Saltar al contenido
El escaparate de una tienda en Bruselas

Destinos · Bélgica · Bruselas

Chocolate belga en Bruselas: dónde comprarlo y cómo elegir bien

Guía del chocolate en Bruselas: qué es exactamente una praline, por qué el chocolate belga tiene la fama que tiene, en qué barrios comprarlo, qué casas merecen la pena y cómo evitar las tiendas de souvenirs del centro turístico.

Lectura de 8 minutos

Comprar chocolate en Bruselas es una de esas cosas que parecen imposibles de hacer mal y que, sin embargo, mucha gente hace mal. El centro histórico está lleno de tiendas con cajas apiladas en el escaparate, rótulos dorados y precios de aeropuerto, y es perfectamente posible salir de la ciudad con un kilo de bombones industriales pagados a precio de artesanía. Con veinte minutos de criterio y un paseo de diez, el resultado es completamente distinto.

Esta guía va de eso: de entender qué estás comprando, de saber dónde comprarlo y de llevártelo a casa en condiciones.

Por qué el chocolate belga tiene la fama que tiene

La reputación no es marketing, o no solo. Tiene una base histórica y otra técnica.

La histórica arranca en el siglo XIX, cuando Bélgica administraba el Congo y disponía de acceso directo y masivo a materia prima de cacao. Esa disponibilidad, unida a una industria alimentaria en expansión y a una burguesía urbana con dinero y ganas de lujo cotidiano, creó el caldo de cultivo. Conviene tener presente el reverso incómodo de esa historia: el capital que financió buena parte de la Bélgica monumental del cambio de siglo, incluida la que se recorre hoy como turista, salió del régimen colonial de Leopoldo II en el Congo, una de las páginas más oscuras del colonialismo europeo.

La base técnica es el momento fundacional del chocolate belga tal y como se entiende hoy: en 1912, el chocolatero Jean Neuhaus —nieto del farmacéutico suizo que había abierto la tienda familiar en las Galerías Saint-Hubert vendiendo pastillas de chocolate para disimular el sabor de los medicamentos— tuvo la idea de fabricar una cáscara de chocolate y rellenarla. Así nació la praline, el bombón relleno, que desde entonces define la pastelería de calidad en medio mundo. Pocos años después, en 1915, su esposa Louise Agostini resolvió el otro problema del invento —que se estropeaba en las bolsas de papel— diseñando el ballotin, esa caja de cartón rígido con los laterales plegados que sigue siendo el envase estándar del sector.

A eso se suma una tradición artesanal que nunca se perdió del todo: el país produce alrededor de 220.000 toneladas anuales y conserva más de dos mil chocolaterías artesanales, muchas de ellas trabajando a escala pequeña y con recetas propias.

Qué es exactamente una praline y qué debes mirar

Una praline es un bombón de cáscara de chocolate con relleno interior, y el relleno es donde se juega todo: ganache, praliné de avellana o almendra, gianduja, caramelo, licor, marzipan, crema fresca. Ojo con la confusión terminológica, porque en Francia y en España praliné designa la pasta de frutos secos y azúcar caramelizado, mientras que en Bélgica praline es el bombón entero, con independencia del relleno.

Lo que distingue a un buen chocolate de uno mediocre se puede reconocer sin ser experto. El primer indicador es el brillo y el chasquido: una cobertura bien atemperada brilla, se rompe con un crujido limpio y no deja la superficie mate ni grisácea. El segundo es la lista de ingredientes: manteca de cacao y no grasas vegetales sustitutivas, y cuanto más corta la lista, mejor. El tercero es la frescura, especialmente en los rellenos de crema fresca, que se hacen para consumir en días y no en meses; si una tienda vende todo con seis meses de caducidad, está vendiendo producto industrial.

Y un consejo que ahorra decepciones: compra poco de muchas variedades en lugar de mucho de una sola. Las buenas casas venden al peso y dejan elegir pieza a pieza, así que se puede montar una caja de quince bombones distintos y descubrir cuál te interesa de verdad.

El Sablon: donde el chocolate se toma en serio

El barrio del Grand Sablon es el epicentro chocolatero de la ciudad y el sitio al que yo iría directamente. Es un square alargado y arbolado, rodeado de anticuarios y galerías de arte, a diez minutos andando de la Grand Place cuesta arriba, y la concentración de casas de primer nivel en unos pocos cientos de metros no tiene equivalente en el país.

Wittamer, fundada en 1910 y con local en la plaza desde hace décadas, es una pastelería y chocolatería clásica cuyo escaparate está montado con precisión de joyería: pasteles, tartas y bombones dispuestos como piezas de exposición. Entrar solo a mirar ya merece la pena. Pierre Marcolini representa la otra escuela, la contemporánea: trabaja cacao de origen único procedente de plantaciones concretas, controla el proceso desde el grano y ha conseguido que el chocolate se discuta con el mismo vocabulario que se usa para el vino, hablando de terruño, añada y perfil aromático. Los precios están a la altura de esa ambición.

