
Entender Bélgica antes de viajar: dos idiomas, seis parlamentos y una capital europea
Contexto imprescindible para viajar a Bruselas y Bélgica: por qué el país está dividido en regiones y comunidades lingüísticas, qué idioma hablar en cada sitio, cómo funciona su compleja estructura política, su pasado colonial y las costumbres cotidianas que conviene conocer.
Se puede viajar a Bruselas sin saber nada de Bélgica y pasarlo estupendamente. Pero hay pocos países europeos donde entender cuatro cosas básicas mejore tanto la experiencia, porque casi todo lo que resulta desconcertante al llegar —los carteles duplicados, los nombres de estación que cambian según el idioma, la sensación de que la ciudad tiene varias identidades superpuestas— deja de ser raro en cuanto uno sabe de dónde viene.
Y hay otra razón, menos práctica y más honesta: Bélgica es un país fascinante que casi nadie se molesta en entender, precisamente porque se le supone aburrido. Es un error.
Un país joven construido sobre una frontera lingüística antigua¶
Bélgica es un Estado reciente: se independizó en 1830 del Reino de los Países Bajos, tras una revuelta que, según cuentan los libros, se precipitó a partir de los disturbios que siguieron a una función de ópera en Bruselas. Las potencias europeas aceptaron el nuevo país y le buscaron un rey en el mercado dinástico alemán: Leopoldo de Sajonia-Coburgo, que reinó como Leopoldo I y fundó la monarquía todavía vigente.
Lo que aquel Estado nuevo hizo fue trazar una frontera política sobre una frontera lingüística muchísimo más antigua, que atraviesa el territorio de este a oeste y que separa desde hace más de mil años el mundo germánico del mundo románico. Al norte, Flandes, donde se habla neerlandés. Al sur, Valonia, donde se habla francés, con una pequeña comunidad germanófona en el extremo oriental. Y en el centro, Bruselas, oficialmente bilingüe.
Durante el primer siglo de vida del país, el francés fue la lengua del poder, la administración, la justicia y la burguesía, también en Flandes, donde la mayoría de la población hablaba neerlandés y no accedía a esos ámbitos. Ese desequilibrio generó un movimiento flamenco reivindicativo que a lo largo del siglo XX fue ganando terreno hasta invertir por completo la situación económica y política. Buena parte de la tensión comunitaria belga actual se explica por ese cambio de tornas.
Regiones, comunidades y por qué hay seis parlamentos¶
Aquí viene la parte que desconcierta a todo el mundo, y que conviene explicar despacio porque es genuinamente compleja.
Bélgica no se federalizó una vez sino en sucesivas reformas a lo largo de décadas, y el resultado es que el país tiene dos tipos de entidades superpuestas. Por un lado, las regiones, definidas por el territorio y competentes en economía, empleo, obras públicas o medio ambiente: Flandes, Valonia y la Región de Bruselas-Capital. Por otro, las comunidades, definidas por la lengua y competentes en educación, cultura y asuntos personales: la flamenca, la francófona y la germanófona.
Como esas dos lógicas no coinciden sobre el mapa —sobre todo en Bruselas, donde conviven las dos comunidades principales en el mismo territorio—, el sistema exige un número de instituciones que a un visitante le parece delirante: once millones de habitantes, seis parlamentos y seis gobiernos, más el federal. Lo que desde fuera parece burocracia desmesurada es en realidad el resultado de décadas de negociación entre comunidades que han preferido multiplicar las instituciones antes que suprimir ninguna, y ese pragmatismo ha evitado una ruptura que en otros países habría terminado peor.
El dato que mejor resume el asunto: entre 2010 y 2011, Bélgica pasó 541 días consecutivos sin gobierno federal formado, un récord mundial, y el país siguió funcionando con normalidad. Los servicios públicos operaban, los trenes circulaban, la economía crecía. Es probablemente el mejor argumento a favor de la descentralización que existe, y los propios belgas lo cuentan con una mezcla muy suya de vergüenza y orgullo.
Bruselas: una isla francófona en territorio flamenco¶
La capital tiene un estatus peculiar que conviene entender porque afecta a lo que ves todos los días. Bruselas es una región bilingüe enclavada geográficamente dentro de Flandes, y su población es hoy mayoritariamente francófona, con una fuerte presencia de otras lenguas por la inmigración y por el peso internacional de la ciudad.
En la práctica, esto significa que todo existe por duplicado. La Grand-Place es también la Grote Markt. La estación de Bruxelles-Midi es Brussel-Zuid. Las calles llevan los dos nombres en la misma placa, los anuncios del metro se hacen en los dos idiomas y los organismos públicos usan las dos siglas. Para el visitante es una curiosidad simpática; para los belgas, es el resultado de décadas de negociación milimétrica donde cada detalle ha sido objeto de acuerdo político.
