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Fachada gótica de la Iglesia de Notre-Dame du Sablon en Bruselas

Destinos · Bélgica · Bruselas

El Sablon y las Marolles: las dos Bruselas que conviven a cien metros

Guía de dos barrios contiguos y opuestos: el Sablon de los anticuarios y las chocolaterías, y las Marolles populares del rastro del Jeu de Balle. Con el Palacio de Justicia, la iglesia de Bruegel, la Puerta de Hal y el ascensor que une ambos mundos.

Lectura de 9 minutos

Si tuviera que enseñarle Bruselas a alguien en una sola tarde y quisiera que entendiera de verdad cómo funciona la ciudad, no le llevaría a la Grand Place. Le llevaría al Sablon y le haría bajar andando hasta las Marolles. Son dos barrios contiguos, separados por una cuesta de cinco minutos, y representan dos mundos que llevan siglo y medio dándose la espalda desde muy cerca.

Arriba, anticuarios, galerías de arte, chocolaterías históricas y clientela de dinero antiguo. Abajo, un rastro diario, tiendas de segunda mano, cafés de barrio y viviendas sociales de principios del siglo XX todavía habitadas por gente que trabaja. Y en medio, aplastando literalmente la frontera entre ambos, el edificio más desmesurado de Bélgica.

El Sablon: arena, anticuarios y chocolate

El Grand Sablon es un square alargado y arbolado en cuesta, rodeado de fachadas nobles, terrazas y escaparates. El nombre viene de sable, arena: esto era terreno arenoso extramuros de la ciudad medieval, un descampado sin valor que con los siglos se urbanizó y fue ganando categoría social hasta convertirse en lo que es hoy, el barrio de los marchantes de arte y los anticuarios de Bruselas.

Pasear la plaza consiste básicamente en mirar escaparates, y merece la pena aunque no tengas ninguna intención de comprar. Muebles flamencos del siglo XVIII, porcelana de Meissen, relojes de péndulo, instrumentos científicos antiguos, primeras ediciones encuadernadas en piel, tapices, plata. Es un catálogo de lo que la burguesía europea consideró valioso durante doscientos años, expuesto a pie de calle. Los fines de semana por la mañana se monta además un mercado de antigüedades bajo carpas en un extremo de la plaza, con vendedores profesionales, precios de mercado real y muy poco margen para el hallazgo casual.

Es también el epicentro del chocolate de la ciudad. Wittamer, fundada en 1910 y con local aquí desde hace décadas, dispone los pasteles y bombones con precisión de joyería; Pierre Marcolini, un poco más al norte, trabaja cacao de origen único y ha conseguido que el chocolate se discuta con el mismo vocabulario que el vino. Si vas a comprar chocolate en algún punto del viaje, hazlo aquí y no en las tiendas de las calles inmediatas a la Grand Place.

Cerrando la plaza por el norte está la Iglesia de Notre-Dame du Sablon, uno de los mejores ejemplos del gótico brabantino tardío, levantada entre los siglos XV y XVI con esa piedra caliza blanca que se oscurece y gana textura con el tiempo. Su origen está en una leyenda medieval: una mujer de Amberes llamada Beatrijs Soetkens trajo hasta aquí en barca una estatua de la Virgen guiada, según la tradición, por intervención divina. La devoción que generó aquella historia financió buena parte de la construcción del templo. Verdad o no, funcionó.

Justo enfrente, cruzando la calle, está el Petit Sablon, un jardín cerrado de estilo neorrenacentista rodeado por una verja con cuarenta y ocho columnas, cada una coronada por una estatuilla de bronce que representa un oficio gremial de la Bruselas medieval. En el centro, el monumento a los condes de Egmont y Hornes, decapitados en la Grand Place en 1568 por orden del duque de Alba durante la represión española en los Países Bajos. Es un jardín pequeño, ordenado y muy tranquilo, y uno de los rincones más agradables del centro para sentarse un rato.

El Palacio de Justicia: la mole que lo cambió todo

Subiendo desde el Sablon hacia el sur se llega a la explanada del Palais de Justice, y conviene llegar sabiendo lo que se va a ver, porque las cifras no preparan del todo. Ocupa 26.000 metros cuadrados. Su cúpula alcanza los 104 metros. Cuando se inauguró en 1883 era el edificio más grande del mundo, mayor que la basílica de San Pedro. Lo proyectó Joseph Poelaert en un estilo ecléctico que mezcla lo neoclásico, lo babilónico y lo directamente megalómano, y sigue siendo hoy uno de los edificios judiciales más grandes del planeta.

Para levantarlo hubo que demoler una parte sustancial del barrio de las Marolles y expulsar a centenares de familias obreras. El barrio no lo perdonó jamás. Todavía hoy, en el dialecto bruselense de las Marolles, la palabra architect conserva connotaciones insultantes que derivan directamente de Poelaert, y durante generaciones fue un insulto de uso corriente. Pocas veces se puede rastrear con tanta precisión el origen de una palabrota.

Desde la explanada Poelaert hay una de las mejores vistas de la ciudad: el bajo Bruselas extendiéndose hacia el norte, la torre del Ayuntamiento, la basílica de Koekelberg asomando al noroeste y el Atomium recortado al fondo. Y desde ahí mismo, un ascensor público y gratuito baja directamente al corazón de las Marolles, ahorrando la cuesta y ofreciendo de paso un pequeño trayecto panorámico. Es uno de esos detalles urbanos que casi ningún turista conoce.

