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Bicicletas apoyadas en el pretil de un canal de Ámsterdam, la forma de moverse más habitual en cualquier ciudad neerlandesa.

Destinos · Países Bajos · Holanda del Norte · Holanda del Sur · Brabante

Costumbres neerlandesas que sorprenden a un viajero español

Los Países Bajos funcionan con unas reglas no escritas bastante distintas a las nuestras: horarios que desconciertan, una franqueza que puede sonar brusca, casas sin cortinas y una bicicleta que manda sobre todo lo demás. Esto es lo que conviene saber antes de llegar.

Lectura de 9 minutos

Un país que hace las cosas de otra manera

Hay destinos donde el choque cultural es evidente desde el minuto uno y otros donde va apareciendo poco a poco, en detalles pequeños que se acumulan hasta dibujar un retrato completo. Los Países Bajos son claramente lo segundo. Aparentemente es un país europeo más, cercano, próspero y sin sorpresas, y sin embargo funciona con unos códigos sociales bastante distintos a los nuestros.

Lo interesante es que casi ninguno de esos códigos es un obstáculo. No hay nada aquí que pueda meterte en un lío diplomático ni ninguna costumbre que exija preparación especial. Lo que hay es una manera diferente de organizar la vida cotidiana, y conocerla de antemano evita malentendidos, ahorra frustraciones y, sobre todo, hace que el viaje se entienda mucho mejor.

Van aquí las que más desconciertan a quien llega desde España.

Las cortinas abiertas: vivir a la vista de todos

Es probablemente el primer detalle que llama la atención si paseas por un barrio residencial al anochecer. La gente vive con las cortinas abiertas de par en par, los salones plenamente visibles desde la acera, sin ningún pudor. Familias cenando, gente viendo la tele, niños haciendo deberes, todo expuesto con una naturalidad que a un español le resulta chocante.

Y no es descuido, es elección. Hay varias explicaciones históricas que se repiten, desde el calvinismo, que asociaba tener algo que ocultar con tener algo de lo que avergonzarse, hasta razones simplemente prácticas de aprovechamiento de luz en un país con inviernos oscuros. La explicación real probablemente sea una mezcla de todas.

Lo importante para el viajero es doble. Primero, que pasear por esos barrios al caer la tarde es una experiencia curiosa y muy reveladora del carácter del país. Y segundo, que mirar de reojo está bien pero pararse a observar como si fuera un escaparate no lo está: sigue siendo la casa de alguien.

Los horarios: todo cierra antes de lo que crees

Este es el que más problemas prácticos causa. Fuera de los centros de las grandes ciudades, muchos comercios cierran alrededor de las seis de la tarde, y algunos museos y atracciones echan el cierre a las cinco. Si vienes de un país donde las tiendas abren hasta las nueve y se cena a las diez, hay que reprogramar el día entero.

La excepción es la koopavond, la tarde de compras, que según la ciudad cae en jueves o en viernes y alarga el horario comercial hasta las nueve de la noche. Es el día en que los centros urbanos están más animados y en el que la vida nocturna se encadena directamente con las compras. Los supermercados grandes sí aguantan hasta las ocho o las nueve casi todos los días.

Los domingos son otro capítulo. Tradicionalmente cerraba todo, pero desde que los ayuntamientos pueden decidir por su cuenta, en los centros de Ámsterdam, Róterdam, La Haya o Utrecht la mayoría de las tiendas abren, normalmente de doce a cinco o seis de la tarde. Fuera de esas ciudades, no cuentes con ello.

Y las comidas. Aquí se almuerza sobre las doce y media, casi siempre un bocadillo frío en veinte minutos, y se cena entre las seis y las siete y media. Un restaurante holandés a las diez de la noche está recogiendo, no empezando. Si quieres cenar a la española, tendrás que buscar sitios pensados para turistas, que rara vez son los mejores.

La franqueza: no están siendo bordes

Los neerlandeses tienen fama de directos y la fama es merecida. Si a alguien no le gusta tu idea, te lo va a decir sin envolverla en tres capas de amabilidad previa. Si te has equivocado, te lo señalarán. Si preguntas una opinión, recibirás la opinión de verdad y no la versión educada.

Para un español, y más si viene del norte, esto puede sonar entre brusco y directamente maleducado las primeras veces. No lo es. En su código cultural, la franqueza es una forma de respeto: se entiende que dar rodeos es hacerte perder el tiempo y, en el fondo, tratarte como si no pudieras encajar la verdad. Lo que a nosotros nos parece delicadeza, a ellos les parece confusión innecesaria.

La contrapartida es cómoda: si un neerlandés te dice que algo está bien, está bien de verdad. No hay que descifrar nada ni leer entre líneas. Y cuando te acostumbras, resulta bastante descansado.

La agenda: aquí no se improvisa

Otra que sorprende mucho. La vida social neerlandesa se planifica. Quedar para tomar algo puede significar mirar el calendario y proponer una fecha dentro de tres semanas, y eso no es desinterés, es cómo funciona. La improvisación española de llamar un viernes por la tarde para ver quién se apunta a cenar aquí resulta casi grosera, porque presupone que la otra persona no tenía nada organizado.

Para el viajero, esto se traduce en una cosa concreta: reserva. Restaurantes, museos, actividades, todo funciona mejor con reserva previa, y en muchos casos ya directamente no funciona sin ella. La cultura del "ya veremos sobre la marcha" choca de frente con un país donde todo el mundo lleva su día planificado.

