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La Grand Place de Bruselas de día, con las fachadas barrocas y góticas de sus edificios históricos

Destinos · Bélgica · Bruselas

La Grand Place de Bruselas: qué ver y cómo entenderla

Guía completa de la Grand Place: la historia del bombardeo de 1695 y la reconstrucción, qué representa cada casa gremial, el Ayuntamiento y la Casa del Rey, y qué ver en las calles de alrededor. Con los mejores momentos del día para visitarla.

Lectura de 9 minutos

Hay plazas que impresionan por su tamaño y plazas que impresionan por su unidad. La Grand Place de Bruselas pertenece al segundo grupo, y esa es exactamente la razón por la que produce el efecto que produce cuando uno dobla la última esquina y la ve aparecer entera. No es enorme: mide unos 110 por 68 metros, menos que muchas plazas mayores españolas. Lo que la hace extraordinaria es que todas sus fachadas parecen haber sido diseñadas por la misma mano en el mismo momento, algo que casi nunca ocurre en un espacio formado por edificios de propietarios distintos.

La explicación de esa unidad está en una catástrofe. Y entenderla cambia por completo lo que ves cuando levantas la vista.

Treinta y seis horas de bombardeo y cuatro años de reconstrucción

En agosto de 1695, en el marco de la Guerra de los Nueve Años, el mariscal de Villeroi recibió de Luis XIV la orden de castigar Bruselas. Instaló la artillería en las afueras y bombardeó la ciudad durante treinta y seis horas ininterrumpidas. El fuego hizo el resto: ardieron miles de edificios y quedaron destruidos aproximadamente dos tercios de la ciudad. Fue uno de los mayores desastres urbanos de la Europa del siglo XVII.

De la plaza mayor sobrevivió esencialmente una cosa: la torre gótica del Ayuntamiento, de 96 metros, levantada en el siglo XV, que resistió en pie entre las ruinas del resto. Todo lo demás —las casas de los gremios que rodeaban el espacio— quedó reducido a escombros.

Lo que vino después es lo verdaderamente notable. Los gremios, que eran corporaciones ricas y celosas de su prestigio, se lanzaron a reconstruir sus sedes entre 1696 y 1700, en apenas cuatro años, bajo la supervisión del ayuntamiento, que impuso criterios de armonía en alturas y composición. El resultado fue un conjunto barroco flamenco de una coherencia asombrosa, con la piedra blanca, los frontones curvos, las cariátides, los relieves dorados y los remates escultóricos que hoy se fotografían desde el centro del empedrado. Es uno de los mayores ejemplos de reconstrucción urbana coordinada de la historia europea, y en 1998 la Unesco lo reconoció declarando la plaza Patrimonio de la Humanidad.

El Ayuntamiento y la Casa del Rey: los dos edificios que mandan

El Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, ocupa el lado sur y es el edificio principal. Gótico brabantino del siglo XV, con su torre rematada por una veleta dorada de San Miguel derrotando al demonio, patrón de la ciudad. Hay una leyenda muy repetida según la cual el arquitecto se suicidó al descubrir que la torre no estaba centrada respecto a la fachada; es falsa y la explicación real es más aburrida y más interesante: el edificio se construyó en fases, ampliando un ala existente, y la asimetría es consecuencia de esa historia constructiva. Fíjate en las dos mitades de la fachada y verás que ni las ventanas ni las proporciones coinciden del todo.

Enfrente, en el lado norte, está la Maison du Roi o Broodhuis, cuyos dos nombres cuentan dos historias distintas. En neerlandés significa Casa del Pan, porque en ese solar hubo un mercado del pan medieval; en francés, Casa del Rey, porque el edificio pasó a manos del monarca en el siglo XVI aunque ningún rey viviera nunca en él. Lo que se ve hoy es una reconstrucción neogótica del siglo XIX sobre el edificio anterior, y alberga el Museo de la Ciudad de Bruselas, donde se conserva, entre otras cosas, el guardarropa del Manneken Pis: más de mil trajes en miniatura donados a lo largo de los siglos por reyes, presidentes, instituciones y ciudades de medio mundo.

Las casas de los gremios: aprender a leer las fachadas

Aquí está el detalle que convierte una visita rápida en una visita interesante. Cada casa de la plaza fue la sede de un gremio y cada fachada declara su oficio con símbolos, esculturas y nombres propios. Una vez que empiezas a leerlas, la plaza deja de ser un decorado y se convierte en un documento.

El Rey de España era la casa de los panaderos, con su cúpula y su balaustrada coronada de estatuas. La Carretilla correspondía a los fabricantes de grasas y sebos, y El Saco a los ebanistas y toneleros. La Loba era la casa de los arqueros, con un relieve de la loba capitolina amamantando a los gemelos. El Cuerno pertenecía a los barqueros y su remate imita la popa de un navío, un capricho que sigue siendo el detalle más divertido de la plaza. El Zorro era de los merceros. Y en el lado este se levanta la Casa de los Duques de Brabante, que en realidad no es una casa sino seis unificadas tras una única fachada monumental decorada con bustos de los duques, para dar unidad al frente completo.

