
El barrio europeo y el Parque del Cincuentenario de Bruselas
Guía del barrio europeo de Bruselas: el Berlaymont y las instituciones, el Parlamento Europeo y sus visitas gratuitas, el Parque del Cincuentenario con sus museos, y las fachadas Art Nouveau del Square Ambiorix que casi nadie visita. Qué merece la pena y qué no.
El barrio europeo es la parte de Bruselas que más gente conoce de oídas y menos gente visita de verdad. Todo el mundo ha visto en el telediario los edificios de cristal donde se decide media legislación del continente, y casi nadie los ha pisado. Y hay que decirlo de entrada, porque este artículo no va a fingir lo contrario: como conjunto urbano, el barrio europeo es lo menos bonito de Bruselas.
Dicho lo cual, tiene tres motivos sólidos para dedicarle una mañana. Uno es institucional, para quien tenga curiosidad por ver de cerca la maquinaria de la Unión. Otro es el Parque del Cincuentenario, que es un conjunto monumental de primer orden con tres museos dentro. Y el tercero, el que casi nadie conoce, son las fachadas Art Nouveau que hay a cinco minutos de la Comisión Europea y que están entre las más audaces de toda la ciudad.
Cómo llegó Bruselas a ser la capital de Europa¶
Bruselas no fue elegida capital europea en ningún momento concreto. Se fue quedando con el papel por acumulación de decisiones provisionales que nunca se revirtieron, que es la forma más europea posible de decidir algo.
Cuando en 1958 se pusieron en marcha la Comunidad Económica Europea y el Euratom, había que instalar los servicios en algún sitio mientras se decidía la sede definitiva. Bruselas ofrecía posición central, bilingüismo y disposición política, y empezó a acoger reuniones y funcionarios en régimen temporal. Ese régimen temporal dura ya más de sesenta años. Hoy la ciudad alberga la Comisión Europea, el Consejo de la Unión Europea, buena parte de la actividad del Parlamento Europeo —que mantiene su sede formal en Estrasburgo, en una duplicidad costosa que se critica cada año y no cambia nunca— y también la sede de la OTAN, algo más al norte.
La consecuencia para la ciudad ha sido enorme: decenas de miles de funcionarios, diplomáticos, lobistas y periodistas de todo el continente, un mercado inmobiliario tensionado, un barrio entero reconstruido a base de derribos en los años sesenta y setenta —proceso que los urbanistas bautizaron con el término bruxellisation, que no es precisamente un elogio— y una capa cosmopolita que muy pocas ciudades europeas de este tamaño tienen.
Schuman, el Berlaymont y las instituciones¶
El centro neurálgico es la Rond-Point Schuman, una rotonda que lleva el nombre de Robert Schuman, el político francés de origen luxemburgués y familia alemana que en 1950 presentó la declaración considerada acta fundacional de la integración europea. Hay una paradoja simpática en que la avenida principal del proyecto europeo lleve el nombre de alguien que encarnaba personalmente que las fronteras son una convención.
Dominándolo todo está el Berlaymont, sede de la Comisión Europea, construido en 1967 con una planta en forma de estrella de cuatro puntas y fachadas curvas de cristal. Su historia tiene un capítulo poco glorioso: en los años noventa hubo que evacuarlo por completo y someterlo a un largo proceso de descontaminación de amianto que se prolongó durante años. Hoy alberga al colegio de comisarios y a varios miles de funcionarios. Desde la calle es imponente por escala más que por belleza; desde dentro, cuentan quienes trabajan allí, la sensación de laberinto es considerable.
Alrededor se despliegan el edificio del Consejo, con su llamativa estructura acristalada en forma de linterna, y el complejo del Parlamento Europeo, un poco más al sur, junto al Parque Leopold. Y aquí está el dato que convierte la visita en algo más que mirar fachadas: varias instituciones tienen centros de visitantes gratuitos y abiertos al público. El del Parlamento permite recorrer el hemiciclo y una exposición sobre el funcionamiento de la Unión, y a poca distancia hay un museo dedicado a la historia europea, también de acceso libre, instalado en un edificio Art Déco del parque. Consulta horarios y condiciones antes de ir, porque cambian según el calendario político y algunas visitas requieren reserva previa.
Para quien tenga cualquier interés en política, en periodismo o en cómo se cocinan las decisiones que luego llegan al boletín oficial de su país, esta media mañana es más interesante de lo que el escepticismo previo sugiere. Para quien no, es prescindible sin remordimientos.