En la misma zona y en el centro hay otras casas que merecen atención según lo que busques: las que trabajan la tradición clásica belga con recetas de hace un siglo, y las que han apostado por el chocolate negro de alto porcentaje y los rellenos menos dulces. La ventaja del Sablon es que puedes entrar en tres o cuatro en media hora y comparar.

Las Galerías Saint-Hubert y el resto del centro

El otro punto histórico está en las Galerías Saint-Hubert, la galería comercial cubierta de 1847 con bóveda de cristal y hierro que atraviesa el centro. Aquí abrió la tienda original de la familia Neuhaus, de modo que este pasaje es literalmente el lugar donde se inventó el bombón relleno. Hoy conviven en la galería varias casas de chocolate junto a librerías, joyerías y el cine que sigue proyectando en versión original, y el conjunto es una de las visitas más agradables del casco antiguo aunque no compres nada.

Lo que conviene evitar son las calles inmediatas a la Grand Place, donde proliferan las tiendas de aspecto lujoso orientadas al turista de paso: cajas grandes preparadas, surtidos genéricos, precios inflados y producto que en muchos casos no se ha hecho a menos de doscientos kilómetros de allí. No es un fraude, simplemente es caro y mediocre. Basta con caminar diez minutos hasta el Sablon para comprar mejor y más barato.

Y una advertencia final sobre el aeropuerto: comprar el chocolate en la terminal de salida es el peor plan posible en relación calidad-precio. Si vas justo de tiempo, hazlo en cualquier supermercado belga, donde las marcas nacionales de calidad media cuestan una fracción de lo que valen en las tiendas turísticas y son perfectamente dignas para regalar en la oficina.

Qué comprar según para quién sea

Para regalo formal —suegros, jefes, gente a la que quieres impresionar— el ballotin surtido de una casa del Sablon es infalible, presenta bien y no requiere explicación.

Para consumo propio, yo compraría al peso y por variedades, priorizando los rellenos de ganache y praliné frescos, que son los que peor viajan y por tanto los que hay que comer allí o en los días siguientes. Los bombones con licor son los más específicamente belgas y los que más se echan de menos después.

Para llevar a mucha gente sin arruinarse, las tabletas de las marcas nacionales de calidad compradas en supermercado cumplen perfectamente, y la crema de especuloos —esa pasta untable de galleta especiada— es el souvenir comestible que más éxito tiene siempre y que además cuesta poquísimo si se compra donde compran los locales.

Y si el viaje es en diciembre, los mercados de Navidad tienen puestos de chocolate artesano que funcionan bien para producto de temporada, aunque para las compras serias sigue siendo mejor una tienda con obrador.

Cómo transportarlo sin desastres

El chocolate bien hecho lleva manteca de cacao y la manteca de cacao se funde en torno a los treinta grados, así que el problema es el verano. Si viajas entre junio y septiembre, compra el chocolate el último día, guárdalo lo más fresco posible en el alojamiento y llévalo en el equipaje de mano, nunca en la bodega del avión ni en un coche aparcado al sol. Un ballotin olvidado cuatro horas en una maleta caliente se convierte en un bloque irrecuperable.

El otro enemigo es la nevera. Guardar el chocolate en frío provoca condensación y ese velo blanquecino que aparece en la superficie cuando el azúcar o la grasa migran; no es peligroso, pero arruina la textura y el brillo. Lo correcto es un sitio fresco, seco, oscuro y estable, entre quince y dieciocho grados.

Y en cuanto a plazos: las pralines con relleno de crema fresca se comen en días, las de ganache aguantan un par de semanas y las de praliné o gianduja bastante más. Pregunta en la tienda, que además es la mejor forma de que te expliquen lo que estás comprando.

Media hora bien invertida

Bruselas es una ciudad donde el chocolate no es un souvenir sino un producto local vivo, elaborado en obradores que llevan generaciones haciéndolo y consumido por la gente del sitio con normalidad absoluta. Tratarlo como un imán de nevera comestible es desaprovechar una de las mejores cosas que ofrece la ciudad.

Media hora en el Sablon, entrando en dos o tres casas, preguntando y comprando poco de muchas variedades, cambia por completo la experiencia respecto a la caja comprada con prisa junto a la Grand Place. Y como el barrio merece la visita por sí mismo, con sus anticuarios, su iglesia gótica y su mercado de antigüedades del fin de semana, la excusa del chocolate acaba siendo también una buena excusa para conocer una de las mejores zonas de la ciudad.