En cuanto a qué idioma usar: en Bruselas, el francés funciona siempre y el inglés se habla muy ampliamente, especialmente en hostelería, comercio y transporte. Si hablas español, el francés escolar te llevará más lejos de lo que crees. Lo que no conviene es dar por hecho que en Flandes —en Brujas, Gante o Amberes— se hablará francés: se entiende, pero dirigirse en francés a un flamenco puede recibirse con frialdad por motivos históricos evidentes. Ahí, el inglés es la opción neutra y bien recibida. Un bonjour en Bruselas y un goedendag en Flandes, aunque después cambies al inglés, se agradecen siempre.
El pasado colonial y cómo se habla de él¶
Hay una parte de la historia belga que aparece constantemente en el paisaje de Bruselas y que conviene conocer, porque explica de dónde salió buena parte de lo que uno admira como turista.
Entre 1885 y 1908, el Congo no fue una colonia belga sino la propiedad personal de Leopoldo II, gestionada como empresa privada bajo un régimen de explotación del caucho cuya brutalidad —trabajo forzoso, mutilaciones, muertes masivas— provocó una campaña internacional de denuncia que acabó obligando al Estado belga a asumir el territorio. Es una de las páginas más oscuras del colonialismo europeo.
Con ese dinero se financiaron el arco del Cincuentenario, buena parte de las grandes obras públicas del cambio de siglo, los invernaderos de Laeken y varios de los edificios que hoy se recorren con la cámara en la mano. Bélgica ha tardado mucho en abordar ese pasado y sigue haciéndolo con incomodidad: hay estatuas ecuestres de Leopoldo II en varios puntos de Bruselas, un debate abierto sobre su retirada, y museos que en los últimos años han reescrito por completo su discurso. No hace falta viajar con una tesis sobre el asunto, pero sí conviene saberlo cuando uno lee un panel que atribuye una obra maestra a la generosidad de un rey.
Costumbres y detalles prácticos que conviene saber¶
Los horarios se parecen a los del norte de Europa: se come a mediodía o la una, se cena a partir de las siete y las cocinas empiezan a cerrar hacia las diez. Presentarse a cenar a las diez y media, costumbre habitual en España, deja fuera de juego. Muchos comercios cierran los domingos, y algunos también los lunes por la mañana.
En los restaurantes, el servicio está incluido en el precio y no se espera propina; redondear al alza si la experiencia ha sido buena es suficiente y agradecido. Ojo con el agua: no es habitual que sirvan agua del grifo gratis, y lo normal es que te traigan botella de pago.
Las relaciones sociales son más formales que en España en el primer contacto y bastante cálidas después. Saludar al entrar en una tienda o en un bar es obligatorio y su ausencia se nota. La puntualidad se toma en serio.
En la calle, la ciudad es tranquila, con el nivel habitual de carteristas en aglomeraciones, transporte público y mercados, sin más drama que en cualquier otra capital europea. La moneda es el euro, los enchufes son de tipo europeo con toma de tierra saliente, y el pago con tarjeta está generalizado salvo en rastros y mercados de barrio, donde conviene llevar efectivo.
El carácter belga: ironía, surrealismo y ninguna solemnidad¶
Y queda lo que no sale en las guías prácticas, que es lo que más disfruta uno cuando lo pilla.
Los belgas —y muy especialmente los bruselenses— tienen una relación irónica con su propio país que resulta desarmante. Son conscientes de que su capital no encabeza las listas de destinos soñados, de que su estructura política es absurda sobre el papel y de que su fama internacional se reduce al chocolate, la cerveza y un niño orinando. Y en lugar de defenderse, lo asumen con humor negro y una autoironía que en España reconocemos bien.
Ese carácter tiene además una tradición cultural detrás. El surrealismo belga de Magritte, con sus bombines y sus pipas que no son pipas, no es una excentricidad aislada: encaja perfectamente en un país que ha convertido en patrimonio nacional una estatua de sesenta centímetros que orina, que le ha fabricado mil trajes en miniatura y que después le ha añadido una versión femenina y otra canina. Bruselas trata lo solemne con desconfianza y lo absurdo con cariño, y esa es probablemente su mejor cualidad.
Si viajas entendiendo eso, la ciudad se disfruta el doble. Y de paso queda claro por qué un país que en teoría no debería funcionar lleva casi dos siglos funcionando: porque a fuerza de negociarlo todo y de no tomarse demasiado en serio, ha convertido la complejidad en una forma bastante razonable de convivir.