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La vista desde lo alto del trampolín de Holmenkollen, con la rampa de salida y Oslo al fondo

Destinos · Noruega · Oslo

Holmenkollen: el trampolín que es un símbolo nacional

Se compite en salto de esquí en esta colina desde 1892 y el trampolín actual es la sexta versión del original. En su base está el museo del esquí más antiguo del mundo, que recorre cuatro mil años de historia de un deporte que aquí nació como medio de transporte. Y el trayecto en metro hasta arriba ya merece el viaje.

Lectura de 5 minutos

Hay un dato que ordena toda la visita: el museo del esquí de Holmenkollen dedica sus primeras salas a cuatro mil años de historia del esquí como forma de desplazarse por la nieve, mucho antes de que existiera como deporte. En Noruega, esquiar no empezó siendo una diversión de invierno; era la manera de moverse por un país cubierto de nieve buena parte del año.

Entender eso explica por qué este sitio no es una instalación deportiva más, sino un símbolo nacional. Se compite aquí desde 1892 y el festival anual de Holmenkollen es uno de los acontecimientos del calendario del país. La estructura que se ve hoy es la sexta versión del trampolín, inaugurada para los Campeonatos del Mundo de 2011: setenta metros de altura en acero y vidrio, con una silueta en voladizo que parece desafiar la gravedad.

El trayecto, que es parte de la visita

Se sube en el metro, línea 1, desde el centro de Oslo hasta la estación de Holmenkollen, en unos veinticinco minutos. Y el viaje merece un párrafo propio porque es una de las cosas más agradables que ofrece la ciudad.

El tren asciende por las colinas del oeste y en cuestión de minutos pasa de barrios urbanos a bosque, con vistas panorámicas que se van abriendo sobre la ciudad y el fiordo. Es un trayecto de transporte público normal, cubierto por el billete corriente de Ruter, que en cualquier otra ciudad se vendería como excursión panorámica.

Desde la estación hay una subida a pie de unos diez minutos hasta las instalaciones, en cuesta y con la estructura del trampolín a la vista todo el camino.

Qué se visita

El museo del esquí, en la base del trampolín, es el más antiguo del mundo dedicado a este deporte. Su recorrido va desde los esquís prehistóricos usados como transporte hasta la competición contemporánea, pasando por las expediciones polares —Nansen y Amundsen aparecen también aquí, porque el esquí fue clave en sus travesías— y por la evolución técnica del material.

Es un museo pequeño y bien hecho, que se ve en una hora larga y que tiene la virtud de explicar la conexión entre el deporte, la geografía y la identidad nacional sin ponerse solemne.

La plataforma de observación, en lo alto del trampolín, se alcanza en ascensor y ofrece vistas de trescientos sesenta grados sobre Oslo, el fiordo y los bosques circundantes, que en días despejados alcanzan hasta unos cien kilómetros. Es uno de los mejores miradores de la ciudad, y desde arriba se comprende de golpe la proporción de bosque que rodea la capital.

Y está la sensación difícil de describir de asomarse a la rampa de salida. Ver la pendiente desde el punto exacto en el que se lanzan los saltadores produce un vértigo considerable, incluso a quien no lo sufre habitualmente. Hay algo profundamente irracional en ese deporte que solo se percibe estando ahí arriba.

El simulador de salto, un extra de pago, permite experimentar la sensación de bajar por la rampa. Es un añadido para quien viaje con adolescentes o tenga curiosidad, no una razón para venir.

Horarios, precios y cuánto tiempo hace falta

El conjunto abre todos los días con horarios que varían según la temporada, más amplios en verano. La entrada de adulto ronda las ciento noventa coronas e incluye el museo y la subida a la torre; el simulador se paga aparte. Está incluida en el Oslo Pass.

Con dos horas se ve todo con calma, incluido el trayecto de subida desde la estación. Sumando el metro de ida y vuelta, hay que reservar media jornada.

Cuándo ir

En invierno es cuando el sitio tiene más sentido, con nieve, competiciones y el ambiente que le corresponde. El festival de Holmenkollen, a comienzos de marzo, llena la colina de gente y es un espectáculo social además de deportivo.

En verano, en cambio, la visita es más cómoda y las vistas mejores, con días largos y buena visibilidad. El trampolín sin nieve tiene un aspecto extraño, casi escultórico, y la zona se llena de excursionistas porque desde aquí arrancan senderos hacia los bosques de Nordmarka.

Un aviso sobre el tiempo: se está a unos trescientos cincuenta metros por encima del centro y la diferencia térmica se nota, sobre todo en la plataforma superior, donde el viento pega con ganas. Conviene subir con algo de abrigo aunque abajo haga sol.

Qué más hay por la zona

La gran baza de Holmenkollen es que está en la puerta del bosque. Desde aquí y desde las estaciones cercanas de la misma línea arrancan senderos marcados hacia Nordmarka, el bosque que ocupa buena parte del territorio municipal y que los habitantes de Oslo usan constantemente: caminatas y baños en lagos en verano, esquí de fondo con pistas iluminadas en invierno.

Si se sube a Holmenkollen con tiempo, combinar la visita con un paseo por el bosque es lo que haría cualquier vecino. La estación de Frognerseteren, final de la línea, es otro punto de acceso habitual y tiene un restaurante tradicional de madera con vistas sobre la ciudad.

¿Merece la pena?

Depende de lo que se busque, y conviene ser claro.

Si el viaje es de dos días, yo no lo pondría: la media jornada que consume se aprovecha mejor en Bygdøy o en los museos de arte del centro. Si el viaje es de tres días o más, sí, y por dos razones: es la mejor manera de ver el Oslo que no es urbano, y explica una parte de la identidad noruega que en el centro no se percibe.

Y hay un tercer motivo, algo lateral pero real: en una ciudad donde casi todo lo interesante está al nivel del agua, subir trescientos cincuenta metros cambia por completo la escala de lo que se ve. El itinerario de tres días en Oslo lo coloca en la mañana de la última jornada, que es donde mejor encaja.