
El mercado de Navidad de Bruselas: guía del Plaisirs d'Hiver
Todo lo que necesitas saber sobre los mercados de Navidad de Bruselas: dónde está cada uno, cuál merece más la pena, qué comer y beber, cuándo ir para esquivar las multitudes y cómo aprovechar el resto del día en la ciudad.
Hay ciudades que en diciembre se ponen unas luces y siguen siendo exactamente las mismas. Bruselas no es una de ellas. Durante algo más de un mes, el centro histórico se reorganiza alrededor de sus mercados de Navidad hasta el punto de que resulta casi imposible recorrer la ciudad sin toparse con ellos, y la verdad es que tampoco hay ninguna razón para intentarlo. Cuatro días en Bruselas en diciembre acaban teniendo un hilo conductor que nadie planificó: el vaso de vino caliente entre las manos frías, siempre a la misma hora, siempre en una plaza distinta.
Esta guía sirve tanto para quien viaja expresamente por el mercado como para quien coincide con él por casualidad y quiere sacarle todo el partido. La diferencia entre las dos cosas es menor de lo que parece.
Qué es el Plaisirs d'Hiver y por qué no es un solo mercado¶
El nombre oficial del conjunto es Plaisirs d'Hiver, Placeres de Invierno, o Winterpret en su versión neerlandesa, porque en Bruselas todo existe por duplicado. Arrancó en 2001 como un mercado modesto y ha ido creciendo hasta convertirse en uno de los más visitados de Europa, con más de doscientas casetas y un par de millones largo de visitantes por temporada.
La primera cosa que hay que entender, y la que más despista a quien llega con la idea de "ir al mercado de Navidad de Bruselas", es que no existe un mercado. Existe un circuito. Las casetas se reparten entre la Grand Place, la Place Sainte-Catherine y los muelles contiguos, el bulevar Anspach a la altura de la Bolsa, y el Sablon, que monta el suyo propio con carácter aparte. Entre el extremo del Sablon y el de Sainte-Catherine hay unos veinte minutos andando, de modo que verlos todos es perfectamente factible en una tarde larga, y de hecho es la mejor forma de hacerlo: cada uno tiene una personalidad distinta y la gracia está en comparar.
La segunda cosa que conviene saber es que el Plaisirs d'Hiver no es solo casetas. Hay pista de hielo, atracciones de feria en la zona de los antiguos muelles, y sobre todo un espectáculo de luz y sonido proyectado sobre las fachadas de la Grand Place que es gratuito, se repite varias veces cada noche y es, con diferencia, el momento más fotografiado de todo el invierno bruselense.
La Grand Place: el epicentro y el espectáculo de luz¶
La Grand Place es el corazón del asunto y el sitio por el que hay que empezar, aunque solo sea para quitarse de encima la comparación. Es una plaza Patrimonio de la Humanidad rodeada de fachadas gremiales barrocas reconstruidas entre 1696 y 1700 tras el bombardeo francés que arrasó dos tercios de la ciudad, con la torre gótica del Ayuntamiento, de 96 metros, como único superviviente de aquel desastre. Ese es el escenario. En diciembre, ese escenario se convierte literalmente en pantalla.
El espectáculo de mapping proyecta luz y color sobre la piedra dorada del siglo XVII siguiendo una banda sonora que cambia cada temporada, y el efecto de ver una fachada barroca de trescientos años transformada en superficie luminosa tiene algo de sacrílego y de deslumbrante a partes iguales. Dura unos diez minutos y se repite varias veces a lo largo de la noche, así que si llegas y acaba de terminar, basta con dar una vuelta y volver. Merece la pena verlo desde el centro de la plaza, aunque implique cierta negociación con la multitud.
Las casetas instaladas en el empedrado son las más turísticas del circuito: artesanía, chocolates, gofres y bebida caliente, con precios algo por encima de los del resto de mercados y colas más largas en las horas punta. No es el sitio donde vas a hacer las compras más originales del viaje, pero sí donde vas a tomarte el primer vino caliente con las mejores vistas de Europa por encima de la cabeza. Eso, para una primera noche en la ciudad, es exactamente lo que uno quiere.
Sainte-Catherine: el mercado que yo recomendaría¶
Si solo puedes visitar uno, ve a Sainte-Catherine. Lo digo sin dudarlo y después de haberlos comparado en noches distintas.
La plaza está en el antiguo barrio portuario, que hoy cuesta imaginar como tal pero que durante siglos tuvo canales conectados con el mar a través de Amberes, y conserva a los pies de la iglesia los restos de la Tour Noire, un fragmento de la primera muralla del siglo XIII. Es una plaza de escala mediana, con la iglesia como fondo pero sin la saturación visual de la Grand Place, y esa diferencia de escala lo cambia todo: el mercado respira, las colas son razonables y la fotografía se puede hacer sin que aparezcan cuarenta cabezas en primer plano.
