
La Ópera de Oslo: el edificio por cuyo tejado se puede caminar
Snøhetta diseñó el edificio cultural más importante de Noruega con una decisión que en otros países sería impensable: hacer toda la cubierta transitable, de modo que cualquiera pueda subir andando desde el nivel del fiordo hasta la azotea. Ganó el Mies van der Rohe en 2009 y la visita, incluida la zona pública del interior, es gratuita.
Visto desde el fiordo, el edificio parece un témpano de hielo encallado en la orilla: un plano inclinado de mármol blanco de Carrara y cristal que emerge del agua sin fachada reconocible, sin escalinata monumental y sin puerta principal evidente. Delante, una pequeña escultura de cristal flota en el agua simulando un fragmento desprendido del cuerpo principal.
La Ópera de Oslo se inauguró en 2008, la diseñó el estudio noruego Snøhetta y ganó el Premio Mies van der Rohe en 2009, el máximo galardón de la arquitectura europea. Pero lo que la convierte en algo más que un buen edificio no es la forma, sino una decisión de fondo que dice bastante sobre el país que la construyó.
La decisión que lo cambia todo¶
La cubierta del edificio se inclina desde el nivel del agua hasta la azotea, y es transitable en toda su extensión. No hay entrada, ni horario, ni control de acceso, ni recorrido señalizado. Cualquiera puede subir andando por el mármol hasta lo alto, sentarse donde le apetezca y quedarse el tiempo que quiera.
Merece la pena detenerse en lo que eso significa. El edificio cultural más importante de Noruega, sede de la ópera y el ballet nacionales, es literalmente caminable por cualquier ciudadano las veinticuatro horas del día. La distinción entre monumento arquitectónico y espacio público cotidiano se difumina hasta desaparecer, y en la mayoría de los países europeos eso resultaría sencillamente inconcebible: se pondrían vallas, taquillas y un horario de acceso.
Aquí no. Y el uso que le da la gente lo confirma: en verano hay quien sube a comer, a tomar el sol, a ver el atardecer sobre el fiordo o simplemente a sentarse un rato. No es una atracción turística que los locales evitan; es un sitio de la ciudad.
Qué se ve desde arriba¶
La subida es cómoda salvo en los tramos más inclinados, y desde lo alto se abre una panorámica que resume el Oslo contemporáneo. Hacia el sur, el fiordo, que penetra cien kilómetros tierra adentro. Hacia el este, el barrio de Bjørvika con el Barcode —doce edificios de alturas y anchuras distintas que vistos de frente simulan un código de barras— y la torre asimétrica del Museo Munch, con sus pisos superiores inclinados en voladizo sobre el agua. Hacia el oeste, el puerto y la silueta de la fortaleza de Akershus.
Es probablemente el mejor mirador gratuito de la ciudad, y también el mejor sitio para entender de un vistazo la transformación de Oslo en las últimas dos décadas: todo lo que se ve desde aquí era zona portuaria e industrial hace no tanto.
Una advertencia práctica: el mármol resbala con lluvia y con hielo, y en Oslo llueve. Con el suelo mojado hay que subir con cuidado, y en invierno determinadas zonas pueden estar acordonadas por seguridad.
El interior, que también es gratis¶
Mucha gente sube al tejado y se marcha sin entrar, lo cual es un error porque toda la zona pública del interior se visita sin pagar.
El vestíbulo tiene forma de herradura, en un homenaje deliberado a los teatros clásicos, y lo domina un uso extensivo de la madera de roble que aporta una calidez inesperada después de la frialdad del mármol exterior. El contraste entre el blanco del envoltorio y el ámbar del interior es una de las mejores ideas del proyecto.
Desde el vestíbulo se ven la pared curva del auditorio principal, el gran ventanal de quince metros que abre el edificio hacia el fiordo y varias piezas de arte contemporáneo integradas en la arquitectura. Hay cafetería, y en verano el edificio funciona como refugio agradable cuando el tiempo no acompaña.
Para ver el auditorio propiamente dicho, con su sala en herradura para unas mil cuatrocientas localidades, hay visitas guiadas de pago que se realizan en varios idiomas y con horarios que varían según la temporada y la programación. Conviene mirarlo antes en la web oficial, porque los ensayos condicionan la disponibilidad.
Ver una función: más asequible de lo que parece¶
Esto sorprende a mucha gente en una de las ciudades más caras del mundo: asistir a una función de ópera o ballet aquí no es necesariamente un gasto disparatado. Hay una política de precios con localidades económicas y descuentos importantes para menores de treinta años, y la programación incluye conciertos y espectáculos más allá del repertorio operístico clásico.
Si el viaje coincide con temporada, merece la pena mirar la programación con antelación. Ver un edificio así en funcionamiento, con la sala llena y la acústica para la que fue diseñada, es otra cosa distinta a recorrerlo vacío por la mañana.
Cuándo ir¶
La cubierta no cierra nunca, así que la elección es libre y conviene aprovecharlo.
En verano, con luz hasta pasadas las once de la noche, el mejor momento es la tarde larga: el mármol coge tonos cálidos, el fiordo se llena de reflejos y la gente sube con cerveza y manta. Al atardecer es cuando el edificio está más vivo.
De noche cambia por completo. Iluminado y reflejándose en el agua del fiordo, el mármol blanco adquiere una presencia que de día no tiene, y el paseo por el puerto con la Ópera encendida es una de las mejores imágenes que deja Oslo. En invierno, con nieve sobre la cubierta, la metáfora del iceberg deja de ser una metáfora.
Cómo llegar y qué combinar¶
Está en Bjørvika, junto a la Estación Central de Oslo, a unos cinco minutos andando. Llegan los tranvías de las líneas que paran en Bjørvika y prácticamente todo el transporte urbano pasa cerca, porque es el nudo de la ciudad.
Lo lógico es encadenarla con lo que tiene alrededor: el Barcode está pegado, el Museo Munch a pocos minutos, la Biblioteca Deichman también, y desde aquí arranca el paseo marítimo del Havnepromenaden hacia el oeste, en dirección a Aker Brygge y Tjuvholmen. Es media jornada que se hace entera a pie y sin gastar un euro salvo en lo que se coma.
En los itinerarios de la ciudad aparece siempre en la primera jornada, junto al Ayuntamiento y el frente marítimo: así está planteada en las guías de qué ver en Oslo en un día y en dos días.
Por qué es el edificio que mejor explica Oslo¶
Se puede resumir en una comparación. Estocolmo tiene un ayuntamiento de 1923 con ocho millones de ladrillos y dieciocho millones de teselas de oro en su salón principal, construido para impresionar y visitable solo con guía y entrada. Oslo tiene una ópera de 2008 por cuyo tejado puede caminar cualquiera a las tres de la madrugada.
No es que una cosa sea mejor que la otra, pero cuentan proyectos distintos. La Ópera es un edificio que renuncia deliberadamente a la solemnidad, que se deja pisar, que asume que el uso público lo va a desgastar y que lo considera parte del diseño. Esa idea —que lo mejor de la ciudad debe estar al alcance de cualquiera sin taquilla de por medio— aparece también en el parque Vigeland, en la fortaleza de Akershus y en el bosque a media hora en metro.
Quien entienda eso, entiende Oslo. Y se entiende mejor sentado en el mármol viendo el fiordo que leyendo sobre ello.