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El memorial de los Zapatos junto al Danubio, pares de zapatos de hierro fundido en la orilla, en memoria de los judíos húngaros asesinados en 1944

Destinos · Hungría · Budapest

El Budapest judío: sinagogas, gueto y memoriales del séptimo distrito

El barrio judío de Budapest es hoy la zona de moda de la ciudad, con sus ruin bars y sus terrazas, y también el lugar donde en 1944 se confinó a setenta mil personas en unas pocas manzanas. Recorrido por la mayor sinagoga de Europa, los memoriales y los rincones que la mayoría pasa de largo.

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Una de las mayores comunidades judías de Europa

Para entender el séptimo distrito hay que empezar por una cifra. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Budapest tenía una de las comunidades judías más grandes y prósperas de Europa, en torno a doscientas mil personas, cerca de la cuarta parte de la población de la ciudad. Su peso en la vida económica, cultural y profesional era tan visible que a principios del siglo XX circulaba el apodo despectivo de Judapest, acuñado precisamente por quienes veían aquello con hostilidad.

Esa comunidad no era homogénea. Convivían la corriente neóloga, reformista y muy integrada en la burguesía húngara, la ortodoxa, más tradicional, y una tercera vía intermedia, y cada una levantó sus propios templos a pocas calles de distancia. Esa es la razón de que en unas manzanas del distrito VII haya tres sinagogas monumentales de estilos radicalmente distintos.

Lo que ocurrió después es conocido en sus trazos gruesos y mucho menos en el detalle húngaro. Hungría aprobó leyes antijudías desde 1938, pero las deportaciones masivas no empezaron hasta la ocupación alemana de marzo de 1944. En apenas dos meses fueron deportadas más de cuatrocientas mil personas del resto del país, casi todas a Auschwitz. Los judíos de Budapest se salvaron de esa primera oleada y quedaron atrapados en la siguiente, cuando el partido fascista de la Cruz Flechada tomó el poder en octubre de aquel año.

La Gran Sinagoga de la calle Dohány

El edificio que ordena todo el barrio es la Gran Sinagoga, en la calle Dohány, y es imposible no detenerse ante ella. Dos torres octogonales de cuarenta y cuatro metros coronadas por cúpulas doradas y una fachada de ladrillo y cerámica que mezcla influencias del norte de África y de la Alhambra granadina. Parece trasplantada de otro continente, y en cierto modo lo está: el arquitecto vienés Ludwig Förster la construyó entre 1854 y 1859 en un estilo neomorisco deliberadamente exótico, buscando una arquitectura que expresara una identidad diferenciada y que no imitara ni a las iglesias cristianas ni a nada del entorno.

Con capacidad para casi tres mil personas, es la sinagoga más grande de Europa y la segunda del mundo. El interior sorprende por lo poco que se parece a lo que uno espera de una sinagoga: tiene órgano, algo impensable en la tradición ortodoxa, y una disposición basilical con naves que refleja hasta qué punto la comunidad neóloga quería parecerse arquitectónicamente a la burguesía en la que estaba integrada. Su acústica ha hecho de ella una sala de conciertos habitual.

En el recinto hay más de lo que parece desde fuera. La entrada da acceso al Museo Judío Húngaro, levantado sobre el solar donde nació Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, que era hijo de esta comunidad; al Templo de los Héroes, construido en los años treinta en memoria de los soldados judíos húngaros caídos en la Primera Guerra Mundial; al cementerio y al parque memorial Raoul Wallenberg.

El cementerio que no debería existir

En el patio hay algo que rompe la tradición judía y que explica por sí solo lo que pasó aquí. Junto a un templo no se entierra a nadie, es una norma clara. Sin embargo, en el jardín de la Gran Sinagoga hay más de dos mil tumbas.

La razón es el invierno de 1944. En noviembre de aquel año, el gobierno títere de la Cruz Flechada estableció el gueto de Budapest en estas mismas calles, y confinó a más de setenta mil personas en un área de apenas unas manzanas, cercada por una empalizada de madera. Durante las semanas siguientes, con el asedio soviético en marcha, el frío, el hambre y la enfermedad mataron a miles de personas dentro del recinto. No había ni forma ni lugar de sacar los cuerpos, así que se enterraron aquí, junto a la sinagoga, porque no quedaba otra opción.

En el parque trasero está el Memorial del Árbol de la Vida, obra de Imre Varga instalada en 1991: un sauce llorón de metal donde cada hoja de acero lleva grabado el nombre de una víctima. Es uno de esos monumentos que funcionan sin necesidad de explicación, por pura acumulación silenciosa de nombres. Alrededor, unas placas recuerdan a los llamados Justos entre las Naciones, quienes salvaron vidas jugándose la propia.

Las otras dos sinagogas, que casi nadie visita

A cinco minutos andando de la Dohány hay dos templos que la inmensa mayoría de visitantes ni pisa y que merecen mucho la pena, sobre todo porque están vacíos.

El de la calle Rumbach es obra de un jovencísimo Otto Wagner, el arquitecto que años después definiría la Viena de la Secesión, y se terminó en 1872 para la comunidad de la corriente intermedia. Su planta octogonal y su decoración de inspiración morisca, con azules y dorados, lo convierten en un espacio de una intimidad que la Gran Sinagoga, por tamaño, no puede tener. Estuvo décadas en ruinas y reabrió restaurado en 2021, así que aparece en pocas guías todavía.

