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La puerta principal de Mdina, obra de Charles François de Mondion, iluminada de noche.

Destinos · Malta · Mdina y Rabat

Qué ver en Mdina y Rabat: la antigua capital de Malta y su arrabal

Guía de Mdina y Rabat: la catedral de San Pablo, el Palazzo Falson y los bastiones de la Ciudad del Silencio, más las catacumbas paleocristianas, la gruta de San Pablo y la Domus Romana en el pueblo de al lado. Con precios, horarios, líneas de autobús y el mejor consejo del viaje, que es visitar Mdina de noche.

Lectura de 11 minutos

Qué ver en Mdina y Rabat

Mdina y Rabat son dos poblaciones distintas separadas por un foso, pero en la práctica se visitan como una sola cosa: se cruza de una a otra en cinco minutos andando. La primera es la antigua capital de Malta, una ciudad amurallada de piedra color miel donde apenas vive nadie y a la que llaman la Ciudad del Silencio. La segunda es un pueblo con vida propia donde está buena parte del patrimonio paleocristiano de la isla. Entre las dos sale la mejor media jornada de Malta, y hay una manera de hacerlo que casi nadie te va a contar.

Una ciudad que fue capital durante dos mil años

Mdina lleva habitada desde tiempos fenicios. Los romanos la llamaron Melite y era una ciudad tres veces mayor que la actual, con su foro, su villa señorial y su muralla. Los árabes, que llegaron en el siglo IX, fortificaron la ciudad alta reduciendo el perímetro a la mitad, excavaron el foso que todavía la separa del resto y le dieron el nombre que conserva: mdina significa simplemente "ciudad" en árabe. Todo el barrio que quedó fuera de las nuevas murallas pasó a llamarse rabat, que significa "arrabal". Mil años después, esa decisión urbanística sigue marcando el mapa.

Fue la capital del reino hasta 1530, cuando llegaron los Caballeros de San Juan y trasladaron el poder a la costa, junto a los puertos naturales que de verdad les interesaban. La nobleza maltesa se quedó aquí, un poco de espaldas a la nueva Malta de la Orden, y en esa retirada aristocrática está el origen de la sensación de ciudad detenida que se respira hoy. Dentro de las murallas viven apenas unas trescientas personas, la circulación está restringida a residentes y no hay una sola tienda de las que uno esperaría en un sitio tan visitado.

El aspecto actual se lo debe a una catástrofe. El terremoto de Sicilia de 1693 se llevó por delante buena parte del caserío medieval, y la reconstrucción se hizo en un barroco contenido y elegante dirigido por el arquitecto francés Charles François de Mondion, que firmó también la puerta principal, la de 1724, la que sale en todas las fotos. Si a alguien le suena sin saber por qué, es porque Juego de Tronos rodó allí su Desembarco del Rey en la primera temporada, y desde entonces medio mundo hace la misma foto.

El mejor consejo: ir de noche

Aquí está la recomendación que justifica este artículo. Mdina de día es una ciudad preciosa llena de excursiones organizadas: los autobuses descargan gente a media mañana y se la llevan a media tarde, y en las horas centrales las calles principales van bastante cargadas. Mdina de noche, en cambio, es otra ciudad. Se lo gana con creces: calles vacías, farolas amarillas, la piedra caliza tomando ese color de miel que aquí lo tiñe todo y un silencio en el que lo único que se oye es el propio eco entre los palacios.

El trazado ayuda. Las calles son estrechas y quebradas a propósito, diseñadas así para frenar la carga de la caballería y para dar sombra en verano, y esos quiebros hacen que cada esquina descubra una perspectiva nueva. De noche, con la iluminación indirecta sobre la piedra, el efecto es casi teatral.

Y lo mejor: no cuesta nada. El recinto es una ciudad abierta, se entra a cualquier hora, y las murallas y los bastiones son de acceso libre. Los museos y la catedral cierran a media tarde, así que lo ideal es combinar las dos visitas: interiores por la mañana o a primera hora de la tarde y un segundo paseo al anochecer. Quien solo pueda ir una vez y no le interesen especialmente los museos, que vaya de noche sin dudarlo.