La bicicleta manda

No es un tópico ni una anécdota pintoresca: la bicicleta es la infraestructura principal de movilidad del país, y hay más bicis que habitantes. Los carriles bici tienen sus propios semáforos, sus propias señales y sus propias reglas, y por ellos circula gente que va al trabajo con prisa, no turistas paseando.

Las consecuencias prácticas son tres. Primera: aprende a reconocer el carril bici, que suele ser esa franja de asfalto rojizo, y no camines por él ni te pares en medio a hacer fotos. Segunda: mira antes de cruzar, porque las bicis van rápido, no hacen ruido y no esperan que te metas delante. Y tercera: si vas a alquilar una, hazlo solo si eres ciclista habitual, y compra o pide dos candados, porque el robo de bicicletas sigue siendo endémico. Hay un viejo consejo local que dice que del presupuesto para la bici, la mitad debería irse en el candado, y sigue siendo cierto. El resto del transporte, con el tren y el sistema de pago incluidos, está en cómo moverse por los Países Bajos.

El dinero: el efectivo se ha ido

Esta es una de las que más disgustos causa. En los Países Bajos el pago con tarjeta está tan extendido que en muchísimos comercios verás carteles de alleen pinnen, que significa solo tarjeta: no aceptan efectivo en absoluto. Y al revés, en algunos sitios pequeños o máquinas específicas solo admiten monedas o solo la tarjeta de débito local.

El sistema habitual holandés es el pinpas, la tarjeta de débito nacional, y aunque las tarjetas internacionales funcionan casi siempre, hay excepciones incómodas: algunos supermercados y comercios pequeños no aceptan crédito, y American Express no funciona prácticamente en ningún sitio, incluido todo el transporte público del país. La recomendación sensata es llevar una Visa o Mastercard contactless, avisar al banco antes de viajar y llevar algo de efectivo en monedas para aseos públicos, que aquí casi siempre se pagan y suelen costar entre cincuenta céntimos y un euro.

Las propinas: ni obligatorias ni ofensivas

La ley obliga a que los precios publicados en bares, restaurantes y hoteles incluyan ya impuestos y servicio, así que la propina no se espera. Dicho eso, redondear la cuenta o dejar uno o dos euros es habitual entre los propios neerlandeses cuando el servicio ha sido bueno, y en restaurantes de más nivel se estima un cinco o diez por ciento.

No hay que agobiarse: nadie te va a mirar mal por no dejar nada, y nadie se va a ofender si dejas algo. Es de los pocos países europeos donde este asunto no genera ninguna tensión.

El café, el pastel y la palabra que lo explica todo

Si alguien te invita a un café en una casa neerlandesa, prepárate para una escena muy codificada: café, una galleta o un trozo de tarta, y una sola ronda. Servir la segunda galleta sin que te la ofrezcan es cruzar una línea invisible. Es la caricatura clásica de la sobriedad calvinista holandesa, y aunque hoy está muy suavizada, algo queda.

Y hay una palabra que conviene aprender aunque no se pueda traducir: gezellig. Significa algo así como acogedor, agradable, cálido, íntimo, pero no describe una cosa sino una atmósfera compartida. Un bar de madera oscura con poca luz y buena compañía es gezellig. Una cena entre amigos es gezellig. Es el concepto central de la sociabilidad holandesa y el mejor cumplido que puedes hacer a un sitio o a una velada.

Muy relacionado está el borrel, esa copa de después del trabajo con croquetas pequeñas fritas, las bitterballen, que es el equivalente local al vermú y una de las mejores costumbres del país, desarrollada junto con el resto de la comida callejera en qué comer en los Países Bajos.

La puntualidad y el idioma

Dos apuntes rápidos pero importantes. Aquí la puntualidad es real: si el tren sale a las 10:14, sale a las 10:14, y si has quedado a las siete, llegar a las siete y veinte no es normal, es descortés. Las conexiones ferroviarias de cinco minutos funcionan de verdad.

Y el idioma no va a ser un problema. El nivel de inglés en los Países Bajos es probablemente el más alto de Europa continental, y prácticamente cualquier persona, de cualquier edad, te atenderá en inglés sin esfuerzo. Aprender un par de palabras, un dank je wel para dar las gracias, siempre se agradece, pero nadie espera que hables neerlandés y muchos cambiarán al inglés en cuanto detecten que no eres local. No lo tomes como desprecio: es eficiencia.

Lo que de verdad se lleva uno

Más allá de la lista de detalles prácticos, hay algo de fondo que a mí me parece lo más valioso de este país y que cuesta explicar a quien no lo ha visto: aquí las cosas se hacen de otra manera, y funciona.

Una sociedad puede organizar su movilidad alrededor de la bicicleta y no del coche. Puede vivir con las cortinas abiertas. Puede decir las cosas directamente sin que eso rompa la convivencia. Puede tolerar durante siglos lo que en otros sitios se prohibía, siempre que se hiciera con discreción y sin molestar a los demás. Y puede haber ido por delante en derechos y en aceptación de la diversidad cuando en media Europa aquello ni se planteaba.

Descubrir que hay más de una forma de hacer las cosas es, probablemente, lo mejor que se saca de viajar. Y en los Países Bajos esa lección viene servida en cada esquina.