Las Marolles: el barrio que resistió

Abajo empieza otra ciudad. Las Marolles son el barrio popular histórico de Bruselas, el que quedó bajo la sombra literal del Palacio de Justicia y el que menos se ha dejado transformar para el consumo turístico. Aquí hay tiendas de segunda mano, talleres de artesanos, bares con clientela fija a las once de la mañana, edificios sin restaurar y una vida de calle que en el casco histórico ya no existe.

Su corazón es la Place du Jeu de Balle, una plaza empedrada y levemente irregular donde cada día del año, de seis de la mañana a dos de la tarde, se monta el rastro más antiguo de Bruselas. No es un mercado de anticuarios sino un rastro de verdad, con su porcentaje generoso de trastos y su posibilidad real de hallazgo: muebles viejos, vajilla desparejada, discos, libros, cámaras, herramientas, ropa usada y, entre todo eso, con suerte, álbumes de cómic antiguos de la edad de oro de la historieta belga. El regateo forma parte del juego. Si llegas por la tarde encontrarás la plaza vacía, en su versión tranquila de barrio, que también tiene su encanto pero no es el mercado.

Los dos ejes comerciales son la Rue Haute y la Rue Blaes, paralelas y llenas de tiendas de antigüedades asequibles, muebles de mediados de siglo, ropa vintage y locales de diseño que en los últimos años han ido llegando al barrio. Es la señal de aviso habitual: las Marolles llevan tiempo en proceso de gentrificación y los vecinos de siempre lo miran con la desconfianza razonable de quien ya sabe cómo acaban estas cosas.

Una parada que merece atención es la Cité Hellemans, un conjunto de viviendas sociales de principios del siglo XX construido en ladrillo visto con toques Art Nouveau, sobre el solar de unos callejones insalubres que se demolieron. Fue uno de los primeros intentos serios de dar vivienda digna a la clase obrera bruselense y sigue cumpliendo esa función más de un siglo después, lo cual dice bastante a favor del proyecto. Los patios interiores se pueden recorrer con discreción.

La iglesia de Bruegel y la Puerta de Hal

En el punto exacto donde el Sablon burgués cede terreno a las Marolles populares está la Église Notre-Dame de la Chapelle, la iglesia más antigua de Bruselas todavía en pie, consagrada en 1134, con torre gótica del siglo XIV y una mezcla de románico y gótico en su interior. Aquí está enterrado Pieter Bruegel el Viejo, que vivió y murió a pocos metros, en la actual Rue Haute, donde todavía se señala la casa que ocupó. Que el pintor de los campesinos, las bodas rurales y los proverbios flamencos acabara enterrado justo en la frontera entre el barrio rico y el barrio pobre tiene una ironía que él habría apreciado.

La plaza que rodea la iglesia acoge entre semana un pequeño mercadillo de frutas y verduras, sin ninguna pretensión y con clientela exclusivamente local.

Cerrando el extremo sur del barrio se levanta la Puerta de Hal, la única superviviente de las siete puertas de la segunda muralla medieval de Bruselas, del siglo XIV. El resto de la muralla se derribó en el siglo XIX para trazar la petite ceinture, el anillo de bulevares que rodea el centro, y esta torre quedó varada en mitad de una rotonda de tráfico como un anacronismo de cuento, con sus almenas y su tejado cónico. Alberga hoy una sede del Museo de Arte e Historia dedicada a la vida cotidiana medieval y renacentista, y desde su parte superior hay vistas sobre el sur de la ciudad.

Cómo hacer la visita

El recorrido natural es de arriba abajo: empezar en el Sablon, subir a la explanada del Palacio de Justicia, bajar en el ascensor a las Marolles y terminar en la Puerta de Hal o volviendo hacia el centro por la Rue Haute. En sentido inverso son todo cuestas.

El día importa mucho. Si vas por la mañana, tienes el rastro del Jeu de Balle en funcionamiento, que es lo que da sentido al barrio; si vas en fin de semana, tienes además el mercado de antigüedades del Sablon. Por la tarde encontrarás las tiendas abiertas y las plazas tranquilas, que es otra experiencia igual de válida pero distinta. Lo ideal, si tu viaje lo permite, es una mañana de sábado o domingo.

Calcula media jornada larga, o una tarde entera si te tomas el chocolate y las tiendas con calma. Y llévate efectivo, porque en el rastro la tarjeta es la excepción.

Por qué esta es la mejor tarde de Bruselas

Hay barrios que se visitan por lo que contienen y barrios que se visitan por lo que significan. El Sablon y las Marolles pertenecen a la segunda categoría, y su interés está precisamente en la relación entre ambos: la porcelana de Meissen a cien metros del puesto de vajilla desparejada, el chocolate de origen único a cinco minutos del café donde se desayuna cerveza, y el edificio más grande del mundo construido encima de las casas de la gente que menos podía protestar.

Bruselas entera está hecha de esas tensiones —dos idiomas, dos alturas, dos clases, una capital nacional y otra europea— y aquí se ven de una sola vez, andando cuesta abajo en veinte minutos. Ninguna otra tarde del viaje explica tanto.