El de la calle Kazinczy es la sinagoga ortodoxa, de 1913, y es puro Art Nouveau húngaro: una fachada asimétrica encajada entre medianeras, vidrieras y una decoración vegetal que emparenta directamente con la arquitectura de la época. Sigue siendo un templo en uso de una comunidad activa, con restaurantes kosher alrededor, y esa es precisamente su gracia: está a treinta metros del ruin bar más famoso de la ciudad y pertenece a otro mundo.

Los Zapatos junto al Danubio

El memorial más conocido del Budapest judío no está en el barrio, sino a un kilómetro, en el paseo fluvial entre el Parlamento y el Puente de las Cadenas. Son sesenta pares de zapatos de hierro fundido colocados al borde del agua, de hombre, de mujer y de niño, con los modelos que se llevaban en los años cuarenta. Los crearon el escultor Gyula Pauer y el director de cine Can Togay en 2005.

Recuerdan a las miles de personas que las milicias de la Cruz Flechada asesinaron en esta misma orilla entre diciembre de 1944 y enero de 1945. El método era deliberadamente eficiente y cruel: obligaban a las víctimas a descalzarse, porque los zapatos eran un bien valioso en tiempos de guerra, las ataban en grupos al borde del agua y disparaban a uno solo, de manera que el peso del cuerpo arrastrara a los demás al río helado. Los zapatos se quedaban en la orilla.

Funciona por su sencillez brutal. No hay estructura monumental, ni inscripciones grandilocuentes, solo calzado vacío mirando al agua y tres placas discretas en húngaro, inglés y hebreo. Se visita a cualquier hora y es gratuito. Ve a primera hora si puedes, porque a mediodía hay bastante gente haciéndose fotos y el sitio pide otra cosa.

Los rescatadores y el Centro Memorial del Holocausto

Hay una parte de esta historia que suele contarse peor y que merece atención. En 1944, un grupo de diplomáticos extranjeros organizó en Budapest una de las operaciones de rescate más grandes de todo el Holocausto. El sueco Raoul Wallenberg expidió miles de pasaportes de protección y estableció casas bajo bandera sueca. El suizo Carl Lutz hizo algo parecido a mayor escala aún, y organizó en un edificio de la calle Vadász, la llamada Casa de Cristal, un refugio donde llegaron a esconderse unas tres mil personas. Ese edificio sigue en pie, tiene un pequeño memorial y se puede visitar en horarios limitados.

Wallenberg desapareció en enero de 1945 tras ser detenido por los soviéticos y nunca se supo con certeza qué fue de él, una de las historias más turbias de la posguerra europea. Hay memoriales dedicados a él y a Lutz repartidos por la ciudad.

Para quien quiera profundizar, el Centro Memorial del Holocausto está fuera del barrio, en la calle Páva del distrito IX, instalado en una sinagoga de 1923 restaurada y ampliada. Es un museo serio, cronológico y muy bien documentado sobre la persecución en Hungría, mucho menos visitado de lo que merece. Abre de martes a domingo y cierra los lunes.

El barrio hoy: el contraste que nadie resuelve

Y aquí está lo incómodo. Estas mismas calles son hoy el principal foco de ocio nocturno de Budapest. A partir de los años dos mil, cuando el distrito VII era un conjunto de edificios degradados que nadie iba a rehabilitar, unos cuantos emprendedores empezaron a montar bares en ellos con muebles rescatados de la calle. Nacieron así los ruin bars, y con ellos llegó un turismo joven y masivo que ha transformado el barrio.

El resultado es un contraste que no tiene solución fácil: se puede pasar de leer los nombres grabados en las hojas del Árbol de la Vida a una calle de terrazas llenas en cuestión de cinco minutos. Hay quien lo vive como una falta de respeto y hay quien lo interpreta al revés, como la prueba de que un barrio que quedó vacío ha vuelto a estar vivo. Los vecinos, por su parte, llevan años quejándose del ruido, y esa presión es una de las razones de fondo de las recientes restricciones al alquiler turístico en los distritos centrales.

Mi consejo es no evitar ninguna de las dos caras, pero sí separarlas. Dedica la mañana a las sinagogas y los memoriales, con calma, y deja la parte nocturna para después de cenar. Mezclarlas en la misma hora no le hace justicia a ninguna.

Detalles prácticos que conviene saber

La Gran Sinagoga cierra los sábados por el Shabbat y en las festividades judías, que caen en fechas móviles y que conviene mirar antes de organizar el día. Los viernes cierra temprano. El resto de la semana abre desde las diez de la mañana, hasta las seis o las ocho en verano y hasta las cuatro en invierno, con el acceso cerrado una hora antes.

La entrada no es barata, alrededor de veinte euros, pero incluye todo el complejo: sinagoga, museo, cementerio, Templo de los Héroes y parque memorial, y suele dar derecho a una visita guiada incluida. Se compra por internet o en taquilla, aunque en verano las colas del mostrador son considerables. Hay control de seguridad en la entrada, algo habitual en las sinagogas europeas.

Sobre la vestimenta, se pide hombros y rodillas cubiertos, y los hombres deben cubrirse la cabeza; en la entrada facilitan una kipá de papel si no llevas nada. Calcula hora y media o dos horas para el conjunto, y otra hora larga si quieres añadir las sinagogas de Rumbach y Kazinczy. Con eso tienes una mañana completa y probablemente la más densa de todo tu viaje a Budapest.