La catedral de San Pablo y los museos de Mdina

Dentro de las murallas hay tres o cuatro visitas de pago que merecen la pena. La principal es la catedral de San Pablo, obra maestra de Lorenzo Gafà levantada tras el terremoto sobre el lugar donde la tradición sitúa la casa de Publio, el gobernador romano al que el apóstol convirtió y que sería el primer obispo de la isla. Es una fachada barroca de proporciones perfectas asomada a una plaza que se queda pequeña para mirarla, y el interior conserva un suelo de lápidas de mármol policromado emparentado con el de la concatedral de La Valeta. La entrada se compra en el museo catedralicio, que está justo enfrente y guarda una colección de grabados de Durero que sorprende a cualquiera; la combinada ronda los diez euros y el horario habitual es de nueve a cinco, de lunes a sábado.

El Palazzo Falson es la otra visita imprescindible, y para mucha gente la mejor. Es una casa señorial medieval construida a finales del siglo XV, uno de los edificios más antiguos que quedan en pie en la ciudad, que perteneció al capitán Olof Gollcher, un coleccionista compulsivo que llenó sus salas de pintura antigua, plata, armaduras, alfombras orientales, joyas y una biblioteca de miles de volúmenes. Se recorre con audioguía, tiene un patio precioso y una azotea con vistas, y ronda los diez euros.

Completan la lista el Palacio Vilhena, un palacio barroco del siglo XVIII que hoy alberga el Museo Nacional de Historia Natural y que se visita sobre todo por el edificio, y un par de propuestas más comerciales, como las mazmorras y la llamada Mdina Experience, que funcionan bien con niños y bastante menos con adultos. Pero lo que de verdad hay que hacer, aunque sea gratis, es asomarse a los bastiones: desde ahí se ve media isla y, en un día claro, la cúpula de Mosta y hasta La Valeta al fondo. En el mismo mirador está el Fontanella Tea Garden, una terraza sobre la muralla famosa por sus tartas, muy turística y con precios acordes, pero con una de las mejores vistas del país.

Rabat, el arrabal con más patrimonio del que parece

Se sale de Mdina por la puerta griega o por la principal, se cruza la explanada y ya se está en Rabat. El cambio de ambiente es inmediato: aquí hay panaderías, ancianos charlando en los bancos, bares donde se come por diez euros y muy pocos turistas alojados. Es un pueblo de verdad, y esa diferencia lo cambia todo.

Lo más importante que ver son las catacumbas de San Pablo, el mayor conjunto funerario paleocristiano de la isla: un laberinto de galerías excavadas en la roca a partir del siglo III, con más de treinta hipogeos repartidos en dos áreas y una particularidad que las hace únicas en el Mediterráneo. En el mismo complejo conviven tumbas cristianas, judías y paganas, cada una con sus símbolos, prueba de una convivencia mucho más mezclada de lo que suele contarse. Se ven también las agape tables, mesas circulares talladas en la roca donde los vivos comían junto a sus muertos en los aniversarios. La entrada ronda los seis euros, están gestionadas por Heritage Malta, abren de nueve a cinco con última entrada media hora antes y la temperatura se mantiene constante en torno a los veinte grados, lo cual en agosto es un alivio y en invierno un abrigo más. No son recomendables para quien sufra claustrofobia.

A pocos minutos hay dos visitas complementarias. Las catacumbas de Santa Águeda, más pequeñas pero con frescos bizantinos conservados y muchísima menos gente. Y el conjunto formado por el Museo Wignacourt y la Gruta de San Pablo, la cueva donde la tradición sitúa al apóstol durante los tres meses que pasó en Malta tras el naufragio, convertida en santuario y visitada por varios papas; el museo incluye también refugios antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial excavados en la misma roca, que se recorren con linterna.

La Domus Romana y la Malta romana

Justo en el límite entre las dos poblaciones, junto a la puerta de Mdina, está la Domus Romana, y es de esas visitas pequeñas que dejan mejor recuerdo del esperado. Es una villa señorial del siglo I antes de Cristo descubierta por casualidad en 1881, cuando unos obreros plantaban árboles, y sobre la que se construyó de inmediato un pabellón para proteger lo encontrado.