El Parque del Cincuentenario: el arco que llegó tarde¶
A un paseo del Schuman se abre el Parc du Cinquantenaire, y aquí el registro cambia por completo. Se creó en 1880 para celebrar el cincuenta aniversario de la independencia de Bélgica, proclamada en 1830 tras una revolución que, según los libros de historia, se precipitó entre otras cosas por una función de ópera especialmente encendida.
El arco triunfal que preside el parque —tres arcos unidos, de estilo neoclásico, coronados por una cuadriga de bronce— no estuvo listo para el aniversario que conmemoraba. Ni para 1880, ni para 1885, ni para 1890. Se completó finalmente en 1905, para el 75 aniversario, financiado en buena parte por Leopoldo II con los beneficios de su explotación personal del Congo. Bélgica lleva siglo y medio practicando el arte de los proyectos que se demoran, y este es el ejemplo canónico.
El parque en sí es amplio, arbolado y sorprendentemente tranquilo, incluso en pleno invierno con los árboles pelados, cuando la luz baja del norte le da un aire entre melancólico y solemne. Dentro alberga tres museos importantes que pueden llenar una tarde entera. El Musée du Cinquantenaire es un museo de arte e historia con colecciones que van desde la antigüedad egipcia y clásica hasta las artes decorativas europeas, y es uno de los grandes museos de Bélgica pese a ser poco conocido fuera del país. Autoworld reúne una colección notable de automóviles históricos en una nave de hierro y cristal espectacular. Y el Musée Royal de l'Armée cubre la historia militar belga con una sección de aviación considerable; desde su interior se accede a la terraza superior del arco, uno de los miradores menos concurridos de Bruselas.
Lo que casi nadie visita: el Art Nouveau del Square Ambiorix¶
Y aquí llega el motivo por el que yo volvería a este barrio aunque las instituciones europeas me dieran igual.
A cinco minutos andando del Berlaymont, en el filo mismo del cuadrante institucional, está el Square Ambiorix, una plazoleta ajardinada del barrio de los Squares, una zona residencial burguesa urbanizada a finales del siglo XIX y que conserva algunas de las fachadas Art Nouveau más audaces de la ciudad.
La estrella es la Maison Saint-Cyr, en el número 11, obra de Gustave Strauven en 1903. Es una fachada estrechísima —apenas cuatro metros de ancho— que se dispara hacia arriba en una sucesión de balcones de hierro forjado, vidrieras curvas, ventanas circulares y remates que rozan lo delirante. Strauven tenía veintitrés años cuando la diseñó y se nota en el mejor sentido: es arquitectura de juventud, sin miedo a excederse, hecha por alguien que se había formado con Victor Horta y que decidió llevar el lenguaje del maestro un paso más allá de lo razonable.
El contraste entre esa fachada y la geometría burocrática de la Comisión Europea, a quinientos metros de distancia, es exactamente lo que hace interesante caminar por esta esquina de Bruselas. En la misma zona y en las calles del entorno hay más fachadas modernistas que merecen atención, y algo más al sur, cerca del Cincuentenario, se conserva la Maison Cauchie, una casa-taller decorada con esgrafiados que abre al público solo en días muy contados al mes.
Este es el argumento que convierte una mañana mediocre en una buena mañana. La ciudad institucional y la ciudad modernista comparten manzana y casi nadie hace el trayecto entre ambas.
Cómo organizar la visita y cuánto tiempo dedicarle¶
El barrio está bien conectado por metro y se llega desde el centro en poco más de un cuarto de hora. Todo el recorrido descrito —Schuman, instituciones, Square Ambiorix, Cincuentenario— se hace andando y ocupa una mañana holgada, o una jornada completa si entras en alguno de los museos del parque.
Un aviso muy práctico: el barrio europeo es una zona de oficinas y los fines de semana está prácticamente muerto, con los bares y restaurantes de la zona cerrados y las calles vacías. Si tu interés es ver el barrio en funcionamiento, ve entre semana. Si lo que quieres son las fachadas y el parque, el domingo tiene la ventaja del silencio absoluto.
Y una recomendación de prioridades, por si el viaje es corto. En una escapada de dos días, yo no metería el barrio europeo: hay demasiadas cosas mejores en el centro histórico. En tres días, entra si te interesa la política o si te apetece uno de los museos del Cincuentenario. En cuatro, hazlo sin dudarlo, pero encadena Schuman con el Square Ambiorix, porque separados valen la mitad.