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El Fuerte de San Ángel visto desde Senglea, con sus murallas de piedra dorada cayendo hacia el mar.

Destinos · Malta

Qué ver en Malta: guía completa para preparar el viaje

Guía general de Malta: qué ver en cada zona del archipiélago, cuántos días hacen falta, cuándo ir, cómo moverse sin coche, cuánto cuesta el viaje y qué comer. El punto de partida para organizar una escapada de dos días o una semana entera entre Malta, Gozo y Comino.

Lectura de 12 minutos

Qué ver en Malta

Malta es el país más pequeño de la Unión Europea y uno de los más densos del mundo: más de medio millón de habitantes apretados en trescientos dieciséis kilómetros cuadrados, menos que muchas comarcas. Esa escala engaña. Sobre el papel parece un destino que se agota en un fin de semana, y en la práctica tiene tres mil años de capas superpuestas, dos islas con personalidad propia y una red de autobuses que se toma su tiempo. Esta guía sirve de punto de partida: qué hay en cada zona, cuántos días hacen falta, cuándo ir y cuánto cuesta.

Malta en dos minutos

El archipiélago está plantado justo en mitad del Mediterráneo, a noventa kilómetros de Sicilia y a menos de trescientos de la costa africana, y esa posición ha sido su bendición y su condena. Fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, los Caballeros de San Juan, Napoleón y el Imperio británico han pasado por aquí, y todos han dejado su capa de piedra encima de la anterior. El resultado es un país donde en el mismo día se puede estar en un templo megalítico anterior a las pirámides, en una ciudad barroca levantada de una sola vez y en una cúpula del siglo XIX atravesada por una bomba de la Segunda Guerra Mundial.

Son tres islas habitadas: Malta, la grande, donde está todo lo urbano; Gozo, más verde, agrícola y lenta; y la diminuta Comino, prácticamente deshabitada y famosa por su Laguna Azul. El idioma oficial es el maltés, la única lengua semítica que se escribe con alfabeto latino y la única de esa familia en la UE, que suena a árabe con préstamos sicilianos e ingleses; el inglés es cooficial y lo habla todo el mundo, así que comunicarse no es problema.

Cuatro datos prácticos que conviene saber antes de salir: la moneda es el euro; se conduce por la izquierda, herencia británica que se nota también en los enchufes, que son de tipo británico y requieren adaptador; el agua del grifo es potable pero de sabor desagradable, así que casi todo el mundo bebe embotellada; y el catolicismo estructura el calendario, con fiestas patronales que paralizan pueblos enteros entre junio y septiembre.

Cuándo ir

La primavera y el otoño son claramente las mejores épocas. De abril a junio el campo está verde, la temperatura permite caminar todo el día y el mar ya se puede aguantar a partir de mayo. De septiembre a noviembre el agua está en su punto más cálido del año y la afluencia baja mucho después de la primera semana de septiembre.

El verano tiene dos problemas y una ventaja. Los problemas son el calor, que sobre la piedra caliza y sin sombra es serio entre las once y las cinco, y la masificación, que en sitios como la Laguna Azul de Comino llega a lo absurdo. La ventaja son los días larguísimos, que se aprovechan hasta las nueve de la noche, y el calendario de festas, esas fiestas patronales con fuegos artificiales, bandas y decoración callejera en las que cada pueblo compite con el vecino y que son de lo más auténtico que ofrece el país.

El invierno es suave, con temperaturas que rara vez bajan de los diez grados, pero llueve y sopla viento de verdad en los acantilados. Es una época excelente para ciudades, museos y senderismo, y bastante mala para playa. Si el viaje es de baño, de mayo a octubre; si es de patrimonio, cualquier mes vale y de noviembre a marzo lo tendrás casi para ti.

Cuántos días necesitas

Depende de a qué vayas, pero hay una regla que no falla: en Malta el tiempo se lo come el transporte, así que calcula dos o tres visitas grandes por jornada, no cinco.

Con un día solo cabe una zona, y esa zona debe ser La Valeta y el Gran Puerto, con la tarde en las Tres Ciudades o en Mdina al anochecer. Con dos días se añade una segunda zona a elegir entre Gozo, el interior con Mdina y Dingli, o el sur si el viaje incluye domingo. Con tres días ya caben la capital, Gozo y el interior sin renunciar a nada importante, que es el mínimo razonable para que el país se entienda.