Lo que se conserva son los mosaicos del peristilo, que están considerados entre los mejores del Mediterráneo occidental y comparables a los de Pompeya: un emblema central con figuras, cenefas de trampantojo geométrico y un dominio del degradado que sigue impresionando dos mil años después. Alrededor se exponen las piezas encontradas en la antigua Melite, estatuas incluidas, y una sección dedicada al cementerio musulmán medieval que se instaló siglos después sobre las ruinas de la casa, con sus lápidas inscritas en árabe.

La entrada ronda los seis euros y con frecuencia se ofrece combinada con las catacumbas de San Pablo, lo que sale más a cuenta si se van a ver las dos. Entre eso y el pase general de Heritage Malta, que compensa cuando se visitan varios sitios del organismo en el mismo viaje, conviene hacer la cuenta antes de comprar por separado.

Cómo llegar y cómo organizar la visita

Mdina y Rabat están en el centro de la isla, en alto, y comparten la misma parada de autobús: la explanada que hay frente a la puerta principal de Mdina, que es donde llegan y salen todas las líneas. Desde La Valeta hay conexión directa y frecuente con las líneas 51, 52 y 53, y el trayecto ronda los treinta y cinco o cuarenta minutos. Desde la zona de Sliema y San Julián o desde el norte suele haber que transbordar, a menudo en la propia capital o en el hospital Mater Dei, así que conviene mirar la aplicación tallinja antes de salir.

Para organizar el día, el esquema que mejor funciona es dedicar la mañana a los interiores de Mdina, comer en Rabat, que es bastante más barato y con cartas menos turísticas, y dedicar la tarde a las catacumbas y la Domus Romana. Con eso se van cinco o seis horas cómodas. Si se puede alargar hasta la noche, el paseo por Mdina a oscuras cierra la jornada mejor que cualquier museo.

Y hay una combinación que conviene conocer: los acantilados de Dingli están a poco más de diez minutos en coche desde Rabat, con autobús directo y con la mejor puesta de sol de Malta. Encadenar Mdina y Rabat por el día con Dingli al atardecer es, en mi opinión, la jornada más redonda que se puede montar en el interior de la isla. La rotonda de Mosta queda también muy cerca, en la dirección contraria, para quien tenga el día largo.

Dormir en Rabat en lugar de en la costa

Termino con una recomendación que va contra lo que hace casi todo el mundo. La inmensa mayoría de los visitantes se aloja en Sliema, San Julián o Buġibba, en la franja costera y turística. Rabat es una alternativa mucho mejor de lo que parece sobre el papel y la recomendaría sin dudar a quien no busque playa ni vida nocturna.

Los motivos son tres. El primero es geográfico: está en el centro de la isla, con lo que se llega bien a casi todo y no se depende del eje costero. El segundo es de precio: el alojamiento y las comidas son sensiblemente más baratos que en la costa, y se come en bares de pueblo, sin cartas en cinco idiomas. Y el tercero es el que más pesa: cuando los autobuses de excursión se llevan a la gente a media tarde, tú te quedas ahí, y tienes Mdina vacía a diez minutos andando cada noche que quieras.

La contrapartida es honesta y hay que decirla: no hay playa cerca, la vida nocturna es la de un pueblo tranquilo y se depende del autobús con todo lo que eso implica en Malta. Para un viaje centrado en ciudades, historia y paisaje, compensa de largo. Para un viaje de baño y terraza, no es el sitio.

Antes de irte de Rabat, una última cosa: entra en cualquier panadería y pide pastizzi, ese hojaldre relleno de requesón o de puré de guisantes que cuesta menos de un euro y que es la merienda nacional. Los de aquí tienen fama en toda la isla, y comer así, de panadería en panadería, sigue siendo la manera más barata y más honesta de comer en Malta.

Los precios y horarios que aparecen en este artículo corresponden a 2026 y pueden variar. Conviene confirmarlos en las webs de Heritage Malta y de cada monumento antes de la visita.