Aquí está la pista de hielo principal, instalada junto a la iglesia, y aquí se prolongan las casetas hacia los muelles del antiguo puerto, con las atracciones de feria y la noria. Pero lo que de verdad marca la diferencia es la clientela. En Sainte-Catherine hay muchos más bruselenses y muchos menos turistas en modo fotografía, y eso se nota especialmente entre semana y las noches de domingo, cuando los visitantes de fin de semana ya se han marchado y el barrio recupera su propio ritmo. La combinación de pista de hielo iluminada, casetas de vin chaud y fachada de la iglesia al fondo compone exactamente la estampa navideña del norte de Europa que uno tiene en la cabeza antes de viajar. Y como bonus, es la mejor zona de Bruselas para comer pescado y marisco, herencia directa del pasado pesquero del barrio, así que la cena está resuelta sin moverse.
El Sablon: el mercado más artesanal y menos masificado¶
El del Grand Sablon es el tercer vértice y el que menos gente visita, en parte porque queda algo apartado del eje principal y en parte porque su público natural no es el turista de fin de semana sino el vecino de los barrios del sur.
El Sablon es el barrio de los anticuarios y los marchantes de arte, un square alargado y arbolado rodeado de galerías, tiendas de muebles flamencos del XVIII, porcelana de Meissen y primeras ediciones encuadernadas en piel. Su mercado de Navidad es coherente con ese entorno: más pequeño, más artesanal, con producto de mayor elaboración y menos peluche industrial. Si buscas comprar algo que no encontrarás igual en cualquier otro mercado europeo, este es tu sitio.
Es también donde el chocolate belga se toma más en serio. Wittamer, fundada en 1910 y con local en la plaza desde hace décadas, tiene los escaparates dispuestos con precisión de joyería; Pierre Marcolini, un poco más al norte, trabaja cacao de origen único y ha conseguido que el chocolate se discuta con el mismo vocabulario que el vino. Entra aunque no pienses comprar. Y en el extremo norte de la plaza queda la iglesia de Notre-Dame du Sablon, gótico brabantino tardío del XV y XVI, que iluminada de noche pone el fondo perfecto a las casetas.
El bulevar Anspach y la Bolsa: el tramo de paso¶
Entre la Grand Place y Sainte-Catherine, el circuito de casetas se prolonga por el bulevar Anspach a la altura de la Bolsa de Bruselas, ese edificio eclecticista de 1873 cargado de columnas y relieves alegóricos en los que participó el taller de Rodin cuando el escultor aún trabajaba en fachadas ajenas. Iluminado de noche tiene una presencia teatral que compite bien con la de la plaza mayor.
Este tramo no es un destino en sí mismo, pero funciona muy bien como recorrido: es lo que une los dos grandes polos del mercado, está peatonalizado y permite encadenar las tres paradas en un paseo continuo sin sensación de trayecto muerto. Si haces la ruta completa en una sola noche, el orden natural sería empezar en el Sablon a última hora de la tarde, bajar hacia la Grand Place para ver el espectáculo de luz cuando ya es noche cerrada, y terminar en Sainte-Catherine, que es donde más apetece quedarse.
Qué comer y qué beber¶
El vin chaud es la unidad de medida de este mercado. Se sirve caliente en vaso de plástico o de cerámica —en muchos puestos se paga una fianza por el vaso que se devuelve al entregarlo— y hay versión de vino tinto especiado, versión blanca y versiones sin alcohol para quien conduzca o no beba. No es alta gastronomía y no pretende serlo: es un recipiente caliente que te devuelve la sensibilidad en los dedos mientras miras una fachada gótica. Con eso basta.
Los gofres tienen truco. El de Bruselas es el rectangular, ligero y crujiente, y el de Lieja es más denso, más dulce y con azúcar perlado caramelizado. Los puestos turísticos tienden a rematarlos con torres de nata, fruta y sirope que tapan el sabor y encarecen la cuenta; la versión que merece la pena es la simple, con azúcar glas o con crema de especuloos, esa pasta de galleta especiada que es probablemente el mejor souvenir comestible que se puede sacar de Bélgica.
Las patatas fritas son asunto serio en este país. La leyenda local sostiene que las inventaron ellos y que la denominación inglesa french fries nació de un malentendido entre soldados americanos y soldados belgas francófonos durante la Primera Guerra Mundial. La clave técnica es la doble fritura a dos temperaturas, que consigue una textura crujiente por fuera y blanda por dentro que casi nadie logra imitar. Se piden en cucurucho, con salsa, y a la salida de un mercado en una noche de diciembre son gloria pura.
