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El interior de un ruin bar en el barrio judío de Budapest, decorado con muebles y objetos reciclados

Destinos · Hungría · Budapest

Ruin bars de Budapest: qué son, cuáles visitar y cuándo ir

Los ruin bars nacieron por casualidad en unos edificios abandonados que nadie iba a rehabilitar y hoy son la seña de identidad nocturna de Budapest. Qué son exactamente, cuáles merecen la pena, a qué hora ir para no hacer cola y los timos que conviene tener fichados.

Lectura de 8 minutos

Un fenómeno que solo podía nacer aquí

Un ruin bar, romkocsma en húngaro, es exactamente lo que su nombre indica: un bar montado dentro de un edificio en ruinas. No es una estética prefabricada ni una franquicia con paredes envejecidas a propósito, sino el resultado de una situación urbana muy concreta que se dio en Budapest a principios de los años dos mil y en ningún otro sitio de Europa.

El séptimo distrito, el antiguo barrio judío, salió de cuarenta años de comunismo y de una década de transición hecho un solar. Manzanas enteras de edificios del siglo XIX estaban vacías, degradadas y sin ningún horizonte de rehabilitación, porque no valían nada y nadie iba a invertir en ellos. En 2002, un grupo de amigos alquiló uno de esos inmuebles semiderruidos por muy poco dinero, lo llenó de muebles rescatados de la calle y abrió el Szimpla Kert. La idea era montar un sitio barato donde beber y poner música, no crear un modelo de negocio.

Funcionó tan bien que se replicó por todo el barrio. Bañeras convertidas en sofás, bicicletas colgando del techo, televisores antiguos usados como lámparas, plantas trepando por paredes desconchadas, grafitis por todas partes y patios interiores llenos de gente. Un caos estético que, paradójicamente, funciona, y que ha acabado copiándose en medio mundo sin conseguir nunca el mismo efecto, porque en los demás sitios la ruina es decorado y aquí era real.

Szimpla Kert, el original

El Szimpla sigue siendo el más famoso y es la parada obligada si solo vas a entrar en uno. Ocupa un edificio entero en la calle Kazinczy, con planta baja, piso superior, patio central descubierto y una acumulación de objetos que roza lo delirante. Hay varias barras repartidas, conciertos varias veces por semana, proyecciones, un espacio que funciona como biblioteca improvisada y comida a precios razonables.

Conviene saber que es abiertamente turístico. Oirás cinco o seis idiomas antes de llegar a la barra y verás pocos clientes locales, sobre todo los fines de semana. Eso no lo invalida: sigue siendo un espacio genuinamente único, y la sensación de recorrer sus rincones descubriendo cosas raras no se parece a nada que hayas visto en otra ciudad. Pero hay que entrar sabiendo qué es.

El truco para disfrutarlo está en la hora. Un viernes a las once de la noche hay veinte o treinta minutos de cola en la puerta y dentro no cabe un alfiler. Un martes a las siete de la tarde es otro sitio: se puede pasear, sentarse y mirar. Y hay una opción que casi nadie aprovecha: los domingos por la mañana el patio se convierte en mercado de productores, con puestos de comida y verdura, ambiente familiar y luz natural entrando por el patio. Ver el Szimpla de día, vacío y con el sol dando en las paredes pintadas, es una experiencia completamente distinta y probablemente mejor.

Los otros, que suelen ser más interesantes

Quedarse solo en el Szimpla es como visitar Roma y quedarse en la Fontana di Trevi. A pocas calles hay una docena de locales con personalidades muy distintas.

El complejo Instant-Fogas, en la calle Akácfa, es el más grande de todos y funciona más como club que como bar: varias salas temáticas repartidas por dos edificios, pinchadiscos residentes y un ambiente que se anima a partir de medianoche. Suele ser gratis entrar antes de las doce y de pago después. Es la opción si lo que buscas es salir a bailar y no solo a tomar algo.

El Anker't, cerca de la Ópera, es el más despejado: un patio industrial enorme, de hormigón desnudo, sin la acumulación de trastos de los demás y con un ambiente algo más tranquilo. Funciona muy bien en verano. El Ellátó Kert, también en Akácfa, conserva más clientela local que la media y sirve tacos, que se han convertido en una rareza célebre del barrio. Y el Csendes, cerca del centro, es la versión pequeña e íntima del concepto, con estética retro y sin la escala de los grandes.