Con cuatro o cinco días el esquema que mejor funciona es una jornada de sur, una de Gozo, una de capital y puerto, y las tardes para los atardeceres, dejando un día de margen para lo que se caiga por retrasos o por el tiempo. Y con una semana caben las cinco zonas, dos noches durmiendo en Gozo y una jornada suelta para Comino o para descansar, que es la versión más cómoda del viaje.

La Valeta y el Gran Puerto

Es lo mejor que tiene el país. La capital no creció poco a poco como casi todas las europeas: se levantó de golpe, tras el Gran Asedio de 1565, con un plan cerrado del ingeniero militar Francesco Laparelli, y por eso es una retícula perfecta de calles rectas que caen hacia el mar encerrada en murallas descomunales. En menos de un kilómetro cuadrado se concentran la Concatedral de San Juan con su Caravaggio, el Palacio del Gran Maestre, los jardines colgados sobre el puerto y una densidad de monumentos que asusta. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1980.

Enfrente, al otro lado del agua, están las Tres Ciudades: Birgu, Senglea y Cospicua, más antiguas que la capital, con el Fuerte San Ángel donde los Caballeros resistieron el asedio y una vida de barrio que en La Valeta ya casi no queda. Se cruza en barca en diez minutos por un par de euros, y esa travesía es media atracción por sí sola.

Es la zona que menos depende del transporte público, porque está todo a distancia de paseo, y por eso es siempre la primera jornada de cualquier itinerario.

Mdina, Rabat y el oeste

En el centro de la isla, en alto, está Mdina, capital de Malta hasta 1530 y hoy habitada por apenas trescientas personas dentro de sus murallas. La llaman la Ciudad del Silencio y de noche se lo gana: con los autobuses de excursión ya de vuelta, las calles se quedan vacías y la piedra caliza toma un color de miel bajo las farolas. Visitarla al anochecer es, en mi opinión, la mejor recomendación que se puede hacer sobre Malta, y además es gratis.

Pegado al otro lado del foso está Rabat, un pueblo de verdad donde se come barato y donde está buena parte del patrimonio paleocristiano de la isla: las catacumbas de San Pablo, con tumbas cristianas, judías y paganas en el mismo complejo, la gruta del apóstol y la Domus Romana con sus mosaicos.

A diez minutos empieza la Malta rural: los acantilados de Dingli, con doscientos cincuenta metros de caída sobre el mar y el mejor atardecer del país; las roderas de Clapham Junction, un enigma arqueológico de surcos paralelos tallados en la roca que nadie ha explicado; y Buskett, la única masa arbolada del archipiélago, plantada por los Caballeros como coto de caza.

El sur megalítico y pesquero

El sur es la parte que menos gente recorre y la que mejor conserva el país real. Aquí está Marsaxlokk, el pueblo pesquero cuyo mercado dominical llena todo el paseo marítimo y donde están amarrados los luzzus, las barcas de colores con el ojo pintado en la proa que heredaron de los fenicios. Y aquí está el Blue Grotto, un conjunto de cuevas marinas que se visitan en barca por unos ocho o diez euros y con mejor luz por la mañana.

Sobre todo, aquí está la prehistoria. Los templos de Ħaġar Qim y Mnajdra se levantaron entre el 3600 y el 3200 antes de Cristo, son anteriores a las pirámides y a Stonehenge, y el templo sur de Mnajdra está orientado de manera que en los equinoccios el primer rayo de sol atraviesa el eje del pasillo principal. Cerca, en Paola, el hipogeo de Ħal Saflieni es un templo subterráneo excavado en tres niveles con entrada limitada a unas ochenta personas al día, que hay que reservar con dos o tres meses de antelación.

El aviso importante de la zona: los dos bloques del sur, el de Marsaxlokk y el del Blue Grotto, están mal conectados entre sí en autobús, y unirlos puede llevar hora y media.

El norte y las playas

El norte es la Malta de las vacaciones: aquí están las pocas playas de arena del país —Għadira, Golden Bay, Għajn Tuffieħa—, la mayoría de los hoteles familiares y la terminal de ferris desde la que se va a Gozo y a Comino. También está Popeye Village, el decorado del Popeye de Robert Altman construido en 1979 y nunca desmontado, hoy parque temático, cuya mejor vista está en el mirador gratuito de la carretera.

No hay aquí nada comparable a La Valeta ni a Mdina, y la zona hotelera de Buġibba y Qawra es urbanísticamente desordenada. Pero para quien viaje con niños, quiera combinar cultura y baño, o vaya a hacer excursiones marítimas, es la base más práctica; Mellieħa, en alto y con carácter de pueblo, es bastante mejor sitio para dormir.