En el ángulo suroeste, la Maison du Cygne —la Casa del Cisne, sede del gremio de carniceros— tiene una nota histórica que suele pasar desapercibida: en ella se reunió Karl Marx durante su exilio bruselense de los años cuarenta del siglo XIX, en el periodo en que trabajaba con Engels en el texto que se publicaría como el Manifiesto comunista. Décadas después, el mismo local fue sede del partido obrero belga. La plaza de los gremios acabó siendo también, por un rato, la plaza del movimiento obrero.

De día, de noche y en los momentos señalados

La Grand Place tiene tres versiones y conviene ver al menos dos.

De día, con luz natural, se aprecian los detalles: los relieves, los dorados, los oficios, la textura de la piedra. Ve temprano, entre las ocho y las nueve, cuando la plaza está prácticamente vacía y todavía se puede ver lo que hay. A partir de media mañana se llena de grupos y a mediodía es una escena de móviles en alto.

De noche, iluminada, es otra cosa completamente distinta: la piedra dorada gana profundidad, las fachadas ganan dramatismo y el efecto de llegar por una de las callejuelas estrechas y encontrártela de golpe funciona incluso cuando ya la conoces. Si tuviera que quedarme con un solo momento de un viaje a Bruselas, sería este. Victor Hugo, que vivió aquí durante parte de su exilio, la llamó el teatro más hermoso del mundo, y de noche esa clase de superlativo deja de sonar exagerado.

Y luego están los momentos señalados. Cada dos años, en agosto, la plaza acoge la alfombra de flores, una composición gigantesca hecha con centenares de miles de begonias que cubre el empedrado durante unos días y que se contempla desde los balcones del Ayuntamiento. En julio se celebra el Ommegang, un cortejo histórico con trajes de época que reconstruye una procesión del siglo XVI. Y en diciembre llegan los mercados de Navidad del Plaisirs d'Hiver, con las casetas de madera instaladas en el empedrado y un espectáculo de luz y sonido proyectado varias veces cada noche sobre las fachadas gremiales, convirtiendo la piedra barroca en pantalla. Si tu viaje coincide con alguna de estas fechas, la plaza cambia de naturaleza.

Qué hay alrededor: cinco minutos en cada dirección

La Grand Place funciona además como centro geográfico del casco antiguo, y casi todo lo esencial está a menos de diez minutos andando.

Saliendo por la Rue Charles Buls, en la esquina, está el relieve yacente de Everard 't Serclaes, el héroe medieval que recuperó la ciudad de manos flamencas en el siglo XIV. La tradición dice que tocar la figura trae suerte o garantiza el regreso a Bruselas, y el bronce está pulido y brillante en las zonas más manoseadas por millones de manos. Es un gesto turístico sin ninguna profundidad, pero es simpático y lleva siglos haciéndose.

Bajando por la Rue de l'Étuve se llega en dos minutos al Manneken Pis, sesenta y un centímetros de bronce fundidos en 1619 con la mayor desproporción de Europa entre tamaño y fama. En la misma calle, si levantas la vista, hay un mural de cómic que casi nadie mira porque todo el mundo va con la vista clavada en el móvil buscando la estatua.

Hacia el nordeste está el Îlot Sacré, el laberinto de callejuelas de los restaurantes de mejillones, con la Rue des Bouchers como eje y con expositores de marisco en la acera. Y hacia el norte, las Galerías Saint-Hubert, de 1847, consideradas la galería comercial cubierta más antigua de Europa que conserva su función original, con su bóveda de cristal y hierro, sus tiendas de chocolate y su cine de versión original.

Diez minutos al oeste está la Bolsa, edificio eclecticista de 1873, y algo más allá Sainte-Catherine, el antiguo barrio portuario y la mejor zona del centro para cenar pescado. Diez minutos al sureste, cuesta arriba, el Sablon, con los anticuarios y las chocolaterías.

Consejos prácticos y una advertencia

La plaza es peatonal y no cierra: se puede pasear a cualquier hora, incluso de madrugada, y verla vacía a las siete de la mañana es una experiencia que recomiendo a quien madrugue por costumbre.

Las terrazas de la propia plaza cobran la vista, y la cobran cara. No es una estafa —estás pagando por sentarte en un patrimonio mundial— pero conviene saberlo antes de pedir. Si quieres tomar algo con esas fachadas delante, hazlo asumiendo que el precio incluye el escenario. Para comer o cenar en serio, camina cinco minutos en cualquier dirección.

Las tiendas de chocolate de las calles inmediatas están orientadas al turista de paso, con cajas preparadas, surtidos genéricos y precios inflados. Para comprar chocolate en condiciones, el Sablon está a diez minutos andando.

Y como en cualquier punto de aglomeración masiva europea, atención a los bolsillos, especialmente durante el espectáculo de luz de diciembre, cuando dos mil personas miran hacia arriba al mismo tiempo.

Media hora mirando hacia arriba

La mayoría de los visitantes pasa por la Grand Place en cinco minutos, hace la fotografía panorámica y se va hacia el Manneken Pis. Es una lástima, porque la plaza premia justo lo contrario: quedarse quieto, mirar hacia arriba y leer las fachadas una por una, identificando el oficio de cada gremio y reconociendo los símbolos.

Con media hora y un poco de contexto, esto deja de ser una plaza bonita y se convierte en lo que realmente es: el retrato de una ciudad de comerciantes que fue arrasada por un rey extranjero y que decidió reconstruirse en cuatro años más rica y más ostentosa que antes, casa por casa y gremio por gremio. Eso es lo que estás mirando.