Si viajas en verano, merece la pena buscar alguno de los bares de azotea del barrio, que abren solo en temporada cálida y ofrecen la misma fórmula con vistas por encima de los tejados.

Cuándo ir y qué esperar pagar

Los ruin bars suelen abrir a media tarde y cerrar entre las tres y las cinco de la madrugada. La franja de máxima saturación es de once a dos de la madrugada, viernes y sábado. Entre semana el barrio respira, y a partir de las cinco o seis de la tarde ya están abiertos y con ambiente suficiente.

En precios, Budapest sigue siendo barata en términos europeos. Una cerveza en un ruin bar ronda los dos o tres euros y un cóctel se mueve entre los cinco y los nueve, según el sitio. La entrada suele ser gratuita salvo en los locales que funcionan como discoteca a partir de cierta hora.

Para llegar, la referencia es la parada de metro Blaha Lujza tér de la línea M2 o la de Astoria, y desde ahí unos minutos andando. Lo importante es la vuelta: los tranvías 4 y 6 circulan las veinticuatro horas por el Gran Bulevar y la red de autobuses nocturnos es amplia y fiable, todo cubierto por cualquier abono de transporte. No hace falta taxi.

Los timos que conviene conocer

Esta zona concentra la mayor parte de los engaños a turistas de Budapest, y merece la pena tenerlos identificados porque son siempre los mismos.

El más extendido es el de las mujeres que abordan a hombres solos o en grupo por la calle y sugieren ir a un bar que conocen. El local está compenetrado con ellas, se pide bebida sin ver precios y al final llega una cuenta de cientos de euros con matones de por medio si te niegas a pagar. La regla es sencilla: no ir nunca a un bar propuesto por un desconocido en la calle.

El segundo son los taxis sin licencia que rondan la zona a la salida. En Budapest los taxis se piden por aplicación o por teléfono, no se paran en la calle a la puerta de un bar de madrugada. Y el tercero son ciertos pub crawls que se venden en la calle prometiendo barra libre y acaban siendo otra cosa; los hay legítimos, pero conviene contratarlos con antelación y de operadores identificables, no del primer folleto que te pongan en la mano.

Nada de esto convierte al barrio en un sitio peligroso, que no lo es. Budapest es una ciudad segura y el séptimo distrito de noche es sobre todo ruidoso. Pero es una zona de ocio masivo y funciona como cualquier otra: con la cabeza en su sitio.

El barrio que hay debajo

Hay una cosa que conviene tener presente y que casi ninguna guía menciona. Todo esto ocurre sobre el mismo suelo donde en noviembre de 1944 se estableció el gueto de Budapest y donde se confinó a setenta mil personas en unas pocas manzanas durante el invierno más duro de la guerra. A cinco minutos del Szimpla está la Gran Sinagoga, con más de dos mil tumbas en su jardín porque no hubo dónde enterrar a los muertos de aquellas semanas.

No lo digo para aguar la fiesta, sino porque conocer las dos capas mejora la visita. Hay quien vive el contraste como una falta de respeto y hay quien lo interpreta al revés, como la prueba de que un barrio vaciado ha vuelto a llenarse de vida. Mi consejo práctico es separar los tiempos: las sinagogas y los memoriales por la mañana, con calma, y el barrio nocturno después de cenar.

También conviene recordar que aquí vive gente. Las quejas vecinales por el ruido llevan años acumulándose y están detrás de buena parte de las restricciones recientes al alquiler turístico en los distritos centrales. Bajar la voz al salir a la calle de madrugada cuesta poco.

¿Merece la pena?

Sí, con la expectativa ajustada. No vas a encontrar un local alternativo lleno de budapestinos, porque eso dejó de existir hace quince años. Vas a encontrar una atracción turística, pero una atracción turística que ofrece algo que no existe en ninguna otra ciudad y que además es barata.

Yo he entrado en varios viajes distintos y sigo recomendándolos, con dos condiciones: ir entre semana o a primera hora de la tarde, y no quedarse solo en el más famoso. Con esas dos decisiones, la diferencia entre una noche memorable y una cola con cerveza cara es enorme.