Es, además, la única zona donde alquilar coche compensa de verdad, porque las playas están mal conectadas entre sí y las líneas transversales son escasas.

Gozo y Comino

Gozo no es un apéndice de Malta, es otra cosa: más verde, más agrícola, más lenta, con la mitad de densidad de población y una identidad propia que los gozitanos defienden con humor. Los griegos quisieron ver aquí la Ogigia de la Odisea, la isla donde Calipso retuvo a Ulises siete años, y uno entiende el mito nada más salir de la terminal.

Lo esencial son Victoria y su Ċittadella, una fortaleza sobre un cerro que domina la isla entera y cuyo recinto es de entrada gratuita; los templos megalíticos de Ġgantija; la rotonda de Xewkija, levantada a pulso por los vecinos entre 1951 y 1971, con ascensor a la azotea por tres euros; y la costa de Dwejra, las salinas de Xwejni y las calas de Xlendi y Ramla. El ferry desde Ċirkewwa cruza en veinticinco minutos y tiene un truco que despista a todos: no se compra billete a la ida, se paga a la vuelta desde el lado gozitano.

Comino, entre las dos, es poco más que una torre de vigía, unos senderos y la Laguna Azul, ese brazo de mar turquesa que sale en todas las fotos y que en julio y agosto está masificado hasta lo absurdo. Fuera de temporada alta sigue siendo extraordinario.

Cómo moverse

Todo el transporte público lo gestiona un único operador bajo la marca Tallinja, y la misma red cubre las dos islas grandes. Los autobuses son modernos, con aire acondicionado y wifi, y el precio es de los más bajos de Europa: el billete sencillo ronda los dos euros en invierno y los dos y medio en verano, válido dos horas con transbordos, y hay bonos de veinticuatro horas por unos seis euros, de cuatro días por unos veintiuno y de siete días por unos veinticinco.

La pega es la fiabilidad. Los horarios son orientativos, los retrasos constantes y la red es radial, con casi todas las líneas pasando por la estación central de La Valeta, así que ir de un pueblo costero a otro suele implicar cruzar la isla y transbordar en la capital. Instala la aplicación tallinja, que da la posición real de los autobuses; haz señal con la mano al conductor; pica siempre al subir aunque el bono sea ilimitado; y asume que cualquier trayecto puede costar el doble de lo previsto. Cuando la cuenta no salga, un Bolt en trayecto corto cuesta entre cinco y quince euros y salva la tarde. Todos los detalles de tarjetas, ferris y horarios están en la guía de transporte público en Malta.

Cuánto cuesta y qué comer

Malta es un destino barato para lo que ofrece. El transporte, con un bono semanal de veinticinco euros, es casi anecdótico. Las entradas son el grueso del gasto: la Concatedral ronda los quince euros, la mayoría de los sitios de Heritage Malta entre seis y doce, y si vas a ver cuatro o más conviene hacer la cuenta del pase múltiple. El alojamiento es más barato que en casi cualquier destino mediterráneo equivalente, sobre todo fuera de la franja de Sliema y San Julián.

Comer también sale bien de precio en cuanto uno se aleja de los paseos marítimos. Lo que hay que probar: las pastizzi, ese hojaldre relleno de requesón o de puré de guisantes que cuesta menos de un euro y es la merienda nacional; la ftira, el pan plano maltés relleno de atún, alcaparras, aceitunas y tomate, con una versión gozitana cubierta de patata y anchoa; y la fenkata, el guiso de conejo que es el plato nacional y que se come en cuadrilla. Para beber, la cerveza local Cisk y el Kinnie, un refresco amargo de naranja y hierbas que divide opiniones desde 1952.

Errores que conviene no cometer

Cuatro avisos finales, todos aprendidos por las malas. El primero: los domingos cierran la Concatedral de San Juan y bastantes comercios, así que organiza el viaje alrededor de ese dato, sobre todo si tu estancia es corta. El segundo: en julio y agosto, las horas centrales son para interiores; los acantilados y las murallas, a primera o a última hora.

El tercero: no encadenes tres zonas en una jornada por muy cerca que parezcan en el mapa, porque el mapa miente sobre los tiempos. Y el cuarto: sal siempre del alojamiento una hora antes de lo que te parezca necesario, especialmente si el destino tiene horario de cierre. Con esa disciplina, Malta cunde muchísimo; sin ella, se convierte en un viaje de autobuses.

Los precios y horarios que aparecen en esta guía corresponden a 2026 y pueden variar según la temporada. Conviene confirmarlos en las webs oficiales antes de viajar.