Y luego está todo lo demás: salchichas, raclette derretida sobre pan, sopas, castañas asadas, cerveza belga caliente en algunos puestos para el que quiera experimentar. Con el frío apretando y las luces encendidas, todo apetece y todo sabe mejor de lo que probablemente merecería en otras circunstancias. Hay una honestidad en esos placeres sencillos que Bruselas gestiona mejor que casi nadie.
Cuándo ir: fechas, horarios y el factor multitud¶
El Plaisirs d'Hiver suele abrir a finales de noviembre, en torno al último viernes del mes, y cierra los primeros días de enero, después de Reyes en algunas ediciones y justo antes en otras. Las fechas exactas cambian cada temporada, así que conviene confirmarlas en la web oficial de la ciudad antes de comprar el vuelo, sobre todo si viajas en el filo del calendario.
El horario habitual va de mediodía hasta las diez de la noche aproximadamente, con extensión los fines de semana. Pero la pregunta relevante no es a qué hora abre sino cuándo conviene ir, y ahí la respuesta es clara: entre semana y a partir de las siete de la tarde. Los sábados por la noche la Grand Place llega a niveles de densidad humana que estropean bastante la experiencia, mientras que un martes a las ocho la misma plaza permite moverse con comodidad y ver el espectáculo de luz sin negociar el espacio a codazos. Los domingos por la noche son también un buen momento, con los visitantes de fin de semana ya de vuelta a casa y el mercado devuelto a los vecinos.
Si viajas expresamente por el mercado, la primera quincena de diciembre es mejor que la segunda: mismo ambiente, menos gente y precios de vuelo y alojamiento notablemente más bajos que en la semana de Navidad.
Cómo vestirse y otros detalles prácticos¶
Bruselas en diciembre no es especialmente fría en términos absolutos —rara vez baja de cero— pero tiene humedad, viento y una capacidad notable para que ocho grados se sientan como tres. La ropa que funciona es la de capas, con algo impermeable por fuera porque la lluvia fina es habitual, y sobre todo calzado cómodo y seco: este es un plan de estar de pie muchas horas sobre adoquín.
Anochece hacia las cuatro y media de la tarde, lo que tiene una consecuencia práctica importante para organizar el día: las horas de luz son pocas y valen oro. Reserva la franja central del día para los museos, las galerías y las visitas de interior, y deja la caída de la tarde y la noche íntegramente para los mercados. Intentar hacerlo al revés es desaprovechar las dos cosas.
Lleva algo de efectivo. Muchos puestos aceptan tarjeta sin problema, pero no todos, y las fianzas de los vasos se resuelven más rápido en metálico. Y una advertencia que vale para cualquier mercado europeo con esta afluencia: las zonas de aglomeración son territorio de carteristas, especialmente alrededor de las colas de bebida y en el momento del espectáculo de luz, cuando todo el mundo mira hacia arriba a la vez.
Qué hacer durante el día si viajas por el mercado¶
Un viaje a Bruselas en diciembre que consista solo en mercados desaprovecha la ciudad, porque debajo de las luces hay una capital con más capas de las que la mayoría espera. Las horas de luz dan de sobra para lo esencial: la Grand Place de día, que es otra plaza completamente distinta de la nocturna; el Manneken Pis, que se despacha en tres minutos y tiene la mejor historia de guardarropa de Europa; las Galerías Saint-Hubert, de 1847, cuya bóveda de cristal y hierro decorada con guirnaldas navideñas es una de las postales más agradecidas del invierno bruselense; y la colina real, con la Place Royale, el Mont des Arts y los Musées Royaux des Beaux-Arts con su Museo Magritte.
Y si el viaje da para una mañana entera fuera del circuito, el norte de la ciudad guarda el mejor secreto de Bruselas: el cementerio monumental de Laeken, con sus mausoleos neogóticos y sus galerías subterráneas, un lugar en la misma categoría que el Père-Lachaise parisino que casi ningún turista visita. En diciembre, con los árboles pelados y esa luz baja y horizontal del norte, tiene una atmósfera difícil de olvidar.
Al final, lo que hace que Bruselas en diciembre funcione tan bien no es el mercado en sí, que se parece bastante a otros mercados centroeuropeos, sino la ciudad sobre la que está montado. El vino caliente sabe mejor porque lo bebes debajo de las fachadas gremiales de 1700. Esa es toda la fórmula, y es imbatible.