rodean funcionan como parque público y centro cultural, con las estatuas y fuentes del XIX todavía en su sitio pero sin las plantas que le dieron nombre. Un vestigio elegante reconvertido con dignidad.

Y desviándose un par de calles, la Place des Martyrs, plaza neoclásica de fachadas uniformes de la década de 1770 bajo la cual descansan los restos de centenares de caídos en los combates de 1830, con un monumento funerario central presidido por una alegoría de la Patria. Estuvo degradada durante décadas y hoy alberga instituciones culturales flamencas, pero conserva ese peso simbólico de ser, literalmente, el cementerio de la independencia belga en pleno centro.

Cómo organizar la visita

La ciudad alta se hace bien en media jornada larga, y lo lógico es dedicarle una mañana completa: subida por el Mont des Arts, Place Royale, Coudenberg, museos y parque, con la opción de estirar hacia el norte si el cuerpo aguanta. Por la tarde se baja hacia el Sablon y las Marolles, que están justo al sur y en cuesta descendente.

Ten en cuenta que la mayoría de los museos cierran los lunes, lo cual condiciona bastante la planificación de un fin de semana largo. Y que la subida, sin ser dura, se nota: hay ascensores públicos y escaleras mecánicas en algunos tramos, y siempre está la opción de subir en transporte público y bajar caminando, que es la dirección sensata.

Si tienes que elegir una sola cosa de todo el barrio, que sea el Coudenberg. Los museos son excelentes pero tienen equivalentes en otras capitales; un palacio imperial arrasado, enterrado y recorrible bajo una plaza neoclásica no lo tiene casi nadie.